Por el Día del Idioma: Cervantes en Carpentier

por Luisa Campuzano

Para cualquier cubano medianamente culto, cruzar el umbral de la casa de Dulce María Loynaz, entrar en el espacio mágico creado por ella y sus hermanos, fue siempre un acto preñado de posibilidades, un gesto que apelaba simultáneamente a la razón y al inconsciente, a la imaginación y a la memoria, al creer y al saber, al mito y a la crónica.

Hace treinta años, invitada inesperadamente por su directora a ingresar en la Academia Cubana de la Lengua y apenas comenzando a reponerme del asombro, no dudé ni un segundo en escoger el tema del discurso que debía pronunciar: “Carpentier y Cervantes”. Sólo días después y poco a poco fueron revelándoseme, más que las razones, los impulsos de esta determinación.

Y es que la puerta que iba a franquear no sólo me conduciría a la casa, para mí hasta entonces desconocida, donde había decidido hablar sobre Carpentier; sino que me remitía a algo que conocía mucho mejor: a otro tiempo, a otra casa, a los hermanos que la habitaban, a su jardín salvaje, invadido por toda suerte de plantas; al puente japonés, tendido sobre la copa de una mata de mangos, que unía las dos alas superiores del edificio en forma de herradura; a su planta baja ocupada por cajas y más cajas repletas de obras de arte sin desempacar; a los amaneceres a las seis de la tarde y a los anocheceres que coincidían con el alba; al continuo cambio de disfraces, a la llegada de Europa de partituras que traían la música más reciente; al mundo entrevisto por un joven asmático, que “arrastraba la erre” y empezaba a ganarse la vida como periodista, que allí descubríría, perplejo, las innovaciones tonales de Schömberg o el surrealismo ante diem de una cena de etiqueta servida, a las cuatro de la mañana, entre las ruinas de una mansión destruida por la guerra.  Llegaba, en fin, al universo mítico que su autor, de quien son las palabras que acabo de glosar, nos entrega para siempre al comienzo de El siglo de las luces.[1]

Pero había también otra motivación, otro impulso que se concretaba en el momento en que iba a hablar de quien no sólo trenzaba en su urdimbre de historia y ficción el entonces y el ahora, el acá y el allá, adverbios de tiempo y de lugar que escanden la dialéctica de continuidad y ruptura, de sincretismos y simbiosis de nuestros pueblos nuevos. En ese instante, 23 de abril de 1990, “Día del Idioma”, cuando acá conmemorábamos la muerte de Cervantes, allá  ya era 24 de abril, fecha en que muriera en París, hacía justo diez años, Alejo Carpentier. A su memoria y a Lilia, que la alentó hasta el final, dediqué, y vuelvo a dedicar estas páginas.

Carpentier, tan amigo de viajar a los orígenes, de bucear en el pasado, como de encontrar lo circular, lo cíclico, la eterna espiral en el transcurso humano, decía al final del discurso con que agradeciera el premio más alto de la lengua: “De niño yo jugaba al pie de una estatua de Cervantes que hay en La Habana, […] De viejo, hallo nuevas enseñanzas, cada día, en su obra inagotable…”[2]; y esta devoción por el mayor escritor del mundo hispánico –que para él tenía timbres de gloria mucho más universales– se manifestó, a lo largo de los años, en todos los registros de su vasta obra: composición musical y musicología, periodismo, crítica, ensayística, narrativa, promoción cultural, en los que asumió, por lo demás, los matices y las funciones que su impresionante cultura, su fértil imaginación, su afán de servir y el don supremo del talento lo llevaban a privilegiar en cada ocasión.

Casi toda la obra de Cervantes, las figuras más polémicas de la exégesis cervantina, la variadísima gama de manifestaciones artísticas inspiradas por el Quijote –ballets, dramas, óperas, filmes, poemas sinfónicos– merecieron su atención. Con ellas coincidió, polemizó, creó; de modo tal que no sería hiperbólico considerar que un estudio de la presencia de Cervantes en Carpentier, al margen de su propio valor tendría el de trazarnos un retrato bastante completo del novelista cubano. Pensando en esto último, seguí la cronología en mi presentación y comentario en este breve acercamiento a la presencia de Cervantes en la obra de Carpentier.

