Memorias e imágenes de una iglesia y un incendio

por Camila Valdés León

Son las 7 a.m. En una avioneta de diez plazas sobrevuelo las montañas del norte haitiano. En medio de  la luz brumosa de la mañana se vislumbra, como el casquete de un barco surcando unas olas de piedra, el perfil inconfundible de La Citadelle. Inconfundible porque su imagen ha poblado mis sueños y mis lecturas, inconfundible también porque, como las monumentales líneas de Nazca, pareciera haber sido hecha para ser vista desde los aires.

Foto de la autora

Esa es la imagen de mi primera visita a Haití. De Puerto Príncipe habíamos tomado mi compañero y yo un vuelo hacia Cabo Haitiano, en medio de una intensa agitación social y una situación política cada vez más insostenible. Okap nos recibió durante un período que terminó siendo extendido: una vez en la celda perfecta de su bahía entre montañas, la acción de atravesarla y salir de ella, era una proeza. Día tras día, desde el primero, insistimos en llegar a Milot, a una veintena de kilómetros de la gran urbe. Las manifestaciones y barricadas, la inseguridad en la carretera y las muchas diminutas y acumuladas complejidades de un país a punto de estallar, nos lo impedían.

Cuando finalmente pudimos, la travesía fue excepcional. Al llegar, tras casi 2 horas de sortear entuertos (humanos y naturales) me sorprendió la calma y la nitidez de pueblito pequeño en medio de las montañas. El jeepie que nos había sacado del barullo de Okap subió resoplando una cuesta empedrada, aun sin salirse del todo del pueblo. A través de la ventanilla se dibujó, a nuestra derecha, una iglesia blanca y azul de convexo y pronunciado techo negro; más allá, las ruinas, rosadas como recién nacidas, de una construcción enorme y palaciega. Pregunté al guía, con quien hablábamos en una mezcla de inglés y francés, amparado por mi poco y esforzado creol, qué era aquello que dejábamos atrás. “Lo veremos todo luego”, me dice, “la Capilla Real y el Palacio de Sans Souci”, pues toda nuestra energía debía reservarse para primero subir, a lomos de mulo, a La Citadelle La Ferrière.

Como expurgados tras la visión del infinito, descendimos, par de horas luego, de los muros ciclópeos y vibrantes aun de gritos húmedos de la fortaleza inexpugnable. En nuestros ojos bajaron también las imágenes de la bahía de Okap, mordida la costa norte por entradas y promontorios. En nuestra piel, el viento que cruza el macizo montañoso y descubre los caminos que marcaron caciques y esclavos fugitivos. En nuestros oídos, la vida cotidiana que repta por sobre las murallas con sus llamadas y risas, sus gallinas y tambores, sus campanas y sus fogatas.

Imagen tomada de Internet

Fue extraño sosiego lo que sentí al volver al pueblo que una vez fue corte real, con sus espacios trazados en función del delirio de la primera monarquía americana, nacidos de la locura y la fortaleza de un gran general de la revolución haitiana que desde allí controló el Reino del Norte, definió escuelas y derechos, otorgó títulos nobiliarios y tierras, organizó sistemas de defensa militar y códigos de comportamiento cortesano; fiscalizó vida, muerte e ilusión. Porque, aun cuando del palacio de Sans Souci queda lo que perdonó el despojo de 1820 y el terremoto de 1842, hay una vibración que es la de la vida que continúa y circunda la memoria convertida en patrimonio mudo. No quedan del palacio real los espejos para vigilar a los visitantes; a los leones negros que guardaban la fuente se los llevaron quién sabe a dónde hace siglos; las caballerizas y los jardines son vestigios invocados por las palabras del guía; la biblioteca, otrora llena de libros, es solo ventanas para contemplar la naturaleza. Y allí donde el rey Henri Cristophe cortó su vida con una bala de plata, no hay más techo que un cielo fulgurante como la muerte misma.

Imagen tomada de Internet

Pensé en ese momento que Ti Noel, en El reino de este mundo vió lo que Alejo Carpentier soñó, encantado ante tanta épica humana, cuando viajó por primera vez a Haití, en 1943. Ya de Sans Souci quedaban entonces las mismas ruinas que vi yo 76 años luego. En la explanada de palacio aun permanecía el árbol, ya bicentenario, y el busto anónimo que algunos identifican con Pauline Bonaparte; allí, en la explanada en donde juegan los niños y en donde está marcado el trillo de los que atraviesan las ruinas para acortar el camino entre un punto y otro del pueblo.

A los pies de la gran avenida de entrada a tanta grandeza efímera, recortado contra el marco de montañas y el extenso azul, se alzaba la capilla real de Milot. Como la vi yo, con su trazado circular y su cúpula de casi 30 metros de diámetro, la vió Carpentier: en 217 años solo la habían reparado, de manera capital, una vez, en 1934, bajo el gobierno de Sténio Vincent, en el año de la salida de la ocupación militar norteamericana en la isla.[i] Primero el ISPAN[ii]  y luego la UNESCO en 1982, reconocerían el valor patrimonial del complejo de edificaciones que son hoy Parque Nacional.

