Parece que fue ayer: Los Volno

Laidi Fernández de Juan

La pareja integrada por Juan Carlos Volnovich y Silvia Werthein, argentinos, -psiquiatra él, psicóloga ella-, ha estado unida a mi familia desde hace más de cuatro décadas. Llegaron a Cuba en diciembre de 1976, junto a los hijos de ambos, Yamila, de 8 años, y Román de 5, cuando la situación en Argentina se hizo irrespirable. La dictadura orquestada por el macabro Plan Cóndor, obligó a muchos del cono sur a emigrar, como es sabido. Juan Carlos y Silvia se establecieron en La Habana, y de inmediato comenzaron a trabajar en sus ocupaciones médicas. Silvia fundó, junto a otros colegas, el Departamento de Psicología del hospital Ginecobstetra Ramón González Coro, y Juan Carlos se incorporó al servicio de psiquiatría infantil del hospital William Soler, introduciendo la práctica del psicoanálisis. Apenas unos meses después de la llegada de esa familia a Cuba, Román, el hijo más pequeño, cumplía seis años, y sus padres decidieron celebrarle una fiesta a como diera lugar, en aras de incorporar nuevos amiguitos al entorno de los muchachos, y  disminuir la comprensible añoranza de los críos por el Buenos Aires que habían dejado atrás. El cuento de esa fiesta merece ser de conocimiento público (primer llamado a que el doctor Volnovich escriba sus memorias), y yo no resisto adelantar una parte: Grosso modo, diré que en el 1977 cubano, ya era difícil conseguir los aperos habituales para una fiesta de cumpleaños con los niños del aula. Más complicado aun debió ser para esta pareja de extranjeros, perteneciente a la alta clase porteña, acostumbrados a un bienestar material imposible de reproducir en esta isla caribeña. Luego de mínimas averiguaciones, encontraron una tienda donde se vendían destupidores de baño de forma liberada, lo cual significa “sin regulación, sin libreta, sin cupones de racionamiento.” Ni cortos ni perezosos, Juan Carlos y Silvia decidieron comprar treinta de esos adminículos, en cuanto se percataron de que al invertir la goma negra que, adherida a un palo de madera funciona como desatascador de inodoros, podía utilizarse como florete. La tendera no daba crédito a semejante pedido. “¿Ustedes están seguros de lo que van a comprar?” “Sí, por favor, denos treinta”, respondieron ellos. “Perdonen la indiscreción, pero… ¿ustedes pretenden destupir todos los baños de La Habana?” insistió la vendedora. La pareja argentina explicó el uso que los muchachos darían al pedido, y, efectivamente, resultó exitosa la fiesta con treinta niños jugando a los espadachines. Es muy probable que este hecho fuera el bautizo de aplatanamiento cubano para la familia Volnovich-Werthein, aunque seguramente no el único.           

Cuando en marzo de 1979 Fidel decidió organizar brigadas internacionales para ayudar a Nicaragua, sin incluir ningún colaborador nuestro (y asi evitar agresiones norteamericanas, que esgrimirían el pretexto de la presencia civil cubana), Juan Carlos integró uno de esos primeros grupos de apoyo. No adelantaré el libro de sus fabulosas memorias (que nos debe, y este es el segundo llamado para que las escriba), aunque no puedo dejar de contar que él tuvo que asumir la responsabilidad de ser anestesista. Como médica, me consta que las situaciones de guerra, y en general,  las misiones de colaboración, exigen afrontar grandes desafíos, y aunque muchos no lo crean, practicar una especialidad médica para la cual no se está preparado, es uno de los mayores retos. Sin tiempo para nada, y mucho menos para argumentar en qué consisten cruciales diferencias entre una ocupación médica y otra, el misionero tiene que poner manos a la obra, y consagrarse a salvar vidas. Juan Carlos lo hizo sin chistar, asistiendo como anestesista a un cirujano de tórax, y además, en cuanto tuvo oportunidad, brindó también sus servicios de psiquiatra a niños y a adultos, muy traumados por la guerra, en un monasterio que fungía como hospital de emergencias.

