Releyendo Conjunto, a diez años del estreno de Vacío

Por Rey Pascual García

No se puede explicar el vacío en una idea. Quizás, algunos logren describirlo, pero explicarlo llevaría más palabras de lo que una sintaxis puede contener. Por ello en las siguientes líneas les convocaré no solo a la lectura de un texto, sino a encontrar, en su condición espectacular, las claves para organizar y construir sus propias definiciones. La pieza de Aylin Morera y Roxana Ávila, que la revista Conjunto publicó en su número doble 160-161 (jul.-dic. 2011), es la partitura espectacular de la puesta en escena Vacío, que ambas autoras, junto al resto de integrantes del colectivo Abya Yala, estrenaron en 2010 en el Teatro Universitario de la Universidad de Costa Rica.

Al finalizar la lectura de Vacío reviví mis memorias sobre el espectáculo. Ocho años han pasado desde aquella función en la antigua sede del Estudio Teatral Macubá, en Santiago de Cuba, cuando se presentaron como parte de la muestra internacional de la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral 2012; y aún tengo la sensación de no haber visto/leído un único espectáculo. Y es que tanto el texto, como la puesta que propone, organiza muchas posibles miradas a un discurso que, aunque fragmentado, enlaza cada pedazo de la representación, y hace necesario releerlo varias veces para encontrar, en cada una, nuevas imágenes y alusiones. Inserta en una dramaturgia escénica, Vacío indaga desde una perspectiva feminista y de liberación, la relación entre la maternidad y la locura y cómo era vista esta unión por los enfoques oficialistas y médicos en Costa Rica en la primera mitad del siglo XX.

El colectivo Abya Yala se destaca por realizar montajes poco convencionales, atrevidos, que juegan con la experimentación y el uso no tradicional del espacio y la escenografía. Sus puestas se nutren de un proceso que toma como material para la investigación noticias, textos clásicos de la literatura y propuestas contemporáneas. Ha estrenado desde entonces las puestas en escena: El patio (2013), The Goodbye Proyect (2015), Quizá (2016), La ruta de su Evasión, (2017) y Las cosas como son (2018). Su directora Roxana Ávila es también dramaturga, diseñadora, profesora y traductora teatral costarricense, desde 1991 codirige, con David Korish, el grupo Abya Yala y con él publicó Dramaturgia invisible, que recoge y reflexiona sobre cuatro textos del colectivo. Se incorpora Ailyn Morera, actriz, directora, guionista y dramaturga costarricense, que tiene entre sus obras estrenadas El laberinto de las mariposas, Folie á deux, de Natacha y el Lobo, Dicen las paredes y Qué lindas que son las ticas… pero sólo las lindas.

La lectura de esta pieza, propuesta a la manera de un guion en dos columnas que distinguen “Canción y texto” y “Acciones”, deja entrever una estructura en tres actos. El primero, esencialmente musical, devela el mundo (o los mundos) de mujeres hospitalizadas en instalaciones psiquiátricas a partir de “trastornos” relacionados con la maternidad. El segundo explora un cuento de la escritora Lydia Davis y el tercero, situado en los años 50, retoma la esencia del musical a través de los sonidos de los comerciales de entonces. Dentro de cada uno cobran vida cartas, susurros, olores y secretos que los espectadores reciben de mano y voz de las actrices.

La investigación para la puesta surgió a partir del libro La construcción cultural de la locura femenina en Costa Rica (1890-1910), de la psicóloga Mercedes González Flores, que compiló un gran número de expedientes médicos de las pacientes y sus cartas nunca enviadas. De ahí y con inserciones de textos de Eunice Odio, Lydia Davies, Gioconda Belli, Victoria Sau, Michael Foucault, Juana Castro, Helen Chadwick y Elia Arce; bajo la dirección de Ávila, fueron presentadas las vidas de esas mujeres “locas”. En todas las historias, la locura siempre era dictaminada en relación con la maternidad, ya fuese porque las pacientes tuvieran muchos abortos seguidos, o carecían de apetito sexual, o habían sido violadas, o habían perdido a sus hijos pequeños, pero que su verdadera realidad era estar más cuerdas que el sistema que les tildaba como tal. Si bien las cartas, los olores y los secretos son reales, Vacío no busca la construcción biográfica de aquellas mujeres, o la caracterización de uno o varios personajes, ni un lugar específico al que mirar, ni siquiera unidades dramáticas o conflictos establecidos; esta dramaturgia abierta rompe con los esquemas modélicos del drama en pos de enfocarse en la relación entre las actrices y el público, en la cual la historia se construye de forma independiente para cada espectador.

Especial importancia en la lectura del texto/puesta tiene su partitura musical, con temas que transitan los géneros, desde el jazz, hasta el bolero, pasando por el tango o las rancheras; pues al tiempo que suena la música (que se debe ejecutar en vivo) cada escena tendrá como añadidura, la participación directa y constante del espectador, que sin poder evitarlo se convierte en actor y ejecutante de su propia puesta en escena, al tiempo que las actrices dejan de ser solo actrices para ser actriz-bailarina-narradora-músico-contorsionista-mujer.

Vacío es un texto/espectáculo para descubrir en cada línea una forma de llenar el vacío. De él me queda mi olor favorito: el de una raíz de lavanda en un pequeño pañuelo que recibí de mano de una de las actrices. Me quedan dos cartas que guardo de entonces, sin nombres ni destinatarios, solo signadas por un número de expediente médico. También me queda un secreto en forma de pequeño susurro que llevo conmigo siempre. Pero es mucho más lo que Vacío ha de legar, porque a veces, como en esta pieza teatral, no se trata de entender o definir, sino de encontrar, y comenzar a ver.

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