Nación y emigración: Lourdes Casal, la asigantura pendiente

Por Esther Barroso Sosa

En 1978 yo tenía 10 años y a mi casa llegó un libro cuya imagen y contenido me atraparían para siempre. Estuvo por años en el único y  exiguo librero de mi familia. El volumen lo había adquirido mi también único tío en La Habana, durante  su segundo y último viaje a la isla. Vivía en Nueva York desde 1954 y allí murió en 2009, añorando su tierra natal pero sin decidirse a un regreso definitivo, ni siquiera a otro transitorio. Contra viento y marea fue Premio Literario Casa de las Américas 1978 y era un testimonio del grupo de jóvenes que hacían la revista Areíto en los Estados Unidos desde 1974. De niña no lo leí. Pero mi tío fue tan feliz con aquel libro y tanto lo comentó que quizás por eso me resultó siempre tan cercano el tema, cosa que se incrementó al ver y estremecerme, como tantos cubanos por aquella época, ante el documental  55 hermanos, dirigido por Jesús Díaz, sobre la primera visita a Cuba de la Brigada Antonio Maceo en diciembre de 1977, integrada por jóvenes que de niños habían sido sacados de la isla por sus padres.

 Pero ni entonces, ni mucho después, supe que detrás de ambos proyectos había una mujer mulata, gordita, de rostro afable y sonriente, emigrada, poeta, lesbiana, adicta a los artilugios tecnológicos de su época, doctora en Sociología, profesora en universidades estadounidenses… Ni siquiera lo supe cuando, también como muchos de mi generación, vi una y otra vez la película Lejanía y me conmoví con aquellos versos dichos casi al final por una jovencísima Isabel Santos que encarnaba a una emigrada cubana en los Estados Unidos de visita en La Habana:

(…)

Por eso siempre permaneceré al margen, /una extraña entre las piedras,/aún bajo el sol amable de este verano,/como ya para siempre permaneceré extranjera,/aun cuando regrese a la ciudad de mi infancia,/cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,/demasiado habanera para ser newyorkina,/demasiado newyorkina para ser/-aun volver a ser-/cualquier otra cosa*

 No fue hasta 2013 y gracias a la Casa de las Américas que se me reveló íntegramente Lourdes Casal (1938-1981). Ese año la institución preparaba un Panel en homenaje a la escritora y activista política como parte del Coloquio Internacional Latinos en los Estados Unidos. Me pidieron ayudar a la documentalista estadounidense Estela Bravo a digitalizar un fragmento de su entrevista a Lourdes Casal realizada a finales de los años 70. Fue entonces que la vi y escuché por vez primera. Pocos días después asistí deslumbrada a los testimonios de la propia Estela que junto a los de Ricardo Alarcón, Jesús Arboleya, y Milagros Martínez  me regalaron  el retrato de un ser imprescindible para la cultura cubana. “Me gustaría hoy aquí, reiterar públicamente, que considero que en el país tenemos una asignatura pendiente con Lourdes, con su vida y su obra”, dijo categóricamente Milagros ese día. 

Este segmento tan personal y en alguna medida intrascendente de mi relato y que además hace público mi imperdonable desconocimiento de Lourdes Casal,  no tendría mucha importancia si no fuera porque desde entonces acá me he empeñado en reunir  toda la información posible y testimonios sobre la intelectual con la esperanza de poder filmar un documental que, en mi opinión, mucho merecen ella y los cubanos que aún no la conocen. Y precisamente por eso, siento ahora, a pocos días de que se inicie en La Habana la IV Reunión de la Nación y la Emigración, la necesidad imperiosa de destacar los aportes extraordinarios de una creadora que vivió entre dos culturas, se nutrió de ambas, tomó conciencia de su dualidad y optó por el diálogo con su país de origen y con su proceso político y social, desafiando prejuicios, peligros y hasta sus propias incertidumbres.

La familia y el pueblo cubanos han sufrido desde 1959 hasta la actualidad el impacto del diferendo entre EE.UU y Cuba.  Los niveles de intolerancia y la falta de comunicación han causado divisiones y desavenencias que, en muchos casos, sobre todo en las primeras décadas de la Revolución, fueron irresolubles. La intransigencia del gobierno revolucionario cubano y de buena parte del pueblo comprometido con su Revolución, pero sobre todo la hostilidad de los sucesivos gobiernos estadounidenses y de la derecha cubana de Miami impidieron y retardaron un diálogo imprescindible entre Cuba y su emigración.  En  los 70 comenzó a edificarse la base  de ese encuentro y la figura de Lourdes Casal,   tanto en su dimensión cultural como política, fue fundamental en esa mediación. 

