Cavilaciones sobre Los asesinos, de David Olguín

Por Rey Pascual García

¿Cómo es la vida de los asesinos? Ellos sueñan, aman, se entrelazan en oscuras amistades y matan, a sangre fría sin dejar de cavilar sobre sus propias existencias. El texto que en esta ocasión comento expone al asesino desde una realidad mexicana que la violencia cotidiana, ha vuelto fría, absurda y mortalmente normal. Los asesinos de David Olguín, estrenada en 2011 y publicada en el número 163-164 (abr-sept. 2012) de la revista Conjunto a propósito de su participación en la Temporada Mayo Teatral de ese año, comparte una mirada al interior de estas mentes y cuerpos criminales y sobre la tan dañina naturalización de la violencia en el país latinoamericano.

Dividida en siete escenas, la pieza –última de una trilogía compuesta por La lengua de los muertos (2009)y Los insensatos (2010)– describe desde aparente neutralidad los absurdos encuentros de un grupo de sicarios ya muertos, de una aún más absurda y macabra organización. El Chaparro, El Torcido, La Gringa, La Telegrafista, El Chicolito, El Nicanor y El Sónico, no son personas sino entes difusos, figuras sin acabar que solo poseen sus armas, sus apodos y sus recuerdos de los encargos de matar fríamente. La cadena de asesinatos que hila el texto, donde todos se matan y se mueren a cada tiempo, tanto físicamente como de conciencia, guiados por El Profesor, un hombre todopoderoso que habla con pasajes bíblicos, se aleja de lo lineal y construye un tiempo y un espacio otros, en los cuales los muertos no se han muerto del todo. El único testigo de esta cruzada de muerte es el árido desierto en el estado de Chihuahua.

Al proceso se suma la importante carga simbólica del texto, donde sobresalen: El Torcido y su crucifixión como feo espantapájaros que solo canta, como la visión de un Cristo que permanece inmóvil y alejado de los problemas humanos; el bebé que nace de la violencia y vive y se amamanta de ella hasta acabar siendo su carta de presentación; la presencia de El Profesor como un anciano en silla de ruedas, elegantemente vestido y con gafas oscuras, que habla en una lengua bíblica con acertijos, como el signo de una sociedad anciana, postrada y que vestida de traje cubre su desastre con oscuridad y silencio. A esto se suma la fuerte presencia de la frontera como válvula de escape a la violencia y la aspiración de salir y cruzar, como bautismo donde para ellos, es posible dejar en la línea divisoria todos sus crímenes,

La historia sale de una fosa común, de un árbol calcinado, de unos zapatos, de un desierto de cenizas que pare a estos personajes anclados a la necesidad de matar para sobrevivir y buscar una muerte tranquila para sí mismos. Solo El Nicanor tiene una conciencia, pues como cantante busca su salvación en la música. El resto se deshace en el propio estereotipo que le construyó. Para estos personajes el tiempo no es una unidad progresiva, sino una interminable reflexión de aparentes banalidades, que Olguín organiza, como una sumatoria y que desde la “normalidad” es tratada como acusación directa a la sociedad y su acto naturalizador de los crímenes. Así cada escena, más que describir el asesinato, desarrolla situaciones inverosímiles y absurdas que se cierran por una muerte no anunciada: la conversación entre El Chaparro y El Torcido sobre la visión de Chihuahua como una gran isla, el rápido crecimiento de El Chicolito de bebé a sicario, el sexo entre El Chaparro y La Telegrafista, etcétera.

David Olguín se ha convertido en uno de los más prolíficos dramaturgos mexicanos contemporáneos. Es además ensayista, narrador, actor, director teatral, promotor cultural y editor de Ediciones El Milagro. Tiene en su haber más de una decena de títulos publicados entre los que figuran, además, el ensayo Sábato: ida y vuelta (1987), y las piezas Bajo Tierra (1982) –Premio Nacional Obra de Teatro 2000–, La puerta del fondo (1984), La representación (1985), Dolores o la felicidad, recogida en la antología El nuevo teatro (1998), Amarillo fúnebre (1999), La maizada (2002), Las cícladas (2002), Belice (2004), Los habladores (2006) y Clipperton (2006).

Los asesinos es un texto para leer y para ver en la escena pues su juego con la temporalidad, su entamado simbólico, del que también forma parte importante el uso del spanglish que, aunque localista, incrementa la confusión que el texto propone, la visión de una continua problemática fronteriza, la misma que hace que estos asesinos-traficantes-madres-hijos-amantes-jefes, padezcan un martirio eterno en la búsqueda de una muerte en paz, que no llega y que se encuentra más allá, donde acaba el desierto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.