Su risa

por Laidi Fernández de Juan

He sido invitada cordialmente a escribir estas palabras. Mucho agradezco a Jorge Fornet, amigo/hermano, la delicadeza: él sabe muy bien cuánto me duele este 9 de junio del año 2020. Jorge y yo fuimos niños de corretear divertidísimos por los pasillos del lugar donde nuestros padres trabajaban, de modo que ambos compartimos guiños, travesuras, memorias felices. Y, aunque él se haya convertido en una figura imprescindible en la Casa de las Américas, al frente del Centro de Investigaciones Literarias, y de la revista Casa…, y yo me refugie en otros lares, mantenemos esa suerte de complicidad a lo largo de la vida. Para nosotros dos, la Casa representa muchas cosas a la vez, más allá de un edificio donde se forjan proyectos que luego florecen, y se convierten en paradigmas latinoamericanos. Hablar de la Casa de las Américas, irremediablemente implica evocar a Haydee, esa criatura cuyo esplendor resulta imposible de apresar, y también implica evocar a mi padre. Sobre todo hoy, cuando se acerca su cumpleaños noventa, y él no está, al menos no de cuerpo presente. Me perdonarán los lectores, pero si para hablar de mi padre no empezaba por referirme a la institución a la cual él dedicó intensamente más de cincuenta años de su vida, no habría autenticidad en este pequeño homenaje. Seguramente otros colegas hablarán de la estatura intelectual de Retamar, de su legado, de sus aportes al pensamiento del llamado Tercer Mundo, de su magisterio siempre a flor de piel, de su poesía, de su labor ensayística, de su tarea de editor implacable y de su inquebrantable fe.

Imagino que he sido convocada no para ahondar en tales aristas –en las cuales no soy experta–, sino por el inmenso privilegio de haber nacido, crecido y envejecido al lado de Roberto. Y, como es natural, el doloroso honor de acompañarlo hasta el instante en que murió, me otorga cierta ventaja muy personal. Hasta el 20 de julio del año pasado estuve a su lado, de modo que no encuentro alivio posible para su ausencia. Quiero (debo), sin embargo, recordarlo con alegría, como pidió en uno de sus poemas, y en ese empeño intento concentrar mis energías.

No es difícil vincular el humor con mi padre, y, aunque todavía no sea tiempo de elaborar un texto que demuestre cuán hondamente disfrutó del choteo criollo, como todo buen cubano, lo cierto es que se enorgullecía de haber nacido en esta tierra de tan ardiente sol. Así, disfrutaba a plenitud todo lo que rezumara cubanía, y en su larga vida tuvo ocasión de carcajearse en público muchas veces, abiertamente, con un goce tremendo. Era su risa un estallido contaminante, espléndido, abarcador. Llenaba todo el lugar su risa, y quienes tuvieron oportunidad de presenciar esos momentos lo ratificarán. Escuchar a mi padre riéndose era como asistir al florecimiento de algo indefinible pero grandioso. A diferencia de mi madre, que llegó a estudiar como nadie el humor en la gráfica cubana, pero solía ocultar sus expresiones y era muy tímida, Roberto se explayaba en la risa, dejaba que fluyera su río carcajeante sin ningún recato, se entregaba al humor con la misma pasión, y el mismo desenfreno de todas sus consagraciones, que fueron muchas y muy variadas.

Creo que el encanto que dicha explosividad provocaba tiene relación no solo con su condición de cubano bullanguero, ruidoso, extrovertido, sino también con su voz. La voz de mi padre era maravillosa. Similar a la de un actor de carácter o de un cantante de boleros, tenía la entonación perfecta, el timbre impecable, grave, igual a si fuera de plata. Era imposible no rendirse ante el encanto de esa voz, que él manejaba a su antojo, y claro está, se aflautaba al reír. Se engrandecía la magia de su voz cuando brotaba con la máscara de una carcajada. El resultado era una rara combinación de tono serio con vitalidad, de timbre grave con desafuero: generaba una inexplicable complicidad en la que caíamos todos, sin importar si conocíamos o no el motivo del espectáculo que contemplábamos. Ninguno de nosotros se atrevía a interrumpir la magia que presenciábamos, atónitos. Existen fotografías y filmaciones que muestran momentos como los que describo y son las que prefiero. Verlo en imágenes tan feliz, tan a sus anchas, tan Roberto el de La Víbora, tan a quien no le importan protocolos ni formas, es volver a sentir el estremecimiento que causaba su risa cascabelera, inundando todo el espacio suyo, que de niña creí universal, y hoy querría de vuelta. Poco a poco, los recuerdos de sus últimos momentos, hondamente punzantes, comienzan a dejar lugar a otros. Y entre ráfagas de memorias, se aparece en sueños mi padre, sonriente, pícaro, con el disfraz de mago que usaba en las fiestas infantiles para los niños de la familia, y me canta, con su increíble voz, y me besa en la frente, como antes, como siempre, pero, sobre todo, en esas noches calmas, me llega su risa escandalosa, su desborde de felicidad. Solo entonces, gracias a esas carcajadas inimitables, admito el sosiego de que no es cierta del todo su partida: aquí está, con nosotros. Hagamos silencio, pues, mientras él se ríe, y recordémoslo con la alegría que nos pidió, sobre todo ahora, que cumple años. Brindo por ti, amado mío, y celebro tu contentura, sin necesidad de saber qué te hace tanta gracia, cuando solemos estar tan, pero tan tristes, los días en que no te escuchamos. ¡Salud a tu risa, definitivamente eterna!

Mayo, 2020

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