Fulgor de Florestan Fernandes

Reconocido como uno de los grandes intelectuales marxistas de la América Latina, Florestan Fernandes nació en São Paulo, Brasil, el 22 de julio de 1920, es decir, hace ahora cien años. Forma parte de su leyenda el hecho de haber sido hijo de una lavandera, de desempeñar los duros oficios de la sobrevivencia y de padecer una educación azarosa hasta que, con la entrada en la universidad, se inició su brillante carrera intelectual. Profesor de Sociología en la Universidad de São Paulo fue, además, diputado por el Partido de los Trabajadores (PT) y autor de más de cincuenta libros en los que discutió algunos de los más candentes temas de su país. Murió en São Paulo el 10 de agosto de 1995.

En 1981 Florestan Fernandes había asistido al Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, organizado por nuestra institución. Tras ese viaje escribió el texto que sigue (aún valioso, pese a las condiciones tan lejanas en que fue concebido, casi cuarenta años atrás), publicado entonces en el número 128 de la revista Casa de las Américas. Lo rescatamos hoy como un pequeño homenaje al autor con motivo de su centenario.

El fulgor de Cuba socialista

Por Florestan Fernandes

Ir a Cuba venía a ser un sueño para mí. No quería realizarlo de modo tan rápido (¡sólo una semana de permanencia!) y de forma tan limitada (apenas conocí parte de La Habana y de su interior, conviviendo solamente con intelectuales). Pero puedo guardar el sueño para el futuro, pues la Revolución Cubana prosigue y yo todavía no estoy muerto…

Sentía una enorme ansiedad y temía un derrumbe emocional. Es preciso colocarse en la piel de quien ya sobrepasó los sesenta años y enfrentó todas las decepciones que las “transformaciones capitalistas y el posible advenimiento del socialismo en la América Latina” nos reservaron, a mí y a los “rebeldes” de mi generación. Cuba es única: ¡sin la Revolución Cubana nuestra vida no habría tenido sentido! Nuestras esperanzas habrían sido espejismos, y nuestros ideales revolucionarios pura utopía intelectualista. Eso, observando la historia como ella es, viendo a Cuba dentro de sus posibilidades, y a la Revolución Cubana según sus límites naturales. Me parecía que pasaría por una prueba peligrosa. Pero no la pasé, probablemente porque incorporamos de tal modo la Cuba socialista a nuestra condición humana que estamos socializados para enfrentar equilibrada y maduramente esa experiencia.

No sabía cuánto tiempo permanecería en Cuba y, tampoco, lo que me correspondería hacer allá, como profesor y sociólogo. No iba en busca de un nuevo libro ni pretendía someter mis descripciones e interpretaciones de la Revolución Cubana a una crítica sistemática. Estaba inmerso en una oportunidad tan grande para mí, que no deseaba otra cosa que convivir con los cubanos, participar directamente en su vida, y recibir una ampliación profunda del sustrato cubano y socialista de mi personalidad. Parecía que volvía a las ilusiones de la juventud, y liberaba, de nuevo, el ardor de construir y de crear que impregnó las varias fases de mi trayectoria intelectual, científica y política hasta la llegada de la Junta Militar, en 1968-69.

Esta pequeña nota no pretende competir con las crónicas magníficas escritas por Fernando Morais, Ignacio de Loyola Brandão y Jorge Escasteguy. Movimiento fue el único periódico que se interesó por mi viaje y que procuró conocer mis opiniones. Me colocó llanamente ante ese interés periodístico: el Florestan que fue a Cuba no podría dejar en São Paulo al sociólogo y al socialista que él es. Entretanto, él no se imponía ninguna obligación intelectual adicional, y no funcionó como un computador periodístico, sociológico o ensayístico. Los que leyeron mi pequeño libro saben cuál es mi relación con la Revolución Cubana (y, por consiguiente, con Cuba). No participo de la cruel, estrecha y ciega moda literaria y “democrática” que se difunde entre intelectuales de la Europa capitalista, los Estados Unidos y la América Latina. Hubo un desalistamiento con respecto a Cuba, y es importante justificarlo acusando, vociferando, sumiéndose en el oscurantismo de la propaganda y de sus repercusiones. ¿Qué es eso? Un síntoma, además, de la ausencia de una firme socialización política revolucionaria. ¿Cómo pensar revolucionariamente cuando se somete el criterio de “socialismo democrático” a los valores y la realidad de la democracia occidental? No estaba en ese barco, y nunca entraré en él. Los errores supuestos o reales de la “vía cubana” no justifican ese tremendo equívoco. Porque son errores intrínsecos a la propia transición hacia el socialismo, en las condiciones terribles en que ella se puede realizar concretamente en el mundo actual, y, en especial, en la situación histórica de Cuba. Los cubanos están en la ruta cierta: cometen los errores viéndolos como tales, y con ganas de corregirlos y de superarlos. En la mejor tradición martiana, funden realismo y romanticismo, utopía y practicismo, sufrimiento y esperanzas, dignidad y orgullo ejemplar. ¿Una Nación medio Sancho Panza y medio Don Quijote? ¡No! Una Nación que nace y se desarrolla tardía pero revolucionariamente, bajo el signo del socialismo y de las exigencias potenciales del comunismo, teniendo que partir de un complejo umbral de pobreza, entrecruzado con las contradicciones y la tenacidad del subdesarrollo.

