Brasil enfrenta un doble apocalipsis con Bolsonaro y el coronavirus

Presidente Jair Bolsonaro durante entrevista coletiva sobre la pandemia de coronavirus

por Nuno Ramos

Para el artista plástico y escritor, el impulso destructivo del bolsonarismo torna urgente la politización de la pandemia

Revisitando su fiesta de 60 años a principios de marzo, en un momento que ya parece muy distante, el artista y escritor Nuno Ramos reflexiona, en este texto calidoscópico, sobre el bolsonarismo y la superposición del tiempo de la política y el tiempo de la pandemia en Brasil. Enfrentamos un doble apocalipsis, más asustador todavía porque no sabemos si ya se instauró o si está por venir.

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El 5 de marzo cumplí 60 años. Después de haber pasado mucho tiempo sin festejarlo, esta vez hice una fiesta considerablemente grande en el patio de mi casa, desde donde escribo este texto. Fue una especie de “Baile de la Isla Fiscal” particular.

Por un tris no me transformé en patrocinador de una fuente trágica de contaminación. Las fotos y los videos que todavía me mandan, en los que aparece todo el mundo abrazado compartiendo un vaso, me parecen de otra era o planeta.

El hecho de que yo haya entrado en la categoría oficial de “adulto mayor” en sincronía perfecta con el aislamiento epidémico es una de esas ironías que trae consigo todo el resto del paquete. Una casa aislada en medio de una pandemia tiene un qué de asilo de ancianos.

No obstante, hay un doble apocalipsis rugiendo allá afuera. El momento en el que inevitablemente coincidirían, en el que el primero (el bolsonarismo) se rendiría al segundo (el virus) unificando el horror, parece no llegar nunca, en un secuestro permanente de significados públicos en el que los motivos individuales (el “adulto mayor” a cuya categoría paso a pertenecer) pierden toda relevancia.

Es más: la gran escisión (esta que el baile anunciaría) ¿ya llegó o estará todavía por venir? ¿Qué grado exactamente de nuestro particular descenso a los infiernos alcanzamos hasta aquí?

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Hay un sentimiento constante que me acompaña a lo largo de todo el laberinto de la casa —la rabia. Estoy exhausto de rabia.

La lenta e inexorable naturalización del absurdo en el que la vida política brasileña se transformó, al menos desde la destitución de Dilma Rousseff, con un doble twist carpado a partir de la elección de Bolsonaro, llegó finalmente a mi más profunda intimidad. Es en el cuerpo y no en la mente donde lo siento.

Bajo el comando y la amenaza de doña Macroeconomía, esa reina de Alicia en el país de las maravillas que manda a cortar todas las cabezas que se le ponen por delante, fuimos emparedados a punto de aceptar que un ser que se limpia la nariz y en seguida le extiende la mano a la población, durante la más violenta pandemia desde la gripe española, sea nuestro presidente.

Además de doña Macro, también hubo una extraña balanza que ponía este… -¿cómo llamarlo?- en una punta, y Lula o el PT o la izquierda o el populismo o “Moby Dick” o lo que fuera en la otra, como si fueran mensurables a través de un mismo mecanismo.

Lo que se naturalizó aquí fue la anomalía completa de una de las extremidades, el bolsonarismo, como parte del juego. Y no lo era.

No fueron solo el financimiento corrupto de la vida pública ni la irresponsabilidad fiscal -que habrían derribado a un presidente pero no el sistema democrático, entronizando a su peor enemigo- los que nos trajeron al punto en el que estamos.

Fuimos también víctimas de una reina criminal en serie (“¡Córtenle la cabeza!”) a quien nadie se acordó de decirle que era, ella misma, una entre las demás cartas de la baraja (como hicieron con Alicia y la actual pandemia) y víctimas de la apropiación indebida de un instrumento arquetípico de justicia -una balanza abstracta, colgada por todas partes, ecualizando lo que no podía ser ecualizado.

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Ahora, aguante. Paseo entre el sentimiento cosmopolita-viral que nos une a todo el planeta y la mediocridad provinciana encarnada en un loco.

