Parece que fue ayer: La de Juan

Por Laidi Fernández de Juan

Hubiera cumplido ochenta y nueve julios este 2020, pero decidió abandonarnos el 30 de abril de hace dos años. Hija única del matrimonio integrado por un matancero que murió muy joven, y de una belga radicada en Nueva York- quien más tarde renunció a la ciudadanía norteamericana, y se nacionalizó en Cuba, ante el pasmo de la embajada norteamericana en la Isla, incrédula por tal decisión-, la mujer que inspiró varios poemas (“eficaz y lúcida como el agua”); maestra de incontables generaciones; pionera de muchos estudios; cultísima y terrenal nombrada Adelaida Annette de Juan Seiler, me pidió pocas horas antes de irse de este mundo que le contara un chiste.

Su peculiar sentido del humor resultaba tan inusual, que en más de una ocasión pasó inadvertido, o, peor aún, no se percibió como tal, sino como muestra de una reciedumbre que alcanzó fama. Sus discípulos cercanos guardaban silencio con respecto al temperamento de la “de Juan”, pero, a lo largo de los años, llegaron a mí comentarios acerca de su carácter en el aula, sobre todo a través de amistades de sus nietos, mis hijos, cuando alcanzaron edades universitarias, y se reunían con amigos que ignoraban la procedencia de sus apellidos.

Todos reconocían el magisterio indiscutible de la más antigua de las profesoras del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de La Habana, se deshacían en elogios, y rogaban por ser sus alumnos en 5to año, pero, a la vez, las relampagueantes salidas de mi madre, comentadas por los pasillos de la escuela, les insuflaban cierta dosis de miedo. Ella podía ser implacable ante la mínima indisciplina en el aula (llegar cinco minutos tarde a clase, demorarse en entregar un trabajo de curso, dejar de asistir a una Exposición de Pintura de la cual debían escribir después una crítica), y bastaba con su mirada de fuego para demostrar el gran enojo que sentía. Todo ello motivó el sobrenombre “La que hiere de lejos”, que tanta gracia le causaba. Su sentido del deber era exagerado, en concordancia con la exigencia y la entrega que esperaba de los demás: nunca pudo entender que dar y recibir son acciones que casi nunca marchan parejas. Asistí a clases suyas en distintas etapas, por lo cual puedo dar fe de su desenvolvimiento ante el aula. Al principio ella era joven, con altos tacones de punta fina y sayas estrechas. Me llevaba en brazos, con mis apenas dos o tres años, si no encontraba con quién dejarme, de forma que las alumnas se turnaban para mimarme durante la clase. Luego, en mi juventud, la ayudé varias veces a cargar un aparato antediluviano llamado proyector, que ella llevaba de la casa al aula, y que más tarde debía recorrer el camino en sentido inverso. Aquel adefesio pesaba muchísimo, pero era imprescindible para sus clases de apreciación del arte, porque era el único modo de mostrar las diapositivas que ella misma clasificaba y guardaba en archivos metálicos de apariencia medieval. Mucho, mucho tiempo después, ya con más de ochenta años de edad, urgida de ayuda para movilizarse, frágil y con dificultad para respirar, la llevé ante su grupo, y me quedé hasta el final de la clase, para luego traerla de regreso a nuestra casa. En una ocasión le sugerí que abandonara la práctica docente, habida cuenta su estado de salud. Por respuesta, recibí el trueno de su mirada, acompañado de la frase lapidaria “No te atrevas a repetir eso. Yo quiero morir con las clases puestas.” Y así fue. Atea hasta la médula, los Dioses, sin embargo, decidieron ser benevolentes con ella, y la complacieron ahorrándole una muerte agónica. A pesar de que llegó a ser la más importante Crítica de Arte de Cuba, y presidir durante varios años la Asociación Internacional de Críticos de esa especialidad (AICA), de la cual recibió el reconocimiento que nadie en Latinoamérica ostenta hasta el presente, el verdadero sueño de mi madre era la Medicina. No lo supe hasta el momento en que yo escogí esa carrera como oficio, de modo que no me hice Doctora por complacer su anhelo, sino el mío, aunque esa decisión estrechó los vínculos entre nosotras. Quizás el hecho de que ella fuera la curandera plenipotenciaria de nuestro hogar, ayudó a definir mi vocación, quién sabe. Lo cierto es que lo más natural de nuestras vidas era que ante la menor molestia, acudiéramos a ella. Solo había asistido a un curso de primeros auxilios a inicios de la década de los 60, cuando el pueblo se preparaba para invasiones y guerras. En el apasionante libro Soy de aquí (Ediciones La Memoria, Centro Pablo de la Torriente, 2016), -autobiografía de Adelaida de Juan-, ella cuenta con orgullo la satisfacción de haber recibido clases de Primeros Auxilios, gracias al famosísimo médico cirujano José Antonio Presno Albarrán. Salvo ese breve período de instrucción, el resto de su vocación y su consecuente habilidad para diagnósticos y tratamientos, era tan empírica como certera. Era ella y nadie más quien dictaminaba el nombre de nuestras enfermedades, la conducta terapéutica, y el tiempo que debíamos guardar reposo. Cierta vez, mi padre sufría una de las neumonías que lo aquejaron desde la niñez, y mi mamá, como de costumbre, indicó los antibióticos, la alimentación, y el descanso requeridos. Varios amigos llamaron a casa, preocupados, y ella se complacía en dar explicaciones pormenorizadas, ante lo cual, Roberto [Fernández Retamar] me dijo “En esta casa nos damos cuenta de lo grave que estamos cuando escuchamos a tu madre hablar por teléfono”.

