Stella Díaz Varín: a la velocidad de la voz

Por Carmen Avendaño (escritora y editora chilena)

La luz es cosmopolita, dijo mi proveedor. Y vertió su vino sobre mi falda azul. Pero era tarde, como suele ser cada vez que alguien trata de comprobar su pensamiento”. Así comienza el prólogo de Tiempo, medida imaginaria, libro que publica en 1959 la poeta chilena Stella Díaz Varín.

Nacida en 1926, nueve años después de Violeta Parra, ambas son imágenes de fuerza de la voz de la mujer chilena. “Imperiosa”, “arbitraria”, “tenebrosa cantante desconsolada”, escribió de ella Enrique Lihn aludiendo a una voz “fiel a sí misma”, indivisible en vida y obra. Una voz que respondía “al llamado de su propia selva”, precisó Elvira Hernández, una “voz que por sí sola era un cataclismo”. La idea misma del canto es empleada por estos autores para criticar y valorar el aporte poético de Stella Díaz ante la herencia y el presente de su país.

La autora tenía cuarenta y siete años cuando la dictadura militar interrumpió la vida literaria chilena quemando libros primero y censurándolos después. La revaloración para ella ha llegado más tarde que para otros de sus contemporáneos, en parte sobrepasada por el mito de su vida. Hernández señala como punto de partida de esta apreciación, el Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana (Santiago, 1987). El reconocimiento internacional llega en 1994, cuando Stella Díaz viaja a la Feria Internacional del Libro de La Habana invitada por el Instituto Cubano del libro. En la Casa de las Américas ofrece una conferencia sobre la literatura chilena, y la editorial Arte y Literatura publica Stella Díaz Varín: Poesía, que se agota durante la feria.

En 2017 la Universidad de La Serena publicó una biografía escrita por el poeta Álvaro Ruiz en base a entrevistas de Claudia Donoso y a su conocimiento personal de la autora: “Stella Adriana Díaz Varín nació en la ciudad de La Serena el 11 de agosto de 1926, en una familia de clase media y de varios hermanos. Su padre fue un relojero anarquista que le transmitió sólidos valores éticos y por sobre todo, su ideal político revolucionario. Mientras que su madre, una gentil dueña de casa descendiente de una familia de origen francés en manifiesta decadencia económica, le enseña los tiempos que fueron, costumbres, buenos hábitos y reservados secretos de cocina”. De la poeta adolescente, Ruiz destaca su encuentro con Gabriela Mistral en 1943: “cuando estaba en segundo año de humanidades, Gabriela Mistral visitó La Serena y se hizo un acto para ella en mi liceo. La Luzmira Peñailillo que había sido compañera de mi abuela era en ese tiempo la directora, me presentó a la Gabriela Mistral como la poeta del colegio. Yo, asustada, miraba a esta mujer inmensa con esos tremendos ojazos y ella se acercó, me acunó entre sus pechugas, me besó en la frente, se quedó un instante mirando al infinito y me dijo: ‘Pobrecita, pobrecita’”.

Entre las figuras literarias que la rodearon menciona Ruiz la relación de Díaz Varín con Alejandro Jodorowsky cuando “era muy lindo, todavía no tenía esa cara de gallinazo ridícula que tiene ahora, era un niño, un chiquillo”, y con Nicanor Parra a quien se dice inspiró el poema “La víbora”. En el tiempo en que ella colaboraba como periodista en diarios nacionales, conoce en La opinión a Vicente Huidobro. Pablo Neruda le regaló tres boinas, pero Stella prefirió a Pablo de Rokha y más aún a su mujer Winett, de quien decía escribía mejor que él, y que su verdadero nombre era Luisa Anabalón Sanderson. En 1960, a pesar de la oposición de su esposo, aloja en su casa al poeta beat estadounidense Allen Ginsberg, con quien entabla una amistad durante su estadía en Chile.

