Víctor Flores Olea, in memoriam

El domingo 22 de noviembre falleció, a los 88 años, el diplomático, ensayista, narrador y fotógrafo mexicano Víctor Flores Olea. Nacido en Toluca en 1932, Flores Olea se desempeñó, además, como director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, embajador en la Unión Soviética, representante de México ante la Unesco, fundador y primer presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y representante de México ante la ONU.

En 2009 la revista Casa de las Américas publicó en su número 254 –dedicado al Aniversario 50 de la Revolución Cubana– el texto que aquí reproducimos del amigo de tantas décadas.

Presencia de Cuba revolucionaria en la América Latina

Resulta sorprendente observar el curso de la Revolución Cubana a lo largo de sus cincuenta años de vida. Es como un torrente histórico que se ha desparramado por muchos atajos pero manteniendo siempre una unidad fundamental: la diversidad en la unidad, podría decirse y discutirse inagotablemente cada una de sus facetas, de sus iniciativas y de sus modos de ser.

Inevitablemente en cualquier apreciación de la Revolución Cubana salta en primer término la figura de Fidel Castro que, en muchos sentidos, ha encarnado en este medio siglo el serpenteo enriquecedor de la Revolución, esa diversidad en la unidad a que nos hemos referido, y que lo sitúan como uno de los líderes políticos más excepcionales del planeta en el siglo XX y ya en el inicio de este siglo XXI.

Solo a manera de recordatorio, porque es obvio para quienes han seguido esta enorme gesta revolucionaria, y no sin sentimientos de nostalgia, el carácter heroico del primer 26 de Julio, con sus hazañas por mar y tierra –desde el asalto al cuartel Moncada, pasando por La historia me absolverá y por la aventura del Gramma, hasta la Sierra Maestra y la llegada a La Habana de los barbudos revolucionarios–, la profunda incomprensión del imperialismo, que es una de sus características definitorias y que dio lugar a hechos que probablemente no estaban en la agenda política original de la Revolución Cubana.

A cada ataque que recibía del imperialismo la Revolución replicaba: la «teoría del contragolpe», que si no recuerdo mal fue formulada por Jean-Paul Sartre en sus reflexiones sobre la Cuba revolucionaria, después de visitarla, en un periódico de gran circulación en Francia. El hecho es que la hostilidad permanente e implacable del imperialismo, alimentada por los cubanos que salieron de la Isla, entre los cuales estaban muchos de los cómplices de las dictaduras anteriores, representantes de los intereses del imperialismo e integrantes de una burguesía cuya imagen era la de las cadenas al país del Norte, y por supuesto los intereses de las mafias y otros grupos delictivos que hacían enormes negocios y explotaban la mano de obra cubana, causaron una creciente radicalización del movimiento revolucionario.

El socialismo era su salida obligada en la circunstancia y su necesidad objetiva para ser consecuente consigo misma y realizar sus propósitos. Ante la agresividad del imperialismo no había espacios intermedios: formalizar el socialismo era la única salida y, con todas sus dificultades, fue tomada por la Revolución Cubana. Pero no solo de manera «autodefensiva» sino precisamente como la única manera posible de lograr la realización de sus principales objetivos, de sus sueños.

Mucho habría que recordar, desde la polémica que abrió la instalación de cohetes que podían alcanzar a los Estados Unidos (1962), hasta la retirada de los mismos que originó una crisis político-militar de alcance mundial y que unos cuantos años después le costó a Nikita Jruschov el liderazgo en la URSS. La actitud crítica del gobierno cubano hacia el soviético, por una decisión no consultada del retiro de los cohetes, no impidió sin embargo la histórica alianza de Cuba con ese país y el campo socialista que, si bien aseguraba en cierta forma su estabilidad económica y su seguridad política y militar (y hasta su integridad física), modificó también en algún grado el carácter inicial profundamente «espontáneo» y creativo del Movimiento 26 de Julio.

