Sabines en Cuba*

Por Yamil Díaz

Allen Ginsberg, José Lezama Lima, J. M. Cohen, Nicanor Parra y Jaime Sabines.

Al cumplirse 95 años del gran poeta mexicano Jaime Sabines –a quien la Casa de las Américas tuvo como jurado en 1965, y de quien publicó una selección de su Poesía en 1987– recuperamos esta intervención del escritor Yamil Díaz a propósito de las relaciones con la Isla del autor de “Cuba 65”.

—No estoy emocionado —le confesó Jaime Sabines en Cuba a su paisano coreógrafo Rodolfo Reyes, tras presenciar un ensayo del Conjunto Folklórico Nacional…

—No —aclaró luego—: lo que pasa es que estoy conmocionado.

¿Cuántas cosas, personas, paisajes o sucesos de Cuba alguna vez conmocionaron a Sabines; causaron su emoción, su admiración, su extrañeza o su rechazo? El nombre, el tema, el recuerdo de Cuba se repiten en su jugosa escritura.

Tal vez la primera vez que el poeta chiapaneco escuchó el nombre de la gallarda Isla, fue de los labios de su padre.

El mayor Julio Sabines —destinatario de una de las mayores elegías escritas en nuestra lengua— no solamente ordenaba a su hijo menor traerle cualquier cosa a mitad de partida en el ajedrez, para poder cambiar las piezas de posición (por algo Jaime derrotaba al gran maestro Juan José Arreola): el mayor Sabines también solía arrobar a sus tres hijos con los relatos de las Mil y una noches. Parece inevitable que el singular libanés haya contado a sus niños las propias peripecias de su vida —no menos atractivas que las de Aladino o de Simbad—: un prontuario que incluye una fuga a la mayor de las Antillas como único modo de evitar su fusilamiento en los tiempos convulsos de la Revolución Mexicana.

Pero el nombre de Cuba regresará a la vida del poeta.

Perdonen el chovinismo de afirmar que muchas de las cartas a su Chepita y parte de sus versos más memorables los redactó en la República de Cuba, como aquellos donde afirma:

El mar se mide por olas, 
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.

Es que «República de Cuba» se nombraba la calle de la Ciudad de México donde alquilaba un cuarto a principios de los años cincuenta… Coincidencia afortunada.

Pero realmente Cuba fue para Sabines mucho más que un nombre. En su curioso libro de 1961 Diario semanario y poemas en prosa, de pronto escribe:

Dice el radio que los Estados Unidos le piden explicaciones a México por 
eso de su apoyo moral a Cuba. Hoy, 8 de julio de 1960. // ¡Qué pequeño gran país
estos Estados Unidos! ¡Cómo han crecido y crecido para hacerse pequeños! […] Pero
esta hermosa Cuba de hoy, atacada de tan divina locura, enferma de su libertad,
aguantará la historia. […] ¡De la Antigüedad van a venir los dioses, y del
porvenir los hombres, en ayuda de la osada Cuba!

Del porvenir viajó a Cuba también Jaime Sabines, a principios de 1965. Le tocó entonces representar a los nuevos poetas del continente en el jurado del premio literario Casa de las Américas.

Hoy es lugar común en numerosas páginas de Internet afirmar que este viaje de 1965 a llevó a Jaime Sabines a decepcionarse de todas las izquierdas. No sé si esto le ocurrió al ciudadano privado Jaime Sabines o al diputado federal Jaime Sabines; pero seguro no fue ese desengaño lo que la Cuba de 1965 dejó en el poeta Jaime Sabines. Por el contrario, la Isla le ofreció un nuevo paisaje humano que despertaba en él la utopía y la hipérbole, el entusiasmo y la ternura. Si no, que él mismo lo explique con sus versos fervientes del extenso e intenso «Cuba 65»:

 Dejé pasar tres meses a propósito 
para mirar en mí, mirarte lejos,
sano y salvo de ti, Cuba caliente.
[…]
Suscribo lo que dice la prensa reaccionaria del mundo.
(Así iba a empezar).
En Cuba hay privaciones, hay escasez, no hay pollos,
no hay vestidos suntuosos ni automóviles último modelo,
hay pocas medicinas y mucho trabajo para todos.
Suscribo esto.
Quiero aclarar que no me paga un sueldo el partido comunista,
ni recibo dólares de la embajada norteamericana
(¡Qué bien la están haciendo los gringos
en Vietnan y en Santo Domingo!)
No acostumbro meterme con la poesía política
ni trato de arreglar el mundo.
Más bien soy un burgués acomodado a todo,
a la vida, a la muerte y a la desesperanza.
[…]
Estoy harto de la palabra revolución
pero algo pasa en Cuba.
No es parto sin dolor, es parto entero,
convulso, alucinante.
[…]
Hay pueblos tristes como en todas partes,
pero el cubano tiene una madera
oscuramente alegre, una fuente de sol,
un surtidor de agua.
Escándalo y ternura al mismo tiempo,
vocifera, se llena, se derrama.
 

