El quinto rostro del Monte Rushmore

Por Abel Prieto

Al regreso de Tulsa, circularon fotos de Trump con su corbata roja zafada, colgante, como un guiñapo desechable.

«Durante la campaña de 2016 y a lo largo de su mandato (observó Vanessa Friedman, de The New York Times), Trump ha hecho de su corbata roja y brillante un símbolo de victoria. Pero, tras el mitin en Tulsa, parecía un signo de derrota. (…) Ya no estaba atada en su nudo grande y jactancioso, sino que colgaba inerte alrededor del cuello, como un boxeador contra las cuerdas».

Para colmo, en las fotos, Trump arrugaba en una mano otra de sus insignias triunfales: la gorra igualmente roja con las siglas maga, por «Make America Great Again», que algunos traducen «Hagamos a América (ee. uu.) grande otra vez».  

Se trata, como sabemos, de un hombre del espectáculo, atento más a la imagen que a las esencias, consciente del peso de rituales, mitos y representaciones en la sociedad contemporánea y en especial en su país. Por eso anunció que iniciará la celebración del 4 de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos, en un lugar de fuerte carga simbólica: el Monte Rushmore. Será un show prodigioso, con fuegos artificiales, aviones de combate sobrevolando el enorme monumento, y otros añadidos destinados a ensalzar el patrioterismo yanqui.

En el Monte Rushmore fueron tallados, entre 1927 y 1941, retratos de piedra, de 18 metros de alto, de cuatro presidentes: Washington, Jefferson, Lincoln y Theodore Roosevelt. El conjunto está dedicado a los primeros 150 años de historia de los ee. uu. y a los «valores fundacionales» de la nación.

Trump siente una atracción particular por este monumento. Según reveló en 2018 la gobernadora republicana de Dakota del Sur, el Presidente le dijo una vez, con toda seriedad, que soñaba con que tallaran su efigie en el Monte Rushmore. Más tarde, en un acto de campaña, coqueteó en broma con la misma posibilidad.  

Por supuesto, cuando se habla del Monte Rushmore y de sus colosales esculturas, ni Trump ni la gobernadora recuerdan que está enclavado en tierras de los nativos americanos. En 1868, fueron entregadas «oficialmente» a las tribus Sioux por el Gobierno de ­­ee. uu., a través del Tratado del fuerte Laramie o Tratado Sioux. En 1874 se encontró oro en la zona, y, como era de esperar, los legítimos dueños fueron expulsados del territorio por la fuerza, sin contemplaciones. Más de un siglo después, en 1980, la Corte Suprema decidió que las tribus debían ser indemnizadas. Los indígenas no aceptaron dinero y siguieron reclamando sus propiedades, que forman parte, además, de un área que consideran sagrada.

Tampoco nadie recuerda que el autor de las esculturas, Gutzon Borglum, estuvo vinculado estrechamente al Ku Klux Klan y aceptó con regocijo encargos de la siniestra organización.

Pero hay gente con buena memoria. Grupos de activistas nativos han protestado por el anuncio de estas ­ceremonias de Trump. Para ellos el Monte Rushmore significa la profanación de tierras violentamente robadas y un homenaje a líderes hostiles a los indígenas.

«Es un símbolo de la supremacía blanca, del racismo estructural, vivo y activo en la sociedad actual», dijo Nick Tilsen, de la tribu oglala lakota, presidente de la agrupación ndn Collective. «Es injusto robar la tierra del pueblo indígena y tallar los rostros blancos de conquistadores que cometieron genocidio», agregó.

La iniciativa de Trump, que encarna como nadie ese «racismo estructural», se hace pública en medio del movimiento surgido tras el asesinato de George Floyd y de los ataques a fetiches del pasado esclavista. En pleno auge, al propio tiempo, de la pandemia y de críticas a los horrores que ha sacado a la luz en términos de desigualdad social, exclusión, desempleo.

¿Logrará Trump con su performance en el Monte Rushmore borrar la impresión decepcionante que dejó su mitin en Tulsa? ¿Hablará allí de su deseo de acompañar –grabado en la montaña– a los cuatro presidentes ya inmortalizados?

Por cierto, uno de ellos, Theodore Roosevelt, tuvo una participación notable en la intervención de ee. uu. en Cuba, en 1898, para arrebatarles la victoria a nuestros mambises y controlar la Isla. Primero, desde su cargo de Subsecretario de la Marina, y luego aquí, en Santiago, como Teniente Coronel al mando de los llamados Rough Riders (duros jinetes).

Siendo ya presidente, en 1904, proclamó el «Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe», que legitimaba el «derecho» de ee. uu. de ejercer como «policía internacional», en América o en cualquier parte del mundo donde se relajaran «las reglas de una sociedad civi­lizada».

La doctrina imperial de Teddy Roosevelt, que aspiraba a ser un jefe de policía planetario capaz de cubrir la injerencia con ropaje civilizador, ha sido asumida del modo más impúdico por Trump.

¿Quién sabe? Quizá un día se exhiba también su rostro petulante y caricaturesco en el Monte Rushmore.

Tomado de Granma

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