El tiempo de la ciruela es la escena latinoamericana

Por Rey Pascual García

“Protesta denegada. Porque la defensora se niega a reconocer que es hija del tiempo, que es el peor enemigo de las mujeres”, dice Celina en la escena X, cuando con su hermana Eleonora, juegan a juzgar al tiempo. La edad de la ciruela (1997), es uno de los textos más representados de su autor, el argentino-ecuatoriano Arístides Vargas. Al frente del Teatro Malayerba, que funda en 1980 junto a la española Charo Francés y la también argentina Susana Pautasso, en Quito, donde se encontraba exiliado a causa de la dictadura militar argentina, es un referente indiscutible para la escena latinoamericana contemporánea.

Los textos teatrales de Vargas han sido publicados por editoriales de todo el continente, y la revista Conjunto, que en el n. 106 editara Jardín de pulpos,[1] ha seguido de cerca su obra desde diversas perspectivas y a lo largo de más de una veintena de entregas. De Vargas también son conocidos los textos: Nuestra Señora de las Nubes, La razón blindada, La muchacha de los libros usados, Instrucciones para abrazar el aire –cuyos montajes del propio dramaturgo participaron en ediciones de nuestra Temporada Mayo Teatral en 2001, 2008 y 2014–,[2] Flores arrancadas a la niebla, Donde el viento hace buñuelos y Francisco de Cariamanga, entre muchos otros.

Estrenada en Ecuador en 1996 por la Corporación Tragaluz de Quito, esta obra ha tenido numerosas puestas en escena en San Juan, Puerto Rico, donde la dirigió el propio autor, y en Argentina, Colombia, Cuba, México, los Estados Unidos, Nicaragua, Perú, la República Dominicana y Venezuela.

En las XIX escenas que componen el texto, deambulan por la casa nueve mujeres, para las que el tiempo no es un transcurso de horas, días, meses o años, sino un círculo en el que están suspendidas. Entre la primera y la última carta de Eleonora, acontece la agonía de la muerte de la madre. Visto desde esta línea central, el relato puede verse como el tránsito de dos hermanas que han acompañado el proceso de morir de sus familiares. La edad de la ciruela, como el resto de las obras del autor, contiene la recurrente fuerza poética de Vargas en el uso de la metáfora, que hace de lo “real” una imagen que puede ser desmontada por capas. Este procedimiento desarticula la percepción de una línea cronológica de sucesos y hace del recuerdo (específicamente su temporalidad) el verdadero trazo de lo real en la vida de los personajes.

El relato se construye a partir de dos niveles de ficción. El primero, que establece el presente dramático de la acción, está determinado en el intercambio de cartas entre las hermanas, ya adultas. Hay en este juego una particularidad escénica, determinada en la existencia de un personaje activo hablante y otro que, en un segundo plano, prepara y organiza la siguiente escena y, a la vez, se construye a sí mismo como personaje. El segundo nivel, que organiza “el pasado” narrado o contado, lo conforman el resto de las escenas, en las cuales se desarrollan las historias de vida de las mujeres que habitan la casa. Dentro de este nivel se puede destacar un subnivel, que diferencia y separa las historias de Eleonora y Celina (niñas), de las de las otras mujeres (abuelas, tías, madre y la criada Blanquita).

Hay en la dramaturgia varguiana un tratamiento particular de los personajes femeninos, generalmente presentados en parejas, cuyas oposiciones son casi siempre contra el paso del tiempo y contra el proceso mismo de recordar sus vidas. Los personajes tratan de lidiar con sus remembranzas, a causa del estado de confusión en que se encuentran con respecto al pasado, debido a que han sido víctimas de algún mecanismo de poder que los ha dejado en situación de exilio físico o emocional, con trastornos temporales y de pertenencia a un espacio propio. A raíz de esto, ellas tienen consciencia de que su memoria y percepción del paso del tiempo son importantes para su existencia. En este sentido la obra propone un análisis de la realidad y de las imposiciones sociales bajo las cuales viven las mujeres de la casa.

Las tres generaciones de mujeres ven repetidas las situaciones que han vivido. Todas envejecen solas y en conjunto, lo que las hace, al decir del propio texto –“mujeres rompecabezas”–. La muerte es el único escape posible para esa rutina. Una rutina que se convierte en otra, justo en el momento en que el tiempo es detenido por Celina y Eleonora. Desde este punto la rata Ciruela dejará de podrirse en el ropero, Blanquita seguirá eternamente fregando el mismo vaso y Abuela María y Abuela Gumersinda repetirán su conversación sobre el pasado y la aventura de esta última con Alfonsito, el marido ya muerto de María. La madre de las hermanas, Francisca, verá como el tiempo le seguirá destruyendo, hasta su muerte.

La edad de la ciruela propone un juego macabro de morir y acompañar el propio proceso que conduce al final, y al igual que Donde el viento hace buñuelos –escrita en el 2000, a solicitud y con la colaboración de Charo Francés y Rosa Luisa Márquez—en el intercambio entre los personajes de Miranda y Catalina, hace entrever no solo recuerdos sino el enfrentamiento posible de las mujeres a las imposiciones familiares. Este no es un texto que pueda ser leído una sola vez, sino que él mismo impone la necesidad de visitarlo continuamente para poder discernir, organizar y comprender la multiplicidad de discursos que formula.

Invito a los lectores a adentrarse en la obra toda de este gran autor, que conforma un ensayo para la escena sobre la memoria y la nostalgia como antídotos contra el desarraigo.


[1] Ver Arístides Vargas: Jardín de pulpos, Conjunto n. 106, mayo-agosto 1997, pp. 15-35.

[2] Los textos de las tres primeras integran el volumen Arístides Vargas. Tres obras, de la Colección Pasamanos del Fondo Editorial Casa de las Américas, 2008. También fue publicado por la Casa de las Américas, en coedición con la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, el volumen Teatro en la frontera, con prólogo y edición de Vivian Martínez Tabares, 2014, que reúne nueve textos de Vargas. Además, una puesta de La razón blindada, a cargo del grupo Sudakaribe, de Puerto Rico, bajo la dirección de Rosa Luisa Márquez, formó parte de Mayo Teatral 2010.

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