No deja de ser simbólico que la primera ocasión en que Carpentier “trabaja” con Cervantes, lo hace en función de creador. Es en París, en 1937, fecha bastante elocuente, cuando Jean Louis Barrault monta en el teatro Antoine la Numancia. Entonces compone su única partitura, “escrita [como ha dicho] premonitoriamente, para gran aparato de percusión y voces humanas […] como hacen hoy muchas gentes de las nuevas generaciones”.[3] De regreso a Cuba, al principio de los cuarenta, es también la música la que lo acerca al autor del Quijote. La investigación en torno a los cantos y las danzas que nacían en La Habana y otros puertos del Caribe en los siglos XVI y XVII, de la mezcla de sones europeos y africanos, lo lleva a buscar su rastro en los escritores españoles de la época. El celoso extremeño, que no dejará de citar, a lo largo de toda su vida, como fuente de su conocimiento sobre un aspecto tan importante de la historia de nuestra música como su diseminación y recepción en España, le proporcionará, además, uno de los personajes protagónicos de “El camino de Santiago” y algunos de sus motivos, los cuales se van a repetir, con insistencia que he subrayado en otra ocasión, en Concierto barroco y La consagración de la primavera.

Durante los muchos años en que Carpentier mantuvo una sección fija, “Letra y solfa”, en El Nacional de Caracas, no son escasas las veces en que su tema es Cervantes. Cronista de cuanto libro se publica sobre su obra, censor de los abominables filmes con que se traiciona la esencia del Quijote, estudioso de las relaciones de las Novelas ejemplares con el surgimiento de los relatos largos, juez de la música que inspiran las hazañas del pobre hidalgo, Carpentier es sobre todo el cantor de las glorias del Quijote, al que tanto en estas páginas como en las incontables entrevistas en las que dedica amplias y profundas reflexiones a Cervantes, le otorga el sitio cimero entre todas las creaciones literarias. En una de esas crónicas compara la recepción que tiene el Quijote en todo el mundo con la que merecen las obras de Shakespeare, Dante, Milton y Goethe, y tras analizar, con detenimiento digno de páginas menos efímeras, “las razones que lo hacen universalmente inteligible”, concluye asegurando: “Este es un privilegio que ni siquiera Homero podría arrebatarle”.[4]         

Es por eso que lo recomienda como el primer libro que debe publicar la Imprenta Nacional de Cuba, y que cuando salen a la calle los cien mil ejemplares de aquella memorable edición, idea un medio que sólo a él podía ocurrírsele para promover su adquisición y su lectura: la puesta en escena, primero en la Sala Covarrubias y después en todos los teatros del país, del Retablo de Maese Pedro, la ópera de cámara de Manuel de Falla, dirigida por Vicente Revuelta, con un programa que hasta en las ilustraciones de cubierta y reverso de cubierta evidenciaba que había sido fraguado por Carpentier. La entrada para el espectáculo, por supuesto, consistía en la compra del Quijote.

La publicación de los cuatro tomos lo entusiasmó de tal modo que envió dos colaboraciones sobre el tema a la Semana en México, suplemento cultural de Novedades, y a El Nacional de Caracas. En la primera daba cuenta de la emoción con que se había inclinado sobre galeradas olientes a linotipo, él que desde siempre había andado por imprentas de periódicos e imprentas de libros, para ver “salir […] de la máquina inteligente inventada por Mergenthaler, metido entre corondeles, pasado a pruebas corrientes, un texto que se iniciaba con [unas] líneas por todos sabidas”. [5]      5

La segunda, la crónica de El Nacional, es digna de una cita más amplia:

-¡El quijo!… ¡El quijo!…

Álzase el pregón, ininteligible para quien no pueda ver la mercancía pregonada, en todas las calles de La Habana.

 -¡El quijo!… ¡El quijo!… ¡A veinticinco kilos!

Sorprendido se asoma el forastero a su ventana y descubre que lo que así se ofrece es nada menos que el libro donde se narran las andanzas del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha…[6]    6

Con El recurso del método, publicado en 1974, se abre un nuevo ciclo en la novelística de Carpentier, en el cual el humor alcanza una singular dimensión y la textura literaria, siempre densa, ostenta un dialogismo más evidente, en muchos casos marcadamente polémico o irónicamente paródico.

