Sobre el incendio de la Iglesia de Milot el pasado lunes 13 de abril en Haití

por Claudia Felipe (Profesora de la Facultad de Artes y Letras y presidenta de ICOMOS Cuba)

A un año del muy mediático, y no menos trágico, incendio de la Catedral de Notre-Dame de París, arde en Haití la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Milot, otrora Capilla Real bajo el reinado de Henri Cristophe. Ambos bienes están amparados en declaratorias de Patrimonio Mundial por la UNESCO, sin embargo, sus fortunas se hermanan y a un tiempo se desencuentran. Las dos evocan dramáticamente los múltiples desafíos que enfrenta la conservación del patrimonio cultural hoy, compartidos por obras “mayores” y “menores”, y que comprenden desde los conflictos bélicos hasta las presiones del desarrollismo y el turismo de masas. Pero, sin dudas, estos retos son atizados por la desigualdad, la pobreza, la precariedad económica, la escasa voluntad política. En la Iglesia haitiana, erigida en los albores del siglo XIX, se infiere por imágenes y declaraciones de autoridades y expertos locales que el daño ha sido considerable.

En las últimas décadas, la UNESCO y otros organismos internacionales han dedicado no pocos esfuerzos específicos de capacitación a la región del Caribe, debido a su exigua presencia en la Lista de Patrimonio Mundial y limitadas infraestructura y experticia para la conservación patrimonial en general (salvo el caso reconocido de Cuba). Amparados en la Estrategia Global para una Lista del patrimonio mundial equilibrada, representativa y creíble, estas iniciativas han procurado mitigar las notables desigualdades en las declaratorias de Patrimonio Mundial a escala global, consecuencia de profundos desbalances que exceden el ámbito de la gestión patrimonial y tienen en el Caribe una expresión evidente.  

Mientras buscaba información adicional sobre el siniestro que ocupa este comentario, se me revelaba en toda su dureza el drama de uno de los países más pobres del mundo. No solo escasas referencias al desastre, inserto en un cauce informativo volcado a una pandemia global: en febrero pasado, 15 niños murieron en las afueras de Puerto Príncipe, víctimas de un incendio en un orfanato improvisado. Las dos tragedias comparten palabras-clave (“Haití”, “incendio”, “iglesia”), apenas un par de meses entre ambas, e inmensos desafíos de índole humana.  La Lista de Patrimonio Mundial entiende al “valor universal excepcional”, a saber, el interés cultural y/o natural de un bien que excede los límites nacionales o regionales, como fundamento indispensable para una inscripción. En síntesis, el daño a un sitio declarado patrimonio mundial ha de entenderse como pérdida colectiva, que demanda la solidaridad y el concurso de la comunidad internacional. En el caso de Haití, el apoyo en la recuperación de un símbolo de la Revolución Haitiana es otra deuda para con su cultura y su pueblo, que no es sino un compromiso para con nuestra propia historia.      

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