Toño Martorell entre caseras y caseros: imágenes y palabras*

Por Gabriela Ramos Ruiz

Conocí a Martorell en 2009, y cuando digo “conocí” no significa que le haya hablado, ni que haya estrechado su mano. Él estaba en la ciudad, como tantas otras veces, en esta ocasión para la X Bienal de La Habana, y para cualquiera otra de sus locuras proyectadas y vueltas realidad. Era el 4 de abril, cuando en Cuba se celebra el día de los pioneros, y yo estudiaba el primer año de la carrera de Historia del Arte, en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, donde Yolanda Wood había sentado cátedra para los estudios caribeños, y desde donde sus estudiantes se vinculaban con cuanto proyecto artístico estuviera de paso por la isla.

Del maridaje precioso entre Toño y los artistas del Taller Experimental de la Gráfica del Callejón del Chorro, con la colaboración de estudiantes de varios cursos de Historia del Arte guiados por el magisterio tenaz y soñador de Yolanda, así como con otros jóvenes profesores o futuramente devenidos como tal, los creadores y sus instrumentos se “botaron” para la calle. La idea fundamental era, en primera instancia, vincular al público –mayoritariamente niños– con el espacio artístico, para luego desplegar una multitud de técnicas de grabado en diferentes soportes, hacia el espacio urbano, para mostrar así la capacidad de transformación visual del arte y las posibilidades de la creación con elementos familiares en las vidas y dinámicas cotidianas de los infantes.

Las “planchas” o “placas” fueron rápidamente sustituidas por hojas de árboles y otras plantas, papas y boniatos con incisiones de diversas formas, pequeños cuños de oficina, manos, pies y cualquier cosa que, poco después, pudiera ser impregnada con olorosa tinta para dejar su huella en telas, papeles y cartulinas. Los niños tenían las manitos negras, las caras verdes y rojas, a pesar del esfuerzo de los que andábamos trapo en mano para socorrerles con tanta pintura regada por el cuerpo. De un lado a otro iba Martorell, con su sombrero típico y su sonrisa, y su histrionismo humilde y gozador, como un pequeño más que acaba de descubrir el mundo, el arte, los colores, la técnica. Y es que el magisterio de Toño es tan maravillosamente disfrutado por él, que, creo, sólo es capaz de enseñar como si él mismo estuviera aprendiendo, por primera vez, todo aquello que brinda.

Algún tiempo después volví a verlo en la inauguración de El velorio ahora, exposición homenaje a Francisco Oller, donde la elocuencia artística del artista juega y convierte en historia visual la paradigmática obra El velorio del maestro boricua. Esta historia, por demás, constituye la expresión plástica del libro El velorio no-vela, que forma parte del repertorio literario de Antonio Martorell.

Cartel de la exposición El velorio ahora, Colección Arte de Nuestra América Haydee Santamaría de la Casa de las Américas

En 2014 ya yo me había graduado, y formaba parte de un programa interdisciplinario de estudios caribeños de posgrado, entre el Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas y la Universidad de La Habana, donde me había quedado como profesora un año antes. Mi primera misión, coordinar un Ciclo de Pensamiento Social dedicado a Puerto Rico. Rápidamente decidimos rendir homenaje a dos figuras cuyos centenarios se celebraban por esas fechas: la poeta Julia de Burgos y el artista Lorenzo Homar.

En el caso del tributo a Homar no podía faltar Toño. Él, una vez más, fue una pieza clave dentro del gran homenaje que le hicimos. La disposición pronta de los artistas del Taller de Gráfica tras nuestra convocatoria, y el verbo motivador de Martorell, condujeron a buen puerto la iniciativa de hacer un portafolio de grabados cubanos como homenaje al centenario del creador puertorriqueño. En una charla, Toño –porque no da conferencias, sino que conversa, intercambia y provoca– abrió el abanico de posibilidades al diálogo con la obra de Homar. Hubo ahí un punto clave, de inflexión, donde las caras de todos se iluminaron, y fue cuando dijo que lo que ellos debían hacer con la obra de Lorenzo era conversar. Contó Toño que su maestro era un gran conversador, que en el taller se la pasaba todo el tiempo hablando, que esa era la fuente nutricia de su trabajo. Yo creo que sí, que el lenguaje hablado y escrito es imprescindible en la obra de Homar, y también en la de Toño; que esas conversaciones con ellos mismos o con otros, son las que provocan y crean el universo visual desplegado por los dos.

Toño Martorell conversa con grabadores cubanos para comenzar las obras del portafolio Lorenzo Homar: Tributo Gráfico Cubano (abril de 2014). Foto perteneciente al proceso de documentación del taller realizado por los estudiantes de FAyL.

