Mario, la cámara Video 8 y nosotros

Por Esther Barroso Sosa


Esther Barroso, Mario Benedetti y sus vecinos de Alamar, abril 1989

Lo que más recuerdo de aquella aventura es la alegría contagiosa y el optimismo con que la asumimos. Éramos tres estudiantes y una cámara de video. No había productor, ni transporte, ni alimentación, ni patrocinio de alguna institución, ni fondos extranjeros a los que solicitar financiamientos… Nada de nada. Solo deseos. Y lo hicimos. Pensábamos que estábamos realizando nuestro primer documental. Hoy no sabría qué género atribuirle, pero documental no era. Aunque justo es decir que contó con una profunda investigación, una detallada elaboración de los cuestionarios, planes de grabación, un guion pensado y repensado y gestiones posteriores para su edición y transmisión que ya no fueron tan alegres y mucho menos optimistas.

Era el curso 1988-1989 y estábamos en cuarto año de la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana. Publicar o colaborar en un medio de prensa siendo estudiante no constituía práctica habitual –tal vez ni esporádica–, mucho menos producir materiales audiovisuales. La Facultad recién había recibido como donativo su primera cámara, una inolvidable Video 8, marca JVC si la memoria no me falla y si la lupa con que observo hoy las fotos no me engaña. Muchos querían usarla pero era prohibitivo el acceso a ella. Solo que Lázaro Castillo, un poco mayor en edad y estatura que el resto de nuestro grupo, dio muestras tempranas de habilidades técnicas como operador de cámara y gran destreza para poner en práctica los brochazos que nos dieron sobre encuadres, enfoque, planos, etc. Resultó además confiable para los profesores como protector de aquel exiguo equipamiento –que incluía además un único micrófono–, a pesar de su fama de gozador, bailador y enamorado, más que de buen estudiante.

Los estudiantes Mercedes Borges y Lázaro Castillo en la Casa de las Américas, marzo 1989

Las clases de Literatura latinoamericana que nos impartía la profesora Dioni Durán ese año nos tenían a todos hechizados. Mercedes Borges alucinaba con los poemas de Benedetti,  mientras yo estaba totalmente cautivada por su narrativa, especialmente por Montevideanos, Gracias por el fuego y, sobre todo, por Primavera con una esquina rota. Me atrevería a asegurar que para mi grupo de Periodismo –que en 2020 ha conmemorado sus 30 años de graduado– ninguna otra materia superó a la Literatura en términos de empatía con profesorado y contenidos. Lógicamente, nos adentramos también, y a fondo, en la obra de Quiroga, Asturias, Arguedas, Roa Bastos, Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Fuentes…

¿Y a dónde íbamos a parar los adictos a esos autores? Por supuesto, a la sala de lectura de la Biblioteca de la Casa de las Américas. Y una vez allí, ya no nos bastaría con leer lo editado hasta ese momento por la institución en su colección de Literatura Latinoamericana y Caribeña, nos volvimos asiduos de las conferencias, presentaciones de libros, recitales de poesía y conciertos que la Casa organizaba. Queríamos, además, obtener las novedades literarias. Entonces, lo más inteligente para un estudiante en aquellos años era hacerse amigo de Arquímedes, un histórico trabajador de la Casa que administraba el almacén de publicaciones. Con él estaba garantizada la adquisición de los nuevos libros, que no eran solo los Premios Casa del año, sino las ediciones de La Honda de autores como Isabel Allende, Bryce Echenique, Skármeta, Galeano… ¡Uf, cuánto le lloramos a Arquímedes para tener cada uno de los tomos de Memoria del fuego! No vaya a pensarse que aquel hombre pequeñito, siempre sonriente y de mirada pícara, negociaba con los libros publicados por la Casa. Sencillamente creo que tenía olfato para detectar a quienes ansiaban de verdad esos textos y le satisfacía ayudar.