Alianza con el «socialismo realmente existente» para defender su integridad, pero no solo eso: formación de cuadros profesionales y militares que, entre sus virtudes y defectos, asumieron un impulso excepcional para la educación y la salud, que hicieron de Cuba un caso prácticamente único en estas iniciativas no solo en la América Latina sino en el mundo. El reconocimiento expreso de diversos organismos de la ONU así lo prueban.

Pero las virtudes de la Revolución Cubana estuvieron lejos de limitarse a la tarea civilizatoria entre su población, básicamente en los campos educativo y de salud: se estimuló además excepcionalmente la feliz combinación de esa revolución social con ciertos principios éticos que han sido siempre aspecto central de las mejores prácticas revolucionarias, con la tradición del 26 de Julio: el internacionalismo proletario, que sigue presente en la Revolución como uno de sus rasgos más sobresalientes. Internacionalismo de la Revolución Cubana a lo largo de su historia que sigue absolutamente vigente aunque sus manifestaciones puedan ser hoy diferentes: el internacionalismo de la Revolución, alimentado siempre por su líder, que ha considerado ese internacionalismo como una de las mayores responsabilidades de la Revolución Cubana y de cualquier Revolución, uno de sus deberes más altos e irrenunciables.

Tal internacionalismo se manifestó en su momento participando en las guerras anticoloniales y de liberación, como en Angola contra el imperialismo sudafricano y el apartheid, o enviando decenas de miles de educadores y doctores a las regiones más desamparadas de África o la América Latina. Tal internacionalismo sigue hoy vigente y diferentes países se benefician del mismo: en la América Latina podríamos mencionar desde luego a Venezuela, a Bolivia y hasta a Brasil.

La Revolución Cubana, en sus inicios, fue realizada por un gran movimiento social y político de carácter democrático y antimperialista, y solo en etapas posteriores (aunque inmediatamente) se sumaron a la misma el tradicional Partido Comunista de Cuba y otras organizaciones partidarias que fueron asimiladas por los líderes de la Revolución Cubana. A la postre, como resultaba inevitable, el único Partido Comunista de Cuba es el surgido del proceso revolucionario, con plena autoridad.

Durante los últimos cuarenta años del siglo XX la Revolución Cubana vivió bajo el asedio criminal del imperialismo, pero también dentro de un cuadro latinoamericano mayoritariamente hostil, precisamente en el tiempo negro en que imperaron en nuestros países dictaduras militares apenas con alguna excepción, como fue el caso de México. Es verdad, la historia política de la América Latina no permite generalizaciones, pero es claro también que el antagonismo con la Cuba revolucionaria, de parte de regímenes de distinto corte, fue siempre estimulado y exigido por el imperialismo yanqui.

Lo que ocurre, y este es seguramente uno de los vuelcos más extraordinarios de la historia latinoamericana y mundial, al revés de las décadas pasadas, es que los países continentales se han sacudido prácticamente todos las tiranías (construidas y apoyadas por los Estados Unidos, como una de las formas de librar la Guerra Fría pero también de asegurar sus bienes y el trabajo semiesclavo que les rendía una plusvalía y una tasa de explotación excepcionales. Y, naturalmente, como una forma de mantener asegurado el dominio de las oligarquías locales).

Esto no impidió en la América Latina que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX los pueblos latinoamericanos lucharan con variado éxito a favor de la democracia (o de la soberanía nacional). El triunfo de Salvador Allende en Chile, de Omar Torrijos en Panamá, de Juan Velasco Alvarado en Perú, de la Revolución Sandinista en Nicaragua, son apenas algunos ejemplos del complicado y heroico enfrentamiento de nuestros pueblos con el imperialismo y las oligarquías locales. Pero estaba por venir el aspecto más importante de este proceso.

