Miriam Jiménez Román: De regreso al país natal

Por Roberto Zurbano

Miriam Jiménez Román ha muerto en su natal Puerto Rico, este mes de agosto, dicen que tranquila y rodeada del amor y el paisaje de los suyos. Fue ese tipo de intelectual inclasificable que no se reduce a libros publicados y a su labor académica. Le conocí en sus últimos años en el Centro de Investigación de la Historia y la Cultura Negra Arturo Schomburg, adjunto a la cercana Biblioteca Pública de Nueva York, en Harlem, adonde llegué con una recomendación de Tomasito Fernández Robaina, quien tuvo en ese centro dos hadas madrinas: Miriam Jiménez Román y Diana Lachatañeré, hija del valioso antropólogo cubano.

Miriam, nacida en Puerto Rico, creció cerca de allí, en los proyectos sociales del East Harlem, estudiando en escuelas públicas y comienza sus estudios superiores en Binghampton University, pasando luego por otras universidades como Brown, SUNY, Columbia y NYU, donde fue dejando la huella de una mujer latina preocupada por el diálogo que se establece entre la Academia y el Activismo, el género y la raza, asumiendo los conflictos que se establecen entre el mundo latino y su condición afrodiaspórica. Fue una acuciosa investigadora de la presencia negra en el mundo y se propuso hacer más visibles la presencia de negros del Caribe y Latinoamérica en Estados Unidos, aquellos que no son considerados ni afroamericanos, ni hispanos. A ellos dedicó una larga reflexión teórica y una intencionada preocupación social y política que la convirtió en esa gran luchadora que acabamos de perder físicamente.

También fue una mujer difícil de clasificar como activista, pues su rigor y discurso amoroso no la ubican como esa luchadora feroz, verbosa y mandona en que se convierten ciertas activistas, sino todo lo contrario. Sabía reconocer el talento y la vocación de servicio y descubrir las angustias de la gente luchadora, solventando sus lagunas y equívocos. En eso fue generosa y exigente como la Alma Máter de gente tan diversa en edad, nacionalidad y formación. Sabía esclarecer, guiar, ubicarte ante ti mismo, cuestionar e iluminar senderos. Sin apenas conocerme, Miriam Jiménez Román abrió las puertas del Schomburg Center para mí, revelándome la obra de Evelio Grillo y traduciéndome un par de textos de Frederick Douglas y del propio Arthur Schomburg.

Con sus conversaciones aprendí mucho sobre lo racial y lo caribeño en Nueva York, lo que es ser negro en Estados Unidos sin haber nacido allí y sobre la conciencia racial y de clase obrera de los puertorriqueños en Estados Unidos, la manera en que abrazan la cultura popular y han mantenido el orgullo de su patria, mucho antes de tener bandera. Para mí fue muy significativo, aunque doloroso, entender que la conciencia racial de los boricuas en Nueva York no es algo que suele hallarse con frecuencia en los cubanos que residen en esa ciudad, a pesar de muchos proyectos comunes esenciales para ambas naciones desde el siglo XIX. Ser afrolatino y asumirlo forma parte de un debate que Miriam supo historizar, junto a Juan Flores en el The afro-latin@ Reader (History and Culture in United States), libro bien útil aparecido en el 2010 por la Duke University Press, que explica genealogías y expresiones diversas del asunto. En este reader la presencia de mujeres resulta tan significativa como la de los hombres latinos, mirada que debemos a Miriam, más allá del acápite VI dedicado enteramente a Afro-latin@s, amén de otros valores de este libro fundacional y discutidor que recibió el American Book Award en el 2011.

Unos años después, la recuerdo llegando a La Habana del brazo de su inefable Juan Flores, quien fuera invitado al Jurado del premio Casa de las Américas, a quien conocí en esa oportunidad y entrevisté para la Biblioteca de Video Contracorriente del ICAIC, idea del inolvidable Pablo Pacheco. También me tocó presentar su libro premiado el año anterior, Bugalú y otros guisos, que obtuvo el Premio Extraordinario de Estudios sobre Latinos en Estados Unidos, convocado por primera vez por Casa de las Américas. En otro texto conté como puse a gozar en la Sala Che Guevara de Casa a un grupo cubano de viejos bailadores de bugalú al ritmo de la Orquesta Aragón. Para eso conté con la complicidad de Miriam Jiménez, pues tuvimos a Juan engañado hasta el último minuto. Esa broma excelente la disfrutamos mucho aquella tarde de enero del 2010 y en las sucesivas versiones que ambos contaban a sus amigos en Nueva York, haciéndome disfrutar del habla boricua y repetir: ¡Qué chévere!

