Adelantos: La literatura es cosa seria

El pasado año la editorial de la Casa de las Américas arribó a sus seis décadas y lo celebró como mejor sabe: haciendo libros. En pocos meses saldrán de imprenta seis títulos del Premio Literario Casa de las Américas y los tres premios de carácter honorífico que otorga la institución en los géneros de narrativa, ensayo y poesía, así como otros tantos realizados por nuestras editoras, correctoras y maquetadores en un esfuerzo digno de este sesenta cumpleaños. Desde hoy aprovecharemos el espacio de La Ventana para ofrecerles de manera regular Adelantos de lo que se cuece en nuestra editorial. Una sección que pretende seducir, como el entrante que hace agua la boca.

Por Suyín Morales Alemañy

La literatura es cosa seria, dice el mexicano José Manuel Ríos Guerra, ganador del Premio Casa de las Américas en la categoría de cuento en 2020. El título corresponde al último de los trece relatos que componen el volumen premiado, en el que Aurora, una chica consagrada a la escritura y a la lectura, se presenta a un concurso literario, aunque cree que «nunca ganará […] porque no tiene palancas y porque es mujer». Esteban, su compañero de piso, es quien se encarga de viajar a Toluca para entregar los sobres que contienen, por separado, las tres copias de los textos escritos por Aurora y sus datos personales. Dos meses después Aurora despierta a Esteban con gritos de euforia, porque han publicado el nombre del libro ganador y ha sido el de ella: «Yo estaba equivocada, me dieron el premio aunque soy mujer y no tengo palancas ni nada», le dice, contenta, a Esteban. Lo que todavía no sabe Aurora es que Esteban, durante el trayecto a la capital del Estado de México, ha leído sus cuentos y ha terminado presentándolos como propios.

Libro que se lee de una sentada, y del cual se presiente cierta intención lúdica en su proceso creativo, La literatura es cosa seria presenta historias cortas que armonizan entre sí porque en cada una de ellas el protagonista debe encarar una circunstancia muy particular que pone en sus manos la conducción de su destino. Esteban, por ejemplo, al igual que Aurora, cree que la literatura es algo serio, pero porque resulta aburrido hablar de ella. Sin embargo, a pesar de que todo el tiempo nos hace saber que no comparte las aspiraciones literarias de Aurora, el talento de su amiga lo coloca inesperadamente frente a la tentación de apropiarse del éxito.

Así, nos vamos encontrando con personajes disímiles que, a partir de un hecho concreto, tan tópico como la muerte de un abuelo, el regalo de unos zapatos, un bautizo, o tan extraordinario como transfigurarse en un boxeador famoso o desaparecer durante diez años, de pronto se encuentran ante la posibilidad de escapar de sus miserias, de sortear un castigo, de desafiar las imposiciones sociales, de hacer realidad un sueño, de alcanzar una meta, de reafirmarse.

Al estar escritas en un lenguaje coloquial, en el que los modismos afloran casi constantemente, las historias se circunscriben al México contemporáneo, pero, incluso en aquellas en las que irrumpe lo inaudito, se hace mención a elementos y sujetos perfectamente identificables de una realidad inmediata transnacional: redes sociales, videojuegos, equipos y estadios de fútbol, escritores, cantantes, deportistas, actores. Uno de los puntos distintivos de la narrativa de este autor sobreviene cuando algunos de los referentes mencionados se convierten en participantes de la ficción. Como en el segundo relato del libro, «Gigante de Ébano», en cuya trama aparece involucrado de una manera muy singular el conocido exboxeador profesional Floyd Mayweather.

La narrativa de José Manuel Ríos se caracteriza por apegarse a la anécdota. La realidad se desliza por los intersticios del relato ficticio, a veces fantástico, para, de manera implícita, exponer los temas que nos ocupan como sociedad. Según el propio autor, su escritura tiende puentes con el cine porque en ella no hay muchas descripciones, todo es acción, los personajes no reflexionan mucho, siempre muestran lo que piensan a través de lo que hacen.[1]

José Manuel Ríos Guerra tiene un libro anterior, ganador del Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay en 2015, que se titula Yo no me llamo Manuel. Ha publicado además en las revistas Confabulario, Casa del Tiempo y Punto de Partida. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2010 y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo en 2013.

Adelantamos un cuento de este libro, en proceso de impresión en los talleres poligráficos de Villa Clara, y próximo a encontrar su fin último entre los lectores cubanos.

El profesional

Debuté en televisión con el papel de chofer de la familia Sáez. En cada capítulo aparecía unos diez segundos. Como soy un profesional en lo que hago, mientras duró la telenovela estuve trabajando en Uber. Tenía que sentir lo que mi personaje sentía (el cual ni siquiera tenía nombre). Cuando salía a la calle, esperaba que la gente me detuviera y me pidiera un autógrafo; pero la única que se emocionaba al verme era mi madre, que me pedía que matara a Joaquín Octavio, el antagonista de la novela.