Como sabemos, en los últimos quince años se desarrollaron en el mundo un conjunto de movimientos sociales y políticos a favor de diversos objetivos, acompañados casi siempre por fuertes movilizaciones de la sociedad civil, que tradicionalmente fueron tratados «despectivamente» y despreciados, para decirlo de una manera suave, por el neoliberalismo y por los intereses económicos concentrados del imperialismo: desprecio a los derechos humanos, abandono y destrucción del medio ambiente, explotación del trabajo humano y ruptura de las normas de protección a las clases asalariadas, humillación al género femenino tanto en su condición como en sus derechos de igualdad con el hombre, abandono político y social de principios democráticos como el de igualdad y equilibrio, desprecio a los homosexuales y otras discriminaciones y, por supuesto, sobre todo en la América Latina, ofensa y discriminación racial hacia los pueblos indígenas. Otros temas pudieran alargar la lista de los objetivos de lucha de los nuevos movimientos sociales.

Seguramente el principal tema de crítica y de lucha de estos movimientos sociales, en los que por supuesto han participado sectores importantes de la clase obrera, y que es considerado la raíz y causa de los males trágicos que vive la sociedad de nuestros días, ha sido la lucha contra el neoliberalismo. Contra el sistema capitalista en su forma actual de globalización y de fundamentalismo del mercado en todos los órdenes, principalmente en el sector financiero, que ha sido la punta de lanza para la explotación del trabajo humano y el enriquecimiento concentrado y desproporcionado de unos cuantos grupos sociales y naciones, a costa de la miseria de las grandes mayorías mundiales.

En estas luchas, naturalmente, es preciso distinguir el grado de conciencia política de los distintos sectores que participan en la lucha anticapitalista y por objetivos específicos en estos tiempos de la globalización neoliberal. ¿Se trata simplemente de movilizaciones circunstanciales y concretas o de movilizaciones que realmente tienen un contenido político transformador, y hasta revolucionario? Nuevamente no es posible generalizar, pero sí podemos decir que las batallas en contra de las manifestaciones más intolerables del neocapitalismo –del «capitalismo salvaje» actual– tienen un contenido objetivamente anticapitalista, más allá de la conciencia exacta que cada individuo pueda tener sobre el particular. El hecho indudable es que los nuevos movimientos sociales se han ampliado y multiplicado en el mundo entero asumiendo cada vez de manera más específica un contenido anticapitalista. Para la mayoría de los ciudadanos en el mundo, el origen real de las miserias que vivimos reside en el sistema que nos gobierna y que nos ha sido impuesto.

(Sin duda, surge aquí la cuestión de la crisis económica y financiera del capitalismo, que ha estallado violentamente y que se revela ya como una de las más profundas en la historia del sistema, si no es la más grave, inclusive, que la de 1929, ya que acumula las contradicciones más flagrantes y explosivas del propio sistema. Muchos se preguntan si se trata de una crisis final del sistema capitalista. La historia lo dirá, pero no debemos olvidar que para el marxismo clásico una de las condiciones ineludibles de la revolución –socialista– reside en la conciencia de las clases asalariadas en tal sentido. Y esto no se ve con claridad, puesto que las clases dirigentes operan ya, incluso movilizando sus recursos mediáticos, y tal vez haciendo algunas concesiones sobre todo en materia de intervención del Estado en el mercado y en sus regulaciones, que tendrían como motivo último el de «salvaguardar» el sistema del capitalismo en su beneficio).

Sin embargo, vale la pena señalar, sin entrar en demasiados detalles, que en la América Latina tales movimientos sociales, cuando se han unido bajo ciertas circunstancias políticas, han sido la causa eficiente de las profundas transformaciones, incluso revolucionarias, que han tenido en los últimos años un significativo número de nuestros países.

En todo caso, permítanme señalar desde ahora que de todos modos varios de estos movimientos sociales, democráticos y populares, encierran un paralelismo, en otro tiempo y circunstancia, con el Movimiento 26 de Julio, que fue social y político en su momento y que se radicalizó con una rapidez extraordinaria hasta convertirse específicamente en un movimiento revolucionario y socialista. Sin embargo, a pesar de las diferencias, estos también, en general, han procedido en su obra revolucionaria y transformadora sin «la guía» de un partido comunista que, por cierto, en las dos últimas décadas ha perdido en lo general presencia y prestigio.

