El juego de la sucia noche

por Rey Pascual García

Dos perdidos en una noche sucia

Por estos días de aislamiento necesario la lectura se convierte en una buena amiga. Varios son los textos teatrales que mis ojos estrenan, pero hay otros, viejos conocidos, que sobresalen y se convierten en obligatoria necesidad de visitarlos nuevamente. Y es que no hay nada como el ejercicio activo del recuerdo, para no olvidar lo que un día, nos hizo llorar, reír, odiar, amar. Acudo a revivir la experiencia de leer la pieza Dos perdidos en una noche sucia. Un texto del brasileño Plinio Marcos, que más que un texto, es un ejercicio de resistencia.

La revista Conjunto, ha publicado en múltiples ocasiones trabajos de análisis, críticas, y reflexiones sobre este autor y, especialmente sobre las disímiles puestas en escena de la obra. Destacan el análisis que hace Katia Rodríguez Paranhos de esta obra en el número 158-159, del 2011, desde el estudio de Marcos y el Grupo Forja; y en uno de los últimos números, el 190, las reflexiones de Alcir Pécora, a propósito de la edición de las Obras teatrales de Plinio Marcos.

En 2014 conocí este texto cuando asistí a la puesta en escena Noche sucia, del grupo Alas, de Granma, dirigida por Fernando Muñoz, durante el XVIII Festival Concurso Máscara de Caoba. La lúcida oscuridad que cargaba consigo la obra, me impulsó en aquel entonces a una investigación: hacer vivo el recuerdo de la llamada memoria de vida latinoamericana, que años después vería terminada, al menos como punto de partida. Ahora, a más de una década, otra vez con el texto dramático en mi mano, revisito mi memoria para combinar pasado y presente.

Plinio Marcos (1935-1999) fue un dramaturgo, actor, periodista y escritor brasileño, que se destacó fuertemente por su trabajo creativo durante los años de la dictadura que vino tras el golpe militar de 1964, aun cuando todas sus obras eran fuertemente censuradas en todo el país. Sus piezas y artículos han sido traducidos, publicados y representados en francés, español, inglés y alemán. Recibió los premios nacionales en todas las actividades que abarcó en teatro, cine, televisión y literatura. Entre sus obras para adultos podemos encontrar Barrela (1958); Os fantoches (1960); Enquanto os navios atracam (1963); Reportagem de um tempo mau (1965); Dois perdidos numa noite suja (1966); Navalha na Carne (1967); Quando as máquinas param (1963); Homens de papel (1968); O abajur lilás (1969); Oração de um pé-de-chinelo (1969); Sob o signo da discoteque (1979); Madame Blavatski (1985); Balada de um palhaço (1986); A mancha roxa (1988); A dança final (1993); O bote da loba (1997); Chico Viola (inacabada, 1997)

Lo visible es la suciedad, lo obscuro, la desesperante espera de Toño y Paco, los dos personajes de la historia, por la llegada de un día mejor para salir de esa sucia noche en la que viven. Dos entes del mundo inferior, dos mendigos de trabajo, limosneros de la luz, o como quiera que se les pueda definir, Plinio Marcos esboza dos seres que se emparentan más con simples objetos, que con formas humanas (dignas).

Tras un encuentro casual, Toño invita a Paco a vivir en almacén abandonado. Toño es tímido, humilde y sincero, mientras que Paco es de personalidad misteriosa, atrevida y agresiva. Fuera de que ambos viven en condiciones de pobreza, al parecer nada tienen en común. Ambos sueñan con un trabajo que les saque de su miseria. En el camino de encontrarlo les lleva a vivir una rutina infernal, el resultado del resentimiento, las frustraciones, la violencia entre ambos.

La dura pelea del día a día en el mercado de la calle, en la obra, refleja la pelea de un gran número de teatristas brasileros que se vieron obligados a la voz baja de bares y pequeñas salitas, o el silencio y el exilio, durante los años de la dictadura. Y ese pujar por la vida, es hoy, quizás, la misma pelea por sobrevivir y hacer en medio de la profunda crisis social y sanitaria en la región.