Pocos días, dentro de un programa muy intenso, que multiplicaba por tres el uso de mi tiempo y el de Myrian. No había cómo hacer encuestas, y, todavía menos, escurrirse dentro de los más variados tipos de personas. Ese es mi estilo de trabajo. Sin embargo, no tenía cómo practicarlo. Los cubanos –hombres y mujeres, jóvenes y viejos, campesinos y citadinos, rústicos o letrados– son abiertos para el extraño, comunicativos, alegres y tan “dionisíacos” por fuera cuanto “apolíneos” por dentro. Es fácil percibir eso, aun en la convivencia más superficial. Por tanto, podría utilizar mi estilo de trabajo sin provocar empatía –ella se da espontáneamente, la simpatía está entrañablemente en las personas y se manifiesta con muchísimo calor. Como me ocurrió en 1941, al entrevistar a niños sobre sus juegos, o en 1954, al entrevistar o al oír negros y mulatos sobre sus problemas y dilemas, en la investigación con Roger Bastide, me topé con la riqueza interior que no se esconde, que irrumpe con fuerza esplendorosa para trazar y afirmar el límite más alto de la condición humana. Con todo, solo tuve dos oportunidades ocasionales de compartir tales explosiones (en la visita a Valles de Picadura, durante una breve recepción en la casa de un campesino jubilado y en una rápida conversación con una señora negra que quedó encantada al descubrir que yo era brasileño y reveló una enorme curiosidad sobre los indios y otros asuntos). Ahora, el sociólogo no puede descubrir sin comunicarse con los otros, sin penetrar (sin viaje de retorno) en la condición humana de aquellos con quienes actúa y con los cuales procura conocer los secretos de la vida en sociedad. Cerrado ese camino, no podía tener la pretensión de buscar un equivalente en el ojómetro. Ya lidié con muchos números y estadísticas sobre Cuba, de antes y de después de la Revolución. Estaría de más volver a eso, conformándose con la situación de compilador mientras respiraba el aire natural y humano de Cuba.

Me quedaba, pues, la fruición de los hechos crudos, toda la red de evidencias indirectas que trazan la marca de la Revolución. Esos hechos dicen cosas increíbles. Por ejemplo, para quien sale de São Paulo, pasando por Río y por Lima: se sale del universo de las “favelas” y de las “barriadas” sin salir del universo de la pobreza. El contraste es tan profundo que se tiene la sensación de que ya no se está más en el mismo continente: que se penetró en la órbita de otro planeta. La Habana Vieja todavía es, vista morfológicamente, “prerrevolucionaria”. Sin embargo, ya ella no es más el refugio de una ciudad gangrenada por la comercialización del vicio, por el abandono de los niños y los viejos, por el florecimiento de la miseria, del alcoholismo y la desorganización de la familia. En suma, las apariencias externas son prerrevolucionarias; los seres humanos, no. Ellos se humanizaron en sentido pleno, y son personas con destino propio, si bien pobres y enfrentando una vida dura. El socialismo no es un paraíso al cual se llega por encantamiento. Es construido por seres humanos, a través del trabajo y de sus frutos. Por allí se veía el umbral en el que la Revolución se bate con el pasado y se revela victoriosa, porque liberó la HUMANIDAD de los seres humanos y, con eso, lanzó sus esencias sobre aquello que todos poseen y pueden perfeccionar hasta el infinito, incluso en condiciones materiales más o menos adversas (lo que refleja el lado positivo de la pobreza: no es ella, por sí misma, lo que degrada al ser humano y convierte la sociedad en una fuente de destrucción del hombre por el hombre).