Los movimientos sociales, probablemente como el 26 de Julio en su momento, no han sido en su mayoría específicamente anticapitalistas, pero las condiciones efectivas de la sociedad y de la economía tienden también a radicalizarlos, los obligan a ver en el sistema vigente la verdadera raíz de la descomposición social que vivimos y de la ausencia de horizontes alentadores que sufre la mayoría de las clases sociales en el mundo. Sobre todo porque, como ocurrió con la Revolución Cubana, el imperialismo es y ha sido su enemigo principal y, como hace cincuenta años, terminan por ver que los intereses del capitalismo entrelazados internacionalmente son el real enemigo de la democracia y del bienestar de los pueblos, el verdadero enemigo del pueblo. Tales hechos abrumadores tienden naturalmente a radicalizar a los movimientos sociales y los induce a batallar con más decisión por sus principios.

Tal vez un elemento común característico de estos nuevos movimientos sociales de finales del siglo XX e inicios del XXI, en todas partes del mundo pero con particular presencia en los países latinoamericanos, es el de plantear y luchar por una revolución «democrática y participativa», que ha sido uno de los aspectos más fraudulentos y engañosos –para no hablar de verdadera traición– de la democracia liberal del capitalismo.

Todos sabemos que los principios democráticos de los orígenes del capitalismo liberal en el siglo XVIII, en el tiempo de la Ilustración, han sido negados en el desarrollo del capitalismo hasta convertir a la democracia en una verdadera mascarada que oculta los intereses económicos que son los que verdaderamente mandan y «ordenan» en estos sistemas. Los sistemas políticos han sido convertidos en verdaderos «consejos de administración» de los intereses y de la economía de los más ricos y sus corporaciones, falsificando y negando rotundamente los principios de la democracia, la igualdad y las libertades proclamadas por los grandes transformadores de la época de la Ilustración.

Debemos recordar que los actuales movimientos sociales latinoamericanos –una de cuyas expresiones de carácter universal ha sido el Foro Social Mundial, cuya primera versión tuvo lugar a finales de enero de 2001, en Porto Alegre, Brasil– han reunido a líderes políticos y sociales, a dirigentes sindicales, a directivos de organizaciones no gubernamentales de todo el mundo, y a representantes de redes ciudadanas del más variado tipo: ecologistas, feministas, luchadores en favor de los derechos humanos y de las etnias, sin faltar economistas, filósofos y juristas que han decidido trabajar teórica y prácticamente en oposición a un «tipo de mundo» y a una «forma de vida» que los ideólogos del statu quo presentan como inmutables. Sosteniendo, en síntesis, como lo han dicho repetidamente los militantes del Foro Social Mundial, que «Otro mundo es posible», lo cual entraña esencialmente el repudio y rechazo enérgico del sistema de vida actual.

Debe agregarse que las inteligencias que piensan hoy en las posibilidades de «otro mundo», es decir, de un desarrollo pleno del ser humano en libertad y en la creación de una sociedad en que sea posible el bienestar de todos, han coincidido en este Foro Social Mundial, que se ha celebrado año tras año en diversos países, precisamente para pensar en las varias opciones que pueda tener la sociedad actual y en los caminos de su realización. Según afirmó el periódico Le Monde Diplomatique (diciembre de 2001), los «asistentes […] son aquellos sectores significativos que se oponen a la actual barbarie económica y rechazan al neoliberalismo como “horizonte insuperable”, procurando, con un impulso que debe calificarse de innovador, sentar las bases de un verdadero contrapoder».