En 1973 ella regresó a Cuba, vía México, después de 12 años de ausencia. De  un grupo de jóvenes que comenzaba a interesarse por la realidad de la isla, fue Lourdes la única en aceptar una propuesta transmitida por la Misión cubana en la ONU  para visitar el país como invitada del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Después de ese  primer viaje, dio una charla ilustrada con diapositivas en el Teatro INTAR en Nueva York, del que era directora ejecutiva.  Una de sus amigas, la intelectual cubano-americana Dolores Prida recordaba en 1981: “… ir a Cuba era considerado como visitar el infierno (…) me quedé  impresionada por las experiencias de su viaje y por su atrevimiento de pregonarlo en aquel teatro frente a un público general”.

Comenzó así para Lourdes una etapa indetenible de divulgación de lo que era la Cuba de los años 70.  Justo en el primer número de Areíto, abril de  1974, en una entrevista que le realiza el propio Comité de redacción, Lourdes  dice: “yo tengo un interés casi obsesivo por la Revolución cubana.  Quiero ver, saber y comprender bien lo que pasa en Cuba”. Guiada por esa pasión,  realizó innumerables acciones  incluso riesgosas para su vida. Por sus manos pasó la organización de la Primera Brigada Antonio Maceo.  Ella no clasificaba como  una de los llamados 55 hermanos pues había salido de Cuba a los 23 años y por su propia voluntad, pero quien observe bien el documental, como yo hice, puede encontrarla un poco camuflada dentro del grupo en el encuentro que sostuvieron con Fidel como cierre de la visita.

La propuesta del gobierno cubano de conversar por primera vez con representantes de su emigración fue lanzada por Fidel en septiembre de 1978, durante una conferencia de prensa  con periodistas  estadounidenses y cubano-americanos.  Allí estaba Lourdes, y luego se convertiría en una de las más importantes colaboradores en los preparativos de aquél primer diálogo que tuvo lugar en noviembre de ese mismo año. Otra vez la veremos en esas imágenes,  acudiendo a dicha cita a la par que recibía tratamiento médico en La Habana, a juzgar por la venda en una de sus muñecas, probablemente cubriendo los accesos debido a  las hemodiálisis. Muchos de sus amigos la describen como una mujer incansable y llena de energías a pesar de su insuficiencia renal  que desde mediados de los 70 venía dándole quehacer. Lourdes fue además quien ideó CubaTravel, una agencia de viajes para facilitar las visitas de los cubanos emigrados a la isla que finalmente se llamaría Marazul con sede en varias ciudades estadounidenses. Innumerables gestiones que ella hacía coexistir con su también infatigable labor como escritora y docente universitaria.

Solo dos ejemplos más: en 1976 la Universidad de Pittsburg patrocinó una conferencia sobre el papel de Cuba en los asuntos mundiales. Acababa de ocurrir el sabotaje del avión de Cubana en Barbados, el asesinato de Orlando Letelier y otros atentados. Lourdes organizó y presidió un almuerzo que contó con la presencia de representantes del gobierno estadounidense y emigrados cubanos de derecha.  Denunció allí las redes terroristas de cubanos exiliados y su participación en esos y otros crímenes así como la complicidad de EE.UU.  En 1978 dio su apreciación  de la  política exterior cubana en el Subcomité de Asuntos Internacionales del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes.  Para entonces ya estaba muy enferma y hospitalizada, pero  pidió permiso en la institución médica para asistir a la conferencia.  

En ese sentido y como parte del intercambio que he sostenido en los últimos años con algunos de sus allegados, su amiga y colaboradora Yolanda Prieto, miembro de la Brigada Antonio Maceo,  me ha contado: “Lourdes continuó viajando a Cuba, estudiando el proceso revolucionario. Cuando regresaba a Estados Unidos daba charlas, participaba en conferencias, sobre Cuba. Por eso fue atacada como defensora de la Revolución. Muchos elementos reaccionarios iban a sus presentaciones para protestar y humillarla”.

