Jorge Teillier y los lares del sur

Un 24 de junio, pero del año 1935, nacía en Lautaro, Chile, un poeta que dejaría huella profunda en las letras y la memoria de generaciones, Jorge Teillier. La Casa de las Américas retoma los versos y el espíritu de este entrañable amigo en la remembranza de la escritora y editora chilena Carmen Avendaño.

por Carmen Avendaño

Un desconocido silba en el bosque

Un desconocido silba en el bosque.
Los patios se llenan de niebla.
El padre lee un cuento de hadas
y el hermano muerto escucha tras la puerta.

Se apaga en la ventana
la bujía que nos señalaba el camino.
No hallábamos la hora de volver a casa,
pero nos detenemos sin saber donde ir
cuando un desconocido silba en el bosque.

Detrás de nuestros párpados surge el invierno
trayendo una nieve que no es de este mundo
y que borra nuestras huellas y las huellas del sol
cuando un desconocido silba en el bosque.

Debíamos decir que ya no nos esperen,
pero hemos cambiado de lenguaje
y nadie podrá comprender a los que oímos
a un desconocido silbar en el bosque.

Quiero proponer este poema como autorretrato involuntario de su autor. Regresemos a ese lugar mágico de la infancia donde en los árboles aún cuelgan los libros, nacidos de su carne, y que al leerlos en medio del bosque nos hacen creer más sus historias. Para volver necesitamos un sendero de guijarros que alguien dejara de tanto en tanto en nuestra memoria: una locomotora, una carreta, un caballo entre los geranios, una fogata, una ventana iluminada. Ese sendero formado por cosas verdaderas, o, lo que es igual, la verdadera percepción de las cosas que nos ofrece la poesía. Sigamos pues, esa tonada que aún no reconocemos, pero “nos suena”, ese silbido guía entre los árboles de un poeta chileno nacido hace exactamente 85 años –el día que murió Gardel–, y que hace 24 dejó de respirar. 

Acerquémonos al lugar austral con altas araucarias y lagos de cuentos de hadas donde viven los mapuches, gente de carne, hueso y tierra que sigue existiendo, a pesar de lo que crea el el gobierno que los despojara de su territorio y el empresario que desea transformarlos en historias para niños. A La Frontera,[1] como se le llama a ese territorio, arribaron los antepasados de Jorque Teillier, “los que partiendo de Burdeos o Le Havre / llegaron a La Frontera por caminos recién trazados / mientras sus mujeres daban a luz en las carreteras.” Una zona delimitada por los ríos y por la resistencia de los habitantes originarios ante el avance colonial español o chileno. Una memoria sangrienta que subyace en el sentimiento de pérdida arraigado al paisaje que recorre la obra del poeta; una tensión entre un presente ruinoso y un pasado magnífico, como destaca la investigadora Magda Sepúlveda Eriz.[2]

Es el año 1971 en la foto en una avenida de Santiago de Chile. Han pasado dieciocho desde que publicara “Un desconocido silba en el bosque” en el libro Poemas del país de nunca jamás. Vemos apenas unos escuálidos árboles contra la apertura, la falta de misterio de la ciudad a la que llega el poeta de provincia para darse a conocer. Se apoya en el tronco amarillo del semáforo que, sin tener juicio, decide quién avanza y quien debe detenerse. El poeta anticipa tal vez en su lectura el futuro reclamo aparecido en su libro En el mudo corazón del bosque, de 1997:

¿Por qué este lugar no me dice nada?

¿Por qué estoy en un lugar

que no me dice nada?

¿Y por qué surge dentro de mí una voz

que me habla en el sueño más profundo

y me despierta sin que pueda recordarla?

Hablar no es vivir,

pero vivir sin esa voz es mi doble muerte.

Si yo muero

¿quién va a escuchar esa voz

que me habló y nunca pude oír?

          “Entre el olvido y yo

          se despierta una mujer desconocida”.

               (escuchado en sueños)

El poema refleja la preocupación de dejar de escuchar el mensaje del lugar que atañe al poeta de los lares. ¿Quiénes son los lares? Son dioses, en su origen, de los campos cultivados, aforados en las encrucijadas, que luego lo fueron en las casas, simbolizando el hogar y el culto familiar. Luego aparecen como dioses domésticos, genios de la casa, que en el norte de Europa fueran ridiculizados por el catolicismo y transformados en elfos y gnomos deformes.