Para completar el contexto que propició el nacimiento de nuestro Mario, que así se llamaría el video, poco antes se había iniciado como Decana de la Facultad de Periodismo Magaly García Moré, una mujer periodista que se propuso abrir las puertas de la academia al mundo exterior y, por lo tanto, apoyar todas las iniciativas que transgredieran las tradicionales rutinas docentes. Ella fue la vía expedita para llegar a otra mujer, de esas imprescindibles, Chiqui Salsamendi, que en la Casa de las Américas era en ese momento –y lo fue por décadas– alma y cuerpo de la comunicación y las relaciones con la prensa.

Los estudiantes Lázaro Castillo y Esther Barroso entrevistan a Roberto Fernández Retamar, marzo 1989

Es decir, que éramos tres jóvenes estudiantes con una cámara y la necesidad de hacer un audiovisual… Y llegó Mario Benedetti, invitado por la Casa de las Américas al Premio Literario 1989, con un amplio programa de lecturas y presentaciones de  libros, dentro y fuera de la institución. Así que hablamos con Magaly y Magaly con Chiqui y  Chiqui con Benedetti. Y la Casa del Té, en la céntrica esquina habanera de 23 y G, fue el lugar donde elaboramos el cuestionario. Y el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, a unos metros de allí y de la Facultad, el sitio donde grabamos aquella larga entrevista en la que se habló de poesía, de narrativa, de la responsabilidad del intelectual, de las dictaduras en Latinoamérica y el retorno a la democracia, del exilio y el desexilio, del socialismo y sus posibilidades de justicia, entre otros temas que ya no recuerdo. Grabamos además la lectura de poesía que Benedetti hizo en la plaza Ignacio Agramonte de la Universidad de La Habana y la conferencia que ofreció en la Facultad de Artes y Letras de ese mismo centro de estudios superiores.

Como no consigo evocar todos los momentos, detalles y sentimientos que rodearon a nuestro empeño, en estos días convoqué a mis amigos a reconstruir juntos aquella experiencia. Así es que a través de Whatsapp, desde un barrio habanero, Mercedes me envió este mensaje de audio:

“no recuerdo mucho cómo lo hicimos, sino por qué lo hicimos. Éramos lectoras de poesía.  Benedetti para mí era como la gran fascinación, sobre todo por  El cumpleaños de Juan Ángel. Hay una imagen que me queda clara en todo ese recorrido y es cuando ya lo teníamos delante: un señor tranquilo, afable, que hablaba suavecito y con esa manera tan cariñosa y afectiva que me atrapó y me quedé como espectadora escuchando las cosas que decía respondiendo el cuestionario. Recuerdo su tono dulce y que nos trató todo el tiempo como si fuéramos los grandes realizadores y, realmente, éramos unos estudiantes intentando probar suerte en algunos géneros.  Ese fue un momento muy especial”.

A mí me correspondió llevar el diálogo así que no estaba tan relajada como mi colega. Solo añadiría a su descripción la pulcritud de Benedetti, y el color azul intenso de su chaleco-suéter, una prenda muy frecuente en él, que a los efectos de la imagen y del contraste con el ambiente oscuro del set elegido, contribuyó a lograr una atmósfera visual muy agradable.

Desde la isla sueca donde vive hace 20 años, también por WhatsApp, Lázaro me comentó:

“Le pusimos mucho amor y mucha energía a aquel proyecto. Cuando salíamos a filmar, ya sabíamos lo que queríamos. Y yo lo hacía desde la perspectiva de un periodista, no de un camarógrafo, porque eso era lo que yo quería, aprender, y que en el futuro cuando yo quisiera una toma de algo, poder decirle al camarógrafo: quiero esto, y si me decía: no se puede, decirle: dame la cámara que yo lo hago.  Aunque sé que esto suena un poco pesado. En varias ocasiones no tuvimos trípode y se hacía difícil cámara en mano. Una vez, llegamos sin batería a un sitio, tuve que conectarme a la electricidad y hacer mil murumacas, porque no teníamos la posibilidad de repetir la entrevista. Pero quedó fenomenal. También recuerdo que otras ideas fueron naciendo a medida que lo hacíamos: surgían preguntas, recibíamos consejos, sugerencias”.