Durante los dos actos que componen la pieza, enmarcada dentro de una estética realista, desde el bosquejo de estos seres, a Toño y Paco les será impuesto un límite –casi imaginario– que se esfuma y les hace ir más lejos. Me lleva a recordar a Antonin Artaud, cuando hablaba de la relación atroz y mágica del teatro con la realidad y el peligro. Nunca existió para estos dos personajes la oportunidad de un stop. Solo se tienen el uno al otro, no porque lo quieran, sino porque son el único mitigo de la soledad.

En el marginal espacio en que se mueve la trama, no cabe más que un lenguaje cargado de la particular vulgaridad y folklorismo de los individuos que sobreviven en esta no-clase, esta existencia irreal para todos los  lados de la pirámide social. Su único pecado fue el ser pobres.

Es una lucha de iguales (en pobreza) por la subsistencia. Un par de zapatos lindos cambia la vida de los dos. Cada uno envidia al otro y, a su vez, envidia a todos los que tienen un trabajo real. Pero: ¿son estos personajes tan limítrofes que llegarían a matar? O quizá mejor: ¿estuvieron alguna vez vivos realmente? Tal y como los pies cansados en busca de los zapatos añorados, la vida del Brasil en la época de la dictadura militar buscaba calzar, las suelas que le posibilitasen el fin del militarismo, tan cruento y salvaje como la lucha de Toño y Paco por vivir.

¿Cuánto puede llegar a significar un par de zapatos, o una flauta, si están por encima, incluso, de la vida humana? Sería sencillo comparar el espacio-tiempo del texto dramático, con el día a día caótico propio de la selva, en el que solo el fuerte, el decidido, el armado, el desesperado sin nada que perder, logra comer y sobrevivir. Se deriva entonces la visión del país como selva. Un país que resiste que sus pies sean quemados por colillas encendidas. Un país dentro de “el país”: el pequeño cuartucho donde viven Paco y Toño. Los zapatos son el boleto de salida de esa selva. Un boleto por el que, sin dudarlo, Toño asalta, golpea y soporta el ser llamado “la muñeca del Negrón”. Zapatos por los que mata a Paco.

En el texto se hacen abiertas referencias a la ineptitud de la policía, la discriminación y vandalismo imperante en la época. La carga simbólica de Dos perdidos… se hace notar en la comparación constante de la obra, con los referentes biográficos de su autor, también un marginado por la censura y la persecución política, que llegó a ser uno de los dramaturgos más prohibidos en la escena teatral brasileña. De ahí que el cuartucho en el que subsisten Paco y Toño, pueda no ser más que los bares y pequeñísimos espacios en que pudo ser representado este texto dramático. Así el cuartucho era también la metáfora de una lucha por hacer un teatro íntimo, pues la propia censura proporcionaba el sendero para burlarla.

Lo icónico se sustenta además en la construcción de las dos personalidades, que a pesar de convivir, constituyen una especie de antítesis el uno del otro, siempre dentro de la marginal pobreza. A su vez, se asume el poder desde la aparición delNegrón, en el mercado en el que trabajan. Y, como respuesta a ese mismo poder, cada uno lo va encarnando quedando una lucha por el dominio del otro. El poder no es sino la referencia a la justicia y el mando que, como en el juego de la cuerda estirada, va hacia un lado u otro según quien tire con más fuerza. El poder de la locura: estar más loco que el otro, más fuerte que el otro, ser más, cada vez más temerario para salir de la selva en que viven.

Así se desenvuelve esta trama, tan rítmica como aquel partido de futbol que los actores del grupo Alas idearon para organizar la acción en el escenario. No queda más que invitarles a la lectura de Dos perdidos en una noche sucia. Un atractivo y macabro juego que pone en duda a la razón y los héroes hacen de ellos mismos sus peores enemigos.

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