Difícil encontrar un reportero más comprometido. Por si no bastara con lo que hacen tan explícito sus versos, confesó durante su visita que se le habían echado encima muchas cosas: las escuelas de arte, la batalla por el sexto grado, los libros que se vendían como pan caliente, el teatro, el buen cine… Demasiadas impresiones para unos pocos días. Sintió que había conocido a un pueblo grande y que, al volver a México, ya no sería el mismo sino un hombre «desordenado, emocionado, inquieto».1

Aceptó el reto de leer noventa y dos poemarios en doce días, en un jurado donde lo acompañaron nada menos que Cohen, Lezama Lima, Ginsberg y Parra. Se retrató entonces con ellos y también con Camilo José Cela y con Mario Vargas Llosa. Emocionado e inquieto, se sumó al largo recorrido por el país de su admirado José Raúl Capablanca: Varadero, Guamá, Girón, Laguna del Tesoro, Cienfuegos, Minas de Frío… Encontró inesperados jóvenes admiradores de su Tarumba. Emocionado e inquieto, hizo gala de un muy gracioso desenfado al responder las preguntas del escritor cubano Luis Agüero:

—El principal asunto de la poesía es el hombre, y el hombre no ha cambiado desde hace ocho mil años… que me acuerde. Mi poesía (¿por qué «mi»?) es solo una carta inconclusa a un amigo desconocido.

—¿Qué tres requisitos —pregunta Agüero— considera indispensables a un poeta? Y Sabines ataca:

—¿Por qué tres? ¿Sombrero, capa y espada? La pregunta no es seria, y podría contestarse de mil maneras. Ahí le va una: mirar, sentir y expresar.

—Si fuera elegido para realizar una antología de poesía mexicana —insiste Agüero, luego de sufrir varias estocadas a fondo— donde solo se incluyera a un poeta, ¿por cuál de ellos se decidiría?

—La pregunta me hace reír. De inmediato hubiera contestado: «por mí». Pero después de haberlo meditado largamente, he llegado a la siguiente conclusión: «por mí».2

Muchos en Cuba, desde entonces, lo escogerían igualmente a él. De hecho, los dos primeros números de la revista Casa de las Américas de 1965 están llenos de la gracia de Sabines. El 28/29 incluye tres textos suyos («Fragmentos de un poema desconocido», «Con la flor del domingo» y «Tía Chofi») así como los resultados del concurso, que en poesía concluyó con el premio por unanimidad para el poemario Oíd, mortales, de Víctor García Robles. En el número 30 aparecen nada menos que «Los amorosos» y un fragmento popularísimo en Cuba de Diario semanario… que va desde: «Te quiero a las diez de la mañana…» hasta: «¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?». Esos tres párrafos regresarán en una antología de Benedetti y otras publicaciones, como la edición del 9 de julio de 2010 del periódico guantanamero Venceremos. Pero el número 30 de Casa también incluye un ensayo de Cohen sobre la poesía hispanoamericana, donde atribuye a los poetas del continente una experiencia de «sentirse extraño», la cual ejemplifica, llamativamente, a través de dos chiapanecos: Rosario Castellanos y él. Cincuenta y tantas páginas más adelante César López publica «El mundo poético de Jaime Sabines», donde celebra el descubrimiento de este autor, y, a pesar de considerar su obra desigual, le elogia la valentía, la vehemencia, la malicia literaria y no duda en calificarlo como un rilke criollo.

Desordenados, emocionados e inquietos quedaban quienes estuvieron en contacto con Sabines.

De regreso a México, el recuerdo de la Isla lo acompañará en otros poemas, no solo «Cuba 65». Su libro Yuria (1967) incluye una evocación del Hotel Habana Riviera, desde donde contempló el mar cubano, y otra de Casablanca, ese pueblito asomado a la bahía de La Habana en que, según el texto,

«el amor era una cosa corriente como las gallinas». En su libro Maltiempo (1972), se lee en la elegía

«Doña Luz»: «No quiero verte agonizar, sino reír o enojarte o estar leyendo seriamente. Quiero que te apasiones de nuevo por la justicia, que hables mal de los gringos, que defiendas a Cuba y a Vietnam. Que me digas lo que pasa en Chiapas y en el rincón más apartado del mundo…». Magia tremenda tuvo para hablar de política sin que el tono dejara de ser íntimo.

—No estoy emocionado —había dicho Sabines antes de regresar a su patria—; lo que pasa es que estoy conmocionado.