Por un lado, el sufrimiento italiano, por ejemplo, me ofrece un lugar. Gilberto Gil cantando “Volare” con la nietita. Ese es mi ámbito de pertenencia. Por el otro, el rostro odioso en un discurso que no quiere decir nada, pues será desmentido dentro de dos horas en algún twitter.

Me da asco hasta la contracción facial, autoritaria en sí misma. Entre la expansión piadosa, planetaria, y la contracción rabiosa, local y claustrofóbica, intento ajustar mi paso.

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En primer lugar, ¿cómo llamarlo? No quiero brindarle el pronombre de las elecciones -él, no-, que me parece casi noble.

Soy de la época en que un locutor de radio usaba ese mismo pronombre cuando Pelé agarraba la pelota: él.

¿Cómo llamarlo entonces? ¿Tirano? ¿Imbécil? ¿Genocida? Hay una casualidad en su recorrido que la puñalada, más que cualquier otro episodio, encarna —este podría-no-ser-así nubla sus contornos y hace difícil la atribución de un nombre.

La pesadilla de tenerlo como presidente sigue siendo increíble: ¿cómo nombrar aquello en lo que no se cree?

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Que Bolsonaro quiera el poder parece obvio. Al final, habla de reelección desde el segundo día de su gobierno y piensa en un golpe desde el primero, llegando incluso a implorar que se produjeran escenas callejeras “a la chilena” para promoverlo.

Así y todo, tengo que confesar mi dificultad para entender para qué quiere el poder. No consigo organizar bien eso en mi cabeza. ¿Para que impere el capitalismo más descontrolado, los ricos se hagan todavía más ricos y los derechos de los desheredados desaparezcan de una vez por todas?

Seguramente. Pero es necesario confesar que habría formas más precisas y económicas de lograrlo. El propio virus le ofreció una oportunidad de acceso a grupos que le rendirían un verdadero pase libre, imperial y reformista. Eligió, sin embargo, apostar exclusivamente en su propio grupo identitario, perdiendo los demás.

¿O será para promover el retorno de valores arcaicos o tradicionales (familia, religión)? Sin embargo, no hay nada de tradicional en un incendiario de cuarteles ni en un defensor de la violación, mucho menos en aquellos que lo rodean.

Su idea de poder parece ser, antes que nada, la de fastidiar y agredir a alguien, un enemigo verdadero o imaginario, o al primero que pase. Así es como el bolsonarismo entiende el mundo: alguien necesita con urgencia sufrir, perder, recibir una paliza. Ser calumniado. Muerto.

Hay aquí algo pre o pospolítico (o, si se quiere, en un sentido más antropológico, algo esencialmente político): la simple potencia de la agresión, aislada y disfuncional, perturbando a todos el tiempo todo, pensando exclusivamente en la propia reproducción y amenazando por dentro los proyectos que vehicula.

Es difícil formularlo, traer ese bicho a las palabras. Llevado al límite, ese algo dejará en pie un único y último otario, el propio Mito, con los ojos volteados hacia atrás como el ángel de Benjamin pero, al contrario del ángel, riéndose de la cagada que hizo.

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Lo intenté con Hermógenes. Pero no es Hermógenes.

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El tiempo de la pandemia, entre nosotros, es el tiempo mismo de la política. Son idénticos. Es claro que en cualquier país hay un contagio entre las dos cosas, pero aquí se superponen a la perfección.

Pues es propio de un impulso como el del bolsonarismo entrar en las cosas todo el tiempo y siempre al revés, por el sumidero, por el incendio, por el hacerlo peor y más violento. No hay hiato, no hay pausa, y la identidad en su sentido más pobre, el permanecer así o reaparecer igual, es su núcleo.

En lugar de despolitizar el virus, por lo tanto, será necesario, de nuestra parte, politizarlo locamente. Y no podemos dejar esto para después, para cuando la cuarentena (esta visión ilusoria) se termine. La hora es ahora. El ataque más frontal está teniendo lugar en este exacto momento: hay personas que están siendo condenadas a muerte.

Esos grandes perversos, ese combo de resentimiento popular y sadismo de élite, no se detienen ni se van a detener nunca. Como los zombis de las películas serie B, sufren un hambre que no puede ser saciado.