Además de esta devoción por la medicina, otras pasiones la caracterizaban: el Humor como manifestación artística (estudió al Bobo de Abela frenéticamente, hasta desentrañar los códigos en los dibujos de este gran artista cubano, y también al Liborio de Torriente, y al Loquito de Nuez) , las novedosas expresiones plásticas (se batió en defensa del Diseño, la Gráfica, la caricatura, los carteles, para disgusto de los pintores sagrados, y el desconcierto de la ortodoxia universitaria de la época), la literatura detectivesca (“nada mejor que leer un buen crimen para conciliar el sueño”, decía) el respeto a ultranza de la Mujer (su libro Del silencio al grito. Mujeres en las artes plásticas; entre otros textos, dan fe de su insólito feminismo), y un sentido de fidelidad siciliana de la Familia. “No conozco a nadie más leal que tu madre”, repetía mi padre al contemplar el ímpetu con que ella solía defendernos ante cualquier ataque. No era capaz de perdonar a nadie que nos lastimara, por mucho que le imploráramos suavidad, al menos en público.

Más que choteo (tan cubano), o la situación cómica pasajera, era la mordacidad su más frecuente muestra de talento humorístico. Cumplía la sentencia atribuida a Oscar Wilde: “Usar el sarcasmo es una muestra de poder, es como decir: soy tan fuerte, que me puedo dar el lujo de hacerte una crítica, y no me da miedo de las consecuencias. El sarcasmo es la forma más baja de ingenio, pero la forma más elevada de inteligencia”.

Podría contar muchas anécdotas de mi madre. Me limitaré a dos, para ilustrar este aspecto de su personalidad. En uno de los peores años de la gran crisis económica de los años noventa, el sistema de luces de nuestra casa se dispuso a languidecer, de manera que todas las lámparas titilaban al unísono. Roberto, que vivía leyendo a todas horas, una noche se lamentó de la casi nula iluminación, ya bastante limitada por los constantes apagones. Mamá me dirigió una de sus ya famosas miradas, como forma de exigirme la solución del problema, responsabilizándome de la catástrofe. A los pocos minutos, añadió “Tu padre no puede leer, hay que buscar un remedio urgente”. Yo balbuceé que solo había un electricista en nuestro barrio, pero (añadí), “todo el mundo comenta que es medio bobo”. La de Juan ripostó “No lo necesitamos para discutir la filosofía de Kant. Tráelo, y que arregle las luces.”   

Dos días más tarde, el susodicho acudió a nuestro hogar, donde estuvo arreglando cables, sockets y bombillos hasta el anochecer. Al terminar, me exigió doscientos pesos, que procedí a pedirle a mi madre. Ella se escandalizó, “cómo cambian los tiempos, Dios mío”, no obstante lo cual entregó la cantidad pactada. Estuvimos en paz durante una semana, al cabo de la cual, las lámparas recuperaron el parpadeo, y otra vez Roberto se quejó de no poder leer. Estábamos reunidos los tres en el portal cuando mi padre lanzó su lamento, y de inmediato supe que mi madre me recriminaría. Antes de que me fulminara con su mirada y su posterior regaño, me adelanté a recordarle que el electricista tenía fama de tonto. Transcurrieron breves segundos en silencio, hasta que ella comentó, como para sí misma “Ese hombre será bobo, pero cobra como un genio”.

