Dulces y amargos sueños, se alza la voz de una mujer

Por Aimelys Díaz

La palabra teatral se siente, se huele, se respira en Dulces y amargos sueños. Publicado en el número doble de Conjunto 194-195, el texto de Petrona de la Cruz seduce por las imágenes escénicas creadas a través del cuerpo de la actriz que cuenta su historia de vida. Ella es Petrona, tzotzil hablante, de Zinacantán, México, dramaturga y actriz. Cuando se lee el texto de Dulces y amargos sueños, se sienten deseos de ver a la actriz en escena, de conocer a esa mujer que ha sobrevivido a violaciones y maltratos, “gugleo” su nombre y veo su rostro, dulce y fuerte a la vez, curtido por las huellas de lo mucho que ha vivido.

En la escena de Dulces y amargos sueños lo íntimo se transforma en colectivo, su historia contiene numerosos rostros como muestra del universo femenino de la comunidad indígena. La figura de la dramaturga/actriz se alza, dueña de sus confesiones de vida nos cuenta cómo desde los nueve años “ya lavaba, planchaba, hacía tortillas, cargaba leña, cuidaba a mi mamá en sus partos y me levantaba a las tres de la mañana, todo por ser la mayor”.[1] Un reflejo de la sobrexplotación a la que se ven sometidas desde niñas las mujeres de su comunidad indígena, sin embargo, los recuerdos de esa etapa transmiten la inocencia de la niñez.

Auxiliada de pocos elementos en escena (tres sillas y un chal), mencionados en las acotaciones del texto, la presencia escénica de Petrona transita entre los personajes de su vida: su mamá, su hermano, su padre, sus primas, su abuela, y a través de la palabra recrea espacios evocados. El trabajo con su biografía le permite a Petrona hablar de tradiciones de su pueblo como el uso del metate para moler los condimentos, “¿saben cuál es el metate? (Mira al público) el metate es una piedra que también tiene un brazo de piedra, en donde las mujeres hacemos camote en los brazos, por moler ahí casi todos los días”,[2] y describe el ambiente festivo de algunos días:

…vendían todo tipo de frutas los días de la fiesta, vendían cañas, chicozapote, tsuntsapo, limas ¡Ah y también guineos! (Recuerda los guineos morados con emoción.) Ay, los guineos morados eran mis favoritos, porque los comía con tortilla caliente (Acción de comer y saborear el guineo, de pie y luego se sienta de nuevo.) Como mucha gente pedía posada en mi casa y como venían de muy lejos, por eso ahí dormían y cocinaban durante los tres días, recuerdo que hacían un caldo bien picoso, pero rico y nosotros nos poníamos bien contentos, porque eran los únicos días que comíamos mucha fruta y buena comida, a la comparación de otros días, que sólo comíamos tortillas con sal y verdura y eso, si había.[3]

Tales recuerdos se unen a las evocaciones de la autora a través de las sensaciones de oler las flores, saborear la comida, que dotan a la escena de un carácter sinestésico, unido a la atmósfera onírica recreada por Petrona, con frases tales como: “Cuando sueño a mi madre” “Entre mis recuerdos también está mi abuela, que era fuerte como un roble”. Y su cuerpo transita entre Petrona niña/mujer, su madre y su abuela. Otro de los tantos recuerdos de la actriz son los que tiene al pie del árbol de pera, “tantos recuerdos en este árbol de pera, porque fue el que cargó los ombligos de mis cinco hermanos, incluyendo el mío […] el árbol de pera fue testigo de cómo mi hermano me enseñó a jugar canicas y también de cómo me enseñó a matar pajaritos con su resortera y también su abuso hacia mí. Porque cuando tuve uso de razón, me di cuenta que no era un juego, sino que me violaba”.[4] De este modo, la vida del personaje representa el destino que tienen muchas mujeres en un contexto donde son víctimas de abusos repetidas veces. Así la actriz también narra la violación sufrida cuando tenía diecisiete años, “me llevaron a una casa, me encerraron ahí y siguieron abusando de mí durante ocho días y no me dejaban sola ni por un momento”.[5] En una sociedad donde la voz de la mujer es silenciada, la protagonista debe callar, ¿cómo desahogar mi dolor? se pregunta.

La inocencia de la niñez se ve truncada por estas situaciones amargas que “obligan” a la protagonista a ser adulta tempranamente. El personaje deberá asumir la maternidad como consecuencia de esta violación física y también de los derechos de la mujer como ser humano. En ese sentido, Petrona evidencia la falta de conocimiento del propio cuerpo, mostrado en las escenas referidas al embarazo y a la menstruación. El límite entre el plano ficcional y el real se difumina en esta pieza que nos hace cómplices de esta especie de acción testimonial. La voz de la autora-actriz concibe numerosas situaciones que denuncian la ausencia de una ley que ampare a la mujer en su sociedad, específicamente la indígena.

El montaje de la obra, estrenada en el año 2013, fue dirigido por la directora colombiana Doris Difarnecio, como parte de las acciones de FOMMA (Fortaleza de la Mujer Maya), un colectivo que Petrona fundó en 1994, junto a la también actriz y maya Isabel Juárez. Enfocado hacia los problemas de las mujeres indígenas y los niños de Chiapas, FOMMA es un espacio para defender los derechos de los pueblos originarios y empoderar a la mujer. Allí se han realizado representaciones en español y en sus propias lenguas autóctonas, se han organizado talleres de lectura y escritura en lenguas indígenas, de dramaturgia, cocina, costura y contabilidad.

Acercarse a los conflictos de estas comunidades y el rol de la mujer en una sociedad machista y patriarcal ha sido una de las líneas principales de las creaciones teatrales de Petrona, con títulos como Una mujer desesperada, Yo soy tzotzil, Infierno y esperanza, Madre olvidada, La bruja monja.

Como asevera la investigadora Diana Taylor, “El teatro, para FOMMA, permite a las mujeres hacer lo imposible: decir lo que piensan y lanzar su discurso de protesta”.[6] Mujer resiliente, Petrona ha sabido encontrar en sí misma las vías para canalizar el dolor contenido por años. El teatro ha sido el espacio para eso, sin embargo su camino teatral -según cuenta en Dulces y amargos sueños– también ha estado invadido por críticas machistas e incomprensiones, lo cual le ha dado más fuerzas para seguir actuando y escribiendo.


[1] Petrona de la Cruz Cruz, Dulces y amargos sueños, Conjunto 194-195, enero-junio, 2020, p. 47.

[2] Petrona de la Cruz Cruz, ibíd.

[3] Petrona de la Cruz Cruz, ibíd.

[4] Petrona de la Cruz Cruz, ob. cit. p. 48

[5] Petrona de la Cruz Cruz, ob. cit. p. 48

[6] Diana Taylor: “La bruja monja. Petrona de la Cruz Cruz e Isabel Juárez Espinosa”, Conjunto, n. 145-146,  oct-marzo, 2008, p. 95

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