Pero en Lourdes  no estamos en presencia de una sectaria o una fanática. Ella desplegó todas sus fortalezas pero consciente de que “la defensa de la Revolución tiene que ir acompañada de la comprensión y el análisis de sus errores y dificultades”, como declaraba uno de los editoriales de Areíto. Por otra parte, son extraordinarios los aportes de Lourdes Casal al estudio sobre la discriminación racial y el mestizaje en Cuba.  En un artículo al respecto, la investigadora cubana radicada en EE.UU Iraida López escribe: “A diferencia de otros autores que, en las décadas de 1960 y 1970, hicieron hincapié en el vigor del racismo en la isla, Casal resalta en sus estudios las posibilidades de la integración racial. Pero si bien celebró los éxitos de la Revolución cubana para eliminar legalmente la discriminación racial, tampoco ignoró los desafíos pendientes para alcanzar una ´verdadera cultura mestiza´ (…)  llevándola a realzar la negritud dentro de los límites del mestizaje. Se trata de un mestizaje activista que en lugar de encubrir las diferencias, las trae a colación.” Otros dos temas que contaron con sus análisis agudos  fueron el caso Padilla y  los acontecimientos relacionados al éxodo del Mariel. Sendos textos fueron escritos por ella y publicados en los Estados Unidos. Una reedición en Cuba de los mismos contribuiría sobremanera al debate en el presente sobre aquellos sucesos.

 Formada en la Universidad católica de Villanueva,  Lourdes había conspirado contra la Revolución entre 1959 y 1961 desde el Directorio Revolucionario Estudiantil.  Roberto Fernández Retamar que la conoció y admiró –como también lo hicieron Miguel Barnet y Eliseo Diego- calificó de “proceso desgarrador y deslumbrante la toma de conciencia que la condujo al encuentro de sus orígenes”. En ello fueron determinantes las luchas civiles y políticas en las que se involucró al llegar a los Estados Unidos, pero sobre todo su viaje a África en 1962, auspiciado nada menos que por la CIA, donde recorrió Senegal, Ghana, Nigeria, Kenya, Egipto, Túnez y Marruecos. “Fue en África que Lourdes reflexionó sobre su propia identidad racial. Desde hacía un tiempo, ella venía cuestionándose su posición negativa acerca de la Revolución de 1959. Este viaje a África la llevó a estudiar más la historia de Cuba y de su propia identidad cubana”, me ha contado Yolanda Prieto.

Esto por un lado y por otro  el haber constatado la hipocresía de los líderes de la contrarrevolución de Miami. Así lo relata otro de sus grandes amigos, el poeta Albor Ruiz, que junto a ella integró el Grupo Areíto: “La realidad de quiénes eran los dirigentes de los grupos opuestos a la Revolución, hizo que tanto Lourdes como yo, que habíamos sido miembros del Directorio Revolucionario Estudiantil, entendiéramos que lo que éstos perseguían no tenía nada que ver con lo que ella ansiaba para Cuba y por lo que estaba dispuesta a luchar. De hecho, con contadas excepciones, la ambición de estos individuos de dinero y poder y su sumisión a los americanos, su disposición a hacerle daño a Cuba y a su pueblo para congraciarse con los amos del Norte y seguir lucrando, fue lo que provocó la revisión radical de posición de nosotros ante Cuba”.

El periodista Andrés Gómez, otro de los integrantes de la Brigada Antonio Maceo y director de Areíto durante años posteriores, me contó que el funeral de Lourdes en La Habana ocurrió en un día lluvioso, después de dos años combatiendo con fuerza contra su enfermedad que le fue robando la vista y la audición.  Según el testimonio que me ofreciera Josefina de Diego quien la acompañó en varias ocasiones durante sus ingresos habaneros, “estaba llena de planes, dictando cartas en inglés que yo le escribía e intentando terminar un libro sobre terrorismo, inspirado en el asesinato en 1979 en Puerto Rico de su joven amigo Carlos Muñiz…” El primero de febrero de 1981 Lourdes moría  en la misma ciudad donde nació, sin haber cumplido los 43 años. Lo que sí logró terminar fue su poemario Palabras juntan revolución , el primer libro de una cubana residente en Estados Unidos galardonado con el Premio Casa de Las Américas en la categoría de poesía, premio que se anunció apenas 3 días después de su muerte y por lo tanto no alcanzó a conocer.

Leí por primera vez Contra viento y marea, bajo la autoría del Grupo Areíto,  cuando comencé a estudiar Periodismo en la Universidad de La Habana en 1985. Lo releí minuciosamente hace un par de años y me reconectó emocionalmente con mi único tío, emigrado a los 21 y quien, como Lourdes Casal, era “demasiado habanero y demasiado newyorkino”.  Sospecho, y me gusta pensar, que se conocieron alguna vez en la Casa de las Américas de Nueva York. A diferencia de ella, mi tío no decidió morir en La Habana aunque sí que sus cenizas volaran hasta esta ciudad y luego fueran lanzadas al mar de Varadero. La relectura del libro me impulsó además a la búsqueda de sus autores con quienes hablo, es decir chateo, frecuentemente, sobre esa mujer que merece un documental y mucho más.

*Poema Para Ana Veldford, de Lourdes Casal

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