La literatura y las mujeres, otra vez

por Luisa Campuzano

¿Existe una literatura escrita por mujeres, distinta de la escrita por hombres justamente porque la escriben mujeres?  ¿Se escribe como mujer porque se es mujer?  ¿Se escribe con el cuerpo?  ¿Y cómo se escribe con el cuerpo?  ¿Se escribe con el cuerpo, como sostiene Hèlene Cixous, en plena jouissance erótica, tal como lo había supuesto en el siglo V antes de nuestra era, pero con fines y performance menos estridentes, Diotima de Mantinea? ¿Hay en la escritura una determinación morfológica, fisiológica, vinculada al sexo de quien escribe?  ¿O se trata de poner de algún modo en lo que se escribe la marca de una actitud ante la vida determinada por el género, por la sociedad que nos construye como hombres o como mujeres, con roles específicos, con costumbres, formas de ser, de pensar, de existir? ¿Y cómo se lee?  Porque no sólo los autores, sino también los lectores somos sujetos de carne y hueso, sujetos sexuados; no somos parte de una entelequia neutra, un universal, una idea absoluta.  Pero esa es otra pregunta, que daría ocasión para otros asuntos vinculados, sin duda, a nuestro tema, a los que nos acercaremos de pasada, como es el que se refiere al canon, a quiénes lo han elaborado y reforzado a lo largo de los siglos.

Recuerdo un número memorable de Feminaria, la magnífica revista que publicaba nuestra querida Lea Fletcher en Buenos Aires, y tengo muy presente, en mi laptop y en mi mesa de trabajo, la colección de entrevistas a escritoras cubanas que hizo Helen Hernández Hormilla, publicadas originalmente en Revolución y Cultura.  En Feminaria y en lo que terminó siendo el libro de Helen  esta pregunta, o estas preguntas dan lugar a las más variadas y a veces enconadas respuestas por parte de escritoras argentinas y cubanas.

Esta pregunta, que al final es una sola, ¿existe la escritura de mujeres?, se convirtió, en el último tercio del siglo pasado, en uno de los temas favoritos del reducido número de estudiosos que se ocupan de las escritoras.  Y como ha habido –en los sitios donde se plantean estas preguntas, no en Cuba– mucho papel, y mucha tinta, y muchos medios a través de los cuales desarrollar las respuestas por ella demandadas y las razones para esas respuestas, pues me parece que esta pregunta sin duda ha llegado a tener una espacio mayor que el que tuvieran en el Medioevo tanto las respuestas a la pregunta de si Dios existe, o a la de cuántos ángeles cabían en la punta de un alfiler, como los múltiples intentos de demostración de la existencia de Uno y de cantidad de otros.

No cabe duda de que hay, frente a esta pregunta,  dos actitudes, que corresponden a respuestas positiva o negativa, y actitudes relativistas o agnósticas, con los matices de rigor.

Quienes decimos que sí existe una literatura de mujeres y una literatura de hombres, susceptible cada una de ser identificada por marcas que tenemos que ser capaces de descubrir, lo hacemos del mismo modo que, tomando en cuenta otras determinaciones y circunstancias de quienes escriben, en tanto individuos, decimos que hay una literatura producida a partir de posicionamientos de clase, raza, lengua, cultura, ideología, preferencia sexual.  Como se ha dicho, “la diferencia sexual constituye una dimensión fundamental de nuestro experiencia y de nuestra vida, y no existe ninguna actividad que no esté en cierto modo marcada, señalada, o afectada por esa diferencia”.  En nuestro país bicolor y de múltiples gamas y tonalidades, ¿no podemos decir lo mismo en relación con la raza, por ejemplo?

Hubo en Cuba poesía negrista, cultivada por autores blancos que también escribían otras cosas, una poesía muy buena, excelente, antologada y celebrada ya en aquellos  años 20 del Harlem Renaissance, de las máscaras africanas, de la Antología de Blaise Cendrars…  Después esos autores no volvieron a escribir poesía negrista, y algunos, ni siquiera poesía.  Pero hay una extraordinaria poesía cubana de autores negros y mulatos que nadie  llamaría negrista, donde el sustrato étnico es esencial y al mismo tiempo particularizador, como lo es, para mí, la diferencia sexual en la obra de muchas autoras cubanas, conscientes o no de que esta es una marca de su escritura.