En otra ocasión, mientras evaluaba exámenes de fin de curso utilizando la mesa del comedor como oficina (lo cual era frecuente, de manera que muchas veces teníamos que comer en el portal, porque ella desplegaba sobre la mesa todos los libros, folletos, libretas y catálogos en los que trabajaba), pasó un vecino, y la vio a través del ventanal. Se detuvo a contemplar la concentración con que mi madre trabajaba, hasta que ella, incómoda, y en aras de continuar su labor, miró al hombre y cortésmente le dijo “¿Qué tal estás?”. Después de cuarenta o cincuenta minutos, llamó mi atención la sostenida voz del vecino desde mi dormitorio, y tuve curiosidad por tan extraño monólogo. Me aproximé al lugar donde mi madre calificaba (interrumpida por el señor indiscreto), y le pregunté si ocurría algo. Ella estaba con los codos apoyados, las manos entrecruzadas sobre su cara, y la mirada como perdida. Sonrió al verme y me dijo “Aquí me ves, soportando la perorata de este hombre, que se ha tomado en serio la pregunta ‘cómo estás’. No entiende que Dios no existe, y que yo no me siento muy bien”. El pobre vecino se quedó perplejo, pero dejó en paz a mi madre, y yo estallé en carcajadas.

Cuando comencé a visitar las casas de mis amiguitas, me percaté del orden que reinaba en otros hogares. No veía libros desperdigados en libreros polvorientos, ni carátulas de discos por doquier, ni tampoco adornos variopintos colocados al azar, y, sobre todo, comprobé que las otras familias tenían horarios fijos para comer, y que en esas casas brillaban paredes, ventanas y pisos, con una pulcritud envidiables. Todo eso dije frente a mi madre, con tono de reproche, en el momento en que ella escribía en una libreta rayada. Con la calma que siempre tenía antes de lanzarse a un ataque bien pensado, me escuchó hasta el final. “¿Has terminado ya? Bien, te voy a responder. Hace muchos años, noté que había telarañas en el techo de esta casa, e hice la siguiente reflexión, pensando en voz alta: Adelaida, debes escoger entre escribir libros sobre Crítica de Arte, dar clases en la Universidad, representar a Cuba en eventos internacionales, cuidar a tu familia y salir adelante, o limpiar la casa, sacudir los muebles, ordenar los libros, y cumplir horarios para todo. Y ya tú sabes, Laidi, lo que yo escogí. Espero haber respondido tu inquietud”. Imperturbable, volvió a su tarea, y yo me refugié en mis juguetes, convencida de que nunca volvería a cuestionar nuestro estilo de vida. Después de todo, éramos felices en el caótico mundo conocido como el hogar de Roberto y Adelaida. Curiosamente, y en contraste con lo que he contado hasta ahora, mi madre era de llanto fácil. Se emocionaba hasta las lágrimas ante una obra de arte, ya fuera una película (Casablanca, por ejemplo), una canción (Alma mía, su favorita, interpretada por Bola de Nieve), una pintura de sus grandes amigos Belkis Ayón, Arturo Montoto, Roberto Fabelo, René Portocarrero, Antonia Eiriz, Raúl Martínez y Raúl Milián, Amelia Peláez, Mariano Rodríguez, Fayad Jamís, Roberto Matta, Antonio Saura, Julio Le Parc, Wifredo Lam, o de clásicos a quienes admiraba hasta el delirio (Goya, y Vincent van Gogh sobre todo, y Picasso y Kandinski, y Alfons Mucha), o al contemplar imágenes fotográficas de su querido Cartier-Bresson, y también al leer libros de Martí, o de antiguos novelistas ingleses y norteamericanos. Solía ser particularmente taciturna en esos momentos de disfrute artístico, pero también le estremecía la tragedia humana en sentido abstracto, y en casos específicos. Sentía particular ternura ante niñas y niños que no disponían de grandes recursos económicos, y eran solitarios, quizás porque le recordaban su niñez y su adolescencia. Como ya dije, huérfana de padre, e hija de una extranjera que conversaba con ella en inglés o en francés, sin haber sido bendecida con ninguna creencia religiosa, y pocas oportunidades para relacionarse con sus congéneres, comenzó a trabajar a los dieciséis años, y aprendió precozmente que el camino entre la justicia y lo que es justo, es largo y tortuoso. Por una razón u otra, mostraba un temperamento férreo ante quienes no la conocían, y una calidez infinita ante criaturas indefensas.