Por las características que acabamos de apuntar, en casi todas las novelas de este período tendrán el Quijote y, en sentido general, Cervantes, un lugar más importante que el que de modo explícito o implícito ocupaban en el resto de la producción narrativa de Carpentier.

En El recurso… buena parte del tono, del “espíritu de la época” del escenario, de los personajes y hasta de los procedimientos son tomados de Proust –como la crítica no ha cesado de subrayarlo desde los días de aparición de la novela–; al tiempo que, invocados por el autor como Musa propicia, los manes de la picaresca rondan todas las peripecias de la trama. Pero el Quijote,  a su vez, desempeña un papel nada desdeñable, que he estudiado en un trabajo más amplio.[7]    

Comparado el capítulo inicial de El recurso… con los seis primeros del Quijote, es posible encontrar cierto paralelismo, ciertos armónicos que constituyen mucho más que meras coincidencias. En sentido general, en ambos textos se presenta la caracterización de un personaje que, de inmediato, se lanzará a la acción en medio de inacallable vocerío. “Aquí, aquí, valerosos caballeros”, grita don Quijote al comienzo de ese séptimo capítulo que lo llevará a cargar contra molinos de vientos; mientras que el Primer Magistrado, cuando descubre que deberá dejar París para sofocar un nuevo levantamiento, estalla en imprecaciones detalladamente historiadas y documentadas por Camilo José Cela en su Diccionario secreto y que yo, en aquel académico contexto, no osé repetir.

Si bien la presencia y funciones –tampoco dije cuáles– de doña Tolosa y doña Molinera en la venta podrían corresponderse con las de las pupilas del burdel de Madame Ivonne; si la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero podría encontrar remedo en la matinal llegada del barbero y el sastre a la casa de la Rue de Tilsitt; no cabe duda de que la paternalista inspección que hace el Ilustre Académico a la biblioteca del Primer Magistrado es una desternillante y funcional parodia del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería del ingenioso hidalgo.

En ambos casos la revisión de las lecturas de los protagonistas afina en grado sumo su caracterización. Ya sabíamos que Alonso Quijano se había dado a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto que sólo se interesaba en ellos; ya conocíamos, por los cuadros y esculturas que adornaban sus salones, que el dictador lo era de la especie “ilustrada”, vale decir, afrancesada. Pero ahora sabremos hasta qué punto son lo que se nos ha venido diciendo y, además, hasta qué punto marchan o no con las letras de su tiempo.

Como es de sobras conocido, el escrutinio del Quijote proyecta la visión de Cervantes sobre la literatura que le es contemporánea tanto más que sobre la precedente; es, junto con los capítulos XLVII y XLVIII de la primera parte, presentación de su crítica y de su poética, aunque estén en boca del cura o del canónigo. Pero las opiniones del Académico y del dictador no son, en absoluto, las del autor, sino que representan, en todo el esplendor de su estulticia, los pareceres de dos autorizadísimos voceros de la “cultura oficial” de dos porciones del mundo en las que los acontecimientos que están por ocurrir y que son incapaces de prever, producirán grandes cambios. Ahora sería imposible glosar el contenido de este inefable diálogo.

Por otra parte, es notable el aprovechamiento que hace Carpentier del Quijote en Concierto barroco, relato que presenta las dimensiones de algunas de las Novelas ejemplares y cuyos escenarios extremos, las lacustres ciudades de México y Venecia, ya habían sido contrastadas por él en El licenciado Vidriera.

Situados en el contexto de la hilarante pero no menos severa requisitoria contra todo el arsenal temático de las letras europeas, desde los clásicos hasta Voltaire, que exhibe esta noveleta, a la que Carpentier llamaba su Summa theologica, porque en ella había volcado todo su credo artístico, resulta evidente que el Quijote tiene aquí, más que nada, una función alusiva, irónica, humorística. Esto se evidencia tanto cuando el Indiano censura a Filomeno su modo de contar la historia de su bisabuelo Salvador Golomón en los términos en que el caballero manchego reprendía al joven ayudante de Maese Pedro; como cuando el narrador, tras informarnos que en su viaje de Madrid al Levante el amo trató de entretener a su criado narrándole la lucha de un hidalgo loco contra unos molinos –lo que para el negro es un absoluto contrasentido–,  nos describe Barcelona siguiendo a Cervantes palabra a palabra.