Otros ejemplos son más ostentosos. Recorriendo el espacio “suburbano” de La Habana, se topa con las nuevas comunidades. Aquí, aparece una presencia maciza de la Revolución: núcleos de predios de apartamentos, situados y organizados para “sustituir” las antiguas moradas o simplemente para dar alojamiento condigno (en términos de mínimos de decencia, como diría Antonio Cándido) a los variados grupos de la población trabajadora. Son hechos crudos que pueden ser leídos de diversas maneras. Los que solo se preocupan de los “aspectos negativos” tienden a decir: ¿solo eso? ¡Cuánta gente está fuera de tales posibilidades! ¿Por qué no disfrutan todos de esa “igualdad”? Pues bien, la interpretación correcta se evidencia también por sí misma. Luchando con tamañas dificultades y con un terrible déficit de viviendas, la Revolución muestra su sustancia: revoluciona todo, incluso la condición humana del pobre, el uso del espacio y el universo social del trabajador. No estamos frente a una “intención” de reorientar el desarrollo de la ciudad y la organización del espacio urbano. ¡Lo que se consolida es un proceso de transformación global de la sociedad, aunque se esté en el punto inicial de ese proceso! En tanto, los conglomerados de predios surgen como una nueva frontera de conquista de la igualdad social: y en ella caben todos. Son conglomerados de gran presencia y asentados en diversos lugares. Configuran ya una nueva historia de la ciudad de La Habana, aunque los cubanos gustarían de tener más y haber caminado más de prisa…

Por fin, un último ejemplo: ¡y el más impactante! Tuve la oportunidad de visitar la Escuela Lenin y de observar a los niños de una escuela primaria en Valles de Picadura. Leemos y discutimos mucho sobre la naturaleza difícil de la revolución socialista, que se convirtió en realidad histórica en los eslabones débiles del capitalismo. Ahora, ¿qué hace la Revolución? Concentra los recursos excedentes en la esfera de la educación escolarizada de tal modo que se hace evidente que el hombre, incluso como promesa inserta en el niño o en el joven, deja de ser capital humano. De hecho, la frontera que separa a una sociedad socialista subdesarrollada de una sociedad capitalista dependiente está exactamente ahí. No hay promesas que puedan borrar la realidad del colonialismo o del neocolonialismo. No hay “aceleración del desarrollo” que pueda conducir a cualquier fin si no se pone en práctica un corte brutal y definitivo con el pasado en la esfera de la educación escolarizada. La Revolución realizó ese corte, a pesar de sus costos económicos y sociales. O él se concretaría, o la Revolución nacería condenada. Nos encontramos con una paradoja: una sociedad socialista extremadamente pobre fomenta un sistema educacional que está muy por encima de sus posibilidades y de cualquier juicio pragmático “normal” sobre las “prioridades del desarrollo”. Lo que se infiere de este hecho no es solo que hay una prioridad esencial volcada hacia el hombre nuevo. Hay un afán de garantizar la continuidad de la Revolución y de mejorar su cualidad. Después de los análisis de Deutscher sobre la Unión Soviética, hasta los más obstinados saben que la masa y la cualidad de la educación escolarizada constituyen un factor de profundización comunista de la Revolución socialista. El socialismo no nace de pronto y acabado en la cabeza de los hombres, y la etapa comunista no se impone como una transición. Lo que separa al socialismo del capitalismo es la prioridad de la Revolución, que se traduce concretamente –aun en los niveles más modestos y discutibles– en la importancia revolucionaria de los jóvenes y de la educación revolucionaria de los jóvenes.

Esos ejemplos, escogidos según mis experiencias personales (y, por tanto, al acaso) y sin ningún parti pris, delimitan las prioridades tanto como la finalidad principal de la Revolución Cubana. En las entrañas de la pobreza y del subdesarrollo, ella lucha contra una y otra para inaugurar el verdadero período de transición. O sea, este ya se inició en varios niveles, en escala nacional y a nivel institucional; con todo, lo que es profundo en el socialismo depende de condiciones a ser creadas, que comportan sacrificios extremos de generaciones sucesivas, una privación casi total de todos. Fidel Castro capitanea esa lucha colectiva conmovedora, y tiene a su lado a la masa de la población, que como población pobre entiende y reacciona revolucionariamente al código de honor de su Revolución. Así, la expropiación socialista puede configurarse como realidad consentida y querida, armando al gobierno revolucionario para combatir en todos los frentes en que debe desdoblarse para superar la pobreza y el subdesarrollo; forjar las condiciones materiales y sociales del “arranque socialista” de la economía, de la sociedad y de la cultura; hacen a Cuba internacionalmente respetada por su fidelidad a sí misma, al Tercer Mundo y a los valores altruistas del socialismo.