Somos nosotros los que tenemos que detenerlos aunque estemos encerrados en casa. Nuestra cuarentena no debe tener nada de doméstica. No puede estar hecha de miniseries, lecturas de Proust, cuidados de orquídeas. Nuestro balcón debe transformarse, no sé cómo, en arena pública.

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¿Cómo reaccionar ante tamaña falta de vergüenza que empieza por llamar a ese mico, Mito? ¿Sería un trickster tal vez, una de esas divinidades perversas, un Hermes o un Loki que posó en Brasília?

Claro que no. Pues no hay aquí una “inteligencia astuta”, una Metis griega —lo que hay es solo la luz blanca de la violencia iluminando la triste escena que ella misma crea.

Ya que el patrimonio político de Bolsonaro no es propiamente político: es la violencia estricta. Su entronización, en el límite, viene del crecimiento progresivo, hasta 63.000 por año, de los muertos por homicidio que ensombrecieron durante más de dos décadas a los gobiernos democráticos sin que se hiciera nada al respecto. Son esos muertos los que se cansaron de nosotros, mandaron todo al diablo y entronizaron a su propio verdugo.

En este sentido, hay mucho más (y mucho menos) en Bolsonaro que la ejecución extrema y desvergonzada del proyecto de la derecha más perversa: flexibilización radical de los derechos laborales, culpabilización y abandono permanente de los excluídos a su propia suerte, etc.

Es claro que esto ocurre, y en niveles altísimos, pues no se perdería una oportunidad como esta. No obstante, es necesario reconocer que Bolsonaro también confunde este proyecto y desperdició la oportunidad de maximizarlo aún más.

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Hasta la pandemia, creo que el país se dividía en tres segmentos: 1) los bolsonaristas, para los cuales el mundo entero se resume a: a) bolsonaristas, b) comunistas, c) corruptos; 2) los naturalistas, para quienes el bolsonarismo sería administrable, en especial si doña Macroeconomía nos encarara con simpatía; 3) los catastrofistas (yo entre ellos), para los cuales la destrucción universal y minuciosa que el bolsonarismo supone sería siempre imposible de pagar.

Pues bien, aunque en ligero declinio, el primer grupo se mantiene estable independientemente de lo que haga el presidente. El segundo, después de la pandemia, es el que va migrando velozmente hacia el tercero. Al final, algo un tanto extraño en el modo como andan los zombis parece haber llamado la atención de los súbditos de la reina Macro.

El bolsonarismo simplemente no funciona. Tiene dificultades para atarse los cordones, llamar un taxi, poner su nombre en la firma. Qué decir, entonces, de organizar una prueba del ENEM. Su placer, de hecho, no está en funcionar, sino en destruir, calumniar, mentir. No se puede contar con él.

Así, bastaría que naturalistas y catastrofistas negociaran sus versiones de nuestra historia reciente y mandaran la excrecencia (aquel 20% de fascistas estridentes que nunca alcanza el centro del poder) a su debido lugar.

Confieso que durante las últimas elecciones creí que esto fuera posible. Pero no lo fue. Es más, justamente porque esa excrecencia alcanzó el poder, el país anterior no está más disponible. Fue profunda e irrevocablemente transformado por 16 meses de bolsonarismo.

La mitología de dos gemelos enemigos (PSDB y PT), servidos por un primo cruzado tosco (PMDB) y luchando para negar la mutua identidad, ya no sirve. Perdimos sus defectos, pero también, y principalmente, sus virtudes.

En este sentido, hay un patrimonio unificado de la Nueva República, de Itamar [Franco] a Dilma [Rousseff], que estamos pasivamente dejando rifar, ya que nadie lo reivindica en su totalidad: el SUS, la universalización de la enseñanza, la estabilización de la moneda, el [programa de acción social] Bolsa Família, el acceso de etnias minoritarias a la educación superior, la potencialización del Sistema S, la demarcación de tierras indígenas.

Todos estos programas tienen problemas en escala atlántica pero son increíblemente generosos. Como un halo de bondad que mantiene el país de pie, todos ellos dependen de instituciones intermediarias, famosas o anónimas, que el bolsonarismo va cuidadosamente aniquilando. Hay algo común a este patrimonio que, por lo mismo, nadie reivindica para sí.