¿Cuántos en Cuba hemos experimentado lo mismo ante el impactante espectáculo de su literatura? El 27 de agosto de 1969 el Instituto del Libro terminó de imprimir los cincuenta mil ejemplares de la antología de Mario Benedetti Poesías de amor hispanoamericanas. Poco después, cincuenta mil cubanos enamorados susurraban al oído de su pareja: «Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día…».

Yo mismo —y perdonen el apunte personal— durante muchos años solo conocí los tres poemas incluidos en dicha recopilación, calzados con la firma de «Jaime Sabines. Mexicano».

Pero una tarde de los primeros noventa llegó un condiscípulo a mi residencia estudiantil con un tomo de poesía hispanoamericana preparado por César Fernández Moreno y leyó para todos:

 Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Entonces no encontré sino busqué el amplio tomo de poesía de don Jaime que publicó en 1987 la Casa de las Américas. ¡Qué modo tan definitivo de saberme no emocionado sino conmocionado!

En el año 1980, el crítico Ángel Augier recoge en el libro Poemas a la Revolución Cubana los principales versos dedicados a ese proceso histórico y cultural por autores no cubanos. Cubre el compilador desde la A hasta la Z —de Rafael Alberti a Eraclio Zepeda, pasando por Celaya, Evtuchenko, Nazoa, Neruda y Rojas, entre otros— e incluye nada menos que siete partes de «Cuba 65».

Unos años más tarde, el 28 de julio de 1986, Roberto Fernández Retamar leería en México sus palabras «Sobre / Para Jaime Sabines», a las que tanto deben estas mías. No se trataba de un discurso con intenciones críticas sino de un homenaje emotivo, justo y equilibrado, en medio de la celebración por los sesenta años del autor de Horal. Pero hay allí observaciones medulares, como aquella de que a la obra de Sabines resulta arduo hallarle antecesores o semejantes dentro de la lírica mexicana. Que su familia literaria es la de Vallejo, Gelman, Dalton y Escardó. Retamar alude a la raíz romántica de una poesía que tiene sus dos ejes en el amor y la muerte; le llama a su colega «francotirador de las letras» y lo retrata de esta manera rápida y eficaz: «Su persona, como sus versos, se entrega de un pistoletazo».3 Un texto como este nos recuerda que los acercamientos de exégetas cubanos a la obra de Sabines han sido escasos, pero penetrantes.

Si en el año 1965 César López tuvo el acierto de encontrar en un autor de treinta y nueve años una voz capital de la palabra americana, ya en 1993 la obra del poeta estaba hecha, lista para un estudio más conclusivo. Entonces asume el reto el investigador Enrique Saínz cuando publica —como era de esperar, en la revista Casa de las Américas— «Jaime Sabines entre la angustia y la palabra». Resalta Enrique la «unidad esencial» de ese poeta que será el «único personaje verdadero» de su propio corpus creativo: creador cercado por la muerte, la soledad, la noche, al que «todo se le rompe ante la vista». Y a su familia literaria inmediata suma los mejores autores cubanos de la llamada Generación Poética de los Años Cincuenta. Saínz apunta, además, otros elementos básicos que no deben obviar futuros «sabinólogos»: el conflicto ontológico sobre el cual se sostiene la cohesión de una obra con cinco decenios de coherencia en «agónica y desesperada batalla por la sobrevida», y donde, como él dice: «nos abruman de igual modo la sobreabundancia del entorno, el juego con la ironía, el ser fragmentado y roto, el inclemente combate entre el hombre y su sombra, entre el yo y la dispersión».4

Jaime Sabines en la Casa de las Américas en 1965.

¿Por qué un escritor a quien brillantes críticos cubanos han hecho merecida reverencia, ha tenido tan esporádicas apariciones en las publicaciones de mi país? No sé; pero eso no ha impedido jamás la existencia de algún tipo de cercanía espiritual entre el poeta y la Isla.

Cortés, febril y jubilosamente se acercan una y otra vez Cuba y Sabines, Sabines y Cuba.

Quedan por estudiar las confluencias, los préstamos, las coincidencias expresivas entre él y sus colegas antillanos. Cuando en los versos de Bladimir Zamora aparece el animal que somos, ¿no hay ahí un eco de Sabines? Cuando Sabines dice: «¡Qué sabroso usar palabras / para no decirte nada!», ¿no hay un eco de Mariano Brull? Cuando Nancy Morejón se apropia de dos líneas del mexicano para su poema «Adonde iremos, viaje», o cuando el chiapaneco nos regala la prosa que tituló «Julito», tan parecida a la de Eliseo Diego titulada «De Jacques»; cuando enumera «el buey, el tigre, la paloma, el lagarto y el asno», casi como lo hizo en 1959 Retamar, o cuando habla —a propósito de Cuba— de hacer «una casa para todos»,5 razón de un libro de Francisco de Oraá, o cuando evoca brevemente a Martí, todo eso lo pone más cerca de mi patria.