En su etapa trotskista abandona la poesía, dedicada a formar cuadros, a educar bajo la luz de Rosa Luxemburgo, hasta los años setenta, cuando ingresa al Partido Socialista: “Y Allende se quedó con el Partido Socialista de Chile y yo me quedé con Allende”. Durante la Unidad Popular trabaja en la Editorial Quimantú, en la Dirección Nacional de Abastecimiento y Comercialización, y es dirigente del cordón obrero Regional Cordillera. Tras el golpe de Estado es detenida y torturada, y posteriormente arrollada por un vehículo de la policía secreta que la deja convaleciente por un año: “Me tiraron una camioneta encima, una camioneta que estuvo como quince días esperándome. Me tiraban papeles por debajo de la puerta: ‘Ya te va a tocar hija de puta, ya te va a tocar’. Y yo encerrada en mi departamento mirando pasar las nubes, sin luz, sin comida, sin nada. Me allanaron dieciocho veces, dieciocho veces.  Me dejaron todo hecho pedazos. Yo creo que, desde ahí, ya no quise saber más de ordenar ninguna huevada. Todo botado en la escalera, hasta el colchón que utilizaba para dormir”.

Dieciocho años pasan para que Díaz Varín vuelva a publicar, autoeditando el tríptico La Arenera, en 1987, basado en un hecho real: “Yo estaba en La Tercera y leí una crónica ‘Arenera muere sepultada’. Me encontré con ese titular y esta mujer era abogado y su marido también y vivían en la población Lo Amor, qué coincidencia, y estaban clandestinos con hijos y todo, viviendo ahí. Con cinco hijos, ‘cinco esperas sangrientas, hambrientas’ y Enrique Lihn me dijo ‘no escribas más leseras’ y le dije ¿qué sabes tú?, porque Enrique tenía sus bemoles”.

La poeta Elvira Hernández en Stella, ensayo incluido en el libro Sobre la incomodidad apuntes de poesía chilena (UDP, 2019) la sitúa en tiempo y obra: “La conocí cuando la dictadura cívico militar había hecho su domadura entre la gente y esparcía los puntales del adocenamiento y la medianía. Eran los años ochenta, el neocapitalismo criollo del que éramos presas urdía su dolo y sus maulas: entonces Stella pateaba y machacaba con su taco la fachada continua de esos días imposibles de trivialidades”.

En 1992 Díaz Varín publica Los dones previsibles, con un prólogo de Enrique Lihn donde este referente de la poesía chilena venidera afirma contra ella su postura:

[…] “la mayor parte de los poetas de mi generación entendíamos la poesía como canto, en primer lugar, y sólo en segundo como escritura” […] “Algunos de nosotros, estimulados por el ejemplo de Nicanor Parra, nos alejamos rápidamente de este tipo de poesía –del hipnotismo de las Residencias de Neruda, del gigantismo de De Rokha–, Stella, no”. Situándola en el párrafo con estos referentes, Lihn la elogia y la margina a la vez, señala su estatura, pero la disminuye colocándola atrás en el tiempo, queriendo cantar como los grandes, hombres, así de fuerte. Prosigue Lihn: “En el teatro de la palabra, sola contra el mundo, esa figura en primera o tercera persona, es una especie de Cristo maldito que camina sobre las aguas: “Inefable como Dios cuando quiere ser hombre”.

De este modo Lihn le otorga el estatus, el altar que gozaban sus predecesores para escindirse de esa línea: “Esta imagen del poeta, la afición a la magia del lenguaje asociada a la realidad como acto verbal imperativo y otras características, delatan aquí, con la desvergüenza al uso de mi generación, cuentas pendientes con el romanticismo, el decadentismo y el simbolismo”. Finalmente concluye: “Asocio los cantos de Stella al estado de gracia y de desgracia en que morimos o sobrevivimos los jóvenes de mi edad, hace mucho tiempo”. Por esta fecha tiene sesenta y tres años, y se encuentran ambos a inicios de la eterna transición a la democracia. 