Pero aparte de este movimiento social de alcance planetario, originado por las condiciones trágicas de vida que se le han impuesto a miles de millones de seres humanos, por causa del neoliberalismo y de la dominación de los más ricos y de sus corporaciones transnacionales, que ha sido determinante en las luchas por la transformación latinoamericana, nuestros pueblos han contado con un ejemplo previo y contundente que nos ha marcado indeleblemente, y que de manera más implícita o explícita está presente en las más recientes luchas por las transformaciones latinoamericanas y mundiales, por su valentía y por el carácter indómito de su resistencia al imperialismo: la Revolución Cubana.

En efecto, sería prácticamente imposible pensar en las transformaciones revolucionarias y democráticas de hoy en la América Latina sin la presencia iluminadora y determinante de la Revolución Cubana. E incluso, me atrevería a decirlo, su presencia en las luchas anticapitalistas y antiliberales que se dan en todo el mundo.

Pero no –para que no haya equívoco alguno–, no se trata de la presencia «subversiva» de Cuba en la América Latina que ha denunciado torpe y mentirosamente el imperialismo desde hace cincuenta años, sino de la influencia y presencia de su espíritu revolucionario y de su voluntad de resistencia en gran parte de nuestro Continente. Se trata más bien del carácter absolutamente depredador del capitalismo imperialista que ha maltratado y explotado a nuestros pueblos de manera inmisericorde durante un siglo y más. Las luchas actuales son una protesta, un rechazo y una rebelión en contra de la situación vigente, y en esta ruta Cuba ha sido pionera y heroica.

Decíamos que la actual «disidencia» de un buen número de países latinoamericanos, en lo que va del siglo XXI, respecto a las «órdenes» y presiones del imperio, es uno de los hechos políticos más importantes en el mundo. Hecho fundamental porque la América Latina ha tomado la iniciativa de «sacudirse» algunas de las exigencias impuestas por el imperio a través del FMI y del BM, fundando el Mercosur y el Banco del Sur, entre varias otras iniciativas, y emprendiendo un sistemático esfuerzo para lograr sus propios mecanismos de decisión económica y política.

El proyecto hegemónico del imperialismo en la América Latina consiste, dicho sintéticamente, en la integración de los mercados en beneficio de las grandes corporaciones y del capital financiero, sacrificando la dignidad de las personas. Frente a esta integración impuesta desde arriba la mayoría de los países latinoamericanos sostienen un proyecto de integración abierta a la participación democrática ciudadana, con respeto y afirmación de las identidades étnicas y culturales, a los derechos de los pueblos indígenas y al respeto de sus tradiciones y «usos y costumbres», a sus formas de organización precisamente como sujetos colectivos de derechos, que sitúan a la solidaridad y a la cooperación por encima de los intereses económicos y de las razones de Estado, y que postulan economías para la soberanía nacional y el bienestar general.

Sin duda, uno de los pasos más importantes de los países latinoamericanos a favor de su autonomía e independencia respecto al imperio ha sido la creación de Unasur (Comunidad de Naciones Sudamericanas), cuyo tratado constitutivo se firmó en Brasilia el 28 de mayo de 2008, y uno de cuyos objetivos principales es el de formar un día un Mercado Común Sudamericano y, en definitiva, un área de seguridad y defensa militar del subcontinente.

Por supuesto, estos proyectos de cambio profundo latinoamericano se encuentran con la cerrada hostilidad del Imperio, que considera inaceptables nuestras pretensiones de pleno ejercicio soberano e independencia. Tales derechos resultan inconcebibles para los jefes del Imperio, que ya hostilizan severamente a los países latinoamericanos más decididos.

La presión sobre la Venezuela de Hugo Chávez (recordemos que hubo de pasar ya hasta por la intentona de un golpe de Estado que fue derrotado) crece todos los días, y nada indica que cesará fácilmente; y el pueblo venezolano, con el apoyo de los demás países nuestros y desde luego de Cuba revolucionaria, deberá sortear las amenazas y peligros para consolidar su proyecto.

