Haydee y Abel: delante de la vida, por detrás de la muerte, al lado del amor…

por Layda Ferrando

Para nosotros, siempre que pensamos en la vida pensamos en Abel, porque era realmente todo lo bueno de la vida. Sabía ser dulce cuando había que serlo; sabía pedir y exigir en el momento en que tenía que hacerlo, y era tan generoso […]  Por eso lo quería tanto, quiero explicarles que no era por gusto. Lo fui queriendo mucho, fui teniendo por ese hermano una admiración tremenda. Y cuando ya empezamos a luchar activamente se hizo todavía mucho mayor. Así que, imagínate cómo fallarle a alguien así, […] tendríamos que no haber entendido, ni comprendido, ni querido a esa persona para fallar […] Cuando me lo dijeron, ni agaché la cabeza, ni falló mi voz, ni siquiera hubo una lágrima en mis ojos.

Así habla Haydee a los pioneros, en uno de los tantos conversatorios que con motivo del 26 de julio realizara la heroína. Su palabra —afable, honda, sincera— ha quedado preservada en soportes y registros documentales diversos. En la Casa de las Américas se conservan algunas transcripciones en el Archivo de la Presidencia y sus grabaciones, en la colección Palabra de esta América.

Estos materiales, de alto valor humano, también han sido publicados en libros, revistas y fonogramas. Ese es el caso del disco Abel Santamaría que, haciendo nuestras las palabras de la Dra. Graziella Pogolotti, ha de calificarse como «patrimonio irrenunciable«.  Realizado por la Casa de las Américas en 1975, ese fonograma ofrece el testimonio oral de Haydee Santamaría sobre la gesta del Moncada a través de la figura de Abel.

Siempre me hago el firme propósito de hablar con alegría, y con alegría les hablo, aunque no parezca. Sabemos también que estuve directamente vinculada, muy directamente vinculada a Abel. Siempre pienso que debía hablar de otros y no de él; no porque él no lo merezca todo, sino porque siempre que vengo a hablar sobre la fecha, hablo de él. Y no me parece muy justo, pero es casi totalmente imposible, cuando hablamos sobre esa fecha, que en nuestro cerebro no esté su retrato…

Concebido como un álbum especial en el año del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, se realizó con celeridad a partir de una propuesta realizada en diciembre de 1974 y materializada a mediados del siguiente año. Registra fragmentos de una charla ofrecida en el año 1974 que fue organizada por los compañeros del Seccional Rampa del entonces Regional Plaza de la Revolución, así como del conversatorio con otro grupo de pioneros efectuado en el salón Sanguily de la Universidad de La Habana el 22 de junio de 1973.

Su integral concepto de producción exhibe, con galanura, el justo equilibrio entre el documento histórico y la obra artística. El sobrio diseño de carátula ofrece en su interior fragmentos testimoniales de la propia Haydee, Fidel Castro, Melba Hernández y otros amigos y compañeros de lucha para llegar a conformar el retrato de esa gran humanidad que Abel representa:

Tenía la gran virtud de hacerlo a uno sentirse su amigo, de sentir la importancia que hay en un momento de confidencia, la importancia que ha en que dos hombres puedan decirse cosas, tal vez de las peores, sin miedo. (José Fernández, un amigo)

Este fue el último legado de Abel: «defiendan sus vidas, no pierdan la cabeza, no se afecten porque yo voy a caer, yo tengo que caer, no importa, pero ustedes tienen que vivir, no se entreguen, no se regalen, porque si ustedes se regalan, el pueblo de Cuba no va a saber nunca la realizad de esto que ha pasado. Esto nace, no termina, con esto empezamos». (Melba Hernández)

El discurso de Yeyé, la heroína del Moncada—de personalísima cadencia, de sonoro acento rural—, aliñado por las voces de los pioneros, se complementa con las obras de esa primera generación de la nueva trova cubana que ella supo inspirar con su ejemplo: Canción del elegido y Todo el mundo tiene su Moncada, de Silvio Rodríguez; Éramos… [fragmento de Nuestra América/ José Martí] de Pablo Milanés; y Qué hay, de Noel Nicola.

¿Qué hay delante de la vida,
por detrás de la muerte,
al lado del amor?

¿Qué hay, qué hay en una sonrisa,
qué hay en una hoja escrita,
qué hay en un reloj?

Lo cotidiano se agiganta ante los ojos,
o es que los ojos se hacen grandes para verlo,
de los participantes en la historia,
de los que tuvieron la acción entre los dedos.

La gente como yo que por entonces
no vivía aún, o que era niña o niño aún,
quiere saber qué olor tenía la ropa limpia,
qué se sintió en los dientes y cómo se sudó.

¿Qué hay delante de la vida,
por detrás de la muerte,
al lado del amor?

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