Audiencia para juzgar desde la memoria A 10 años del Premio Casa para Jorgelina Cerritos

Por Rey Pascual García

La audiencia de los confines. Primer ensayo sobre la memoria, más que un texto dramático es una narrativa dramática de nuestras historias y nuestros tiempos. Su autora resuelve en un único acto las preguntas que el propio texto genera: -¿Qué nos queda de lo que fuimos? ¿Somos enjuiciados o enjuiciadores?

Publicada en el número 167 (abr-jun. 2013) de la revista Conjunto, la pieza fue el premio por votación unánime del concurso que cada dos años convoca la Bienal Internacional de Dramaturgia Femenina La escritura de la/s diferencia/s. Su autora, la dramaturga, poeta, actriz, directora y narradora para niños salvadoreña Jorgelina Cerritos, primera de su país en merecer el Premio Casa de las Américas hace diez años en la categoría de teatro con Al otro lado del mar, propone en La audiencia… un juego de roles en el que tres personajes desarticulan la historia vivida y la por vivir, a partir de un rompimiento de los esquemas temporales. Su único vínculo real es el acto de contar y de decir la historia y sus memorias.

La escritura teatral e investigativa de Cerritos, ampliamente difundida en la América Latina y en el resto del orbe se asienta como un punto constante al mirar o pensar la dramaturgia y la creación escénica de El Salvador. Tiene en su haber más de diez obras teatrales entre las que sobresalen también: En el desván de Antonia (2000), Los milagros del amate (2002) y El coleccionista (2004), con los que ganó consecutivamente tres ediciones del Premio Nacional de Teatro Infantil; Respuestas para un menú (2010), Vértigo 824 (2012) merecedora del V Premio de Teatro Latinoamericano George Woodyard, Anafilaxis (2014), La casa ballena (2014) y Retratos de aldea en blanco (2018). La audiencia… es el inicio de una trilogía de acercamiento a la memoria que continúa con 13703. El misterio de las utopías. Tercer ensayo sobre la memoria (2018) y Bandada de pájaros. Segundo ensayo sobre la memoria (2016).

Llevada a las tablas en Cuba durante la VI Bienal por la directora italiana Alina Narciso, este ejercicio de la memoria explora en un ritmo acelerado, casi caótico, cuatrocientos años de historia salvadoreña. La obra inicia en una plaza donde Carola, Alonso y Mauro yacen inmóviles. Su inercia termina cuando Carola escucha las tres campanadas que señalan la llegada de la Audiencia que traerá la “luz de la mañana”. Durante este proceso, cada uno asume el rol de mando, trastoca la visión de la tradición y dinamita el cambio hacia uno u otro tiempo. Esta es una pieza que apenas admite cortes, pues las imágenes propuestas se entrelazan cual cadena de la que penden las existencias de estos tres seres, y la nuestra. Son personajes que se reconocen como tal, como caracteres perdidos en el tiempo y la espera, ficciones de “…Una dramaturga salvadoreña que anda escribiendo por ahí”. Al tiempo que cada uno incorpora distintos personajes como el Presidente, Doña Historia o Doña Memoria –siempre desde la caricatura—Jorgelina inserta en el texto puntuales referentes de la historia social y política contemporánea de El Salvador, como la visita de Barack Obama o los coros a la selección de fútbol.

Es imposible la pausa, el respirar calmado o girar la cabeza para aliviar tensiones, la pieza ataca por todas partes. Como un disparo a quemarropa lanza imágenes que configuran el espacio indefinido de la audiencia, que tiene su anclaje en el tribunal del mismo nombre creado por la Corona Española en 1542, para tratar los asuntos “del fin del mundo” al que aún está siendo relegada Centroamérica. El tribunal que Cerritos propone, alejándose de estructuras dramáticas cerradas, se convierte en sentencia de sí mismo. El temor a su llegada se mantiene durante todo el acto, y al final todo regresa al mismo punto en una historia donde el cambio es una ilusión y lo único real es el deseo.

Ubicado en un portal cualquiera en la plaza central de cualquier ciudad, el relato va más allá de presentar la ficción, como un acto mimético de lo real, lanzándose a cubrir, cual capas, esa misma ficción en una bruma de metáforas y aseveraciones. Aunque es una dramaturgia sobre los procesos de posguerra en los años 90 de El Salvador, Carola, Mauro y Alonso pueden ser cualquiera de nosotros y ese portal, una tribuna desde la que acusar acciones de nuestra memoria. “El que tenga boca para hablar que hable. El que haya tenido ojos para ver que no calle”, dice Carola luego de los toques de campana que anuncian la llegada de la Audiencia, cual profeta del fin del mundo, o al menos, del modo de vivir en él.

A partir de la utilización de juegos de frases repetidas y diálogos en paralelo, los personajes elaboran dos y -hasta tres- discursos al unísono. Mientras uno profetiza la llegada, otro le sigue el juego y el tercero, desde fuera, crea la ilusión de una representación dentro de la representación. Esta apertura de significados provoca una singular recreación de lo contado, al punto en que la propia lectura del texto propone pensarlo en un tiempo actual: el ahora de cada uno de nosotros.

Los fragmentos de azulejos del mural roto que Mauro encuentra al final de la obra, conforma por fin el espacio donde armar el rompecabezas histórico y de justicia que significa cada parlamento. Metafóricamente las piezas son los recuerdos que han sido olvidados en el propósito de callar las memorias de lo que no gusta o de lo que se pretende enterrar. Tal parece que, de ser completado, ellos tres podrán salvarse de la noche y del juicio interminable.

Les invito a la lectura de La audiencia de los confines. Primer ensayo sobre la memoria, que será sin dudas un ejercicio de cuestionamiento de nuestras inconformidades, de nuestros logros, desdichas y dramas totalmente humanos, de la mano de esta amiga cercana de la Casa y del teatro que hacemos en nuestra América.

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