Las obras resultantes fueron verdaderas joyas, diversas en lenguajes y técnicas, donde la apropiación se dio como estrategia fundamental, pero hacia diferentes caminos. Los creadores cubanos lograron entablar esa conversación tan maravillosa y fructífera, que fue donada al Museo de Historia, Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico, en su recinto de Río Piedras. Y lo mejor de todo es que ese diálogo con el maestro generó un intercambio con los grabadores contemporáneos puertorriqueños, los cuales, en respuesta generosa, hicieron un portafolio boricua que donaron a la Casa de las Américas –atesorado en la Colección Arte de Nuestra América Haydee Santamaría–, y que fue expuesto un año más tarde en el Coloquio Internacional La Diversidad Cultural en el Caribe.

Pero en paralelo a todo este ir y venir de homenajes y tributos, Toño había gestado una gran exposición retrospectiva, al cumplirse sus setenta y cinco años, que empezaría su recorrido justo en La Habana, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Yo solo puedo decir que es la mejor exposición que he visitado alguna vez. No me importa pecar de absoluta, exagerada, tremendista. Aquí y allá saltarán los que rebatan esta afirmación, pero no puedo decir otra cosa.

Imalabra, que desde ese neologismo convertido en título anuncia los dos ejes esenciales del trabajo de Antonio Martorell, constituyó una intervención total del espacio. ¿Un environment? ¡Qué se yo! Aquello era cosa de otro mundo. Imagínese una gran huella dactilar, gigante, hecha de la sucesión de pequeños papeles grabados, construida tras el rastro de cientos de ellos que anunciaban el camino desde la propia entrada del museo, y que quedaba finalmente conformada justo en la puerta de la sala de exposición. Huella, camino, tránsito, identidad, marca, trasiego, búsqueda, encuentro, presencia.

Una vez atravesado el umbral, estaba esa gigantesca construcción que fue “Imalabra”. Quien haya visitado la sala transitoria de Bellas Artes habrá notado que es bastante grande; quien no lo haya hecho confíe en mí, es enorme. Sin embargo, las obras se enredaban por el piso, las paredes y  el techo. Entre Martorell y Humberto Figueroa –con su genialidad para la curaduría, museografía y montaje–, junto a todos los especialistas del Museo Nacional, montadores y estudiantes que participaron en aquella aventura lograron la magia. Ahí entendí la maestría de un artista que celebra la vida, que se renueva desde la unión entre la sabiduría que le dan los años y la ingenuidad del primer aprendizaje; que ama profundamente lo que hace, y que lo disfruta más todavía cuando lo comparte con los otros; que siempre está regalando sonrisas, que es generoso, que construye desde su universo una casa y un mundo para los demás.

De la serie Gestuario, presentes en Imalabra, obras pertenecientes la Colección Arte de Nuestra América Haydee Santamaría de la Casa de las Américas.

Y llegó el 2019, y Toño volvió a la Casa, su casa, para hacer el Ascensor al paraíso II, reedición del que hiciera veinte años atrás con jóvenes grabadores latinoamericanos, y que formaba parte del vasto patrimonio que alberga la institución. Para esta edición el trabajo fue también colectivo, esta vez con sus colegas del Taller de la Playa de Ponce. Grandes paneles de vinilo soportan el trabajo con matrices, cuyo resultado deja ver rastros de figuras, espectros ascendentes, aves, mariposas, huellas de nuestro tránsito hacia un lugar mejor. Mas, lo interesante de esta edición fue su completamiento con personajes que pretendieron ser semblanzas y terminaron siendo retratos. Pues sí, el artista pensaba, en cada piso donde abre el ascensor, hacer una serie de siluetas que acompañaran al que espera, o dieran la bienvenida al que llega. Para ello decidió utilizar como modelos a los trabajadores de la Casa, sin embargo, por el camino, como dice él, se dio cuenta de que lo mejor era hacer retratos. Y así las paredes de esa gran casa latinoamericana y caribeña se fueron llenando de sus gentes, los de hoy, que son herederos de los que han estado durante sesenta años, y que unos días más tarde aparecerían como parte de la exposición La línea de la vida.

Ascensor al Paraíso II (en proceso), Casa de las Américas (2019). Fotos de la autora.

Acompañar a Toño en el proceso creativo es una delicia, conversar con él es un aprendizaje, pero verlo, solo verlo, es una lección de vida. Toño enseña desde los intríngulis de la naturaleza y la ontología del arte, hasta sus cuestiones técnicas; pero, sobre todo, hace del lugar donde se encuentra un sitio más placentero para estar, hace del viaje de la vida una experiencia siempre positiva que convierte todo a su alrededor en un “accidente feliz”[1].


[1] El Accidente Feliz (2019), documental de Paloma Suau dedicado a Antonio Martorell y compartido generosamente por el artista con los caseros y caseras en julio de 2019.

* Una primera versión más extensa de este texto bajo el título “Toño Martorell: la elocuencia del verbo la imagen y la felicidad” apareció publicada en la revista digital venezolana MenteKupa el 2 de septiembre de 2019, ˂https://mentekupa.com/tono-martorell-la-elocuencia-del-verbo-la-imagen-y-la-felicidad/˃

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