Recordemos también el número 9 de la revista de Cintio Vitier La Isla Infinita (2005), donde aparece «Algo sobre la muerte del mayor Sabines» junto a «Cómo murió Trotaconventos», del Arcipreste de Hita y la «Rumba de la muerte», de Samuel Feijoo. Es que «la muerte edita», según bromeaba Cintio.

Falta descubrir por qué la muerte se ha enseñoreado sobre tanta alta poesía mexicana y cubana… Jaime Sabines nació en 1926. En 1926 nació también Fidel Castro. Les tocó compartir esa rara aventura de quienes envejecen a la vez. Pero al poeta le llegaron antes las dolencias mortales, la silla de ruedas, las múltiples operaciones. Tal vez esté eso en el trasfondo de un poema visceral. Un buen día de 1996, el año en que los dos cumplían setenta, el gran escritor de México —el mismo que,  según  afirman  quedó  en  1965  defraudado  de  las  izquierdas  por  culpa  de  la  Revolución Cubana— publicó en la revista Casa su «Recado a Fidel»:


¿A quién se le ocurre nacer héroe
en tiempo de mercaderes, Fidel?
 
El último caudillo de América
se va a morir de soledad
o será aplastado por su pueblo
que ya no aguanta la barriga vacía.
A este pronóstico deportivo
apuestan hoy las democracias.
Y tú oyes crujir el techo
de la casa que levantaste
y sientes que tus sueños se desmoronan,
que caen sobre ti a pedazos
la maldita esperanza y el amor al hombre.
 
Quisiera decirte que te salves,
pero no te salves, Fidel.
Eres la dignidad.
Y algún día la dignidad
será sacada como un brillante
del corazón profundo de la tierra.6
 

Más que un recado, era una despedida.

El 19 de marzo de 1999, la muerte habló despacio, lentamente al oído de Jaime. En esa misma fecha, en Barcelona, el escritor español José Agustín Goytisolo se lanzaba al vacío desde su propia ventana. Al día siguiente el diario Granma —el principal periódico de la Isla—, reseñaba en su página cultural el suicidio de Goytisolo, pero sin una palabra sobre nuestro chiapaneco. En vano busqué en esas páginas algo sobre la muerte de uno de los mayores poetas de México. Será que, de algún modo, había decidido seguir vivo un poco más ante el lector cubano.

Ojalá entonces lo veamos reaparecer en cualquier calle de México o de Cuba, como quien por fin halla a los destinatarios a quienes envío, como cartas, su poesía. Seguro siempre lo esperarán jóvenes enamorados necesitados de saber que los amorosos son locos, solo locos, sin Dios y sin diablo y que los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse y que al final se van llorando, llorando la hermosa vida.

* Intervención en el auditorio del Centro Cultural de Chiapas Jaime Sabines, en Tuxtla Gutiérrez (México) el 23 de septiembre 2010, durante el IV Festival Internacional de las Letras Jaime Sabines. Recogida en el volumen del autor Los libros que a diario, publicado por la Editorial Capiro, Santa Clara, 2019.

1  Citado por Roberto Fernández Retamar en «Sobre / Para Jaime Sabines», La Gaceta de Cuba [12]:18-19, La Habana, diciembre de 1986, ISSN: 0138-8770, p. 18.

2 La entrevista, que me he permitido «versionar» un poco, sin alterar las palabras del poeta, apareció en la página 28 de Cuba, en su número de marzo de 1965. La revista dedicó entonces numerosas páginas al premio Casa de ese año, lo que incluyó varias entrevistas de escritores cubanos a los jurados extranjeros.

3 Roberto Fernández Retamar : Ob. cit., p. 18.

4 Enrique Saínz: «Jaime Sabines entre la angustia y la palabra», Revista Casa de las Américas, XXXIII (190): 150- 155, La Habana, enero-marzo de 1993, ISSN: 008-7157. Las citas se hallan, por este orden, en las pp.150, 152, 150 y 151.

5 Todos los fragmentos de poemas citados hasta aquí pueden hallarse en Jaime Sabines: Poesía, 341 pp., Casa de las Américas, col. La Honda, La Habana, [1987], sin ISBN. Corresponden, por este orden, a las pp. 10, 143, 233-237, 239, 144-145, 268, 295, 144, 36, 203, 221 y 237.

6 Jaime Sabines: «Recado a Fidel», Casa de las Américas, XXXVI (202): 42, La Habana, enero-marzo de 1996, ISSN: 008-7157. También esta revista, en su número 215, que corresponde al segundo trimestre de 1996, recogió la noticia de la muerte de Sabines.

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