Reflexiones de estar resguardado en Vieques, Puerto Rico, por causa de Covid-19, I

por Lowell Fiet

(Estas reflexiones cotidianas cubren dos semanas: desde el 3 de abril, cuando recibí la propuesta del proyecto, hasta el 17 de abril. Soy historiador y crítico de teatro y performance. Como extensión, investigo, documento en fotografía y escribo sobre el “performance cultural” de festivales caribeños a través del arte de sus máscaras y comparsas enmascaradas. También dirijo talleres de máscaras para niños, jóvenes y adultos y tallo máscaras de madera.)

Viernes, 3 de abril: hoy no tallaba como lo he hecho casi cada otro día desde que comenzó el auto-aislamiento en nuestra casa en la isla de Vieques, Puerto Rico, el 11 de marzo. Usualmente, por razones tanto profesionales como personales, paso uno o dos días cada semana o cada otra semana en San Juan. Por más de 20 años Vieques fue mi segundo hogar –Río Piedras (en San Juan) fue el primero por 40 años mientras era catedrático de la Universidad de Puerto Rico—pero al retirarme hace dos años, el primer y segundo hogares se intercambiaron. Vieques ofrece espacio, comunidad y una cercanía a la naturaleza, pero teatros y cines y muchos otros recursos, eventos y personas quedan inaccesibles desde esta isla municipio. Por ejemplo, dirigí talleres de máscaras en San Juan el 23 de febrero y 1ro. de marzo y dicté conferencias el 29 de febrero y el 10 de marzo. También asistí a la obra teatral “Estorbos públicos” de Jorge González el 1ro de marzo. Mi vida normal requiere ese flujo entre Vieques y Puerto Rico. Sin embargo, hay poca normalidad en nuestra actualidad de enfrentar el virus Covid-19.

Aparte de las limitaciones, hay muchos placeres y privilegios al estar aislado en la isla de Vieques. Somos casi prisioneros a la vez que ya no deben llegar turistas que traerían el virus. A pesar de un sistema de transporte marítimo penoso, ahora las embarcaciones de carga viajan con regularidad para suplir comestibles y bienes esenciales en vez de pasajeros. másTaller, mi taller de máscaras, está reubicado en el balcón de nuestra casa en Vieques. María Cristina, mi compañera de los últimos 27 años, hace sus rondas diarias de la propiedad de media cuerda cuidando sus amapolas, canarios y trinitarias, entre otras matas y flores. Ser tallador de máscaras y jardinera no son roles nuevos para nosotros, pero sí han adquirido una nueva importancia dentro de la vida cotidiana del “distanciamiento social” en Vieques. Hacemos mucho más: María Cristina escribe semanalmente su columna de cine para En Rojo/Claridad y yo tengo dos ensayos en proceso; leemos mucho; los perros (dos) y gatos (cinco oficiales y hasta ocho callejeros) siguen en el medio del escenario; vemos una variedad de series en Netflix (porque sí tenemos una fuerte señal Wi-Fi); y el patio y los alrededores de la casa están más recogidos que nunca. Los perros piensan que estoy entrenándoles para las Olimpiadas con la cantidad de rondas que caminamos mañana, tarde y noche.

De hecho, nos hace falta poco en Vieques. La farmacia (única) y los dos supermercados están abiertos y organizados para proteger a sus clientes y empleados. La Finca Conciencia nos trae vegetales orgánicos frescos los jueves y tenemos tiempo para experimentar con platos nuevos como sopas de lentejas y de calabaza. No es perfecto. Siempre la amenaza, en mayor y menor grados, continúa afuera. La familia en Puerto Rico nos parece tan distante como si viviera en otro país. El viaje a Ghana en junio que yo contemplaba con una clase graduada de la Universidad de Puerto Rico fue cancelado, y acaban de cancelar el viaje escolar a Europa en que María Cristina iba a acompañar a nuestro casi nieto Diego y su mamá, nuestra ahijada-hija Marzo, en junio-julio. Son privilegios fácilmente olvidados en comparación al sufrimiento y sentido de pérdida experimentados por tantos en zonas de más peligro y de menos recursos que nosotros.  

