La poesía de Georgina Herrera, permanente celebración del Día de África

por Luisa Campuzano

En ocasión de esta fecha, tan propia para todos los cubanos, desgajo de un artículo más extenso estas páginas en las cuales intento brevemente ejemplificar la intensa relación entre África y Cuba presente en la obra poética y testimonial de Georgina Herrera (Jovellanos, Matanzas, 1936), concebida por la autora como ejercicio de recuperación y enaltecimiento del espacio originario ancestral, fuente de reivindicación de las marcas personales de identidad afrocubana y rescate de la herencia de los antepasados. 

Autora de ocho poemarios aparecidos entre 1962 y 2009 y recogidos en su largamente esperada Poesía completa (2016), Georgina Herrera escribió y publicó en 2005, en diálogo con Daysi Rubiera, un testimonio sui generis: Golpeando la memoria: Testimonio de una poeta cubana afrodescendiente  (2005), en el que también incorporaba  poemas entonces inéditos y recogidos posteriormente en un poemario.  Todos estos libros conforman un continuum cuya coherencia, afinidad y armonía se logra a través de la interacción de varias líneas temáticas y motivos que parten de la autoconciencia y, consecuentemente, de la autorrepresentación de la hablante poemática o sujeto lírico de sus textos como negra feminista, orgullosa de su origen, su condición, su valor y su entereza. Esta constelación temática podría resumirse en la apelación a genealogías y valores ancestrales; la presencia de la familia y el entorno familiar, la referencia a antepasados e hijos; el rescate de la historia olvidada, negada, y de sus protagonistas, en particular, las femeninas; así como el homenaje fruitivo y productivo a la oralidad y la religiosidad afrocubana.  Y  como condicionamiento y marca de todo lo anterior, habría que resaltar aquello que Catherine Davies llamara hace veinte años en su estudio pionero sobre el tema, su “perspectiva ginoafrocéntrica” (1997: 185)[1].

Georgina Herrera nació en una zona vinculada desde comienzos del siglo XIX a la producción de azúcar, cuya población, por tanto, fue mayormente conformada por esclavos y sus descendientes; contexto espacial, escenario de su origen, que se expande a las más diversas dimensiones de su poesía y otros textos de esta autora, quien con orgullo, en el inicio de su poema “Dios de mi casa y de mi sangre: Olofi”, así lo enuncia:

Familia negra en la que no hubo

mezcla alguna:

negros los ojos, la piel, el pelo duro;

y el alma, pura,

casi salvaje, porque

el origen era la selva.

Hablo de los que me antecedieron.  (Herrera, 2009: 41)

Así pues, África estará muy presente desde su familia y su infancia, en la figura de su abuelo, tal vez africano, al que se refiere no solo en algún poema, sino que cita en Golpeando la memoria;  y, muy particularmente en la de su bisabuela, a la que dedica  un  poema, brevísimo, que además constituye un argumento de la autora, una legitimación para su corajuda actitud ante la vida: la celebración de un modelo de mujer al mismo tiempo cercano y remoto, dotado del aura de la historia, de la rebeldía, con el cual identificarse y ratificar su propia indocilidad, su independencia, su fuerza.  Me refiero a “Retrato oral de la Victoria”, de título obviamente polisémico:

Qué bisabuela mía esa Victoria.

Cimarroneándose y en bocabajos

pasó la vida.

Dicen que me parezco a ella.  (Herrera, 1989: 22)

Otro poema que relaciona a Cuba y África y se escenifica, con datación precisa, en el mismo escenario matancero, es el titulado “Fermina Lucumí”, dedicado a la esclava que participó en las sublevaciones de las dotaciones de ingenios de esa región en 1843, cuya rebeldía no se conoce y celebra a partir de su conservación por la memoria familiar, desasida de fechas y de datos, sino por algo mucho más importante, porque ya forma parte rescatada, visibilizada, de la historia del país: 

El cinco de noviembre

de 1843, Fermina, cuando

todos los bocabajos fueron pocos

para tumbar su ánimo…

¿qué amor puso la astucia en su cerebro,

la furia entre sus manos? 

¿Qué recuerdo

traído desde su tierra en que era libre

como la luz y el trueno

dio la fuerza a su brazo? 

Válida es la nostalgia que hace poderosa

la mano de una mujer

hasta decapitar a su enemigo. 

Diga, Fermina. ¿Entonces

qué echaba usted de menos?

¿Cuál fue la dicha recuperada, cuando

volaba más que corría por los verdes abismos de  las cañas,

dónde tuvo lugar su desventura?

Lástima

que no exista una foto de sus ojos. 