Este lunes 13 de abril, en la madrugada sin luna y sin electricidad, un fuego devastó su cúpula. La redonda quietud de madera colapsó sobre los bancos de la iglesia, que no había ejercido oficio desde que comenzó la alarma  de esta otra pandemia. Los vecinos corrieron a ayudar; los vecinos corrieron espantados, silenciados por tanta destrucción. Dos horas después, una patrulla de bomberos llegó desde Okap, pero ya nada se pudo hacer.

Imagen tomada de Internet

Desde la distancia he leído todo tipo de noticias, principalmente de medios de prensa haitianos y de los pocos internacionales que reflejaron, más allá de una breve réplica, la noticia. No me puedo creer tanto detalle suelto y aparentemente sin sentido. La iglesia se incendió y no se saben sus causas. Las ruinas del techo parecen contener un material, amianto, de riesgo cancerígeno para el ser humano. El día antes, domingo de Pascuas, hubo un acto de vandalismo, aun no precisado su contenido, en el parque nacional que comprende esta iglesia, el palacio, la fortaleza y otro grupo fortificado. Arquitectos del país están uniendo esfuerzos para llegar al sitio y evaluar daños y capacidades. Un antiguo presidente, de aquellos militares duvalieristas que quisieron capitalizar la “transición democrática”, convoca hoy al gobierno a dar garantías para la salvaguarda del patrimonio. Asociaciones y entidades civiles han firmado una carta denunciando que esta tragedia era una muerte anunciada. Alguien sabio en fechas recuerda que el año 2020 marca el 200 aniversario del suicidio de Henri Cristophe y el fin de su reinado, e, irónicamente, de la capilla donde se coronó como Henri I quedan rescoldos. Otros también recuerdan que hace casi un año otra iglesia de valor cultural mundial se incendiaba sin remedio antes las cámaras de todo el orbe. La UNESCO se ha pronunciado a todos sus niveles, el ISPAN también, el gobierno local y nacional también: la ayuda no se hará esperar, la ayuda llegará, la ayuda ya está en camino. Mientras, el terreno de la iglesia, y la entrada al parque nacional, permanecen acordonados y su entrada restringida; la pandemia sigue diezmando a las diversas humanidades que somos, el mundo se abraza a la espera de una tremenda recesión económica y en el Caribe siguen aumentanto los casos.

Imagen tomada de Internet

Como un ojo ciego, desde la vacuidad de sus muros sin techo, se abre ante mí el cráter de Milot. En mi mente ya para siempre quedarán las imágenes y videos pavorosos del incendio. Sin embargo, algo en ellas me conmueve y me sostiene: personas de todas las edades y tamaños cargaron agua sobre sus hombros para salvar su iglesia y su patrimonio; personas de todas las edades y tamaños permanecieron aun tras consumado el desastre, en la vaga luz de la mañana, como quien vela a un familiar en su lecho de enfermo.

Aquella vez que allí estuve, hice fotos en todos los demás sitios del parque nacional, pero algo me previno de tomarme el consabido retrato ante la puerta de la iglesia de Milot. Tras la soberbia cuasi divina de la fortaleza La Citadelle y la empalagosa exhuberancia del palacio Sans Souci, me sobrecogió la simpleza, la belleza nacida de la violencia, el azul de cielo empastado entre el verde y el negro de la tierra, la amasada materialidad de las columnas de la iglesia, parte más del pueblo que aun la habita en presente. Me dio pudor retratarme como una extranjera que llega y se va. Pensé “ahí seguirá, porque es de todos, y mía ya es, porque está en mi memoria”.


[i] En 2018 se llevaron a cabo reparaciones del techo de la iglesia para cubrir agujeros que dejaban filtrar el agua de lluvia.

[ii] Institute de Sauvegarde du Patrimoine National.

Un comentario

  1. Quizas muchos cubanos, tan viejos como yo, leimos el Reino de este Mundo, de Carpentier, pero apuesto que muy pocos comprendimos suficiente el drama humano y la grandeza histórica del evento que conocimos como la revolución haitiana de Toussaint de Louverture. Además del mercado del café y del azucar, cruzó por el Paso de los Vientos el primer aliento de que derrocar al coloniaje esclavista era posible y también llegó un concepto político que nos marcó en cuanto a como realizar el sueño de nación independiente; «el miedo al negro», donde se basó la discriminación que dividió de antemano la nueva sociedad que debia resultar de la épica independentista, protagonizada una y otra vez, hasta 1959.
    El incendio, aún sin culpable, de la Iglesia de Milot, no es mas que el último episodio del sufrimiento del heroico y sufrido pueblo haitiano, que tanto ha aportado a nuestra construcción como nación.
    Intenté muchas veces pisar suelo haitiano sin lograrlo y estoy cási seguro que ya para mi es tarde.
    Felicito su sentida prosa Camila Valdés León.
    Saludos.

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