Sábado, 4 de abril: tampoco tallaba hoy, aunque si podé un árbol de guayacán medio destruido hace dos años y medio por los huracanes Irma y María. Como cosecho tengo cuatro medios troncos de alrededor de 16 pulgadas para poder tallar cuatro máscaras durante los próximos meses. La madera de guayacán es más densa, dura y pesada que la de caoba, uva playera y aún “aprín” (jujube en las islas al este de Puerto Rico), que son las maderas que más utilizo para crear mis máscaras. Son maderas duras y es un proceso de labor intensa que puede tomarme un mes o más para terminar una máscara.

Desde 1939 hasta 2004 dos terceras partes de Vieques fueron ocupadas por la Marina de Guerra de Estados Unidos. En 1939-40 tumbaron casas y destruyeron comunidades, desahuciaron la gente y cerraron la industria azucarera y el negocio de ganado. Concentraron la población en una tercera parte del centro de la isla y transportaron los no acomodados a la isla de Santa Cruz (territorio de Estados Unidos), Puerto Rico y los Estados Unidos. La Marina de Guerra utilizó Vieques como área de prueba de bombas, cañonazos, cohetes, napalm y otras municiones vivas y hasta radioactivas por 40 años creando una zona de desastre ecológico. También ensayaron en la isla las invasiones de países caribeños y centroamericanos desde los 1950 hasta los 1980. Las protestas masivas del pueblo entre 1999 y 2003 finalmente sacaron a la marina en 2004. Sin embargo, a pesar de los acuerdos firmados, han cumplido sólo mínimamente con las tareas requeridas de limpieza de los terrenos.

Además de los terrenos inaccesibles y contaminados por los bombardeos, Vieques queda como uno de los dos municipios de menos desarrollo económico, menos ingresos por persona y más desempleo. Hay una alta dependencia de ayudas federales (Estados Unidos) y una falta de autonomía que resulta en una condición doblemente colonial –de los Estados Unidos y también del mismo gobierno de Puerto Rico. No obstante, los viequenses son resistentes y en tiempos de crisis han aprendido a auto-gestionar su sobrevivencia y recuperación sin esperar asistencia estatal o federal. La pandemia de Covid-19 también se trata así: una isla-comunidad de alrededor de 9,500 habitantes decidió tomar sus medidas de protección antes de las declaraciones oficiales del gobierno de Puerto Rico.

Domingo, 5 de abril: hoy ha sido un día de descanso y lectura. Obviamente, leemos todos los días: las noticias disponibles en línea de Puerto Rico (El Nuevo Día), Nueva York (New York Times), España (El País) e Inglaterra (The Guardian) y otras fuentes de análisis crítico como The Intercept y el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico. María Cristina es más diligente que yo en mantenerse al día. Me concentro en el Times y los servicios de “Democracy Now” y “Readers News Network.” Muy poco nos llega directamente del resto del Caribe o de América Latina. En Puerto Rico, hay que buscar noticias no enfocadas en los Estados Unidos. Recibo informes sobre Cuba a través de la Casa de las Américas, pero casi nada entra por los medios normales.

Otras lecturas son de placer: las novelas del escritor catalán Jordi Sierra i Fabra que tratan del ex-inspector de policía Miquel Mascarell en Barcelona entre 1939 y 1954. Otro favorito es el sudafricano Deon Meyer. Como John Le Carré, Jordi Sierra, Leonardo Padura y Steig Larsson, entre otros, Meyer sabe integrar el mundo político real dentro de sus ficciones de detectives y espías.

Hoy ha incluido un poco de todo: las tareas obligatorias de perros y gatos y cuido del patio, tallar por ratos, leer y terminar la noche con un episodio de la serie de Showtime, Homeland (Patria natal).

Al comenzar estas reflexiones releí la sección “El teatro y la peste” de El teatro y su doble (1938) de Antonin Artaud. El teatro domina los últimos 55 años de mi vida y no he encontrado –ni La peste de Albert Camus, ni “El ángel

[destructor]

de la historia” de Walter Benjamin– otro escrito, obra, ensayo, novela o teoría que pone en relieve con tanta claridad el vórtice de la pandemia con todos sus afluentes sociales, políticos y económicos que el mundo enfrenta en este momento.