Según Apuleyo los lares serían las almas de los que habían llenado completamente los deberes de la vida, mientras que Servio sitúa su origen en la costumbre de enterrar a los muertos en casa, cuyas almas la protegían. Existe gran variedad de acepciones del culto a los lares, considerados menores por algunos y mayores por otros, teniendo en común la relación estrecha con el lugar que representan: Neptuno, Tetis y Glauco fueron tomados por lares marinos para las naves; Jano sería el lar de los caminos, donde se encontraban también estatuas de Apolo, Diana y Mercurio. Solía ofrecérseles casi todos los días vino y un poco de lo que se ponía en la mesa. La poesía / es un respirar en paz / para que los demás respiren, un poema es un pan fresco / un cesto de mimbre, escribe Teillier en “El poeta de este mundo”.

Dioses domésticos, dioses de lo pequeño, a quienes corresponde un canto de las cosas sencillas, como el del latino Tibulo, que en sus elegías no se olvida de los lares y prefiere hablar de la tierra antes que de las proezas de guerra. Almas de los que amaron el misterio del árbol y el milagro del pan, las cosas por su huella, por la marca que dejan cuando dejan de existir.

Habiendo publicado a los 28 años ya tres libros, y recibido cierto reconocimiento, Teillier empieza a ser criticado por lectores que lo tildaban de anacrónico y repetitivo, de apolítico en plena efervescencia de los sesenta, fama que hasta hoy se extiende. Como indica Niall Binns, prologuista del libro doble Poemas del país de nunca jamás y Crónica del forastero, en respuesta a sus adversarios y a sus propias dudas, Teillier publica en 1965 el manifiesto “Los poetas de los lares”, donde elabora una poética palpable en su obra.

Un primer hecho que estableceremos es el de que los ‘poetas de los lares’ vuelven a integrarse al paisaje, a hacer la descripción del ambiente que los rodea. Se empiezan a recuperar los sentidos, que se iban perdiendo en estos últimos años, ahogados por la hojarasca de una poesía no nacida espontáneamente, por el contacto del hombre con el mundo, sino resultante de una experiencia meramente literaria, confeccionada sobre la medida de otra poesía. Esto es importante en un país como el nuestro en donde el peso de la tierra es tan decisivo como lo fuera (y tal vez sigue siéndolo) “el peso de la noche”, en donde el hombre antes de lanzarse a los reinos de las ideas debe primero dar cuenta del mundo que lo rodea, a trueque de convertirse en un desarraigado. […] Con Teófilo Cid y Braulio Arenas como precursores, surrealistas “creadores de paisajes mentales” que vuelven a tomar conciencia de la tierra, la lista se alarga con Luis Oyarzún, Gonzalo Rojas en poemas de “Contra la muerte”, Mario Ferrero, e incluso Nicanor Parra en “La Cueca Larga”. Destacando a Carlos de Rokha, (hijo de Pablo de Rokha, quien, “luego de probar con deslurnbrante destreza y pirotecnia verbal las innovaciones de la poesía de vanguardia, llega hacia el fin de sus días a realizar una poesía de profundo contenido terrestre y carga nostálgica.

Entre las razones para este regreso del hijo pródigo, Teillier nombra un rechazo a las ciudades, “que van aislando al hombre del seno de su verdadero mundo”; la desconfianza hacia la velocidad, el progreso tecnológico, la necesidad personal de acudir a un “realismo secreto, pues es sabido que el mundo exterior contiene pocas enseñanzas, a no ser que se le mire como un depósito de significados y símbolos ocultos”. La necesidad de “entrar profundamente en las costumbres y ritos”, en suma, de recuperar el sentido de pertenencia, no sólo para sí sino para los otros. Ante el caos moderno, el poeta ofrece un lugar más habitable: el poema, producto del “conocimiento de su oficio y del orden cultural que lo rodea”.

Frente a la poesía de su época, los poetas láricos reaccionan contra la improvisación, la grandilocuencia, la indiferencia hacia la producción de otros lares y el egocentrismo romántico. “Simples hermanos de los seres y las cosas”, estos habitantes de la tierra en plena globalización representan la resistencia de la identidad que no se margina del mundo, sino que asume desde su propio entorno la selección de sus afinidades.

Tras releer a Li Tai Po

a Jaime Valdivieso

Cornejas en Temixco. Y un cuervo blanco

en mi bolsillo. Cornejas chillan en Temixco.

Fue hace tres años. Y ahora cuento

que alguien me ha traído a Miguel Claro

un aroma de copal y Día de Muertos en Pátzcuaro

y campesinos velando a medianoche

bajo la llovida tumba de los antepasados

conversé bajo el níspero cuyas hojas

embriagan dulcemente

el añejo sol del paso del invierno.

Me gustaría atrapar un cuervo blanco

y recordar los pasos de los caballos de Hernán Cortés

frente al puente de tu casa.

