Internet y pandemia: ¿La conexión “democrática” del Siglo XXI?

Por Cristina Figueroa

Fidel García Bomba Lógica, Instalación. 2008

Si algo nos ha enseñado esta nueva pandemia, es nuestra capacidad creativa para seguir, desde el arte, siendo útiles, hoy más que nunca es necesario seguir cultivando la esperanza, el conocimiento, compartir energías y utilidad. Estar más juntos desde lejos.

Esta pandemia -que lamentablemente no será la última de las sociedades contemporáneas-, ha levantado las alarmas sobre cómo adaptarnos y sacar adelante una de las expresiones más sensibles y afectada bajo cualquier crisis, natural o política: la cultura. Poner en práctica nuevas herramientas digitales, o revitalizar algunas ya existentes ha sido la estrategia más efectiva a nivel global. Cientos de museos del mundo, filmotecas, bibliotecas, artistas e instituciones han puesto sus contenidos y su producción cultural en red de forma gratuita, al “alcance” de todos. 

Pero en esta panacea informacional donde tienes el mundo a un clic de distancia, entra otra variable a modificar la ecuación: la accesibilidad a esos maravillosos contenidos siempre estará controlada por la inevitable brecha tecnológica y digital dentro de las sociedades.  

La apertura de Internet a principios de los años noventa y su afianzada popularización a finales de la misma década, prometía la tan esperada democratización de las comunicaciones y la información. Pero nació con un pecado original: era incapaz de subsanar los nichos de inaccesibilidad existentes -a niveles tanto macros como micros- dentro de las muy diferentes sociedades de fin del milenio.  Es bien conocido que la brecha digital no discrimina entre naciones pobres o ricas, desarrolladas o subdesarrolladas, sino que puede estar presente hacia el interior de cualquier sociedad, ya sea por la existencia en su seno de diferentes estratos y clases sociales; por su condición de centro urbano, periférico o rural; o por estar constituida por grupos poblacionales diferenciados por minorías étnicas y/o culturales; etc.

Por muchas ilusiones de inclusión democrática que albergaron los más entusiastas, el acceso a Internet -y por ende al gran sistema de relaciones del acelerado mundo globalizado- se convirtió, inevitablemente, en una nueva herramienta de control y dominación.

Internet devino así en un eslabón más en la cadena de “relaciones clásicas de explotación” donde las nociones de diferencia y desigualdad estudiadas por el antropólogo Néstor García Canclini, se identificarían cada vez más a partir de entonces con las de capacidad u oportunidad de moverse y mantenerse en redes multiconectadas.[1]

No por harto conocido, deja de ser útil apuntar que Internet fue el soporte tecnológico por excelencia que, generado desde sociedades desarrolladas, marcó el tránsito del Siglo XX al XXI. Y que, si bien como tecnología no se afilia exclusivamente a una u otra forma de ideología predeterminada, ni se erige como programa de desarrollo social, o constituye una política económica per sé –de ahí su incapacidad para resolver problemas que tienen que ver con los sistemas macro económicos y las políticas sociales–; no se exime tampoco de su carácter clasista, en la medida en que se convierte en herramienta al servicio de una u otra ideología. 

Es este posiblemente uno los puntos álgidos dentro del proceso de acceso a la tecnología de los países subdesarrollados o de economías emergentes. Para estos, la tecnología puede eventualmente adquirir un carácter injerencista, en la medida en que son sociedades que adolecen de las infraestructuras idóneas para asumir y replicar la avalancha comunicacional. Por ello, inevitablemente, se convierten en entes de recepción pasivos.

Teóricos de diversas especialidades hablan y acuñan términos como “Nuevas geografías” y “Redes transfronterizas” para definir nuevas divisiones territoriales virtuales y niveles de “gobernabilidad” en atención a la accesibilidad o no a Internet (Saskia Sassen, Holanda, 1949); o “Políticas de desconocimiento y desconexión” para denotar nuevas estrategias de poder marcadas por el grado de conectividad, o no, a las tecnologías (Néstor García Canclini, Argentina/México, 1939). También se habla de “Divisoria digital” y “Sociedad red” para marcar las fronteras entre comunidades o sectores “conectados” y “desconectados” en las sociedades contemporáneas (Manuel Castells, España, 1942).

Es así que sucesivamente, se van definiendo las estructuras geopolíticas del presente tecnológico: conexión / desconexión, como sinónimo de desarrollo / subdesarrollo.  Son por tanto los niveles de accesibilidad, réplica y/o interacción con Internet y sus redes, los que están marcando cada vez más los rangos de autonomía o dependencia de las sociedades contemporáneas.

Varios son los autores que desde diversas latitudes y en referencia a diversos contextos, han llegado a importantes definiciones acerca de los conceptos de conexión, desconexión y accesibilidad a los medios tecnológicos -entre otras importantes reflexiones- por parte de las sociedades contemporáneas; y por ende, han contribuido a esclarecer las resonancias de estas relaciones en sus particulares panoramas culturales y su producción artística. 