Según Artaud la peste está siempre latente en cada sociedad en que florece. Sólo requiere las condiciones especiales –como la pobreza, la corrupción y la desigualdad (“la putrefacción moral”)– para activar y desprenderla. Eso quiere decir que la prevención también es posible. En 1720 en Cagliari, Sardinia, el virrey Saint-Rémys tuvo una pesadilla en que su cuerpo experimentó todos los síntomas y efectos físicos de la peste y pudo ver el caos social desenfrenado ocasionado por ella. La próxima mañana Saint-Rémys cierra el puerto de Cagliari, y bajo la amenaza de cañonazos, niega la entrada del buque Grand-Saint-Antoine. El buque no entra y continúa a Francia donde su llegada señala el gran contagio de Marseille de ese año. Pero Cagliari no experimenta “la más perniciosa de los virus” hasta entonces conocidos en Europa.

El teatro debe funcionar como esa pesadilla y hacernos experimentar de manera psico-cinética los males como la peste y poder enfrentarlo en la vida real. Esta función, “metafísica” para Artaud, pero más bien “metafórica” o, adaptado al lenguaje de Augusto Boal, un “ensayo” para la realidad, sigue vigente para nosotros. Noam Chomsky escribe que la pandemia actual había sido prevenible pero que los gobiernos del mundo habían ignorado o no sabían cómo leer los mensajes y señales enviados en anticipación de y después del desprendimiento inicial del virus. Según Artaud, no pueden o quieren entender “la víctima de la hoguera señalando a través de las llamas”. Puede ser apócrifo, pero entiendo que al principio de marzo el gobierno de Jamaica negó la entrada de un crucero. Más tarde el mismo entró en el puerto de San Juan, Puerto Rico. El primer caso de Covid-19 en Puerto Rico bajó de ese crucero como paciente y murió después. Además, las autoridades dejaron que los otros pasajeros que viajaron con ella también desembarcar y circular por San Juan antes de embarcarse de nuevo para salir el próximo día. Los casos empezaron a subir.

Lunes, 6 de abril: entre mis tareas de hoy ha sido la de pasar el tractorcito de patio para podar la grama. Toma como hora y media y después otra hora y media si uso el “trimmer” (podadera de línea, pero creo que “trimmer” ya es una palabra casi universal) para recortar el pasto en los bordes, alrededor de árboles y matas y debajo de las verjas. Pero no hubo tiempo hoy para el “trimmer”.

Es que también estoy luchando con los pasos básicos para limpiar la parte hueca de la máscara actual y poder concentrar mejor en los detalles de los ojos y la boca. Sin remover la madera del dorso es difícil ver el diseño como una máscara viva, de uso, y no como una pieza decorativa para una pared. Sin eso, la máscara no me habla, no me muestra su textura, grano y personalidad. Dicté una conferencia reciente en que propuse que cada máscara que tallo es un auto-retrato, un reflejo no solamente de mi ser, pero también un puente a mis orígenes, mis ancestros de generaciones pasadas hasta, por lo menos, la época pre-cristiana europea antes del siglo diez u once. Por eso es tan importante para mi estudiar tanto las máscaras africanas como las de las fiestas pre-cristianas europeas. Se conectan si vamos suficientemente atrás. África llegó a Europa siglos antes de las incursiones europeas en África que trajeron africanos esclavizados al Caribe.

Martes, 7 de abril: hoy cumplo 72 años. Después de cuidar perros y gatos por la mañana, María Cristina y yo salimos de la casa para ir a la base vieja de la Marina de Guerra para caminar (ella) y correr bicicleta (yo). En los últimos dos años he perdido mi ritual de correr bicicleta temprano cada domingo por la mañana. Ya los domingos normales en Vieques llevo mis perros a caminar cerca a la playa en la antigua base. Aunque el acceso a partes de la base y sus playas están limitadas por el coronavirus, de cualquier manera, decidimos caminar y correr en una parte todavía no restringida.

