Convivio y tecnovivio

por Hernán Gené

El actor y clown argentino Hernán Gené, ex Clú del Claun y participante en Mayo Teatral 2018 con Mutis, correspondió a nuestra invitación con este texto, exclusivo para La Ventana.

Estoy en Madrid, en el día 31 de confinamiento por Covid-19. La ciudad vacía y silenciosa como nunca antes. Los bares y restaurantes cerrados, las tiendas, los museos, los cines, los teatros… Todo cerrado a cal y canto.

Más o menos el mismo panorama que nos llega desde La Habana, New York, París, Bogotá, Buenos Aires, donde tantos amigos viven en la misma situación de encierro, curiosidad, miedo, esperanza e incertidumbre.

(Hay que aclarar que la mayoría de mis amigos vive en una situación que, ahora mismo, podríamos llamar privilegiada: pocos gastos, algunos sin hijos, con algo de ahorros que les permitirían vivir unos meses sin trabajar, etc. Sin ser ricos, viven esta crisis sin las angustiantes preocupaciones del día a día que tiene la mayoría, y esperando a que termine todo esto para volver a las batallas creativas a las que se enfrentaban hasta hace poco.)

Me llama Ramón por teléfono, desde Toledo, para decirme que tiene una idea para un espectáculo de clown, que, cuando todo esto termine, quiere que lo dirija; desde Cádiz, José se entusiasma con la idea de coescribir un espectáculo que reflexione sobre las desigualdades de género, cuando esto termine; desde Milán, Mario me pregunta que cuándo haremos algo nuevo; Marta me propone que vea un corto que filmó, en el salón de su casa, contando una de tantas historias de encierros; y con Jorge, que vive en mi barrio, especulamos telefónicamente sobre cómo será el panorama cuando todo termine y lo que significa la esperanza.

La máquina interior no se detiene, creamos a pesar de todo, encerrados en nuestras casas pensando en cuando eso termine. La frase se repite una y otra vez: cuando esto termine. Porque sin duda algún día terminará. Pero lo que no sabemos es qué dejará, cómo nos volveremos a encontrar, con qué condicionamientos y en qué condiciones.

Me alegran, conmueven y entusiasman todas las propuestas, las elucubraciones, las conversaciones y las video conferencias. Pero echo mucho de menos estar con otras personas en el mismo lugar: entrar al bar y escuchar las bromas de los camareros, darnos un abrazo con un amigo al despedirnos, dar las clases, y, sobre todo, echo mucho de menos ir al teatro.

El convivio, un grupo de personas que comparten un mismo lugar y mismo un momento observando a otras personas que metaforizan el mundo con sus cuerpos. El misterio, lo inexplicable del teatro, esa comunión de cuerpos y emociones diversas que es el teatro. Sí que lo echo de menos.

En estos días de confinamiento aparecen otras formas de estar conectados y comunicados, consumiendo arte, o creando y compartiendo cultura: cursos on line, vivos de Instagram, retransmisiones de teatro en streaming, micro teatro a la gorra por internet, etc. A este tipo de experiencias se les llama tecnovivio: las personas no comparten las mismas coordenadas espaciales –cada una está en su casa–, pero sí las mismas coordenadas temporales –todas participan del hecho al mismo tiempo–. Juntos pero separados. Un poco como la televisión, que a diferencia de las plataformas de streaming, ofrecen desde siempre una especie de comunión que muchas veces la hace ser elegida aunque la programación sea detestable.

Sin embargo, mis experiencias en tecnovivio me dicen que siempre tienen algo decepcionante, que, a pesar de su indiscutible valor, me dejan un regusto amargo de silencio y soledad. Carecen de esa especie de cámara de descompresión tan necesaria que ofrece el convivio luego de la experiencia principal.

Al terminar una clase, mientras algunos alumnos se marchan de prisa, otros de detienen a aclarar conmigo algún detalle del trabajo o para bromear, o se demoran discutiendo sus puntos de vista mientras se cambian de ropa, y varios vamos luego al bar de la esquina a relajarnos conversando de temas de mayor o menor importancia, a conocernos mejor, desde otro punto de vista.

Después de la función, siempre hay alguien con quien comentar el espectáculo o alguna incidencia durante la representación, luego te vas a cenar o a beber algo y conversar, y sientes cómo el espíritu del teatro se va diluyendo poco a poco mientras vuelves paulatinamente a la vida real.

En todos los casos, cuando llego a casa, he logrado echar fuera buena parte de la energía de la que me cargué durante la representación.

Con el tecnovivio no existe ninguna posibilidad de hacer nada de eso. Cierras la transmisión, apagas el ordenador y vuelves a estar solo en tu realidad confinada, pero con una soledad mucho más grande ahora, como si la fiesta se hubiera interrumpido de golpe. Cada vez que termino una clase o una conferencia on line, doy vueltas por la casa, desolado, me cuesta conciliar el sueño, y me descubro al día siguiente llamando por teléfono a los organizadores para preguntarles cómo ha ido, si les pareció bien el encuentro y si tuvieron comentarios de los participantes; pero en todo caso no son sus respuestas lo que me interesa sino esa continuación de vida nacida de la intensa vida que es una experiencia teatral convivial, esa cámara de descompresión tan necesaria para sentirse parte de algo vivo.

Algo que nada que no sea el teatro puede darme y que espero poder volver a vivir lo antes posible.

Un comentario

  1. Muy cierto e interesante la introducción del término tecnovivio. Me identifico con el maestro Gené en la soledad y el vacío d e «el despues» de una experiencia teatral y la necesidad intuitiva de reunirse para depurar el encantamiento e ir volviendo paulatinamente a la realidad.

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