La escritora Rosa Alcayaga, citada por Ruiz, le da vuelta a la misma asociación: “En la obra de Stella Díaz Varín emerge una constante traducida en el uso reiterado de vocablos, conceptos e imágenes bíblicas y mitológicas de la iconografía cristiana como también ocurre, entre otros, en los poetas vanguardistas Vicente Huidobro y César Vallejo”. Tales invocaciones profanas evidencian, no obstante, la creencia en lo humano: “Yo creía y todavía creo que el hombre es salvado por el hombre, ésa es una cuestión que se me dio a mí cuando yo era chica, yo dije Dios no existe, por lo tanto el hombre salva al hombre. Que yo gritara esto en las iglesias de mi pueblo produjo ciertos inconvenientes. Pero yo creía en la Virgen de Lourdes”.

La perspectiva de Elvira Hernández (1951) que abarca a Stella Díaz Varín junto a Enrique Lihn, enmarca el aporte de la poeta en el devenir del mundo: “No le interesaba la teoría ni la estética, a las que pensaba que había que tratarlas con el pie. Nunca la oí hablar de surrealismo, pero estaba imbuida en su espíritu, así como Neruda y Rosamel del Valle, cada cual a su manera, se habían empapado del lenguaje surreal; o Nicanor Parra, Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky habían asimilado la técnica del collage en los días del Quebrantahuesos.[1] Pero Stella levantaba una palabra trabajada líricamente en protesta contra un mundo que avanzaba con mucha fuerza antipoética”.  Tal vez por esa voluntad de Díaz Varín ante un avance que se hace más palpable hoy, a catorce años de su partida, un 14 de junio, su voz poética sigue resonando más allá de su rugir vital.

A continuación, ofrecemos poemas que corresponden a tres momentos de su vida-obra en el contexto de la poesía-política chilena, haciendo de ella un reloj. De la etapa esperanzada: Tiempo, medida imaginaria (1959); de la resistencia en dictadura, La arenera (1986); y de la persistencia durante el prolongado retorno a la democracia Los dones previsibles (1992).

De Tiempo, medida imaginaria

Epílogo

Tiempo soberano, eterno y fecundo, como las mieles

que saboreo –recuerdo ingrato y dulce– dueño.

Tiempo, que anuncias la soledad, como ciertas aves la

lluvia; monzón, donde clava la espuma su regusto sudoroso

de ahogados y vencidos.

Tiempo –marea, yugo y libertad. Cuando colmas la

vida de silencio y conminas al ánimo contra la verdadera

dicha, que es efímera, cuando en tus ríos que la

pupila desvanece en loco intento de conservación se yergue

tu indecisa figura, me basta sólo recurrir a los elementos

que la noche aconseja y golpeo tu faz, demacrada

por los amaneceres.

Porque he descubierto que, agazapado –amante celoso

que acaricia y entretiene mi sueño– lloras sobre la

cabellera y te deleitas, adivinando la pupila que mira

hacia paisajes que no te pertenecen, porque te dispones

a matar.

Aún no me harás besar la tierra, porque me estoy

ejercitando como los sauces jóvenes, he aprendido a beber

el agua desde los ojos mismos de la tierra y a mirar

hacia abajo sin conocer el vértigo que produce la cercanía

de la Osa Mayor.

Para mirarte y comprender tu reputación de seductor,

debo mirar a la lejanía de los caminos, donde se bifurcan

los caminantes, ajenos a tu poder, hacia la comarca

de los párpados entornados.

Así te perderé de vista y no escucharé tus lamentaciones,

porque me habré librado de tu presencia.

De La arenera

La arenera

               Crónica. Dos de febrero.

Cinco centímetros de columna

A nadie le dice nada

Que una anónima arenera…

                Mal gusto del periodista

Por tal condimento a la hora del almuerzo

Mal gusto de la muerte

Sonrisa endemoniada de la vida

Una mujer arenera…

                Diez uñas

Y el silencio

Para escarbar milenios.

