Nahui Olin, todavía desconocida

Por Lianet Hernández

Da lo mismo si la llaman por su nombre de nacimiento o por el que le fuera dado unos años después cuando los cortantes ojos verdes, la esbeltez de sus curvas y la inhabitual manera de pensar y actuar, la convertirían en bandera de una revolución sexual y feminista en medio de la aún conservadora sociedad mexicana de los años 20. Da lo mismo Carmen Mondragón (1893-1978) que Nahui Olin, da lo mismo hablar de esa revolución sexual, de los poemas, o de los cuadros. La artista mexicana sigue resultando igual de desconocida.
No tuvo la misma “suerte” de fama universal que Frida Kahlo o Tina Modotti, aunque todas ellas coincidían en el círculo de amigos. El mismo círculo de Diego Rivera, José Vasconcelos, Xavier Villaurrutia, Dolores del Río, Guadalupe Marín, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y otros tantos intelectuales y artistas. Antes de esos años, la mexicana ya había estado en Europa, primero con su familia para recibir una exquisita educación que abarcaría todas las artes y luego, ya casada. Allá, en el viejo continente se reuniría también con Picasso y Braque durante los tiempos en que empezaban a delimitarse las vanguardias artísticas del pasado siglo.
Huyó de los horrores de la Primera Guerra Mundial tras perder su primer y único hijo, y afrontar un divorcio para después volver a México y así convertirse en Nahui Olin. La mujer escandalosa, atrevida, la artista sin límites que uniría su vida con la del pintor Gerardo Murillo, Dr. Atl, para servirle también de musa y modelo. Las bellas -y un poco más conocidas- fotografías que firmara Edward Weston captarían la esencia misma de una mujer que se negaba a mostrar el cuerpo como mero instrumento. En sus desnudos demostraba una filosofía que perfilaba hacia la raíz naciente del feminismo y que pretendía hacer del arte un instrumento de vida, aliciente para el espíritu libre y la pasión. Tanto fue así que renunció a la invitación de aparecer en una película hollywoodense porque sentía que había detrás una motivación a explotar su imagen como símbolo sexual. El desnudo en el arte, para ella, estaba lejos de ese encasillamiento estético-sexual, debía romper tabúes, construir un nuevo pensamiento.

Olin en azul: Nahui Olin / Gerardo Murillo (Dr. Atl),1922, México

Esos mismos principios los transportarían a sus propios cuadros y a sus poemas. Las ideas de avanzada, la actitud provocativa ante el moralismo regio y ese uso del arte como necesidad la motivaron a integrar, junto con Carmen Foncerrada, la Unión Revolucionaria de Obreros, Técnicos, Pintores, Escultores y Similares. En sus pinturas de marcado estilo Naif, la artista confiaba en el poder del retrato como técnica de magistral simbolismo, y en los que se colocaba ella misma como protagonista trataba siempre de remarcar aún más el tamaño y color de sus poderosos ojos verdes. Su poesía, por otro lado, ahondaba también en la libertad del cuerpo como territorio propio e individual y situaba entre líneas su confianza en la revolución feminista. Entre sus obras publicadas están Óptica cerebral, Poemas dinámicos (1922); Nahui Olin (1927) y Energía Cósmica (1937).

Somos 
Dos piedras
Que un dios impune
Golpea una y otra vez
Buscando
Que caiga
Una sola gota
De fuego
Con la que alzar
Una hoguera
Que lo caliente
Y que lo hechice
Contra
El frío
Del tiempo
El frío
De estar solo
El frío
De no saber
Que es
Solo un dios
Dos piedras
Envueltas en piel
Golpéandose
Una
Y
Otra vez
En busca
De una gota
De fuego
Con la que
Empiece
Una hoguera
Que incendie
El mundo.

En su conocida obra Las siete Cabritas, Elena Poniatowska cuenta a Nahui Olin entre aquellas siete “locas cuerdas” que revolucionaron el arte mexicano entre 1920 y 1930. Fue tan intensa e inquietante la vida de esta artista que, en sus últimos años, dedicados a un magisterio casi incógnito, se tomó el tiempo, incluso, para cuestionar la Teoría de la Relatividad de Einstein. Ya sea criticado o no, este último aspecto da cuenta de la versatilidad de su pensamiento y su capacidad de análisis crítico.

Esa personalidad mítica, sin fronteras en el arte y con una visión de lo sexual que transgrede, incluso hoy, todo encasillamiento o rutina convierten a Nahui Olin en una artista todavía desconocida, escasamente estudiada o publicada, aun cuando su vida haya servido para algún que otro guión cinematográfico y su poesía o sus cuadros se publiquen o exhiban años después de su muerte.
En el último libro que sobre ella se publicara, Totalidad sexual del cosmos, el autor Juan Bonilla, quien además ganara con esta obra un Premio Nacional de Narrativa en su país, contaba sobre ella en una entrevista: “Es un enigma. Supongo que por eso me atrajo especialmente. Es evidente que era una superdotada. Alguien excepcional”.

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