En suma, el visitante descubre un mundo que avanza revolucionariamente y, al mismo tiempo, busca en su pasado la originalidad y la firmeza de la vía cubana. Esa fue la sorpresa mayor para mí. Había descubierto a Martí incluso antes que a la Revolución Cubana, y quedé personalmente preocupado por la tendencia explícita a convertirlo en “apóstol”, que se fortalece y generaliza con el fidelismo. No obstante, ese breve paseo me reveló la necesidad de Martí. Desde la perspectiva histórica de la Revolución, él se confunde con la “identidad nacional” de la Cuba revolucionaria. Se encuentra el nombre de Martí ligado a los más variados centros educacionales, culturales y políticos. En las calles, plazas y paseos. Ningún país honró tanto a un héroe revolucionario. Dejando de lado la cuestión de que él merece el homenaje, queda la cuestión más importante: ¿por qué esa “divinización” de un héroe muerto hace tiempo y más representativo del idealismo revolucionario que del socialismo marxista? Martí es un fundador solo en sentido figurado, y los grandes héroes de la Revolución son figuras de nuestra época, típicas de la onda revolucionaria que irrumpió en los países coloniales y neocoloniales inmediatamente después del fin de la Segunda Gran Guerra (se podría decir incluso que ella continuó en la periferia del mundo capitalista, en la forma de revoluciones nacionales y de alzamientos anticapitalistas de las masas oprimidas). Entre tanto, él es el inspirador, el apóstol venerado, el ejemplo a seguir. ¿Qué cuenta en esa relación profunda de recuperación de la conciencia revolucionaria de Cuba? ¿La necesidad de un “biombo”, en las relaciones con la Unión Soviética y el CAME? ¿O la necesidad de afincar la propia Revolución dentro de la tradición revolucionaria cubana? La respuesta es obvia. Los cubanos no cayeron en un complejo de “nueva colonización”. La proliferación del culto a Martí expresa un élan histórico colectivo, por el cual la Revolución exhibe, en toda plenitud, su fuerza interior, que no es reciente ni tampoco nació en la década de 1950, y la identidad latinoamericana que la liberación nacional infunde a la revolución socialista en Cuba. No se trata de una mera “identidad nacional”. Sino de una afirmación continental, gracias a la cual nacionalismo libertario, antimperialismo y socialismo revolucionario desembocan en la misma figura de un héroe ejemplar, el cual trasciende las contingencias históricas que rodean los orígenes y la evolución de la Revolución y de su régimen igualitario.

Se podía, también, preguntar cuáles fueron los errores de interpretación que cometí en la descripción global de la Revolución Cubana. En verdad, pienso que acerté más de lo que erré (lo que no es un resultado malo cuando se tiene en cuenta la dificultad de contar con una documentación empírica sólida y más o menos completa). Es preciso reconocer, con todo, que cometí un error de significado político y teórico. Vi en la década del 70 una aceleración del proceso histórico que no se dio según mis previsiones. Es fácil apuntar por qué: las plagas que afectaron la caña de azúcar y el tabaco repercutieron en el rendimiento de la producción y causaron consecuencias serias en la coyuntura actual; a más de eso, la declinación del precio del azúcar de 1976 a 1979 contribuyó a agravar los efectos negativos directos e indirectos de la crisis mundial de la economía capitalista avanzada sobre el desarrollo de la economía cubana. Hay otros hechos, señalados en el Proyecto de lineamientos económicos y sociales para el quinquenio 1981-1985. Lo que interesa es que la pretransición no se llegó a consumar de un modo tan definitivo como llegué a afirmar con tanta convicción. La base económica de la sociedad cubana retrasa, así, el avance de la edificación del socialismo. La década del 70 surge, en consecuencia, como una etapa decisiva en la profundización y en la ampliación de los fundamentos económicos, técnicos y sociales del planeamiento. Este opera –según es posible verificar desde la implantación de la segunda reforma agraria y a partir del grado de racionalización impreso a la agricultura, al aprovechamiento de recursos y a la educación– corno el principal factor societario de aceleración de la Revolución y de expansión del socialismo. No obstante, él está ligado al logro de la economía y al umbral de pobreza de una economía socialista cuyos excedentes de bulto tienen origen agrícola o agroindustrial. Hay, por eso, una barrera económica persistente, que impide la continuidad de los saltos e impone zigzags crónicos a los procesos de construcción de la Cuba socialista.