Pues es difícil vencer la pregunta fatal que divide irremediablemente a los dos grupos: ¿cómo pudimos llegar a una barbaridad como esta? Es difícil ignorar la potencia de este acto expiatorio (culpar) y simplemente seguir adelante, recoger los destrozos del suelo y reconstruir el país.

Tenemos que dar esta respuesta antes de entrar en cualquier escenario: ¿vamos hacia la confrontación expiatoria (como hace Ciro Gomes) o, frente a una emergencia viral-política mucho mayor, vamos a dormir con el antiguo enemigo (pero no con el actual)?

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 “¿Qué país es este?” o “Brasil, muestra tu cara” era lo que uno escuchaba muchas veces en una pista de baile en los años 80, cuando yo tenía 20 años.

Hoy, en el patio de mi cuarentena, el país llega a mí bajo la forma exclusiva de la distancia y de lo lejano, en la vaga textura de un grito que golpea contra el sostén del muro. Desde este lugar en suspenso, sin poder salir de casa, rechazo, por falsa, la cara que él me muestra, que insiste en mostrar sin la menor vergüenza.

Algo de aquellos cuadros de de Chirico, con sus locomotoras perdidas en una espacialidad enorme, viene a mi memoria. Aquel “¡cómo es dulce la perspectiva!” con el que Paolo Uccello se refería a la espacialidad renacentista aparece transformado aquí en un esquema vacío del que fue excluído todo movimiento y en el que los pasos humanos, si ensayados, perderían toda su potencia.

Es lo opuesto exacto del futurismo de Marinetti, aquel entusiasmo cinético que lleva, no obstante, a la guerra. El mundo de de Chirico es un “mundo sin nosotros” —por su humo inmóvil es más difícil que el fascismo entre.

Sin embargo, ese eco que golpea en el muro, donde busco algo que haga sentido, será atropellado en breve por el griterío de la TV, del UOL, de la frase afligida, del chismorreo. Por eso sé que debo sentirme orgulloso de lo que no sé, y esa frase es más preciosa para mí que su banalidad socrática.

Aunque en régimen de urgencia, debemos tener paciencia con nuestra dificultad de formulación. Quien interpreta el Brasil hoy, y con una escabrosidad inédita, son los propios zombis. Tienen explicación para todo. El tirador de Virginia manipula mejor que nadie el código Brasil, que le sirve de fondo para todas las brutalidades.

Hay un maoísmo al contrario en esa gente, que empieza todo desde cero. Pues a ellos les basta invertir. Viven de un parasitismo por inversión pero todavía simétrico, sin ninguna creación. “La esclavitud hizo bien a los pueblos esclavizados”, por ejemplo.

Necesitamos, en contraposición, honrar cierto silencio, tomar en serio estos amuletos de la empatía lingüística: tal vez, fíjese bien, Ud. no cree que, etc. Los indios de América del Norte se referían a los blancos como a “una especie zoológica que hace de la palabra un uso inmoderado” (Lévi-Strauss, “La alfarera celosa”, p.151). Los bolsonaristas son herederos de esos invasores charlatanes. Hoy, la estridencia es bolsonarista.

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Si el bolsonarismo y adyacencias “agarraron” algo de nuestra cultura, debe haber sido el cine marginal de 50 años atrás, en la virada de las décadas de 60 y 70, un período de nuestro cine esencialmente estridente.

La falta de horizonte explícitamente político (al contrario del padre fundador, Glauber Rocha), el consumo como deshecho, casi basura, la tensión y la duración de cada plano, como si la película terminara cada vez que un plano termina, la coincidencia medio documental del tiempo del plano con el tiempo de lo real, la violencia como forma genérica de la película: todo esto fue componiendo un cuerpo de resistencia inconfundible.

Si los personajes giran y giran en una locuacidad sin fin es porque el piso colectivo, político, simbólico, lo que sea, se disolvió debajo de ellos con el golpe dentro del golpe (el AI-5) y también con el milagro económico. Gritan el propio nombre para no derretirse ante nuestros ojos. Presos en un autocircuito de gestos, vestuario, frases, alcanzan una continuidad que les falta históricamente.

