Las ausencias en La Candelaria

Por Patricia Ariza

Con motivo de la muerte del actor Fernando Mendoza, Piyó, fundador del Teatro La Candelaria, el pasado 10 de julio, circula este mensaje del grupo, redactado por Patricia Ariza, que reproduce La Ventana:

En medio de la peste extendida se han marchado de La Candelaria recientemente dos poetas de la escena, el director y Maestro Santiago García y ahora, nuestro compañero actor, misterioso y fascinante en la escena, Fernando Mendoza (Piyó).
Estos sucesos, esas ausencias le quitan por momentos el sentido a la vida. Para el teatro siempre nos devuelve el ánimo, nos recupera las razones para seguir. El teatro nos devuelve la necesidad de creer en lo que hacemos y le da sentido a la existencia.
Cuando parte un integrante de un grupo, la red de los afectos se rompe y solo la remienda el duelo imprescindible. No han sido estos tiempos buenos para el mundo ni para el teatro. Tener las salas cerradas es una especie de muerte temporal de este arte tan efímero como imprescindible.
La partida de los compañeros nos hace comprender desde el dolor, lo efímero de la vida. Por eso tenemos que cuidarla como el bien más preciado de la existencia. Y, por eso, tenemos que cuidar el teatro, el grupo, las obras y la casa comparte fundamental de las razones por las que vale la pena vivirla.
El día de la partida de Piyó habíamos decidido parar de nuevo los ensayos de una obra sobre la creencia y la memoria, tomamos la decisión de refugiarnos de nuevo en las casas para protegernos del monstruo invisible que tiene nombre de monarca y que ataca de manera inesperada a los más vulnerables.
El cuerpo de nuestro compañero Piyó venía ya con la fragilidad del tiempo. Pero cuando salía a la escena demostraba más energía que todos los otros y otras. Era asombroso actor. Quizás la imposibilidad de ensayar la vida, le quebró la existencia. Sus palabras finales fueron que no debía irse todavía porque tenía función.
Hoy en medio de las prohibiciones de sala, estaremos de nuevo todos juntos los candelarios haciendo la despedida de Piyó y mirándonos por encima del tapabocas para darnos la fuerza necesaria de seguir.
Esta es la cuarta vez que despedimos a compañeros entrañables de la Candelaria, primero fue Fernando Peñuela. Con él casi se nos quiebra el alma, después Pacho, Pachito, el amigo de toda la gente, con su partida creíamos que se iba ese modo de ser costeño que nos alegraba el ánimo en las depresiones. Luego el maestro Santiago, nuestro fundador. Con su partida, sentimos que se quebró el rizoma que nos sostiene. Y ahora el actor mayor, el de la voz prodigiosa, el que llegaba dos horas antes para alistarse, el que nunca faltó. ¡Se nos va Piyó, carajo!
Sé que tan pronto se abra un poco la puerta de esta pandemia que azota la ciudad, volveremos y sacaremos las fuerzas de las entrañas de la tierra y volveremos a ensayar como un acto vital y ritual para devolvernos el duelo y la fiesta, que son los materiales de los que está hecho la vida. Sé también que volverá la creencia y el entusiasmo. La fe en este arte, efímero y esencial como la vida misma.
Con seguridad y por ellos, seguiremos.

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