Pagado y miserable

Cuatro pesos el metro cúbico:

Ripio arena y sangre

Para la construcción del Caracol

Cuatro pesos

El metro lineal de alimento sudoroso

                Monedas apagadas de sonido

Cara de la Miseria

Sello de la vergüenza.

                La firma constructora:

Cuatro millones

Mil y más mil dólares se necesitan

Ya vamos llegando

Un poco más de fuerza y ya estaremos

Cómo no aprovechar la mano de obra

Si por vez primera no cuesta nada

Cuarenta y mil siglos la Arenera

Con sólo diez uñas y el silencio.

                Flor se llamaba.

Nada más que una crónica

Un suelto de noticia cotidiana.

                Flor María Beltrán

Y dieciséis años

En los brazos de Julio

Vivientes

En la población «Lo Amor»

Qué coincidencia

Cinco bocas

Menos mal que sólo cinco bocas

Cinco bocas asociadas con el hambre

Una ligera operación aritmética

Y tenemos

Algunos pares de zapatos metafísicos

Una que otra vez

Uno con otro

Una que otra vez el andrajo colorido

Una que otra vez el mendrugo

El jergón, la Eucaristía.

                En el río Mapocho

Llegó a puerto la Flor

Dieciséis años

Recalando en puertos de pasada

En aguas turbias

Resacas, mareas.

Una que otra sonrisa entre la nada

Dieciséis años en los brazos de Julio.

                No la ayudó

La arena decantada

No la ayudó

El rodado cantar

De la piedrecilla volandera

Bajando los pendientes

Las promesas.

                No la ayudó Julio

A pocos pasos de impotencia

No la ayudó la esperanza

De cinco bocas esperándola

Las cinco esperas hambrientas

Repetición de ojos oscuros

Abiertos al miedo

Bofetón impotente al firmamento

Puño encerrado y maldiciente

A la estrella perdida.

                Mala suerte la vida, Flor Beltrán

Muy lejos tu sonrisa tu esperanza

Ese lejos

Cuando la primavera diseñó tu cintura

Ese tan lejos

De la palabra coincidente

Ese más lejos

Cuando Julio Cifuentes

Enterneció la «mejora» con sus besos

Ese presente -lejos

Cuando la vida Mentirosa por cierto

Encendió tus pupilas

Y se afincó en tu vientre

Durante cinco veces

Para después de un tiempo

No el justo, no.

Tus diez dedos sin uñas, tus silencios

Tus cinco bocas ávidas

Tu Julio

Los tragará la arena, tu alimento.

                Flor María Beltrán

Compañera arenera sin palabras

Sin títulos, sin zapatos

Con la misma pollera

Te sepultó el más grande de los derrumbes.

                En tus pestañas, en tus crenchas

Florecen las arenas. 

De Los dones previsibles

La palabra

Una sola será mi lucha
Y mi triunfo;
Encontrar la palabra escondida
aquella vez de nuestro pacto secreto
a pocos días de terminar la infancia.
Debes recordar
dónde la guardaste
Debiste pronunciarla siquiera una vez…
Ya la habría encontrado
Pero tienes razón ese era el pacto.
Mira cómo está mi casa, desarmada.
Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.
Y mi huerto, forado permanente
Y mis libros cómo mi huerto,
Hojeado hasta el deshilache
Sin dar con la palabra.
Se termina la búsqueda y el tiempo.
Vencida y condenada


[1] Serie de intervenciones poéticas realizadas en 1952 por Nicanor Parra, en colaboración con Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky. El proyecto consistió en una apropiación tanto del espacio como del lenguaje públicos, ocupando muros en varios lugares de Santiago con textos creados a partir de recortes de periódicos. La calle Bandera, frente a los Tribunales de Justicia, y el restaurante El Naturista, fueron algunos de los lugares donde se exhibieron estas creaciones poéticas. Consultado en el sitio Memoria chilena.

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