Contra las dictaduras de América*

Por José Antonio Echeverría

Me es dable la honrosa enco­mienda de resumir este acto de genuina y verdadera reafir­mación americana y al honor, uno la satisfacción extraordinaria de ver y sentir que los hombres de nuestra América se reúnan más que por el dolor de desterrados, lo hacen por la unión íntima e igual en la esperanza libertadora y en el aliento bravo de conquistar para nuestra América un destino digno para el hombre americano.

Nuestro José Martí, proclamó en su ardiente fe americanista: “Pueblo y no pueblos, decimos de intento, por no parecemos que hay más que uno del Bravo a la Patagonia. Uno ha de ser, que lo es América”.

Sintiendo el parecer martiano y en afirmación de sus ideales que señalamos como esencial de su obra revolucionaria, hablo en esta mañana siguiendo nuestra posición solidaria a la causa de los pueblos latinoamericanos y señalando los males que corroen la existencia y la estructura de estos pueblos, los desterrados de América se juntan en el Alma Máter de nuestra patria, bien llamada por el poeta venezola­no Andrés Eloy Blanco, como el aprisco generoso a toda idea junta y albergue noble a los perseguidos que llevan en su destierro el amor a la Libertad.

Los estudiantes cubanos deseamos cumplir con nuestro deber al ofrecerles a ustedes, desterrados de la causa libertadora de sus Pueblos, esta tribuna para decir la verdad de vuestra causa y franco apoyo a los principios democráticos y antidictatoriales por ustedes mantenidos.

Para nosotros es pauta insoslayable las palabras del esclarecido escritor ecuatoriano Juan Montalvo, cuando afirmaba: “¡Ay de los pueblos en que los jóvenes son humildes con el tirano, en que los estudiantes no son capaces de mover al mundo!” Nosotros, hombres de América, los jóvenes y estudiantes de Cuba, no somos ni debemos ser cómplices de los tiranos que se enseñorean sobre las espaldas de nuestros pueblos, ni tampoco somos indiferentes, no lo podemos ser, con la situación despótica que coarta y yugula la libertad y soberanía de los cubanos.

No son las conferencias interamericanas ni el falso panamericanismo las soluciones y los esfuerzos que demanda nuestra América, son actos como éstos en que lo mejor de cada pueblo, y representantes de cada causa, se reúnen para acusar los males endémicos y seculares comunes en nuestros pueblos: dictaduras, miseria, coloniaje, politiquería, oscurantismo y otros males fecundados en el pasto silvestre de los voraces conductores del poder político y económico de nuestros pueblos.

Nadie como el americano ha luchado tanto por su destino y por su libertad. Si como dijera el pensador italiano Benedetto Croce: “La Historia es la lucha del hombre por la Libertad”, a ningún continente le está justificado su suceder en el tiempo como lo está a los americanos. Lo mejor del siglo xix está escrito en las cimas inmaculadas de los Andes.

Pero a nadie se le ha negado tanto su derecho a la libertad como a los pueblos y a los hombres de América.

La noble raza india, abierta a la civilización europea con el descubrimiento, que representó, no el aporte de la cultura de una parle más adelantada del universo, sino el producto de la ambición y el ansia del oro. Tiramos como bestias de las monarquías imperialistas de Europa. Después, la colonización: sangre y dolor, miseria y sombras. Con el dolor y la sangre de nuestros indios se alimentaron imperios, y se embriagaron las cortes y se edificaron palacios.

Se sucede la lucha independentista. Jamás conglomerado de Pueblos sienten tan en su seno en un momento determinado la necesidad del sacrificio como en nuestros pueblos. La epopeya de América por su importancia alcanza y vence cualquier acción común de pueblos.

Pero América con su independencia no alcanza la  genuina libertad. Se continúa la lucha entre el caudillismo, producto del real estado social de la economía de las regiones americanas, y así, de las luchas intestinas se fue estableciendo en cada pueblo americano un caudillo superior y nace el tirano, victorioso de la lucha caudillista y montanera; así los nombres de Rosas, de García Francia, de Porfirio Díaz, de Guzmán Blanco y de otros.

Sus nombres encarnan con relación a nuestros pueblos el absolutismo que representaron en Europa Luis XIV, Enrique VIII y otras castas dinásticas anteriores a la revolución de 1789. Y al tiempo americano irrumpe abruptamente el expansionismo norteamericano: son robadas las tierras del norte mejicano, se interviene en Cuba mediante la Enmienda Platt, se secuestra la independencia del pueblo puertorriqueño, se interviene Nicaragua y cae asesinado Sandino, se interviene Santo Domingo y como estela terrible se deja ese azote de la libertad que se llama Rafael Leónidas Trujillo; se alimentan las fuerzas represivas guatemaltecas y brota el peor de los volcanes de ese pueblo: Castillo de Armas. Y a la política de intervención sucede la creación de la zona de influencia fuertemente defendida por los nuevos gendarmes defensores de las empresas extranjeras que explotan y destruyen las riquezas nacionales.

La democracia en América es accidente, es cosa esporádica; lo real y no lo natural es el sistema dictatorial. Pero no con las características que dichas instituciones tenían en los tiempos de la República Romana en que se buscaba al hombre más apto, y al ciudadano mejor para que en el momento de peligro mayor y de guerra defendiera y salvaguardara a las instituciones creadas por la República. El dictador, el César tropical, tiene otras razones además de asesinar a la libertad y a los hombres libres: la de entregar los valores nacionales e impedir que los pueblos que yugulan se desarrollen en una economía nacional y democrática, sirviendo a los peores intereses propios y foráneos. No tienen estas dictaduras el espíritu reaccionario del Estado absoluto que predicara la filosofía hegeliana, no son los defensores de ningún Estado nacional sino la secuencia de las causas peores y contradictorias a ese propio Estado y a esa nación, los que el poeta Neruda llamó: «moscas Carias, moscas Trujillo, moscas Batista, moscas Tacho Somoza, moscas Odría, moscas Castillo de Armas, moscas todas entendidas en tiranía».

Sobre el escenario americano, panorama sombrío, geografía siniestra, se debate la lucha de siempre entre el vientre y el ala.

¡Aquí estamos los hijos de Ariel, la lucha de América es una e indisoluble! quien pelea en Cuba por la libertad está peleando contra cualquier dictadura de América y si a la vez es genuino revolucionario lo está siendo también contra el coloniaje, y demás vicios estereotipados en el suelo americano.

Por ello no cabe la unión con uno de los vicios de América para finalizar otro. Yo señalo el criterio, que tan maldito es quien sirve a una tiranía, como el que se une a otra con el pretexto de derrotar la existente en su patria. Las revoluciones no se exportan, ellas nacen de la propia realidad social, es la respuesta a la injusticia de los que batallan contra los amos y señores.

Tengamos fe, hombres de América, en el destino de nuestro continente. A las fuerzas represivas y dictadoras opongamos la razón de nuestra causa y la razón de nuestro sentimiento.

A pesar de la dura realidad vemos que los pueblos se alzan y en la convulsión de nuestras repúblicas americanas, los hombres se unen y se dan a la tarea de la obra grande contra las dictaduras de América y contra los enemigos de nuestros pueblos.

Aceptemos la invitación de nuestro Apóstol: “Andemos del lomo del cóndor para regar por las Naciones del Continente y por las islas dolorosas del mar la semilla de la América nueva”.

* Hilda Natalia Berdayes García: “Contra las dictaduras de América”, Papeles del Presidente. Documentos y discursos de José Antonio Echeverría Bianchi, La Habana, Casa Editora Abril, 2006, p. 67.

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