Revolución del pensamiento en Aimé Césaire

Por Amanda Guzmán Soto

Según Aimé Césaire (1913-2008), la poesía era revolución, al nacer del punto más alto de incandescencia del hombre: su movilización interior. No se trataba solo de dar forma al lenguaje ordinario, sino crear y recrear a partir de la liberación. La creación poética de este reconocido escritor y político martiniqueño, una de las principales figuras de la lírica moderna en lengua francesa, refleja la riqueza de las culturas caribeña y africana. De su actividad intelectual destaca una extensa producción de obras literarias, compuesta también por piezas teatrales, ensayos y discursos, siempre al servicio de la descolonización.

Nieto del primer profesor negro de Martinica, Césaire fue uno de los ideólogos del pensamiento de la “negritud”, idea que desarrolla por la despersonalización que experimentaban los afrodescendientes frente a sus colonizadores. Según el fundador de la revista L’Étudiant Noire (1935), desde esa asimilación disimulada que amenazaba con eliminar las características propias de la cultura africana, no se producirían creaciones literarias y acciones válidas. Entendía la “negritud” como una vía de rebelión para combatir el colonialismo, el sistema mundial de la cultura y el reduccionismo europeo.

Así lo expresa en Discurso sobre la negritud. Negritud, etnicidad y culturas afroamericanas, pronunciado en la primera Conferencia Hemisférica de los Pueblos Negros de la Diáspora, celebrada en la Universidad Internacional de Florida en 1987. Allí señala la separación del hombre de sí mismo y de sus raíces como la consecuencia de pensar lo universal a partir de los postulados del pensamiento hegemónico eurocentrista. Al reconocer el derecho a la diferencia, la “negritud” no solo configuraría el reencuentro y la reconciliación de esas identidades otras, sino que revalorizaría y ponderaría, en lo universal, las singularidades propias de las culturas africanas y sus diásporas.

La toma de conciencia histórica y cultural respecto a lo que significa ser negro, es el contenido fundamental de la negritud. Para Césaire, en la lucha contra el colonialismo francés, el negro de las Antillas precisaba conocer la cultura ancestral de la que era parte y solidarizarse con sus hermanos africanos. Consideraba que la “negritud” afirmaba la personalidad antillana de los martiniqueses, sin negar sus esencias francesas. De modo que, junto al componente francés se debía reconocer el componente africano:

¿Por qué negarlo? La manera de reír, la manera de hablar, los gestos que hacemos, los cuentos que nos contó nuestra madre cuando éramos niños, todo lo que modela la sensibilidad. Todo el folklore martiniqués es folklore africano. Así pues para los antillanos de habla francesa, para los martiniqueses, a mi juicio, la negritud es una noción positiva, es una manera de afirmar su personalidad colectiva frente a Francia […] una necesidad de lucha […] absolutamente indispensable para la toma de conciencia[1].

El concepto, que nació como una expresión poética-literaria, como movimiento cultural y humanista de reivindicación, adquirió un carácter político, y con él, un compromiso de lucha con los grupos humanos sometidos a las peores violencias de la historia, así como de crítica hacia el universalismo europeo. Sin embargo, con el paso del tiempo, se construyeron interpretaciones dogmáticas asociadas a una comprensión esencialista de la “negritud”. Su significación, tal y como Césaire la concibió, fue tergiversada para legitimar proyectos políticos como la dictadura duvalierista en Haití. Para Césaire, la negritud, no era un pretencioso concepto del universo que agotaba la realidad histórica, sino rechazo a la opresión, combate contra la desigualdad, exaltación de dignidad y conquista de una nueva y más amplia fraternidad.

Como forma de afirmar la personalidad colectiva, el término aparece en su obra por vez primera en Cuaderno de un retorno al país natal (1939), una inspiración de la poesía surrealista que denuncia el colonialismo, las discriminaciones y la marginalización de las Antillas Francesas:

 ¿Quiénes y qué somos? 
¡Admirable pregunta!
A fuerza de contemplar los árboles me he convertido
en un árbol y mis largos pies
de árbol han cavado en el suelo anchos
sacos de veneno altas ciudades de osamentas
a fuerza de pensar en el Congo
me he convertido en un Congo rumoroso
de bosques y de ríos
donde el látigo restalla como un gran estandarte
el estandarte del profeta
donde el agua hace
Iikuala-Iikuala
donde el relámpago de la cólera lanza su hacha verdosa[…]
mi negritud no es una piedra cuya sordera arremete
contra el clamor del día
mi negritud no es una mancha de agua muerta
en el ojo muerto de la tierra […]