Me gustaría ver el rostro de esas muchachas rubias

como hojas reaparecidas en la hiedra del viejo Pedagógico,

y nuestras caminatas por los senderos del Ñielol

y el Puente de los Mellizos.

“Pero no quiero cubrirme de plumas

ni que mis ojos se tornen cuadrados”.

Mi castigo es no querer sobrevivir la inmortalidad.

De El molino y la higuera, 1993

Las afinidades de Teillier quedan al descubierto en poemas que establecen complicidades con autores de diversas latitudes y épocas. Además del poeta chino del siglo viii Li Tai Po, dialoga con George Trakl, Rainer Maria Rilke, Dylan Thomas, Sergei Esenin, René Guy Cadou, René Char, Eliseo Diego y César Young, entre otros. La influencia de la poesía oriental se muestra en “Cosas vistas”, la serie de poemas breves que aparece en Muertes y maravillas, de 1971. Este aprendido desapego que potencia la observación es llevado por Teillier en un sentido distinto de los esfuerzos anglosajones por desligarse del romanticismo, hacia una comunión con el lector y el lugar:

En el espejo de mi armario

veo mi imagen borrada

por la del antepasado que jamás conocí.

Es el lugar lo que impele a Teillier a apropiarse de sus lecturas europeas saltándose la influencia de Estados Unidos. Citando a Rilke en su manifiesto, Teillier alerta que la imposición del modelo de vida estadounidense afecta nuestra relación con las cosas, por la que pasa nuestra relación con el mundo y nosotros mismos: “Las cosas dotadas de vida, las cosas vividas, las cosas admitidas en nuestra confianza, están en su declinación y ya no pueden ser reemplazadas. Somos tal vez los últimos que conocieron tales cosas. Sobre nosotros descansa la responsabilidad de conservar no solamente su recuerdo (lo que sería poco y de no fiar), sino su valor humano y lárico”. Al terminar la cita de Rilke, Teillier concluye: “El poeta, entonces, como el artesano, debería conservar las cosas reales, en vías de extinción, frente a esta invasión de las irreales que nos son impuestas en serie”.

Ello no le impide perdonar a Elvis Presley, “solo porque cantabas Blue moon” en el poema “Sueño Americano” (de El Molino y la Higuera, 1993), para luego reclamarle: ¿por qué dejaste de ser el camionero que cantaba por gusto cerca de Memphis y no por un mortal millón de dólares?

Tras Los poetas de los lares, Teillier publica Crónica del forastero donde se revela la utopía de volver al lugar de origen, que se transforma a la misma velocidad de quien se marcha. A su regreso, ambos se han desplazado. Por ello es una poesía nostálgica, que celebra lo perdido y así lo restituye. Teillier se la pasaba yendo y viniendo a la cuidad, tal vez porque la capital lo llamaba con sus intercambios literarios, y tal vez porque una vez de vuelta a la patria de la infancia se desvanecía la imagen idealizada desde la urbe. Si reclamaba darle voz al lar del bosque, a la tierra, era desde su condición de forastero, desterrado. Un desconocido que silba en el bosque.

[1] El espacio fronterizo mapuche que se extiende entre el río Bío-Bío por el norte y el río Toltén por el sur, se conoce como región de la Frontera o Araucanía. Frontera, porque ambos ríos fueron líneas fronterizas entre el territorio mapuche y aquel bajo dominio español. Araucanía, porque sus habitantes fueron conocidos como “araucanos”, denominación acuñada por Alonso de Ercilla y Zuñiga en su poema épico “La Araucana” (1569).

2] A partir del poema “Pascual Coña recuerda” (del cuaderno Para un pueblo fantasma, 1978), en el que Teillier asume la voz del cacique Mapuche, Sepúlveda afirma: “El poemario Para un pueblo fantasma elabora formas de decir la expoliación y ruina tanto sobre el pueblo mapuche como sobre la ciudad de provincia y los poetas regionales. Para el pueblo mapuche, Teillier opta por tomar prestada la voz de documentos históricos. Para la ciudad de provincia elabora un yo lírico que, instalado en un presente inmóvil, recuerda un pasado ido. Para los poetas de regiones privilegia la voz que elabora un registro histórico con los nombres y los lugares invisibilizados por la metrópoli”. Tomado de “Como un jilguero sobre un alambre de púas: mapuches y colonos en el Lautaro de Teillier”, ensayo incluido en Teillier crítico, Braulio Fernández y Marcelo Rioseco (editores), Editorial Universitaria, 2014.

Un comentario

  1. Gracias Carmen. Muy bonito artículo. Hay que trabajar fuerte para mantener la memoria de nuestros poetas, la sociedad es corta de memoria y la poesía no es «top» en los ranking comerciales ni prioridad en los periódicos.

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