Entre estos autores destacan los sociólogos Manuel Castells (La Era de la información, 2000-2001; La Galaxia Internet, 2003) y Saskia Sassen (The Global City, 1991; Globalization and Its discontents, 1998; Una sociología de la globalización, 2007; Contrageografías de la globalización, 2003); y el antropólogo Néstor García Canclini (De la sociedad de la información a la sociedad del desconocimiento, 2011; Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad, 2004).

Estos autores, más allá de sus diferencias de enfoque y desde sus conocimientos situados, concuerdan en afirmar el papel determinante de la accesibilidad tecnológica en la conformación de las sociedades contemporáneas; ya sea considerando sus beneficios comunicacionales y de inclusión global, en unos casos; o reconociendo su papel injerencista y dominante en ciertas circunstancias, en otros.

La socióloga holandesa Saskia Sassen, en sulibroUna sociología de la globalización,[2] plantea la dicotomía o arbitrariedad que supone la naturaleza misma de Internet como herramienta primaria de la comunicación global, al tiempo que posibilita un estado de apertura y libertad –presumiblemente óptimo para las sociedades de poco acceso geográfico, económico o político–, conlleva al unísono un altísimo potencial de control. De hecho, Sassen concede a Internet un rol protagónico en el escenario socio-económico contemporáneo, al punto de reconocerle lo que denomina capacidades de gobernabilidad.

En consonancia con tal predominio de intereses exclusivamente económicos, se erigen las que Sassen denomina “nuevas geografías de la centralidad” que, actuando a manera de redes de interconexión, constituyen las nuevas metrópolis o centros políticos, económicos y culturales más avanzados dentro del desarrollo tecnológico global.

En oposición a las “redes globales de conectividad”, o excluidas de ellas, Sassen sitúa el territorio de la desconexión asociado a lo que define como “economías transfronterizas” de los países subdesarrollados, que se mantienen al margen de la desterritorialización de las nuevas geografías, marcadas por la prominencia global de los mercados y sus diferentes niveles de inclusión en las sociedades contemporáneas.

Existe una tercera instancia que nos concierne en este punto, son los enormes fragmentos del entorno urbano que tienen escasa conexión con estas subeconomías orientadas al mercado mundial a pesar de su proximidad física.[3]

Los estudios de Sassen sobre la desconexión, así como sus definiciones y conceptos relativos a las nuevas geografías de la conectividad tecnológica global, plantean una gobernabilidad de los medios, que asume como tabulas rasas de acción global, sin margen para los niveles de particularidad sociopolítica y cultural de las diversas sociedades. No obstante, aun cuando la gobernabilidad de los mercados y las tecnologías accionen cada vez más de manera general en todas las sociedades, existen parámetros diferenciales para cada región y una manera peculiar de expresar sus contenidos sociales e intereses, que incidirán inevitablemente en sus respectivos panoramas culturales.

En sintonía con los puntos de vista de Sassen, aunque precedido por esta, el sociólogo Manuel Castells se afilia al pensamiento determinista de la accesibilidad tecnológica como rasero para definir la ubicación de las sociedades contemporáneas en las nuevas macro geografías.

También Castells define el concepto de exclusión social, tomando el grado de participación o no, en las redes de conectividad, de individuos, barrios, ciudades o incluso países, como factor determinante para clasificarlos en las listas de incluidos o excluidos sociales. Para mayor precisión, relativiza esta condición de exclusión a un proceso de fronteras cambiantes, en dependencia de variables tales como: grado de educación, características demográficas y prejuicios sociales.

Es pertinente señalar que estas variables apuntadas por Castells (educación, demografía, prejuicios), evitan considerar otras que definirían con mayor profundidad, en nuestra opinión, la condición de excluidos: por ejemplo, la desigualdad social o el despojo económico asociado a minorías étnicas o culturales, entre otros conceptos. Esto es lógico si tenemos en cuenta el contexto europeo desde el cual el autor emite su discurso: un escenario de sociedades de capitalismo de mercado desarrolladas, que inevitablemente condicionan su perspectiva hacia un determinismo tecnológico.

Para Castells, los países en vías de desarrollo están atrapados en la “contradicción de la red” según la cual quedarse desconectado equivale a estar marginado del sistema reticular global y por ende obligado a encontrar o crear, un principio de “centralidad alternativo”.[4] La idea de alternatividad comunicacional para las sociedades desconectadas del sistema global, es propuesta aquí por Castells como una solución temporal ante la brecha de desconectividad existente en estas geografías; y como acción previa para lo que considera la obligatoria inclusión de las sociedades en la red de redes.

En este sentido retoma y refuerza el concepto de centralidad propuesto por Sassen en 1998 en su libro Globalization and Its Discontents y coincide en quela globalización económica y las nuevas tecnologías de la información no sólo han reconfigurado la idea de centralidad y sus correlaciones espaciales, sino que también, dentro de ellas se han creado nuevas desigualdades de distribución y accesibilidad.