El caso de las presiones que recibe Bolivia es también escandaloso, por el propósito de desintegrar internamente a ese país, con la cooperación activa de los oligarcas locales que procuran efectuar acciones separatistas que romperían la unidad boliviana. Es verdad que la amenaza de la desintegración ha estado siempre presente en Bolivia, también por tradicionales razones económicas y culturales, pero ahora se ha agudizado por la acción de los departamentos más ricos en contra del presidente Evo Morales. Resulta casi innecesario subrayar que la desintegración o balcanización boliviana traería consigo las más serias consecuencias en todo el continente sudamericano, creando no solamente un área de peligrosa inestabilidad sino probablemente de continuas intervenciones armadas y enfrentamientos militares. Fidel Castro hizo público su firme apoyo a Bolivia y su oposición a un desmembramiento que tendría consecuencias fatales para todo el continente sudamericano.

El 15 de septiembre último, como se recordará, los jefes de Estado que integran Unasur se reunieron en Santiago de Chile para realizar una declaración de emergencia observando su «completo y resuelto apoyo al Gobierno Constitucional del presidente Evo Morales, cuyo mandato ha sido respaldado por una amplia mayoría en el reciente referéndum». Fue cerrada la oposición latinoamericana a los intentos desestabilizadores en Bolivia con resultados que no dejan de ser promisorios.

¿Pero hay el peligro de una intervención militar en el Continente? Sin duda alguna, a menos que el nuevo gobierno de Barack Obama envíe señales inequívocas en sentido contrario. Por lo pronto, debe tenerse presente que el Pentágono ha anunciado la reactivación dela Cuarta Flota, que operaba hasta 1950 en la América del Sur y que luego de la Segunda Guerra Mundial fue disuelta. ¿Existe alguna relación entre esta medida y las transformaciones políticas latinoamericanas de izquierda e incluso, concretamente, con el desarrollo de Brasil como potencia económica y petrolera?

Parecería, en principio, que esa reactivación de la Cuarta Flota tiene que ver con las nuevas tendencias políticas emancipadoras latinoamericanas y, desde luego, con las reservas petrolíferas descubiertas recientemente a lo largo de los litorales de Brasil. Como consecuencia, hay ya la iniciativa de Brasil y de Venezuela de buscar un entendimiento militar que pretendería crear algo así como un sistema común de defensa sudamericana. ¿Hay peligro de una intervención militar por el interés de los Estados Unidos en la Amazonía, el Acuífero Guaraní y las reservas petroleras de Brasil y de Venezuela? Nada es descartable en los programas estratégicos del Pentágono, por más alejados que parezcan de los problemas económicos actuales de los Estados Unidos y del contexto general político y social. Está en la naturaleza del imperialismo y de las grandes potencias: proyectar al futuro su vocación de dominio y control.

Mencionamos el posible paralelismo de la Revolución Cubana con algunos de los movimientos sociales que configuran un nuevo rostro latinoamericano. Veámoslo con más detalle. El propio Fidel Castro ha expuesto en diversas ocasiones las características sobresalientes de la Revolución (las siguientes ideas se toman sobre todo de discursos de Fidel en las primeras etapas de la gesta revolucionaria cubana en 1959).

Una de ellas es la de la continuidad histórica de las luchas revolucionarias en Cuba, primero en contra del colonialismo español, después contra la «humillante condición» a que la sometieron los Estados Unidos, encadenados estos hechos a las luchas de los obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales «durante más de medio siglo de gobiernos neocoloniales, corruptos y explotadores». Y todavía: «[…] en Cuba solo ha habido una Revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes».

Otra de las características de la Revolución Cubana fue expresada por Fidel Castro el 21 de enero de 1959, ante un millón de cubanos, en el acto denominado Operación Verdad:

Nosotros los cubanos, podemos sentirnos orgullosos de una Revolución que surge al mundo sin ansias de dominio, sin propósito de explotación, ni de dominación de otro pueblo, sino que nace al mundo como ejemplo, con una aspiración de justicia, de justicia amplia, de justicia honda, dentro del más extraordinario sistema de respeto a las libertades humanas que ha conocido el mundo. La Revolución Cubana se puede sintetizar como una aspiración de justicia social dentro de la más plena libertad y el más absoluto respeto a los derechos humanos.