Los críticos de izquierda no evalúan con objetividad esa situación histórica. Exceptuando a Mandel, el coro socialista de los “insatisfechos” trocó la realidad por una utopía forjada, en esencia antirrevolucionaria y extramarxista. El gobierno revolucionario dio un salto valeroso para “compensar” los efectos estabilizadores de ese desequilibrio entre la base material real y la base material necesaria de la sociedad cubana socialista, avanzando audazmente en la esfera de la educación y, con la implantación del poder popular, en la esfera política. Parecía que la cooperación económica, técnica y cultural de los países socialistas iría a permitir la consecusión rápida de objetivos más ambiciosos, por lo menos a partir del último quinquenio de la década del 70. Algunos resultados promisorios no impiden que haya que admitir que el socialismo difícil se vuelve más difícil cuando el mencionado desequilibrio existe y se reproduce inexorablemente, incluso bajo creciente pérdida de vigor a largo plazo. El necesario control de la masa popular (el control democrático de la base sobre el vértice) sobre el funcionamiento y la evolución del régimen se vuelve problemático. La creación de una base educacional y cultural o de medios políticos de tal control no se vuelve efectiva por sí misma. El planeamiento, por ejemplo, es muy eficaz en lo que tiene que ver con la estructura y el crecimiento de la producción. Con todo, el progreso constante en esa área, si no es muy intenso, ultradiferenciador y acumulativo en una escala geométrica, no propaga los efectos socializadores a la circulación y a la distribución. Dentro de un crecimiento económico genuinamente socialista, los dinamismos económicos se cierran sobre un circuito limitado, como si el problema global fuese solamente la continuidad del desarrollo en una escala x (la que permite dotar al gobierno revolucionario de los medios para alcanzar los fines previstos dentro de tal escala de desarrollo socialista), y no la base económica más amplia que la Revolución necesita para desprenderse de una bota de plomo y lanzarse a la realización del socialismo como un estilo de vida y un patrón de civilización. Un simple ejemplo permitirá aclarar la cuestión. El esfuerzo educacional y la implementación de las reformas políticas impuestas por la organización del poder popular persiguen, a corto y a largo plazo, forjar condiciones reales de control democrático del planeamiento y de democratización intrínseca del propio planeamiento como proceso social revolucionario. La naturaleza socialista del proyecto es obvia. Se trata de reducir, de entrada, y de eliminar, gradualmente, el “estrangulamiento técnico”, que convierte el planeamiento en un centro de decisión vertical y más o menos autoritario. Objetivos de esa monta no pueden ser conseguidos sin que la base económica de la sociedad sufra todas las transformaciones concomitantes y sucesivas necesarias. Para que todos puedan participar en la administración de la “cosa pública”, eliminando las medidas cnicas y políticas del planeamiento (las cuales comprenden, estructuralmente, autonomía de decisión de los planificadores y concentración de poder en sus manos y en los centros estratégicos de decisión), es indispensable que la economía conduzca, por su potencial de crecimiento y por sus compulsiones determinantes, a una democracia de participación total, a la base estructural de la paulatina “disolución del Estado” y de la extinción de la “sociedad civil” (en tanto sobrevivan el Estado y la sociedad civil, aun en una fase avanzada de transición al socialismo, el planeamiento será un proceso especializado y autoritario).