Por la mañana recibí una llamada visual “Zoom” de la familia en Puerto Rico. Me cantaron “Cumpleaños feliz” y “Feliz, feliz en tu día…” y sentí su cercanía. Después me llamó mi tía de 95 años de edad para felicitarme. Ella cree que tener 72 años es como todavía ser adolescente. Tengo un hermano que vive lejos. Intercambiamos tarjetas durante la época de la navidad, pero usualmente no solemos saludarnos para nuestros cumpleaños. Este año fue diferente. Él y su esposa iban a viajar a Puerto Rico en marzo para visitarme por primera vez desde que resido aquí. Tuvieron que cancelar el viaje por la crisis y ahora me llaman para felicitarme.

En casa celebramos con un almuerzo de filetes empanados de mero fresco con ensalada verde. La vecina de frente –avisada por María Cristina– me hizo un delicioso bizcocho de zanahoria para ayudarnos a celebrar. Ella es la maestra de historia en la escuela superior de Vieques, pero también es una excelente repostera y así genera ingreso adicional para su familia. Es un caso típico de muchas familias de Vieques que encuentran la manera a “tiempo parcial” de extender sus ingresos a través de destrezas especializadas.  

Ya estoy tallando diariamente. El proceso de esta máscara es lento y no me satisface. Me siento limitado por el diseño inicial que no me permite el espacio para innovar y transformarlo. Tengo que hacer mis cortes más radicales.

Miércoles, 8 de abril: no soy fanático de hacer compra, lo que hemos hecho cada viernes desde el 11 de marzo, el comienzo de estar resguardados en casa. Esta semana hubo presión para hacer compra temprano porque los supermercados iban a cerrar de viernes a lunes por concepto de Semana santa. Es la época playera y en años normales las islas municipios de Vieques y Culebra recibirían una inundación de turistas y estudiantes principalmente puertorriqueños que llenarían todos los hoteles y casas de huéspedes y acamparían en cada pedazo de playa accesible. Familias enteras viequenses también irían a la playa para establecer campamientos para residir desde el jueves hasta el domingo. Son días de comer y especialmente beber demasiado. Este año no: playas cerradas, tiendas cerradas.

No obstante, los viequenses sentían la necesidad de llegar al supermercado para comprar y almacenar comida para cubrir los tres días de cierre. Decidimos no esperar para el jueves y fui esta mañana. Ya el sistema de compra había cambiado: dejaban solamente alrededor de 15 personas en el supermercado a la vez. Los demás, yo incluido, quedamos en fila separados por seis pies con la distancia marcada en el piso. Yo era el número diez y tomó 40 minutos parado en la rampa antes de poder entrar. En ese tiempo pasó un camión de la defensa civil con una manguera para lavar la rampa y movimos de lado a lado mientras mojaban el lado opuesto y los empleados aplicaron cloro al piso para desinfectarlo. No se puede entrar en la tienda sin mascarilla puesta. También tengo guantes médicos, como la mayoría de los demás clientes. Las filas para pagar también tienen su distancia de seis pies marcada en el piso. Las cajeras (casi siempre son mujeres) usan mascarillas y guantes y limpian sus estaciones de trabajo frecuentemente con un atomizador de alcohol. Tres cajeras trabajan para asegurar que los clientes pasan con su compra y pagan lo más rápido posible. Paso alrededor de 30 minutos dentro del supermercado. Hay pocos vegetables frescos, pero encuentro casi todo lo demás en mi lista para hacernos llegar cómodamente hasta el otro viernes.

Hay una tiendita de productos orgánicos en el pueblo de Isabel Segunda en Vieques con el tranquilizante nombre de Yerbabuena. La dueña mantiene una selección de comestibles, suplementos, vitaminas y artículos de cuido personal envidiable para un espacio pequeño en un pueblo pequeño. Allí también todo el mundo entra con mascarilla puesta para comprar productos vegetarianos especializados; en este caso, unas vitaminas ya no disponibles en la farmacia local, té y un jabón antibiótico natural.

(Continuará…)

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