Integrante del Partido Comunista Francés (PCF), desde 1945, defendió la departamentalización de la Martinica. Para Césaire, quien consideraba que la obtención de condiciones de desarrollo socioeconómico permitiría alcanzar la independencia, esta política tuvo objetivos fundamentalmente sociales, debido a la situación precaria experimentada por el pueblo martiniqués. Por el empeño y vitalidad de esa lucha, tiempo después es elegido alcalde de la capital, Fort-de-France, puesto que ocuparía durante más de cincuenta años.

Presenta su renuncia como miembro del PCF en una carta dirigida el Secretario General del partido, Maurice Thorez, en 1956. En la misiva, revela su desacuerdo respecto a la actitud colonizante de la izquierda francesa de la época y denuncia su arrogancia cultural. Más tarde funda el Partido Progresista Martiniqués, organización que, hasta la fecha, ejerce un importante papel en la política de esta isla antillana reivindicando la autonomía para su territorio.

La voz emancipatoria cesariana estuvo siempre vinculada a la búsqueda de la igualdad genuina y el rescate de la identidad de los oprimidos, aspiraciones que impregnaron todos sus escritos:

 mi negritud no es una torre ni una catedral
se zambulle en la carne roja del suelo
se zambulle en la carne ardiente del cielo
agujerea el agobio opaco de su erguida paciencia […]
verdaderamente son los primogénitos del mundo
porosos a todos los hálitos del mundo
era fraternal de todos los hálitos del mundo
lecho sin desagüe de todas las aguas del mundo
centella del fuego sagrado del mundo
carne de la carne del mundo que palpita con el mismo
movimiento del mundo.

Césaire contribuyó a los debates conceptuales sobre la relación entre capitalismo y civilización occidental. Para él, la expansión colonial europea no fue solamente la propagación de un sistema económico, sino la destrucción de otras sociedades ya existentes. Precisamente en Discurso sobre el colonialismo (1950), explica la reorganización del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, reflexiona sobre el fascismo como una continuación del colonialismo y se detiene en el análisis de los efectos de este proceso sobre el colonizador.

En dicho texto afirma que la colonización trabaja para descivilizar al conquistador, para degradarlo despertando sus instintos de codicia, violencia y odio racial, lo que conduce a una regresión universal. Argumenta, además, que una nación sometida es una sociedad enferma y moralmente herida, y define a la colonización como la negación de la civilización: 

Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente. Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida. Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda. El hecho es que la civilización llamada «europea», la civilización «occidental», tal como ha sido moldeada por dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resolver los dos principales problemas que su existencia ha originado: el problema del proletariado y el problema colonial.

Aimé Césaire. Congreso de Escritores y Artistas Negros, París, sept. 1956

En 1956, durante las sesiones del Primer Congreso de Escritores y Artistas Negros celebrado en París, fue uno de los principales y más valiosos asistentes. Intervino en este evento con un discurso en el que abordó la relación entre colonización y cultura. La idea central de su disertación es que la cultura más fuerte en el aspecto tecnológico y material amenazaba a las culturas más débiles debido a la destrucción de la autodeterminación y la capacidad creadora de estas últimas. Pocos años después, el intelectual afroestadounidense James Baldwin, en una reseña de lo ocurrido en dicho congreso, arroja luz sobre la personalidad del poeta caribeño:

Césaire es un martiniqués de color de caramelo, que debe de andar por los cuarenta, con una gran tendencia a la rotundidad y a la lisura en el aspecto físico, y con el aire de benignidad más bien vaga de un maestro de escuela. Todo esto cambia en cuanto se pone a hablar. Enseguida se manifiesta que su curiosa y pausada suavidad es parienta de la gracia y la paciencia de un felino de la jungla, y que la inteligencia detrás de aquellas gafas es de un orden muy penetrante y demagógico.

En el ensayo Toussaint Louverture. La Révolution française et le problème colonial (1960), cuya primera edición en español fue publicada por el Instituto Cubano del Libro en 1967, también dialoga con la problemática del colonialismo y la dominación cultural. Césaire demuestra cómo Haití fue el primer país en desanudarlas, otorgándole un altísimo lugar en la encarnación de la resistencia descolonizadora. En este trabajo esboza las contradicciones de los debates en torno a la libertad, no alcanzada igualmente por todos en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789. De esta forma, resalta la figura de Toussaint Louverture como el héroe de la independencia que tomó al pie de la letra dicha declaración y dio el impulso decisivo a la Revolución Haitiana, inscribiendo la rebelión de los esclavizados negros en la historia de la civilización universal.

