Retamar en diálogo

por Julio Ortega

De Roberto siempre me impresionó la intimidad que tenía con el tiempo. Disponía de tanto tiempo que daba la impresión de haber cumplido horarios y agendas, y sin pendientes estaba libre para compartir su tiempo plácido. Uno, en cambio, andaba siempre atareado, con el tiempo de antemano vencido, urgido entre plazos y, por tanto, con pena de las horas corriendo. No me extraña por ello que el primer encuentro que tuvimos no llegó a ocurrir. Me había invitado a mi primer viaje a La Habana para un coloquio sobre la crítica, pero yo estaba en la Universidad de Texas, y mi pasaporte peruano y el visado americano no me permitían regresar a Austin sin trámites de nunca acabar. No tuve tiempo de contarle, cuando por fin nos encontramos, que para viajar a La Habana tuve que hacerme ciudadano americano.

Roberto tenía una risa franca y celebratoria, casi la cita de una risa literaria. Recuerdo que hemos reído mucho, naturalmente, de nuestros escritores preferidos, aquellos tocados por la gracia hiperbólica. Y las veces en que nos hemos reunido ha sido siempre con algún testigo de descargo. Por fin, después de varios desencuentros, llegamos a conocernos en Nueva York. Estaba yo con Jaime Alazraki en su despacho de Columbia University; al despedirme le dije que Roberto daba una charla en NYU esa tarde, y le propuse que fuésemos juntos. Y fuimos.   

Lo saludamos, y le dije que por fin nos encontrábamos gracias a que no lo habíamos planeado. Celebramos el encuentro propiciado por Nueva York y lo escuchamos con gusto hablar de Martí. Yo había tratado de recuperar el mapa de los paseos de Martí en Central Park, pero me di cuenta de que todos hemos concebido ese mapa y que, al final, cada lector martiano (que es algo más que un lector de Martí) tiene su propia guía y sus pausas propicias. Ya no le pude contar a Roberto, cuando por fin nos vimos en La Habana, que yo creía haber descubierto la claridad del paseo martiano. Y es que Martí prefería contemplar las colinas y jardines del Central Park porque en la yerba ardorosa creía ver una cita de Virgilio. Esto es, el surco y las plantas, la jardinería y la agricultura eran metáforas de la nación naciente. La Agricultura de la zona tórrida, el Cañaveral, el Bosque, anuncian los prodigios de la abundancia de la huerta latinoamericana.

Seguramente Roberto habría aceptado que hay Martí para todos y que cada lector hace camino.

No recuerdo a propósito de qué, seguramente respondiendo a una pregunta, Roberto abrió un parentesis en su charla y nos tomó de ejemplo martiano. Jaime y Julio, dijo Roberto, eligieron quedarse en la Universidad Americana, que les ha sido propicia para desarrollar su trabajo. Y añadió: Yo tambien pude quedarme en este país. La Universidad de Columbia me ofreció una plaza. Pero tuve que elegir. Como han elegido Jaime y Julio, dedicados a la cultura latinoamericana en un espacio que compartimos.

Roberto siempre tuvo ese talante civil y fraterno.

De los poetas coloquiales fue el mejor. Forjó una dicción reflexiva y persuasiva, que no buscaba adaptar el habla oral, ni mucho menos el demótico, entonces en voga. Si hiciéramos un registro del coloquio, veríamos sus distintas estrategias, que incluyen la oralidad del presente (pleno de tiempo hablado en los poetas nicaragüenses), la pulcritud del diálogo (como ocurre con los poetas mexicanos), y la diccion más urbana de los poetas chilenos o la más temporal de los peruanos… El español nuestro siempre es otro, el vuestro.

Notablemente, en la poesía cubana no parece predominar una dicción local, tal vez porque Nicolás Guillén agotó un registro oral y sensorial, mientras que Lezama Lima no cultivó el coloquio porque su oratoria elegíaca es irrepetible, aunque sus himnos llevan un acorde coral elegíaco.

Cintio Vitier y Fina García Marruz, desarrollaron un lenguaje propio, de impronta analítica y salmódica, que postula una poesía del conocer más allá de las evidencias, en la analogía del lenguaje como una certeza suficiente. De César López a Heberto Padilla el habla coloquial procesa la temporalidad, reflexiva y mundana, con la vivacidad de un coloquio apelativo.

En ese concierto de voces, se diría, firmadas desde un estilo, la poesía de Retamar ocurre dentro del registro del diálogo, ese espejo de la mutualidad, gracias al cual vemos nuestra imagen verbal. Esto es, el tiempo vivo de una frase, de una estrofa, de un poema, circula en nosotros y nos devuelve la imagen de lo que somos en el lenguaje, ese tiempo mayor que nos ha tocado compartir.

Nos hemos encontrado también en París, en uno de los coloquios convocados por Amos Segala, quien había imaginado una colección levemente monumental donde todos nuestros clásicos modernos tendrían, por fin, una edición cuidada, solvente y de fiar. Y cada tomo, además, vendría acompañado por un prólogo, notas, estudios, documentos. Una pléyade, se diría, de volumenes amplios, robustos, generosos. Me acuerdo muy bien que llevé a Julio Ramón Ribeyro a esa reunión, y le presenté a Retamar. Se conocían de toda la vida aunque no se habían visto hasta ahora. Sintonizaron con tanto entusiasmo que aproveché para dejarlos en inmensa compañía.

Se despachaban a gusto, como si estuviesen solos en esa sala napoleónica. Después, me dijo Julio Ramón que ambos se habían reconocido como buenos hijos de la literatura francesa.

Roberto, por lo demás, contribuyó ampliamente con los tomos de la Colección Archivos, magnífica biblioteca de la contemporaneidad nuestra, que dirigió Amos Segala, y en la que participamos, no sin entusiasmo, escritores y criticos de la América Latina. Pocos escritores nuestros han sido, como fue Roberto, un exquisito editor, no sólo por la dimensión crítica de esas ediciones, sino por su gusto y cuidado. En mi Antología de la poesia latinoamericana actual (México, Siglo XXI, 1987) tuve el gusto de tomar partido por su poesía.

Por fin, nos encontramos en La Habana, a comienzos de los noventa, en un congreso dedicado a Virgilio Piñera. Finalmente pudimos hablar, sin agendas, en La Roca. Naturalmente, de literatura. Aunque teníamos un tema académico por delante: el programa de estudiantes de la Universidad de Brown, que pronto se acordó y funcionó en una fórmula compartida: los profesores serían de la Universidad de La Habana, y tendríamos un profesor nuestro de coordinador. Roberto alentó ese proyecto, convencido como estaba de que, contra todas las razones contrarias, el futuro sería dialogado o no sería. Gracias a ese convenio, me tocó pasar allí la primavera del año en que Obama visitó La Habana. Y al alba del tiempo disponible, pude terminar de escribir mis memorias, La Comedia literaria,que había empezado en Barcelona el año anterior. Lo he visitado en su despacho, y hemos vuelto a La Roca, y compartido la Feria del Libro. No le pude obsequiar mi libro, que salió a pocos meses de su partida. Pero me complace recordarlo ahora, como si el tiempo todavía nos aguardara en la charla, que nos demora, repite y prolonga. A Roberto Fernández Retamar le debemos la fe en la crítica, la devoción poética, y la idea de patria grande, que compartimos.

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