En cuanto a sus afectos, no puedo dejar de mencionar a los más antiguos: sus íntimas hermanas mayores María Lastayo, Lilia Esteban, y María Elena Molinet, ni a su siempre maestra Rosario Novoa, ni a Ambrosio Fornet (Pocho), ni a Eliseo Diego (Eli), ni a René Portocarrero (Porto), ni a Alejo Carpentier, ni a su siempre llorado Saúl Yelín. Juan Carlos Volnovich, Silvia Wertheim, Cipe Fidman, Ida Rodríguez Prampolini (Chacha), Paz Terán y José Medina fueron amistades suyas no cubanas por quienes sentía particular cariño. Muchas alumnas y alumnos gozaron de su afecto a lo largo de su vida, como Luz Merino, Mary Pereira, Kirenia Rodríguez, Carina Pino Santos, Odette Bello, Tomasito Fernández Robaina, Abel Prieto, Ricardo Alarcón, Alina Sánchez, Yolanda Wood, Lupe Ordaz, entre otros. De sus tres nietos, su favorito fue el bebé más enfermizo y pequeño de nuestro hogar, Rubén, hoy diseñador gráfico, con quien mantuvo una complicidad inescrutable. Rubén dedicó su tesis a ella, que no alcanzó a verlo graduado, aunque, sin discusión posible, el gran amor de su vida, el suplente de cualquier deidad al que ofrendar toda su energía vital, fue mi padre. Mantuvo absoluta devoción hacia él desde que coincidieron en las aulas universitarias, hasta el día en que decidió morirse. Varios meses antes de tal suceso, que intuí ocurriría en cualquier momento, opté por permanecer siempre a su lado, sin apenas salir de casa. Pasábamos mañanas y tardes conversando, como si nos estuviéramos conociendo por primera vez, y no fuéramos madre e hija. Fue el período más intensamente fructífero e íntimo para aprender de ella, para pedirle que me revelara todos sus secretos, incluyendo su relación con mi padre. Entre otras cosas, le pregunté cómo era posible que hubiera soportado sesenta y seis años de matrimonio, siendo ella tan independiente. Recuerdo que sonrió, y como en un susurro me dijo “Te voy a confesar un secreto: la razón por la cual llevo toda la vida al lado del mismo hombre es porque me hace reír. Por cierto (añadió), si decides divorciarte de Valladares, avísame, para casarme con él, que ese también me divierte mucho”. Por mi parte, reconocí ante ella que no me ha sido otorgado el don de apreciar el arte de la pintura. “Ayúdame a entender un cuadro abstracto”, le pedí. “Enséñame a distinguir entre una pintura buena y otra mala”. “Es muy sencillo”, respondió. “Cuando te detienes ante un cuadro, y te gusta lo que ves, significa que es bueno. De lo contrario, si no te gusta, es una porquería, y debes dejar de mirarlo”. Obviamente, estos momentos confesionarios entre nosotras, terminaban a carcajada limpia.  

Su muerte fue un porrazo para todos, especialmente para mi padre, que se derrumbó  quince meses después, cuando terminó de arreglar sus infinitos papeles, y consideró alistados los próximos trabajos de su amada revista Casa de las Américas. Lo he dicho antes y lo repito: ella era el horcón de la familia, el puerto seguro, nuestra consejera mayor. Esa clase de persona a la cual se acude con los ojos vendados y el alma en pena, y de quien se recibe sabiduría y comprensión a cambio de nada. Llevo su nombre en mi certificado de nacimiento, y varios amigos me dicen cuánto me parezco a ella, pero apenas he heredado el mismo corte de cara, el peinado, y su imbatible incapacidad para perdonar. Nada más. Quizás sea el humor nuestra similitud más elocuente. Solo eso explica que la de Juan, esa que según algunos “hería de lejos”, y yo sé que amaba de cerca, me pidiera pocas horas antes de irse de este mundo, que por favor, le contara un chiste.

27 de Julio de 2020. Cumpleaños 89 de mi madre.     

Un comentario

  1. Me cuenta mi madre, que fue alumna de Adelaida en el primer curso que impartió como profesora, que recuerda muy bien la mirada que describes, por una vez que se le ocurrió, insolencia de joven, señalarle que le estaban saliendo canas. Por suerte ese suceso nunca afectó que la considerara como buena alumna.

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