El cuatro de abril de 1978, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, cuando recibe el premio “Miguel de Cervantes”, Carpentier pronuncia uno de los más hermosos y sagaces elogios del autor del Quijote. Revisé las páginas de la prensa española y aun francesa en que se reprodujo, completo, su discurso; y las frases con las que fue presentado o comentado no dejan de subrayar el donaire, la erudición y el saber de un texto evidentemente dictado por la emoción, por el sentir, en el que la sinceridad de lo que se dice rotura el camino de la palabra. Y es que esta palabra viene de atrás, de sus viejos artículos, de sus ensayos, de toda la papelería, propia y ajena, en la que por cerca de medio siglo fue dejando testimonio de su admiración por Cervantes al tiempo que maduraba juicios y apreciaciones sobre su obra. Juega Carpentier con sus tiempos, con el hoy y el ayer; baraja sus lugares, éste y todos los demás, para poblar de personajes literarios un mundo que ha nacido con Cervantes, un mundo que le debe al Quijote esa cuarta dimensión, la de la fantasía, sin la cual ya no podríamos, no sabríamos vivir.

En La consagración de la primavera la presencia de Cervantes es fugaz, apenas el pretexto para una de las tantas chanzas de Gaspar Blanco;[8]  pero en la Verídica historia, la novela que dejó inconclusa y cuyo protagonista es Pablo Lafargue, el mulato santiaguero fundador de la Internacional y yerno de Carlos Marx, parece que el Quijote tenía algo importante que decir, o, por lo menos, que insinuar; porque, uno de sus personajes secundarios, Anselmo Lorenzo –acaso familia de Aldonza Lorenzo–, al contarles a Pablo y a su mujer, Laura, la visita que hiciera unos meses antes a Marx, les dice que Jenny, la mayor de las hijas del pensador, como él, políglota, al conocer su nacionalidad le alcanzó un libro de la biblioteca y le pidió que leyera algunos fragmentos “para oírlos en boca de un español y, al verlo algo vacilante en escoger un pasaje del Quijote le puso ante los ojos el discurso a los Cabreros”.[9]      10 Discurso que vuelve a contarnos desde la voz de un loco y para los sordos oídos de unos ignorantes, la historia de esos Siglos de Oro cantados por Hesíodo, por Virgilio, y eternamente perseguidos por la humanidad:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro que en esta edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían, ignoraban las dos palabras de “tuyo” y “mío”.

La Habana, 23 de abril, 1990/2020.


[1] “Habla Carpentier sobre La Habana”. En: Carpentier, Alejo. Conferencias, La Habana: Letras Cubanas, 1987,  p. 81-82.

[2] “Cervantes en el alba de hoy”. En: Carpentier, Alejo. Ensayos. La Habana: Letras Cubanas, 1984, p. 231.

[3] Chao, Ramón. “Alejo Carpentier: una literatura inmensa”. En: Carpentier, Alejo. Entrevistas. La Habana: Letras Cubanas, 1985, p. 226-227.

[4] Carpentier, Alejo.  “El libro sin fronteras”. En: El Nacional, Caracas, 19 de septiembre de 1956; a la cabeza del título: “Letra y Solfa”.

[5] Carpentier, Alejo. “Don Quijote sale otra vez al camino para satisfacer deudas no saldadas”. En: México en la Cultura, México, 19 de julio de 1960, p.1.

[6] —-. “Un nuevo Retablo de Maese Pedro”. En: El Nacional, Caracas, 1ro. de septiembre de 1960.

[7] Campuzano, Luisa.  “Del donoso y grande escrutinio realizado por el Ilustre Académico en la biblioteca del Primer Magistrado”, Quirón o del ensayo y otros eventos. La Habana: Letras Cubanas, 1988.

[8] Cf. Carpentier, Alejo. La consagración de la primavera. La Habana: Letras Cubanas, 1987, p. 132.

[9] Carpentier, Alejo. “Verídica historia”. En: Casa de las Américas, año XXX, Núm. 177, nov.-dic. 1989, p. 37.

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