Contagio

Por Ignacio Apolo


El dramaturgo argentino, merecedor del Premio Casa de las Américas 2012 con la obra El tao del sexo, escrita en coautoría con Laura Gutman, correspondió a nuestra invitación con el texto siguiente.

La confianza ciega

De adolescente solía participar de grupos de formación por fuera del colegio. Una tarde hicimos una actividad cuyo objetivo era poner a prueba la confianza dejándose guiar por otro; la mitad de los participantes debíamos caminar con los ojos vendados, conducidos por el leve toque de las manos de un guía sobre nuestros hombros. Se trataba de confiar, y yo confiaba ciegamente.

El golpe fue tremendo: tanto por el impacto como por la sorpresa. Nuestros guías, adolescentes también, nos habían puesto frente a frente con otro compañero y nos habían hecho avanzar. Chocamos. Yo quedé en el suelo. Aún ciego, y desconcertado, traté de entender lo que había pasado, pero era inconcebible. Los sentidos se me habían dispersado como el agua cuando un cuerpo cae violento en un estanque. Todo mi ser se había detenido en seco, literalmente “de golpe”. Caminar, usar los ojos, calmar el dolor, tocarme la nuca como si sangrara. Percibir el movimiento de mis manos; cosas dadas por sentadas, ya no estaban dadas. Las ideas, llamadas por un esfuerzo de la voluntad, de a poco se fueron reuniendo y encadenándose. ¿Qué había pasado?

El abrazo prohibido

Hace tan solo siete meses un acontecimiento a nivel planetario impactó en los cuerpos, los sentimientos, las cabezas, las instituciones, las costumbres, la confianza, los prejuicios, el lenguaje y los afectos de la población mundial. Como las ondas en el agua que barren la superficie del estanque hasta chocar con los bordes y regresar, cruzándose en todas las direcciones, un virus desconocido se esparció en oleadas de contagio alrededor del mundo, y aún crece, y continúa.

A esta lejana megápolis del sur, amante del teatro, del fútbol, de los encuentros de café, los saludos con besos, la efusividad gestual, la ola llegó a principios de marzo. Un par de semanas después se suspendieron las clases. Cuatro días más tarde se decretó el cese de todas las actividades y la circulación en todo el país. El “aislamiento social, preventivo y obligatorio” había llegado.

Contagio

El maestro Mauricio Kartun suele decir que el teatro propaga ideas, imágenes y sentimientos por “contagio”. Es su condición de contacto entre seres vivos lo que permite esa propagación. Y justamente…

Cuatro meses después del primer caso nos encontramos en medio de mareas contrapuestas e impredecibles. Al momento de escribir esto la cantidad de contagios a nivel mundial bate récords y las consecuencias sanitarias, económicas, políticas, sociales, familiares, afectivas e intelectuales son catastróficas. En medio del desconcierto empezamos a comprender el teatro se vio afectado en todas y cada una de sus partes, y nos preguntamos qué, cómo y cuándo se recuperará.

Nuestro ritual comienza con la circulación pública de los cuerpos (actores, técnicos, público), pero todos los medios de transporte fueron restringidos. Las salas y espacios teatrales de la ciudad cerraron sus puertas y no se sabe cuándo, las que aún puedan hacerlo, reabrirán.

El ritual teatral también es ese pequeña o gran aglomeración de cuerpos interesados, ornamentados para el encuentro social en las calles, pasillos, bares, patios y recepciones. El ritual teatral es una respiración cercana. La de los comentarios de ese público que se aglomera en butacas contiguas, el sonido amplificado de las toses y los carraspeos en la oscuridad, el estruendo del papel de caramelo, la fastidiosa luz de pantallas móviles. Es también la respiración de la actriz, del actor: el modo en el que esa respiración se hace sonido, saliva y silencio.

El teatro es la palabra, pero es la palabra viva a través de la cual hacen contacto intérpretes y audiencia, cuerpo y sentido, acción e inacción. El teatro es expresión facial. Es, a corta distancia, el modo en el que los labios tiemblan. En grandes espacios, la proyección de esos rostros, de esos maquillajes. El teatro es la circulación de cuerpos de intérpretes que cantan, bailan, respiran, se tocan, se distancian, se hablan, se silencian, se sudan, se babean, se limpian, y saludan. Todo se ha modificado. Me encuentro, a esta altura, describiendo desde la nostalgia.

Resistencias

Las condiciones de perduración de nuestra actividad están en suspenso. Hay tres lugares de latencia y conservación: la virtualidad, la docencia y la búsqueda de aprobación de protocolos que permitan un acercamiento al evento en vivo.

La primera operó rápidamente: centenares de grabaciones de obras y propuestas de actuación en streaming saturaron las redes desde el principio del aislamiento. Dos constataciones trajo ese estallido: la primera, la del anhelo de actuar, de presentar y representar. La segunda, la de que nada de eso es un ritual teatral. Porque el teatro es contagio. Es contacto. Es circulación.

La docencia tomó el necesario lugar de la conservación: seguimos enseñando, volviendo una y otra vez la atención de centenares de estudiantes –a distancia– a los saberes acumulados sobre prácticas que, durante un tiempo que no podemos precisar, nadie volverá a hacer. A pesar del empeño, sin los cuerpos presentes y cuando hay tanto para sostener, es muy difícil plantearnos una docencia de indagación y experimentación de formas. Por el momento las instituciones mantienen la memoria, el museo activo de imágenes de lo que fue y anhelamos que vuelva a ser. Aunque no sepamos cómo.

Y finalmente, el “cómo” está en pleno debate: un debate ético (qué derecho tengo a propiciar más contagios y qué derecho tengo a prohibir una actividad porque no puedo garantizar la protección responsable); un debate político (cuándo, quiénes y cómo pueden llevar a cabo o no una actividad); un debate sanitario (qué protocolos de prevención permitirían retomarla). Y en eso estamos, mientras la economía se derrumba y la obligación de vivir entre pantallas vuelve más viral aún la propagación de delirios y descontentos. Pero creo que algo sabemos: que el mundo es peor de la que era, lo que ya es mucho decir. Y que si no hacemos algo el mundo será muchísimo peor.

La confianza despabilada

Un golpe implica, en el mejor de los casos, un despertar. Ojalá este lo sea. El retorno a una “normalidad” puede ser la continuidad de una pesadilla. O no. Pero sea como fuere que retorne, el teatro está llamado a abandonar la confianza ciega en tantas cosas que dimos por sentadas. El mundo ya es otro: mi esperanza es que el teatro exista para dar cuenta de él.

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