Quienes opinan que no existe diferencia de género, lo expresan diciendo que sólo hay literatura buena y literatura mala.  Y suelen ser mujeres las que dan esta respuesta.  En parte porque casi siempre es sólo a ellas a quienes se les formula con irritante reiteración esta pregunta.  Y sin duda alguna porque siglos y siglos de preterición han conformado un canon en el que los valores, lo bueno y lo malo, lo que debe estar y lo que no debe estar, lo encomiable y lo desechable lo han decidido aquellos en quienes ha residido el poder, y el poder… puede.

¿Por qué José Martí escribió lo siguiente?: “Hay un hombre altivo, a las veces fiero, en la poesía de la Avellaneda […] No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica”.  Pues, obviamente, porque había, hubo durante siglos, un paradigma de lo femenino, construido por los cánones tradicionales formulados por los hombres, que ella transgredió una y otra vez.

El tema es viejo, muy viejo: ya mencioné a la Diotima del Banquete de Platón y a él volveré más adelante.  Así que obedeciendo a mis orígenes clásicos,  me gustaría citar un ejemplo de la Atenas de Pericles, del siglo V antes de nuestra era, recordando cómo en las Tesmoforias Aristófanes ya lo planteaba de algún modo, al presentarnos al trágico Agatón vestido de mujer, porque las heroínas de la obra que estaba escribiendo eran mujeres y tenía que ponerse a tono, tenía que escribir con un cuerpo… vestido de mujer: creo que este es el primer cross-dressing registrado por la historia.  Me quedo con Aristófanes, pero ahora como personaje, al igual que Agatón, que ambos lo son del Banquete.  En este famosísimo diálogo de Platón, Aristófanes introduce el mito del surgimiento de los sexos, explica el origen de la atracción sexual (hétero y homo), y habla por primera vez, creo, no lo sé a ciencia cierta, de los andróginos. Y eso lo recuerdo no solo como curiosidad o pedantería, sino para traer a colación la importancia que le daba Virginia Woolf a cierta androginia en relación con la escritura, con la ficción: “Es fatal ser hombre o mujer, sin más; se debe ser mujer-varonilmente u hombre-femeninamente”; androginia que me gusta más que el bisexualismo de Hèlene Cixous… y el binarismo excluyente de lo masculino vs. lo femenino, propio del pensamiento de  tiempos de Martí.

Y por último, para terminar, quisiera dirigirme al grado cero de la escritura y ocuparme brevemente de dos especies apenas valoradas por la crítica, donde la literariedad es apenas perceptible: las memorias y la literatura de viajes, y ver cómo funciona la diferencia sexual en algunos de estos textos.  Primero simplemente resumiré el fabuloso descubrimiento hecho por Sylvia Molloy, la brillante crítica y escritora argentina, cuando estudia la literatura autobiográfica latinoamericana escrita por hombres y mujeres y descubre que los hombres nacen grandes, que no tienen infancia, que sólo empiezan a vivir cuando tienen poder, o cuando comienzan a luchar por él.  El mejor ejemplo, y hablo de memoria, son los Recuerdos de provincia, de Sarmiento.  Mientras que las mujeres nacen niñas, tienen miedos, debilidades, dudas, sobresaltos, todo lo que sabemos… porque no temen decírnoslo.

Y, en relación con la literatura de viajes, me resulta aún más interesante el hallazgo.  Como se sabe, en Un cuarto propio, Virginia Woolf le inventa una hermana a Shakespeare: Judith, Judith Shakespeare, que tiene las mismas dotes que el Señor le otorgó a su hermano Willy, y sin embargo no podrá desarrollarlas, porque la sociedad patriarcal no lo permitirá.  Bueno, Bonnie Frederick, una argentinista norteamericana, decidió que había dos hermanos susceptibles de ser estudiados, que habían escrito textos similares sobre temas similares: Eduarda y Lucio Mansilla narran sus respectivos viajes a los Estados Unidos.  Y la crítica comparó la literatura de viajes de ambos, para descubrir que mientras Lucio entraba, salía, se paseaba, sin dar más detalles de cuándo, por qué, cómo…, su hermana lo iba documentando todo, todo, como para que no hubiera la menor duda de que ella, que no era más que una mujer, y por lo tanto alguien que carecía de la autoridad que sin dudas le sobraba a su hermano, había estado allí, porque si no lo decía, no se lo iban a creer.

Próximamente volveré al tema.  

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