Obsérvese: no pretendo suscitar un debate teórico. Se trata aquí de un dilema práctico, que todo marxista tiene que tener en cuenta. Los críticos de izquierda fomentaron una discusión estéril. Partieron del presupuesto de que en Cuba se podría avanzar directamente en dirección al experimento socialista ideal y no eximieron al gobierno revolucionario de su ira sagrada, como si él no hubiese ido tan lejos cuanto debía en el fomento de controles de masa democráticos. Pues bien, la realidad es otra. Aquel gobierno llegó a ser imprudente y hasta idealista en sus arremetidas para librar a Cuba de un factor de estabilización que chocaba con sus designios revolucionarios y ponía en peligro, de manera recurrente, la propia edificación del socialismo. Esas consideraciones demuestran que el error de interpretación que cometía venía de mi identificación socialista con la aceleración de la Revolución Cubana. Por otros motivos, repetí el error en los cuales cayeron, en la década del 60, tanto el Che Guevara como Fidel Castro. Supuse que “acelerándose” las condiciones extraeconómicas del desarrollo económico planificado, se aceleraba proporcionalmente o más que proporcionalmente el paso de un período de pretransición a un período de transición propiamente dicho. En verdad, las cosas no ocurrieron así, y los dos períodos coexisten, como si Cuba tuviese varias edades en la aptitud de edificar el socialismo a partir de múltiples dificultades estructurales desiguales. En el cómputo final, sin embargo, ese error interpretativo no me parece importante. En el Manifiesto,Marx y Engels señalan con propiedad cuán difícil fue la transición del feudalismo al capitalismo. Ahora, se pretende una reducción de la historia, como si el período de transición debiese ser prolongado y tormentoso en cuanto a la constitución del capitalismo y rápido y fácil en la construcción del socialismo. Esa impaciencia histórica no tiene validez, en general, ¡y mucho menos cuando se trata de la América Latina! En el caso de Cuba, lo esencial viene a ser que quince o veinte años de maduración no irán a afectar la naturaleza y el alcance de la Revolución en términos de realización del socialismo y del comunismo. Hay un elemento subjetivo en juego: o se confía en la Revolución o se confía en los propósitos contrarrevolucionarios del imperialismo. Además de eso, hay también un elemento objetivo en juego: la voluntad colectiva del pueblo. Esta se halla macizamente empeñada en la primera opción y fue detonada de nuevo gracias al episodio de los “refugiados”. Millones marcharon a las plazas y las calles, repitiendo el fenómeno de emulación popular provocado por la caída de Batista y por la invasión de Bahía de Cochinos, aunque en otro nivel. Por tanto, estamos ante la construcción del socialismo en tiempos que parecen “lentos”, y son lentos para la impaciencia de los que reducen la edificación del socialismo a un voluntarismo algebraico. Para la acción colectiva de las masas que “sufren” el proceso y caminan en la dirección de absorberlo, controlarlo y dirigirlo, la historia fluye en los tiempos normales. Lo importante es que todos contribuyan a la superación de las actuales limitaciones, y que la Revolución no pierda sustancia, sino que se transforme preservándose fiel a sí misma.

Hubo quien preguntase cuál fue “la utilidad” ¡de un viaje tan corto! ¿Sería “inútil” visitar Cuba por algunos días? Nada aprendí que no conociese más o menos antes. Con todo, puedo representarme, hoy, mucho mejor por qué la revolución socialista es posible en la América Latina, y sé mejor por qué los Estados Unidos y otras naciones capitalistas insisten en hacer inviable la Cuba socialista. ¡Los cubanos no están haciendo nada que otros pueblos del Continente fuesen incapaces de hacer! Ellos prueban la compatibilidad del socialismo con los pueblos de la América Latina, y demuestran, anticipadamente, que es en el socialismo donde esos pueblos encontrarán la solución lenta pero inevitable de sus problemas y dilemas. En suma, como dirían los clásicos del positivismo en sociología: la Revolución Cubana constituye, por sí misma, un experimentum crucis. ¿Qué prueba ella? Prueba que la América Latina está madura para el socialismo, y que solo la violencia de las burguesías nacionales y del imperialismo puede impedir, por algún tiempo, la eclosión revolucionaria del socialismo entre los pueblos latinoamericanos. Es importante ir a Cuba y estar en Cuba para percibir ese proceso histórico en su escala de grandeza real. No hay una especificidad o una exclusividad: el pueblo cubano es tan parecido al pueblo brasileño que, a veces, de no ser la lengua, yo me “sentiría en casa”. ¿Qué diría un argentino, un mexicano o un chileno en mi lugar? Es fácil presumir. La revolución no es una “exterioridad”: ella es intrínseca al pueblo que precisa librarse de las cadenas visibles o invisibles del pasado colonial y del presente neocoloniaI. El hombre común y de sentido común posee una dimensión revolucionaria que se libera cuando llega la ocasión. Las clases sociales y la irreductibilidad de los antagonismos de clases fomentan esa realidad. Convivir con ella después de una transformación histórica tan decisiva, es importante. Se aprende a confiar en el futuro y en los medios de lucha que el capitalismo no puede arrebatar a los trabajadores sin destruir el trabajo y la propia acumulación capitalista.

Versión del portugués por Alfredo Gravina

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