“Yo fracasé… tenía que cagarme en todo”; “La solución para Brasil es el exterminio, el exterminio total”, dice el Bandido de la luz roja. Todo fue traicionado, incluso en un clima nacional megalomaníaco, con doña Macroeconomía aullando “¡Milagro! ¡Milagro!”. Matar a la familia (Mató a su familia y fue al cine), compartir a la mujer (La mujer de todos), fundir el consumo al crimen (El bandido de la luz roja), la propia tortura (Hitler Tercer Mundo): todos los valores fueron examinados, devastados, parodiados, agujereados con cuchillo y mucha, mucha sangre.

Son películas que toman la virada de la década por lo que ella era de hecho: un fraude (seductor). A partir de esta grieta, el cine marginal liberó su energía desde el fondo del pozo, superando contradicciones entre la alta y la baja cultura, lo femenino y lo masculino, lo profundo y lo superficial, lo irresponsable y lo político, en términos diferentes de lo que había hecho el tropicalismo. En términos innegociables.

Este es el tono que ahora vuelve a nosotros. ¿Cómo representar este bando de buitres, o incluso cómo hacerlo frente a ellos? Por esta grieta responden esas películas, y sólo a través de ella, en los términos de nuestro propio contrato, lo real podrá un día recompensarnos.

Con Luiz Gonzaga, por ejemplo, cantando “Boca de forno” en lo alto del cerro (Dame un respiro, Araña, 1970), en un travelling interminable. ¿Alguna vez el cine brasileño habrá filmado tanta realeza y alegría?

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Me extendí al evocar el cine marginal tal vez porque en esta evocación haya algo paradójicamente tranquilizador: para ese cine, el apocalipsis ya se había instaurado. Había un fondo “negativo” frente a él, dado por el AI-5 (la fosa más profunda del infierno del 64) y por el milagro económico (ese rufián de los condenados).

¿Y nosotros? ¿Ya tocamos fondo? O si se quiere, para hacer más pesimista la frase linda de Arnaldo Antunes, “lo real resiste”; sí, resiste, pero también del otro lado: ¿hasta dónde va el bolsonarismo?

En el caso del primer apocalipsis, la pandemia, hay algunos términos fijos que organizan la escena: aislamiento social, número de muertos, etc. Pero ¿qué decir de nuestro segundo apocalipsis, exclusivo y particular? ¿Tanques ocuparán las calles? ¿Habrá impeachment? ¿Veremos F-10 a toda velocidad disparando contra los edificios de Higienópolis? ¿Sepultureros en huelga? ¿Paramilitares imponiendo cuarentena? ¿Estamos durante, antes o después de nuestro destino?

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Leí en la internet la siguiente pregunta: ¿cómo miente un fascista?

Bien, él no miente —desmiente. Él niega lo que dice y nos acusa de haberlo dicho en su nombre. Él crea una cámara de ecos en la que la energía de lo que dice, de su “acto” verbal, ya se perdió, y es a esa pérdida justamente que él apuesta.

Un fascista miente sin gramática, no por ignorancia (usar mal la gramática nunca es un problema), sino porque necesita una dispersión lingüística que raye en lo ininteligible y en la cual, aunque el sentido de lo dicho sea claro (por ejemplo, “dar un golpe”), también quede dicho lo contrario, en una frase lateral y aparentemente sin sentido para que pueda ser rescatada en caso de que sea necesario. Más que de falsedad, la mentira fascista es un caso de cobardía.

Recuerdo un fragmento de un ensayo famoso de Lévi-Strauss (“Introducción a la obra de Marcel Mauss”), en el que él afirma que el lenguaje habría nacido de una vez —y por eso habría, para siempre, un excedente del significante sobre el significado (más posibilidades de significación que significados efectivamente adquiridos), en una “servidumbre de todo pensamiento  completo y acabado (pero también el gaje de cualquier arte, poesía o invención mítica o estética)” (Claude Lévi-Strauss, “Introducción a la obra de Marcel Mauss”, en Marcel Mauss. Sociología y Antropología. Madrid: Tecnos, 1971, p. 40). La mentira fascista es lo contrario de esto. Es el aprisionamiento de ese significante en una cámara en la que los significados, como  pájaros que se chocan contra el vidrio, se repiten sin parar hasta dejar al significante exhausto, en estado de choque.

