Una Editorial para los escritores de nuestra América (I)

por Caridad Tamayo Fernández

El 2 de marzo de 1960 la directora de la Casa de las Américas enviaba al dramaturgo argentino Andrés Lizarraga una carta que hoy resulta reveladora:

Estimado Lizarraga:

Tengo el gusto de felicitarlo calurosamente por haber sido premiada su obra “Santa Juana de América” en el Primer Concurso Literario Hispanoamericano, convocado por esta Casa de las Américas. Ha sido para nosotros una gran satisfacción que el premio haya correspondido a una obra de verdadera integración americana. No es, como usted dice, casual que gente cubana distingan a un autor argentino que ha escrito historias de bolivianos. Su premio es prueba concreta de un hondo sentimiento de unidad en nuestro continente. […]

La publicación de su obra se hará junto a las demás obras premiadas en una edición popular de 5 000 ejemplares que serán distribuidos por toda América. Pensamos que dicha edición esté lista para fines de abril a más tardar, por lo cual necesitamos urgentemente una copia revisada de “Santa Juana de América” con las indicaciones tipográficas que usted estime conveniente.

Del producto de dicha edición el autor recibirá más de un 10 %, siendo destinado el resto a cubrir los gastos de edición y a la creación de una pequeña editorial que permita a los escritores americanos la publicación de sus obras fácil y seguramente.

Reiterándole nuestra felicitación y esperando prontas noticias suyas queda de usted atentamente,

Haydée Santamaría

DIRECTORA

Sin que fuera su intención principal, en esta carta quedaban resumidos dos de los propósitos esenciales sobre los que se fundó la Casa de las Américas en 1959: la idea de lograr la integración de nuestra América por medio de la cultura, y el deseo de publicar las obras de sus escritores para hacerlas llegar a todos los rincones del Continente.

Esta misiva, rescatada del vasto Archivo que ha atesorado la institución desde que abrió sus puertas –el cual contiene miles de cartas, cables, notas y otros documentos de y para los escritores y artistas que han tenido contacto con la Casa–, nos da una idea del momento en que apareció, hace ahora 60 años, la Editorial Casa de las Américas (hoy Fondo Editorial Casa de las Américas). También nos da una idea de cuán ambiciosos eran sus propósitos, cuán generosos y necesarios.

Dirigida en sus primeros años por Ada Santamaría, continuarían esa labor por períodos más extensos reconocidos escritores, quienes dejaron su huella evidente en las líneas temáticas de publicación de las sucesivas colecciones que iban apareciendo, entre ellos: Pablo Armando Fernández, Antonio Benítez Rojo, Lisandro Otero, Fayad Jamís y Eduardo Heras León, por solo mencionar a algunos de los más notables. Sin embargo, la editorial fue desde sus inicios una obra colectiva, como lo es la Casa toda. A ella aportaron ideas y propuestas que ayudaron a perfilarla y enfocar sus intereses muchos de los que hoy enriquecen su catálogo o, sencillamente, son parte indisoluble de su memoria: Ezequiel Martínez Estrada, Manuel Galich, Ángel Rama, Mario Benedetti, Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet… A ellos se suman decenas de ilustres prologuistas, antologadores, compiladores o traductores, sin muchos de los cuales no hubiese sido posible hacer realidad nuestros libros, y otros que han enriquecido de manera notable nuestras publicaciones.

La nueva editorial apostó por el riesgo estético al incorporar a su nómina de diseñadores a varios de los mejores artistas gráficos cubanos, quienes lograron dotar de belleza y de un valor artístico indiscutible las colecciones creadas en esas primeras décadas: Umberto Peña, Tony Évora, Félix Beltrán, Rafael Morante, Alfredo Rostgaard, César Mazola y Orlando Díaz, diseñaron los primeros libros por los que la Casa fue reconocida en todos los rincones de la América Latina. Especialmente Peña trabajó durante años y con una eficacia rotunda en el diseño integral de las principales colecciones (incluida la revista Casa de las Américas, que este año completará los trescientos números).

Las cubiertas de los libros de esas primeras décadas permanecen en la memoria visual colectiva de nuestra América y forman parte de nuestro legado al diseño gráfico en Cuba. Muchos otros pintores, ilustradores, fotógrafos y diseñadores, tanto cubanos como extranjeros, colaboraron de manera puntual: Raúl Martínez, Lucci, Siné, Eduardo Muñoz Bachs, Vicente Rodríguez Bonachea, Roberto Fabelo, Flora Fong, Héctor Villaverde, Oswaldo Guayasamín, Korda, Raúl Corrales, Mariano Rodríguez…

Generaciones más jóvenes llegaron después para, sobre esos sólidos cimientos y mediante las nuevas tecnologías, refundar la imagen y conservar los valores artísticos que lograron sus antecesores. Estos han logrado conciliar la tradición y la contemporaneidad en los conceptos de diseño que identifican nuestras colecciones, han logrado preservar sus valores estéticos y han enriquecido y renovado la imagen integral que hoy exhibe la Casa.

Obviamente, al formar parte de una institución que se impuso insertarse de un modo más integrador en el panorama intelectual de nuestra América, y al nutrirse del trabajo cotidiano desarrollado en ella, esta editorial abrió sus colecciones tanto con la obra de los clásicos del Continente como con la de autores y temas poco conocidos, lo cual contribuyó a instaurar un nuevo canon literario. En poco tiempo fue conocida por ser una eficiente promotora de ciertas culturas invisibilizadas o subvaloradas, así como de autores y temas necesarios en el panorama intelectual de su contemporaneidad. El género testimonio recibió un notable impulso cuando, tras arduas discusiones en las jornadas del Premio Literario Casa de las Américas, fue incorporado al concurso en 1970. Muchos de los primeros libros de dicho género fueron publicados por nuestra editorial, si bien el más célebre de ellos apareció a principios de la década del ochenta: Me llamo Rigoberta Menchú.

Libros en ediciones bilingües escritos en las lenguas de las islas caribeñas; o provenientes de los pueblos náhuatl, mapuche o quechua, comenzaron a circular tras su publicación por la Casa, así como traducciones de libros escritos en portugués por autores brasileños, desconocidos fuera de su país y muchas veces poco conocidos en su propia tierra. El Premio Literario Casa de las Américas fue catalizador principal de la fundación de la editorial ante el imperativo de hacer realidad los libros galardonados; el primer año fueron títulos de los argentinos Ezequiel Martínez Estrada y Andrés Lizarraga, los ecuatorianos Jorge Enrique Adoum y Alfonso Cuesta y Cuesta, el guatemalteco José María López Valdizón, el puertorriqueño René Marqués y el cubano José Soler Puig, los cuales vieron la luz en junio de 1960. El Premio fue también un laboratorio donde se formularon otras fructíferas ideas que terminaron convertidas en libros, gracias a los encuentros que se suscitaban durante sus jornadas entre las decenas de figuras de las letras continentales invitadas, quienes a la vez se convertían en generadores de nuevas incitaciones para el trabajo de la Casa. El Premio y su Colección continúan siendo ejes centrales de la Casa misma.

De manera que, real y simbólicamente, la editorial de la Casa –cuya trayectoria de sesenta años le permite contar con un catálogo que supera los 1 300 títulos en más de 20 colecciones– ha sido puente entre culturas, dinamitadora de obstáculos lingüísticos e idiosincráticos, intérprete de los anhelos y necesidades de miles de lectores, plataforma para las más frescas propuestas, y archivo de la memoria histórica y cultural de nuestros países.

Logo 60 años Fondo Editorial Casa de las Américas. Por: Rolo

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