Una característica más quedó reflejada en sus palabras pronunciadas el 8 de mayo de 1959, el día que regresó de su viaje por los Estados Unidos y de participar en la Conferencia de los 21 en la Argentina:

Cuatro cosas tiene nuestra Revolución que precisamente constituyen los motivos de admiración por los cubanos: esta es, en primer lugar, una revolución que tiene pueblo; es una revolución donde el gobierno de la República puede decir que tiene ejército; es una revolución que tiene doctrina y es una revolución que hace leyes verdaderamente revolucionarias.

La Revolución Cubana ha tenido otras valiosas características. Fidel Castro decía, un mes después del triunfo:

Esta Revolución ha significado, en primer lugar, no solo que el pueblo es libre, no solo que se acabó el crimen, no solo que se acaben los atropellos, las torturas, los golpes, las humillaciones que constantemente estaba sufriendo cualquier ciudadano: significa que el pueblo ha llegado al poder.

Lo cual significa que

[l]a Revolución democrática que ha llegado al poder es la Revolución cuya característica tiene que ser necesariamente la interpretación de los deseos, de los anhelos de la mayoría del pueblo. La Revolución ha llegado al poder no para que mande un grupo de hombres, sino para que mande el pueblo. En Cuba el pueblo es el que está gobernando.

Otra de las más hermosas características de la Revolución Cubana se recoge en las siguientes palabras de Fidel:

Todo lo que la Revolución haga tiene que ser realidad primero en la conciencia del pueblo; y este es nuestro principio, que todo lo que la revolución realice tiene que ser realidad primero en la conciencia del pueblo, y eso es lo verdaderamente democrático, ya que esta es una Revolución de mayorías. Y, por eso, es una Revolución democrática. Nosotros llamamos democracia a lo que es en esencia la democracia: una Revolución de mayorías, y una Revolución donde todo lo que hace no lo impone, sino que lo hace realidad primero en la conciencia de los ciudadanos, y cuando es realidad en la conciencia de los ciudadanos, se vuelve ley, se vuelve medida revolucionaria, y el pueblo, mayoritariamente, la respalda.

El espíritu y significado profundo de la Revolución Cubana, desde sus orígenes hasta nuestros días, está presente en los variados esfuerzos latinoamericanos por alcanzar hoy su emancipación y el pleno ejercicio de su soberanía, propósitos a los que invariablemente se ha opuesto el imperialismo. Y, además, en sus esfuerzos por orientar sus recursos y riquezas a satisfacerlas necesidades populares, en algunos casos directamente a favor de los pueblos indios, que en general son los más necesitados, la capa social de los terminantemente excluidos. El ejemplo de Cuba está invariablemente presente en estas batallas.

Pero lo que resulta además extraordinario es la amplia comprensión actual de la Revolución Cubana respecto a los esfuerzos emancipadores y transformadores de los pueblos latinoamericanos. No hay identidad porque salvo el caso de Venezuela y tal vez de Ecuador, no necesariamente la transformación latinoamericana de nuestros días se dirige al socialismo, por muchas razones que sería imposible abordar aquí. Pero el hecho indiscutible y admirable es que la Revolución Cubana otra vez muestra su capacidad de solidaridad indiscutible con estos esfuerzos, que no se orientan precisamente al socialismo. Unidad cultural pero sobre todo unidad en las principales batallas.

Esa comprensión y profundo entendimiento, que encabeza sin duda el líder de la Revolución, es un nuevo motivo de admiración y confirma otra vez el porte histórico universal de la Revolución Cubana. Hoy, desde fuera de Cuba, pero también gracias a Cuba, los latinoamericanos se sienten cada vez más cercanos y verdaderos hermanos solidarios de las luchas que no son únicamente de un pueblo sino de un continente entero. Por su libertad, por la igualdad, por el pleno ejercicio de las soberanías nacionales.

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