Gracias a la Doctora Gladys Colom, amiga de mi padre desde la infancia, y colega cubana de Volnovich, un buen día de 1980, él entró en nuestra casa. Mejor debería decir que llegó a nuestras vidas, para no salir de nosotros nunca más. Hombre cultísimo, escritor exquisito, conocedor de Filosofía, de Humanidades, psicoanalista reconocido a nivel internacional, cuya militancia política no oculta, estableció de inmediato eso que se ha dado en llamar “química interpersonal” con mis padres. Fue un amor a primera vista, un apasionamiento que parecía del siglo anterior a ese encuentro. Silvia, su compañera, también deslumbró a mis padres con su elegancia, su forma discreta de manifestarse, su generosidad sin límites. Saltando todos los protocolos que suelen regir los inicios de las relaciones humanas, muy pronto se estrecharon los lazos entre mi familia y quienes pasaron a ser “Los Volno” de inmediato. Yamila y Román crecieron como muchachos cubanos: asistían a nuestras escuelas, a nuestras festividades, a nuestros trabajos voluntarios, aplatanados para el resto de sus existencias. Regresaron a Argentina en 1984, ya con 16 y 13 años, pero nunca se han ido del todo. Cada vez que tienen oportunidad, regresan. Así, hemos ido conociendo a sus parejas, a los niños que van trayendo al mundo (Alina, Azucena, Lara e Iván), seguramente acercados a Cuba de forma natural, como algo ineludible. Unos de los placeres más jubilosos que disfrutamos es el de ver llegar a nuestro portal en El Vedado, a esa familia de diez miembros entusiastas, que no cesan de volver a la isla que los acogió, cuando varios de ellos ni siquiera pensaban nacer.

Por nuestra parte, viajar a Argentina significa, sin discusión, pasar a saludar a “Los Volno”. Y cenar con ellos, y pasear, y evocar Cuba. Más allá de eso, en varias ocasiones, ellos se han hecho cargo de nosotros, y, por extensión, de quienes han necesitado ayuda. Sería muy largo detallar el prontuario que recoge las veces y las circunstancias en que Los Volno nos han ayudado, de modo que me ceñiré a dos eventos, no sin antes insistir en que fueron, son, y me temo serán incontables “los cabos que nos tiran”.

En 1986, mi padre y Abel Prieto fueron juntos a una feria del libro en Montevideo, pero, antes de llegar a Uruguay, pasaron unos días en Buenos Aires. Tenían una invitación a título personal, que no incluía hospedaje. Al comunicarle la noticia a Juan Carlos, él respondió, sin pensarlo, que ambos debían llegar hasta su casa, y que alguna solución encontraría. El resultado fue que Abel pernoctaba en el consultorio de Silvia, y Roberto en el de Volnovich. Me han contado que se alternaban para dormir en el diván  que utilizan los pacientes, y se analizaban uno al otro, lo cual significa que siendo neófitos rotundos, se divertían a mares. Gracias a la generosidad de Los Volno, Abel y mi padre pasaron días inolvidables. Una de esas tardes, a través de un amigo que a su vez conocía a María Kodama, mi padre pudo cumplir uno de los grandes sueños de su vida: Entrevistar a Jorge Luis Borges, y solicitarle autorización para publicar en Cuba una antología de cuentos suyos, a lo que el gran escritor accedió, sin pedir a cambio ninguna retribución monetaria. De cierta forma, también debemos a Juan Carlos y a Silvia el maravilloso fruto de aquel encuentro.

Diez años después del regreso de Los Volno a Argentina, en 1994, en los momentos en que Cuba atravesaba la peor crisis económica de su historia, Juan Carlos se convirtió en el artífice principal del proyecto llamado “Pinos Nuevos”, el cual permitió que jóvenes escritores cubanos publicaran sus textos, hasta entonces inéditos. Al cumplirse veinte años de aquella increíble hazaña, le pidieron que públicamente narrara los motivos de su iniciativa. Por fortuna, (y casi que por excepción), Volnovich escribió unas páginas donde explica su experiencia  en aquella participación, que involucró al editor Aurelio Narvaja, director de la editorial Colihue, y a otros “argentinos memoriosos y agradecidos”. Reproduzco un fragmento del texto que compartió en la jornada de conmemoración por los primeros veinte años de “Los Pinos Nuevos”:

“Aquella convocatoria, […] finalizaba solicitando aportes económicos, garantizando el destino de los fondos recaudados y dando la dirección de mi consultorio. 

