Re-leer Infieles, de Marco Antonio de la Parra

Por Rey Pascual García

Acercarse a la dramaturgia latinoamericana desde la revista Conjunto es siempre un viaje de descubrimiento. Las casi 200 obras publicadas en sus páginas, desde su fundación en 1964, dibujan un extenso mapa de la escritura teatral de la región. Ojeando sus páginas, reencuentro Infieles, del chileno Marco Antonio de la Parra, escrita en 1987 y publicado en el n. 79 (abr-jun. 1988) de la revista. En ese mismo año se presentó en el III FIT de Cádiz, bajo la dirección del autor con los actores Alex Zisis, Caca Guazzini, Esa Poblete y Bastian Bodenhoffer.

Situada en Santiago de Chile, durante varias épocas, Infieles presenta la historia de dos parejas que durante su juventud vivieron el golpe de Estado de 1973 contra el presidente Salvador Allende y se reencuentran años después. Está el ayer de la represión durante dictadura; luego la búsqueda de identidad y la consolidación, y el “siempre” de la indecisión y la duda.

Con Infieles, De la Parra investiga la subjetividad de la clase media chilena, en una escritura que tematiza al ser humano desde el análisis psicológico de sus conflictos internos, con una teatralidad trastornada, pero lejos de ser incoherente o críptica. Su estructuración avanza y se desarma en la búsqueda de una progresión cíclica, toda certeza es puesta en jaque por las evidencias que la posibilitan. La lógica narrativa se aleja de la representación mimética de la realidad, en la cual personajes, acciones y discursos se ensamblan teatralmente como un mundo paralelo.

La estructuración de Infieles está marcada en primera instancia por un paralelismo en las escenas, tanto desde el espacio en que se desarrollan como en la temporalidad de las mismas. Son comunes las escenas a modo de relato que se hacen desde fuera de la misma historia, alusión más cercana, según el propio autor, al estado del sueño que al ejercicio dramatúrgico mismo. El texto, de un único acto, se compone de quince escenas que, a su vez, pudiesen ser parte de una sola línea de sucesos, perfectamente similar al estado del sueño. De la Parra trata la estructura dramática de forma equivalente al tratamiento de los personajes, la descompone y la subvierte hasta volverla indescifrable. ´De este modo la estructura dramática es un símbolo más.

La introducción determina, no por casualidad, en el comienzo del texto el inicio de la infidelidad. La discusión entre Felipe y Daniela sobre la poesía introduce al tema y continúa con sucesos que desarrollan la acción a modo de comentarios o narraciones sobre lo cotidiano y la estricta organización de sus vidas. Cada uno de los relatos, funciona como acelerador del ritmo y puente de tránsito hacia lo que pudiera llamarse el clímax de esta pieza, sin dejar a un lado la misma descomposición de la estructura, es decir, cuando la infidelidad se manifiesta. Felipe seduce a Andrea, Carlos se acuesta con Daniela en venganza, y Andrea intenta seducir a Daniela. Su cierre es bastante similar al inicio, sin claves definitorias. Hechos como la muerte de Andrea o la partida de Daniela, la última más evidente que la primera, e incluso, la escena final de encuentro entre Carlos y Felipe, funcionan como niveles de realidad bien separados para un texto donde el deseo es, a la vez, sueño de unos y pesadilla de otros.

Aunque el tema fundamental de la obra es la infidelidad, no se puede cerrar única y exclusivamente a la infidelidad de pareja. Infieles lo plantea no sólo desde ese ángulo, sino también del político y social, al tomar como contexto el antes y después del golpe y la dictadura que instauró.

Es una atractiva exploración psicológica que navega del lado oscuro al lado amable, entre traicionados y traidores. Confrontando en ellos sus emociones, fantasías, secretos, sueños rotos y demás temas pendientes; mientras unos disfrutan y otros sufren la intensidad de una pasión, que puede confundirse con amor. De ahí que a primera vista el conflicto principal de la obra sea esta pasión infiel de la que derivan otros evidentes: las razones de estas confrontaciones. En el interior de los cuatro seres, sus conflictos se generalizan a la vez que se vuelven públicos, pues las guerras internas comparten el contexto social y personal. No hablamos de personajes tipificados y de características psicofísicas repetidas en todas las épocas desde los clásicos griegos, sino de personajes cuyas interioridades son elaboradas desde lo intrínseco del estudio de las neurociencias y se definen más, como personas, por sus status sentimentales. Lo carnal, sexual –y en menor medida– la culpa, son recursos que ayudan en hacer parecer al texto profundamente cíclico.

Los personajes son hijos de la catástrofe sin necesariamente haber sido arrasados por esta. Son esos que, en su cotidianidad, se mueven entre el amor, el odio y la traición, sin despuntes de heroísmo ni ruidos, en un mundo en el que, aunque no lo comprendan o concuerden con él, han aprendido a sobrevivir. Un mundo a medio camino entre la culpa, la resignación y un sordo deseo de esperanza.

Marco Antonio de la Parra (1952), forma parte de la generación de dramaturgos chilenos que, tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, enfrentó el proceso de instalación y desarrollo del autoritarismo político y del liberalismo económico en el país. Su generación se avocó a representar el colapso de los proyectos históricos, la frustración y la evidente incertidumbre. Una gran mayoría asumió el hecho teatral reforzando su potencial dialógico directo para la comunidad, especialmente en condiciones de censura, autocensura y represión. Psiquiatra, escritor y dramaturgo, es autor de más de 84 títulos traducidos a varios idiomas, entre piezas teatrales, novelas, libros de relatos y ensayos. Sobresalen Lo crudo, lo cocido, lo podrido (1978); La mar estaba serena (1980); La secreta obscenidad de cada día (1984); King Kong Palace o El exilio de Tarzán y Dostoievski va a la playa (1990); El padre muerto (1991); Dédalus en el vientre de la bestia o Dédalus/Subamérica (1992); El continente negro, Ofelia o la madre muerta y La pequeña historia de Chile (1994); La puta madre (1997); Monogamia (2000); (Estamos) en el aire (2001); Wittgenstein, el último filósofo (2004); La cruzada de los niños y Decapitation (2006); El loco de Cervantes (2012); El dolor de Xile y La UP (2013); La vida doble (2014); Los pájaros cantan en griego (2015) y El amo (2017).

La presencia de Marco Antonio de la Parra en Conjunto es amplia. Sobresalen su valiosa reflexión “La dramaturgia como sacrificio” (n. 94, jul-set. 1993) y sus obras Ofelia o la pureza y (Estamos) En el aire, (n. 102, ene-jun. 1996 y nn.  148-149, jul-dic. 2008, respectivamente). Invitado a la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral 2006 con La secreta obscenidad de cada día, impartió el taller “Dramaturgia de la imagen (Poética del sueño, el muñeco, el objeto, el movimiento, la composición como estructura dramática)”, cuyas experiencias aparecen, relatadas por Ernesto Fundora, en el n. 140 (abr-jun. 2006).

Infieles comparte más dudas que respuestas y en ningún caso explica o informa que desconfía del mundo aparente y que no presta excesiva atención a la realidad tal como se presenta sino en tanto síntoma –o código– de algo más profundo que es necesario descifrar. Así, el escepticismo y el cinismo, la ironía y el humor negro, que a primera vista caracterizan esta particular mirada al estado de las cosas en el Chile del momento, suelen encubrir una profunda fractura emocional e intelectual.

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