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Hay una figura mítica, telúrica, que atraviesa las más diversas culturas: el enano sin ano, especie de titán de la retención. Defecar es, en alguna medida, separarse de sí, y es exactamente esto lo que esa figura problematiza.

Aunque libertadora de lo grotesco, la energía del bolsonarismo viene de esa misma región. Pues ese festín ridículo esconde, como lo muestra la comparación con el cine marginal, su contrario. Es para retener, apresar, contener bajo un escombro cualquiera de autoridad que él vino al mundo.

Que Bolsonaro no haya mostrado su sangre después de la puñalada, sino solo sus residuos intestinales, es prueba de esa pertenencia. Fue al revelar públicamente, en una bolsa de colostomía, la materia de la que está hecho, que Bolsonaro, huyendo de los debates televisivos (de un tipo cualquiera de logos, digamos) grabó su imagen a lo largo y ancho del país. La puñalada trajo a la luz lo que no conseguía salir por falta de ano. No la sangre roja de los mártires, sino el marrón de un residuo intestinal. Bolsonaro es un enano sin ano.

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SIÉNTENSE Y NEGOCIEN

Siéntanse a gusto, viejas zorras plateadas.

Vamos a encerrarlas en un palacio espléndido

Con comida, vino, buenas camas y buen fuego

[…]

Afuera, en el frío, esperaremos nosotros,

el ejército de los muertos en vano,

Nosotros, del Marne y de Montecassino

De Treblinka, de Dresde y de Hiroshima:

[…]

Ay de ustedes si salen en desacuerdo:

Serán asfixiadas por nuestro abrazo.

Somos invencibles porque somos los vencidos.

Invulnerables porque ya extinguidos:

Nos reímos de sus misiles.

Siéntense y negocien

Hasta que sus lenguas se sequen:

De persistir el daño y la vergüenza

Las ahogaremos en nuestra podredumbre.

El poema es de Primo Levi (“Canto dei morti invano”, en Ad hora incerta, Opere. Torino, Einaudi, 1997, vol. II, p.615). Frente a lo que parece tratarse de una negociación política (¿un tratado de límites en el uso de armas atómicas?), Levi convoca a los muertos. Son ellos los que ofrecen a los negociadores cama, comida y calor. Son ellos también los que muestran paciencia, como simpáticos tutores.

El supuesto del poema es que los vivos, en este caso los políticos, están completamente en sus manos. Son los “invencibles porque […] vencidos / invulnerables porque ya extinguidos” los que dan las cartas. Pero si algo sale mal… cuidado con nosotros… serán asfixiados por nuestro abrazo.

Llegó el momento de que Brasil convoque a sus muertos. No a los más famosos, los personajes ejemplares, los santos, las figuras históricas, aquellos cuyas biografías serán recordadas en los periódicos o en nombres de calles. Involuntariamente, estas estatuas de bronce en plintos de piedra ya forman parte del hilo de horrores que nos trajo hasta aquí.

Necesitamos a los muertos anónimos, recientes, mandados por su presidente a los hospitales sin cama, para que mueran ahogados en una camilla. Necesitamos a cada niño cargado por una bala perdida, al que nadie se acordó de explicarle qué quiere decir esta palabra, perdida. Necesitamos cada cabecita en la mira oficial de un fusil. Necesitamos a los muertos por motivos fútiles —por un desconocido, un vecino, un agresor en el tránsito, un examigo, un pariente al que le pareció tan “natural” hacer eso.

La banalidad que alcanzamos ahora no es la del mal sino la de la muerte misma. Necesitamos a la indiecita contaminada por el virus que el predicador trajo en la Biblia. Y si no nos portamos a la altura de las circunstancias, si no hacemos lo que tenemos que hacer (y que ciertamente no estamos haciendo), que venga el abrazo de podredumbre de esa gente.

Nuno Ramos, artista plástico y escritor, es autor de Ensaio geral y O mau vidraceiro, entre otros libros.

Publicado en el suplemento “Ilustríssima” de la Folha de S. Paulo, el 3 de mayo de 2020.

Disponible en https://www1.folha.uol.com.br/ilustrissima/2020/05/brasil-enfrenta-duplo-apocalipse-com-bolsonaro-e-coronavirus-reflete-nuno-ramos.shtml

(Traducción: Viviana Gelado)

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