Habrán brillado tanto.  (Herrera, 1989: 17)

Aquí vuelve la autora a la búsqueda, el encuentro y la celebración de una genealogía para sí, nacida de estas mujeres fuertes, valientes, capaces de hacer historia.  Como escribe Davies:

En este poema una vez más son las esclavas las que ocupan la posición de sujetos de su historia, que es la de la lucha de Cuba por su libertad. La poeta concentra su atención en la fuente de energía interior de la esclava, y percibe su valor como una estrategia específicamente femenina, asociada al amor (que genera astucia y rabia) y, sobre todo a la memoria (que genera poder). (Davies, 1997: 63)

Y en el ámbito de este tránsito físico, familiar, de sangre a sangre, de África a Cuba que Georgina Herrera hace presente en su poesía, adquiere especial significado un texto en que el sujeto lírico se ubica en el más violento escenario de este encuentro entre allá y acá: el barracón.  Poema sagrado, diálogo con la memoria del dolor, con la confianza en el poder de la resistencia, con la certeza de la fertilidad de la semilla:

“El barracón”

(Ante las ruinas del Santa Amalia)

Sobre estos muros

húmedos aún, en las paredes

que la lluvia y el viento de hace tiempo

desgastaron e hicieron,

a la vez, eternos, pongo mis manos.

A través de los dedos, oigo

sonidos, maldiciones, pasos, juramentos

de los que en silencio

resistieron los colmillos del látigo en la carne.

Todo me llega del pasado, mientras

se alza el pensamiento; pido

a los sobrevivientes

de la interminable travesía

fuerza, y memoria (esa

devoción para el recuerdo),

y el amor, mucho, todo el amor

con que regaron su impetuosa semilla,  perpetuándola.

Así lo siento, lo recojo y lanzo

hacia todo lo que en el tiempo venga.  (Herrera, 2009: 44).

Por último, y a pesar de su extensión, cito íntegramente un texto de extraordinaria dimensión lírica, afectividad,  orgullo y compromiso; según Davies, sin duda «el más conmovedor [de sus poemas de esta temática], la respuesta emocional de la poeta a África», todo «un proceso de autoexploración y autoafirmación», una «relación autoperpetuadora» entre la autora y su tierra ancestral, en la cual «cada una es producto de la otra».  África «constituye su deseo, sus sentimientos maternales y su placer; es la fuente de su vida espiritual, su alegría, su destino» (Davies, 1997: 63-64):

 “África”

Cuando yo te mencione

o siempre que seas nombrada en mi presencia

será para elogiarte.

Yo te cuido. 

Junto a ti permanezco, como el pie

del más grande árbol. 

Pienso

en las aguas de tus ríos y quedan

mis ojos lavados. Este rostro, hecho

de tus raíces, vuélvese

espejo para que en él te veas. En mi muñeca

vas como pulsa de oro

-tanto brillas-; suenas

como escogidos cauríes para

que nadie olvide que estás viva. 

Todo sitio al que me dirijo

a ti me lleva. 

Mi sed, mis hijos,

la tibia oleada que al amor me arrastra

tienen que ver contigo. 

Esta delicia de si el viento suena

o cae la lluvia

o me doblegan los relámpagos, igual.

Amo esos dioses

con historias así, como las mías:

yendo y viniendo

de la guerra al amor o lo contrario. 

Puedes

cerrar tranquila en el descanso

los ojos, tenderte

un rato en paz.  

Te cuido. (Herrera, 1989: 14-15)

Bibliografía citada

Primaria

Herrera, G. (1989).  Grande es el tiempo, La Habana: Ediciones Unión.

—–.   (2009).  Gatos y liebres o Libro de las conciliaciones, La Habana: Ediciones Unión.

—– y D. Rubiera.  (2005). Golpeando la memoria: Testimonio de una poeta cubana afrodescendiente,  La Habana, Ediciones Unión.

Secundaria

Davies, C. (1997). A place in the sun? Women writers in twentieth-century Cuba, Londres,Zed Books: 165-195. (Davies, C. (1999) “Madre África y memoria cultural.   Nancy Morejón, Georgina Herrera, Excilia Saldaña”, trad. de E.-M. Pérez, Revolución y Cultura, 2-3: 56-67.)

(Fragmento de:  Luisa Campuzano,  “África y Cuba en la poesía de Georgina Herrera”, Revolución y Cultura, no. 2, mayo-agosto 2019, pp. 22-31, www.ryc.cult.cu)


[1] Cito en todas las ocasiones la traducción de Esther Pérez.  Cf. bibliografía.

Un comentario

  1. La poesía de Georgina Herrera, expresa bellamente sus raíces sus ancestros africanos, le canta a las penas de los negros. Enriquece con sus poemas la Literatura Afrocubana.

    ¡¡Que siga, a través de su obra, celebrándose permanentemente el día de África!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.