Eusebio Leal, in memoriam

Perteneció al bando de los que aman y fundan, que diría Martí. Por eso su muerte nos estremece y nos duele, porque en pocas personas es más cierto aquello de que fue un imprescindible.

Eusebio Leal supo concitar pasiones y esfuerzos para levantar, reconstruir, valorizar y, sobre todo, para regalar alegría de vivir a los habitantes de La Habana Vieja, y de la ciudad en su conjunto. Por si fuera poco, como intelectual y como hacedor contribuyó a refundar la mitología de una ciudad con siglos de historia, que deslumbrara lo mismo a Humboldt que a los innumerables viajeros que a ella llegaron, incluidos tantísimos intelectuales latinoamericanos que se fascinaron al verla y sentirla, y que la escribieron.

Admirador profundo de Haydee Santamaría y de Roberto Fernández Retamar –a quien lo unían, además, provechosos diálogos–, Leal ofreció apoyo a la Casa de las Américas, lo mismo en cuestiones tan terrenales como la restauración de su sede y del edificio de la biblioteca, que en otras más espirituales, asociadas al quehacer de la institución.

Recordarlo como un grande de Cuba no es solo un elemental acto de gratitud y justicia sino también el reconocimento a una vida y una obra consagradas a salvar el patrimonio, entendido tanto en su sentido más inmediato y físico –y en eso su tarea fue descomunal–, como en otro más generoso y profundo: el de tantas vidas ganadas para la dignidad y la belleza.

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