Albas de Lezama Lima

En la víspera del 110 aniversario del nacimiento de José Lezama Lima, el Centro de Estudios Literarios de la Casa de las Américas convocó a un panel en torno a su obra en el que participaron la profesora y ensayista Luisa Campuzano y el poeta, crítico y también ensayista Víctor Fowler, quienes abordaron aspectos disimiles de la creación lezamiana. A ellos se sumó, con un mensaje enviado en audio que publicamos a continuación, el ensayista y crítico peruano Julio Ortega.

Cuando José Lezama Lima leyó mi ensayo sobre Paradiso le escribió a un amigo: “Ortega se ocupa del Paradiso.” Pero lo cierto es que el Paradiso se ocupa de nosotros, sus lectores. Uno escribe sobre su obra con la Enciclopedia y el Diccionario a la vista, porque Paradiso postula una Poética de la lectura, que a su vez presupone la Biblioteca de Rivadeneira.  Pero no postula, como Borges, la Biblioteca como paraíso sino el paraíso como nuestra Biblioteca, manual de peregrinos y mapa de la Abundancia. No en vano Martí vio en la yerba del Central Park una cita de Virgilio, otro elogio de la agricultura como metáfora nacional. Lezama vio en las páginas de Martí otro Evangelio.

Lezama me escribió de inmediato una carta que era un diploma de lector agraciado por el tiempo libre. La lectura, nos enseñó Lezama, es el privilegio de estar aquí. Deduje que Lezama debe haber escrito prólogos a todos sus lectores. Ángel Rama me pidió reunir mis ensayos para un tomo de la Biblioteca Ayacucho. Lezama ya había hecho ese prólogo. 

Pero a José Lezama Lima le debemos no sólo la lectura de su obra magnífica, laboriosa y estimulante, sino la lectura de Cuba y su tradición, que es un horizonte de nuestro porvenir. La biblioteca que Paradiso postula es otra Poética. Y un desafío —sólo lo difícil es estimulante. 

Nos dice que la cultura cubana – y nuestra- no sólo es una metáfora histórica sino también una hipérbole utópica. Todo está por hacerse en ese trance fundacional.  La obra de José Lezama Lima es la metáfora cubana de nuestra prodigalidad. Esa obra nos aguarda todavía como una abundancia de futuridad. 

Cuando visité en Madrid a María Zambrano, lo primero que me dijo fue: «Ud. sabe que yo fui la novia de Lezama.» Entendí que era de esa estirpe: una de sus grandes lectores. Todavía cultivaba el futuro prometido en ese largo presente que llamamos pasado.  La obra de Lezama ilumina la abundancia cubana, barroca y pródiga, una de las mayores pruebas de nuestra diferencia. La primera piedra del porvenir. 

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