Para mí, el recuerdo más significativo de aquella iniciativa no pasa por su trascendencia histórica sino por un halo pintoresco y familiar: viene de mi tía Rosita. La tía Rosita,  reaccionaria como la mejor pero, por sobre todo rica, muy rica, la tía millonaria — que Dios la tenga en su santa gloria—era en mi familia conocida y reconocida por su tacañería. No había quién le sacara un peso.

Cuando la abordé para leerle nuestra convocatoria, allí donde aludía a la amenazada  “continuidad de una producción que ha dado muestras suficientes de contarse entre lo mejor que produjo la humanidad.” Allí donde decía que “El camino que incluye a José Martí, a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a José Lezama Lima, a Juan Marinello, a Alejo Carpentier, a Dulce María Loynaz, a Nicolás Guillen, a Fina García Marruz, a Cintio Vitier, a Eliseo Diego, a Roberto Fernández Retamar, a Miguel Barnet, ese camino corría el enorme peligro de quedar interrumpido….” Allí donde decía “en la supresión de libros como auto de fe (la quema de libros) o en la imposibilidad de permitirles nacer se basa el borramiento de la identidad de una cultura…”  Allí donde eso decía, para mi gran sorpresa la tía Rosita interrumpió mi lectura buscó su cartera, sacó la chequera y la llenó con una cifra que no sólo sirvió para reafirmar mi convicción en el enorme prestigio que aun entre los enemigos de la revolución cubana tiene su producción cultural sino para convertirme en el ídolo de mis primos.

Decía que hoy, quienes integramos aquella aventura, volvemos a encontrarnos para felicitarnos no por la hazaña realizada sino por haber puesto a prueba, una vez más, la eficacia de la autogestión.       

Volvemos a encontrarnos para hacerles saber que la autogestión tiene poco o nada que ver con saldar la deuda moral contraída con la revolución cubana; tiene poco o nada que ver con nuestra condición de memoriosos, ex combatientes nostálgicos que añoraban antes o que recuerdan ahora las pasadas épocas de gloria; este encuentro, este reencuentro lleva la ilusión de futuro, tiene la intención de actualizar nuestra disposición para analizar cuáles son, hoy en día, los obstáculos fundamentales que nos desafían y cuáles los recursos con que contamos para superarlos. Para eso estamos”.

Mucho más podría contar de esta familia, de sus vínculos con nosotros, del amor perpetuo que profesan a “la isla hermosa del ardiente sol”, de su constante preocupación por cuanto necesitemos,   pero me detengo, porque sé que Los Volno no perdonarían que ventilara los favores, las entregas, los encargos fastidiosos que han tenido que cumplir sin preguntar absolutamente nada, a lo largo de tantísimos años de hermandad. No por azar la dedicatoria del poema que mi padre escribió en 1991, cuando mi hermana viajó a Buenos Aires por asuntos de trabajo, reza así: “A Silvia Werthein y Juan Carlos Volnovich, príncipes.”

Parece que fue ayer cuando Los Volno entraron en nuestra casa, o mejor dicho, en nuestras vidas, pero han transcurrido más de cuarenta años. ¡Qué cosa tan grande, caballero!, diría el poeta. Agradecerles, resulta insuficiente. Ofrecerles lealtad, parece un chiste a estas alturas. Lo único que se me ocurre es abrazarlos, igual a como nos estrechamos a la muerte de mi madre primero, y a la de mi padre después. Ellos, Los Volno, siempre han estado conmigo. Mejor dicho, con nosotros. Con todos nosotros. 

Noviembre, 2020.

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