Estuve con ambos en un par de sesiones de trabajo del Afro-Latin Fórum, valioso espacio de encuentro, investigación e intercambio, que Miriam fundó y lideró desde Nueva York durante una década con gran empatía y con el propósito de crear conciencia sobre la comunidad afrolatina en los Estados Unidos, llegando a realizar dos grandes conferencias. En el AfroLatin Fórum muchos jóvenes negros latinos encontraron modos de reconocimiento y vindicación de su condición racial y cívica, evitando que sus almas anduvieran escindidas entre dos realidades que son una y supieran reconocer y encauzar el legado de tanta gente negra a los Estados Unidos, más allá de su país de origen.

Hoy recuerdo a Miriam en su cocina de Brooklyn, como si fuera la más alta Academia, pensando, dejándome preparar mi primer arroz con habichuelas, preguntando y riendo en largas noches de discusiones, músicas y planes. En aquella casa aprendí tanto, no porque estaba llena de libros (tenían cuatro bibliotecas) sino porque junto a Miriam y Juan conocí a mucha gente valiosa, degusté las comidas y bebidas caribeñas más diversas y me permitió conocer mejor Nueva York, caminando por el cercano Prospect Park o por el Soho abrumador, desandando por los bares del Barrio casi hasta el amanecer, hasta llegar a casa, a mi casa, en la cual siempre tuve llaves, cama, libros, mesa y una conversa tan chévere que aun no termina…

Cuando en el año 2015 estuve de Visiting Research en la Universidad de Rutgers y tuve el privilegio de inaugurar el ciclo de Conferencias Lourdes Casal, pedí a la Dra. Laura Lomas, del Latin@ Studies Working Group, que Miriam Jiménez Román fuera mi respondent aquella cálida noche invernal de Newark. Miriam llegó varias horas antes, se leyó la última versión de mi texto terminado esa mañana y me acribilló de las interrogantes que le saltaban a cada párrafo. Su evaluación final estuvo llena de elogios, críticas y autocríticas que nos hicieron compartir el estruendoso aplauso final. Luego, cenamos juntos por última vez y la despedí en la estación de trenes con cariño y agradecimiento infinitos, pues estaba preparando un salto a Puerto Rico; lugar que siempre le recordaba sus años de joven deportista, su único curso de profesora en Río Piedras, sus parientes y amigos, las raíces de su lucha… En el último lustro regresó frecuentemente para visitas familiares y eventos públicos que iban sopesando su contribución a las batallas antirracistas de su país, donde fue respetada y querida. Mas su labor supera cualquier nacionalismo y muestra la complejidad del ejercicio antirracista más allá de los Estados Unidos.

Miriam rebasó su última intervención quirúrgica con mucho optimismo y, a fines del año pasado, respondió cariñosamente desde su Facebook a quienes estuvimos preocupados por su salud física. Sabíamos que la muerte de Juan, a finales del 2014, le había asestado un duro golpe que ella supo enfrentar con la resignación del Amor. Tras cierta escaramuza legal, se mudó a otro lugar de Brooklyn y decidió donar las bibliotecas a instituciones y amigos. Pensó que Casa de las Américas debía obtener parte de esa biblioteca e hizo las gestiones pertinentes. No supe si finalmente llegaron las cajas destinadas a Casa, pero sí recuerdo el ejemplar de The afro-latin@s Reader que ambos dedicaron a la Biblioteca de la institución y el ejemplar dedicado a mí. Aspiraban a que Casa de las Américas incluyera una versión al español de dicho título en su catálogo editorial y en eso también Miriam Jiménez Román fue perseverante.

Miriam Jiménez Román regresó, una vez más, a su país natal para morir en paz. Despedimos a una guerrera, una maestra y una guía espiritual, tres características de las grandes activistas. Fué tranquila y volcánica, discreta y persistente, rigurosa y comprensiva. Abrió un camino entre las ideas que emancipan a mucha gente negra en este mundo e hizo que muchos de sus discípulos, seguidores y amigos compartiéramos un itinerario de resistencia, creación y alegrías que nos enorgullece. Hizo un verdadero tándem con Juan Flores, ¡deben estar ahora discutiendo y riéndose como solo ellos saben! O mejor: ¡bailando en el Paraíso de los luchadores! Y en la memoria de quienes fuimos iluminados por su pasión, sabiduría y sed de justicia. ¡Qué chévere!

Centro Habana, agosto del 2020.

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