Aquellas proposiciones –de nuestra Decana, de  la propia Chiqui y de nuestra entusiasta condiscípula Iramis Alonso, muy enrolada también en la aventura como asistente de sonido y puede que en alguna medida como coguionista– nos llevaron hasta Eduardo Galeano, Roberto Fernández Retamar y Silvio Rodríguez, quienes nos ofrecieron su visión sobre el Benedetti amigo y escritor, con intervenciones muy concisas dirigidas, creo recordar, a destacar la calidad humana de Benedetti y las razones de su capacidad de convocatoria entre lectores del mundo entero y de diferentes generaciones.

A mí en particular me motivó la idea de destacar las etapas en que el uruguayo había residido en Cuba, la primera entre 1967 y 1968, cuando fundó el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas y la segunda, desde 1976 hasta 1980, como exiliado político, periodo en que formó parte el Consejo de dirección de la institución y lideró varios proyectos editoriales. Me interesaba enfatizar en lo que no encontramos en sus biografías, cronologías y otros materiales consultados y que eran los pormenores de su vida habanera, en un edificio multifamiliar del barrio de Alamar, nacido a inicios de los 70 y levantado por los propios trabajadores que después lo vivirían. En uno de esos apartamentos pasaron Mario y su esposa Luz esa segunda y austera etapa cubana, con libreta de abastecimiento, viajes diarios en ómnibus desde Alamar hasta El Vedado y la entrañable amistad de sus vecinos que nueve años después de su partida conservaban anécdotas y afectos, las cuales ofrecieron para nuestro material periodístico.

Justamente a dos de ellos, que habían sido niño y adolescente durante ese segundo lustro de los 70, puerta con puerta con Luz y Mario,  los conduje al reencuentro con el poeta cuando unos meses después volvió con motivo del Aniversario 30 de la Casa de las Américas, en abril de 1989, ocasión en que Benedetti y otros 35 intelectuales y artistas latinoamericanos y caribeños así como cuatro instituciones culturales de la región, recibieron la Medalla Haydee Santamaría, en su primera entrega, de manos de Fidel Castro. Un día después, la Sala Che Guevara, desbordada de público, acogió el recital de poesía y canción Viglietti-Benedetti, idea que había nacido precisamente en La Habana años atrás y con la cual recorrieron numerosos países.  La reunión con sus ex-vecinos, al finalizar el concierto,  casi provoca un pre-infarto de alegría al admirado escritor.

Mario Benedetti durante la entrevista, febrero de 1989

Para entonces, y luego de muchas agonías, habíamos editado el corto documental, video o reportaje –qué más da el género ya– Mario. Otra vez gracias a Chiqui Salsamendi, le hice llegar a Benedetti la única copia que teníamos en formato Betamax  y que lamentablemente no resistió el paso del tiempo ni los cambios tecnológicos. El casete original U-matic, supuestamente donado por el Instituto Cubano de Radio y Televisión al equipo de estudiantes, más tarde sería exigido de vuelta, para terminar perdido definitivamente entre los archivos de la TV cubana, donde infructuosamente traté de encontrarlo tres años más tarde cuando comencé a trabajar allí como periodista. Sí vencieron la prueba del tiempo las imágenes impresas que acompañaron parte del proceso, pues también aquel trío de entusiastas novatos realizadores asumió y compartió el rol de fotógrafos. Por suerte, Benedetti pudo ver el video, así como algunos trabajadores de la Casa  en ese año 1989. Antes de su partida, el poeta dejó para mí, esta nota manuscrita:

Compañera Ester:

Hoy pude ver el video y se lo dejo a Chiqui.

Realmente no sólo me gustó mucho sino que además me conmovió, por la calidad y por el cariño con que está hecho. Es claro que es demasiado generoso con este mortal, pero lo tomo como una muestra más de afecto y solidaridad.

Me pareció además que está estructurado con un verdadero sentido periodístico, con ritmo y concisión, mostrando concretamente lo que quieren expresar y no yéndose por las ramas. Y eso te lo digo objetivamente, desprendiéndome de la circunstancia de que yo sea el tema.

A ti y a todo el equipo que trabajó en el video, mis felicitaciones y mi gratitud.

Un fuerte abrazo.

Mario.

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