Césaire encontró en el teatro una forma de expresión idónea para ilustrar la dominación cultural de los poderes imperiales sobre los pueblos colonizados. Obras como Y los perros se callaban (1947), La tragedia del Rey Christophe (1963), Lumumba o Una temporada en el Congo (1965) y Una tempestad (1969) le convierten en un notable exponentede la dramaturgia caribeña de lengua francesa.

En Lumumba o Una temporada en el Congo aborda los problemas de la descolonización aludiendo al contexto político y social de la República Democrática del Congo en la etapa de gestación de su independencia. El drama relata cómo los colonos belgas enfrentaron los movimientos de liberación y describe cómo su principal líder, Patrice Lumumba, fue perseguido, encarcelado y a la postre asesinado. En esta obra Césaire esboza la concepción del jefe-protesta, idea también desarrollada en La tragedia del Rey Christophe.

El jefe-guía siempre establece un diálogo con el pueblo, quien está en acuerdo secreto con el héroe, y ambos son protagonistas indiscutibles de la trama. Para el dramaturgo antillano, este hombre era un visionario adelantado a su tiempo, un creador que veía antes que los demás y tenía algo de poeta:

[…] en Lumumba, había en el parte de poeta. No escribió su poesía pero la vivió […] con su muerte ha creado al Congo: porque el Congo no existía […] más que en la cabeza de Lumumba: en la realidad existía una reunión artificial de tribus en el cuadro del colonialismo […] es un poeta, un visionario: era un hombre que veía plenamente realizado lo que se encontraba en estado embrionario en la realidad […] En Una temporada en el Congo, el único interlocutor válido de Lumumba es también el pueblo […] Lumumba es grande en la medida en que más allá de todas las divisiones, está en acuerdo profundo con el pueblo congolés[2].

Los lectores latinoamericanos disfrutaron de un mayor acercamiento a estos textos literarios gracias a la Casa de las Américas, institución que en 1966 publicó el primer acto de Lumumba o Una temporada en el Congo en la revista Casa, con una excelente traducción de Roberto Fernández Retamar y, un año después, dio a conocer La tragedia del Rey Christophe en las páginas de la revista Conjunto. El público cubano, por su parte, pudo disfrutar de ambas puestas en escena. La tragedia del Rey Christophe, a cargo el Grupo La Rueda y el Conjunto Folklórico Nacional, dirigidos por Nelson Dorr, formó parte en 1966 del programa del VI Festival de Teatro Latinoamericano organizado por la Casa de las Américas, mientras que Lumumba o Una temporada en el Congo se estrenó por el grupo Teatro de Ensayo Ocuje, bajo la dirección de Roberto Blanco, el 13 de junio de 1969.

En 1968, Césaire asistió al Congreso Cultural de La Habana. El evento reunió a más de 500 intelectuales, artistas y científicos de diversas partes del mundo que debatieron sobre los problemas del colonialismo y el neocolonialismo en el desarrollo cultural de Asia, África y la América Latina. En el marco de esta celebración, los invitados acudieron a la entrega del Premio Casa de las Américas. Asimismo, participó en el panel “Siete autores en busca de un teatro”, el cual reunió en la Casa de las Américas a varios dramaturgos para dialogar acerca de los problemas actuales del escritor en el continente. El texto de la conferencia fue publicado por la revista Conjunto ese mismo año.

Aime Cesaire, maire honoraire

Con su crítica constante a una sociedad que toleraba el desarraigo y la asimilación cultural, conectando de manera orgánica en su obra identidad, tradición y literatura, Césaire creó un escenario propicio para la reflexión lúcida y la revolución del pensamiento. Una de las mayores contribuciones que nos legara, fue la expresión de las culturas caribeña y africana en un modo de escribir muy mestizo, que hizo de su prosa un espacio de reivindicación de nuestras raíces.


[1] Sonia Aratán: Entrevista con Aimé Césaire. Revista Casa de las Américas, No. 49, año 1968, La Habana, Cuba.

[2] Sonia Aratán: Ob. Cit.

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