Esta brecha, o divisoria digital como prefiere llamarlo Castells, que se presenta incluso en estas nuevas centralidades geográficas, puede producirse por dos razones esenciales: la falta de una infraestructura tecnológica, o los obstáculos económicos e institucionales para el acceso a ellas; y es precisamente en la sumatoria de estos elementos donde se perfila, en su opinión, la línea que divide a los incluidos de los excluidos.[5]

Para Castells la macro infraestructura económica y tecnológica dictaminará los niveles de acceso, comunicabilidad e inserción de las sociedades, entre sí y hacia la red global. Pero cabe preguntarse ¿Cómo entender entonces la desconexión desde una perspectiva histórico-social y política, y desde entornos específicos o locales?

Una perspectiva crítica que podría dar respuesta es la de Néstor García Canclini, quien plantea:

Leer el mundo bajo la clave de las conexiones no elimina las distancias generadas por las diferencias, ni las fracturas y heridas de la desigualdad. El predominio de las redes sobre las estructuras localizadas invisibiliza formas anteriores de mercantilización y explotación -que no desaparecieron- y engendra otras.[6]

Canclini, quien ha dedicado largos estudios a las brechas de conocimiento, inclusión y desigualdad en América Latina, considera que los niveles de exclusión y desconexión dentro de las sociedades contemporáneas no deben ser limitados al acceso o no a la red de redes, y por ende al mundo de las comunidades virtuales. En este sentido señala que el sólo hecho de acceder a la conectividad no garantiza una sociedad conectada si no se han resuelto antes brechas sociales mucho más profundas:

Los indígenas no son diferentes solo por su condición étnica, sino también porque la reestructuración neoliberal de los mercados agrava su desigualdad y exclusión. Sabemos en cuántos casos su discriminación étnica adopta formas comunes a otras condiciones de vulnerabilidad: son desempleados, pobres, inmigrantes indocumentados, homeless, desconectados. Para millones el problema no es mantener «campos sociales alternos», sino ser incluidos, llegar a conectarse, sin que se atropelle su diferencia ni se los condene a la desigualdad. En suma, ser ciudadanos en sentido intercultural.[7]

Esta perspectiva de análisis socio-económico y político de Canclini toma como puntos fundacionales la condición clasista de las sociedades y las formas desiguales en que las estructuras de poder distribuyen la riqueza y los medios de producción.

Canclini, sin desdeñar las virtudes que comporta la interconexión global y el desarrollo tecnológico, plantea sus dudas acerca de la democratización informacional como proyecto de desarrollo social de mayor alcance, que supondría:

Un desarrollo social y cultural en el que todos los países se integren a la revolución digital e informacional, todos los sectores de cada sociedad accedan a «trabajos inteligentes» a través de las nuevas destrezas y la conexión con las redes donde se obtiene información estratégica. Las otras dimensiones del desarrollo vendrán por añadidura. La tecnologización productiva, la expansión de los mercados y su integración transnacional incrementarán los beneficios económicos. Como consecuencia, el acceso directo y simultáneo a la información va a democratizar la educación y mejorar el bienestar de la mayoría. En lo político, crecerán las oportunidades de participación y se descentralizará la toma de decisiones.[8]

Pero además añade:

La «democratización informática» es solo una parte del conjunto de inserciones socioeconómicas, formación de hábitos de conocimiento y procesamiento crítico de los datos necesarios. Si se carece de estas condiciones contextuales, la conexión a redes informáticas ofrecerá saberes de baja o nula utilización.[9]

También desde su visión antropológica-social, reconoce el rol que juega el individuo como ente particular en todo proceso social, rol también enfatizado por Sassen, pero que en Canclini adquiere rango de acción social consciente, y que debe ser vista siempre dentro de un sistema micro (es decir, específico) de factores sociales, políticos, económicos y culturales a los que inevitablemente el individuo, como ser social, pertenece.

Vistas a grandes rasgos, las posturas fundamentales de estos autores se debaten entre la gobernabilidad de las tecnologías como determinantes en el desarrollo social; y los fraccionamientos y deficiencias entre sistemas sociales que impiden la utilización racional de la tecnología en beneficio del hombre.

Ambas posturas inevitablemente se complementan, pero en última instancia, el papel de la accesibilidad tecnológica en la conformación de las sociedades contemporáneas, debe ser visto a través de las muy particulares circunstancias socio-económicas y políticas de los países y regiones.

Aún falta mucho para que el acceso a las nuevas herramientas de producción y consumo cultural, ahora asociadas a la inminente necesidad de quedarse en casa, puedan pasar de lujo a cotidianeidad en muchas regiones.


[1] García Canclini, N. Diferentes, desiguales y desconectados. Mapas de la interculturalidad. Buenos Aires, Gedisa. 2004. 

[2] Sassen, s. Una sociología de la globalización. 1ra reimpresión. Buenos Aires, Katz Editores, 2007, p.104.

[3] Sassen, S. “Los impactos de las tecnologías de la información…”. Op. cit, p. 35.

[4] Castells, M. La Galaxia Internet. Barcelona, Edición Debolsillo, 2003, p.347.

[5] Ibíd., p. 348.

[6] García Canclini, N. Diferentes, desiguales y desconectados. Op. cit, p.79.

[7] Ibíd., p.57.

[8] Ibíd., p.188.

[9] Ibíd., p.189.

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