–¿Por qué no haces nada, hijo? ¿Por qué dejas que se salga con la suya? Evita que María Fernanda se case con él.

Al principio pensé que era una broma. Después intenté explicarle que yo no podía hacer nada, que todo dependía de los guionistas. Además, el verdadero nombre de Joaquín Octavio era Diego, uno de los actores con los que mejor me llevaba.

–En verdad que es un gran tipo, madre.

–¡Eres un cobarde! –me decía y casi se ponía a llorar.

El segundo papel que tuve fue el de un drogadicto. Me tuve que mudar de casa porque no soportaba que ahora mi madre me dijera que me iba a internar si no dejaba las drogas. Y es que, como soy muy profesional, empecé a experimentar con todo tipo de sustancias.

Cuando mi personaje ya se hubo rehabilitado (y yo con él), mamá me invitó a comer y me dijo que estaba orgullosa de mí, que poca gente era la que conseguía dejar las adicciones.

Después vino mi primer protagónico, en donde era novio de una modelo famosa que se llamaba María Angélica. Por supuesto, como soy un profesional, empecé a salir con una modelo. Cuando la llevé a cenar con mi madre, ella (mi madre) me mandó llamar a la cocina y me dijo:

–Sé que en la televisión la gente se ve distinta. Dicen que subes como diez kilos. Pero a mí no me engañas, esta es otra mujer.

En vano intenté explicarle que lo que pasaba en la tele no era cierto. Salió de la cocina y armó un escándalo. Le dije a mi novia que nos fuéramos. Salimos entre los gritos de mi madre que le gritaba furcia a mi novia. En el camino esta me preguntó:

–¿Cómo que andas con María Angélica?

–¿Tú también? –Pues eso dijo tu mamá.

–Mi mamá está loca. Piensa que lo que pasa en la tele es real y que soy cada uno de mis personajes. En la novela pasada me la hizo de pedo porque, según ella, me volví drogadicto.

–Pero sí te volviste drogadicto.

–Pero ella lo decía porque lo veía en la novela.

–Nadie es tan pendejo para pensar eso.

–¡Hey, cálmate, estás hablando de mi madre!

–¿Andas o no con María Angélica?

–No ando con ella. Su novio es Diego y Diego es mi mejor amigo.

–No te creo.

–A mamá no la puedo dejar, pero a ti sí.

–Para el carro.

Se bajó del auto y en ese momento terminó la relación. Afortunadamente, las grabaciones ya habían acabado y no tuve que buscarme otra novia. Un día llegué a los estudios y mi representante me llevó con el que era en ese momento el mejor productor del canal. Me dijeron que mi siguiente papel iba a revolucionar la televisión. Yo me quedé callado. No sabía a qué se referían.

–No tienes idea de qué se trata, ¿verdad? –me preguntó mi representante.

–No creas que vas a hacer de guerrillero o algo así –dijo el productor.

Me dijeron que la novela se llamaría Los tacones de Eva. Un título que no me sonaba a nada.

–¿Y quién crees que va a ser Eva? –me preguntaron.

Me imaginé que podía ser Maite Bracamontes o Silvia Perroni. Después pensé que me gustaría alguien más joven.

–¿No adivinas?

–Nop.

–Tú, y tu pareja va a ser Diego.

Como soy un profesional, y un profesional no se niega a hacer ningún trabajo, acepté con gusto. Lo único que me preocupaba era la reacción que iba a tener mi madre. Pero, increíblemente, ella se lo tomó de lo mejor. Me empecé a travestir un día sí y otro también. Y mamá de lo más contenta, aunque veía con preocupación cómo mi personaje era maltratado por la vida.

El siguiente papel fue en cine. Por fin mi profesionalismo daba frutos. Yo debía hacer el papel de un estudiante de Comunicación de la UNAM. Me gustaba la idea de meterme a estudiar eso. El problema fue que mi personaje moría al final de la película atropellado por un auto. Como soy un profesional, decidí cruzar la avenida Insurgentes sin mirar a ningún lado. Tenía que sentir lo que mi personaje iba a sentir. Mi último pensamiento fue para mi madre. Me preocupó lo mucho que iba a sufrir la pobre.


[1] La cita a José Manuel Ríos Guerra pertenecen a la entrevista titulada «José Manuel Ríos Guerra, la sensatez de la risotada», realizada al autor por Moisés Castañeda Cuevas y publicada en Altura desprendida. https://desprendida.com/2020/05/02/jose-manuel-rios-guerra-casa-de-las-americas/

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