Ojos de la palabra

Por Iris Cano

«A ratos pienso que el poeta no nace ni se hace. Se deshace». Con estas enérgicas palabras da inicio la compilación Ojos de la palabra que recoge, en poemas escritos a lo largo de cuarenta años, lo mejor de la producción del escritor argentino Jorge Boccanera. Estos textos, al decir del poeta Juan Cameron en la presentación a la edición chilena del libro, «hablan de un discurso fenomenal, de un tratado sobre la poesía y sobre su fuente: la existencia. Por alguna razón habrá titulado así este libro, como ojos de agua, como afluentes».

El también, periodista, ensayista y dramaturgo, con una vasta obra publicada, anuncia en el prólogo a su libro que «La mochila de Ojos de la palabra guarda mucho del itinerario del viaje; carga el deseo de besarle las piernas a la poesía sabiendo que al final solo morderá el polvo; carga la moneda de oro que se debe entregar a una niña sordomuda para acceder al arcoíris de su lengua. También acarrea los animales borrosos que el poeta despluma, descama y desuella, con el empeño de ver una lágrima al fondo de la olla. Y el muñón obsesionado de la escritura, los compañeros desaparecidos, el hambre voraz de los espejos, los amantes que ponen sus ojos a cantar, la selva con sus vísceras al aire, la muerte trabajando a la vista de todo el mundo, la harina negra de la extranjería y las marimbas levantando vuelo. Todo ello dispuesto en tres secciones que, alternando textos de libros que van de 1973 a 2016, procuran decir el abordaje escritural («Ojos del francotirador»), la vehemencia amatoria («Ojos de sangreseca») y el desespero diario («Ojos astillados»)».

OJOS DE LA PALABRA

                                                                              a Octavio Pineda

La palabra,

fogonazo entre el deslumbramiento y el hartazgo, viaja

sobre los hombros del enigma.

Estrellas que atraviesan usinas de ceguera, correntadas de nadie.

La palabra es iguana en la roca calcinada, una pata en el aire,

la otra en el infierno.

Su cuerpo breve da una sombra inmensa.

Quieta no se está nunca por el fuego cruzado de la sangre.

Un chasquido de lengua la echa a andar por baldíos donde lo

ruin humea y pudre el aire.

A horcajadas, con los ojos vendados, entre bolsas de estiba,

dientes de nicotina

y un corazón sin aparente anhelo que acampa en el vacío.

Esa palabra lleva en su aliento un viaje, un detenerse,

un continuar.

Sus patas diminutas lo tocan todo por primera vez.

                                                     (de «Ojos del francotirador») 

SEMEN

Entre barcos hundidos que deshacen su rostro para

         matar el tiempo.

Entre perros de escamas y cuerpos atados con cadenas,

         maniquíes sin nada que ofrecer,

vive un tren blanco,

de estrellas líquidas, alcoholes raros.

Sale de su escondite de aguaceros, cruza

         los viejos puentes, tiembla

         sobre la red tejida en los abismos.

Nada tiene que ver con los trenes blindados

     que atropellan ciudades, ni con desvencijados

     vagones que trafican esclavos.

Es apenas un tren tallado en hielo atravesando el patio

            de tu ropa tendida.

Le cambiaron las ruedas por almohadas, suena

            con el abrazo del carbón y la nieve.

Donde crece la noche, se duplica la selva.

Un tren al rojo vivo se refleja en la pupila de un ciego.

Cuando menos lo pienses,

su esqueleto de lava descansara en tu lengua.

                                             (de «Ojos de sangreseca»)

DESAPARECIDO

II

Yo no soy y soy ninguna parte.

Yo no puedo y lo que puedo es nada.

Yo no estoy.

Apenas una sílaba pero en verdad más nada.

Un tiempo ayer ceniza.

Viento por todas partes. No entro ni salgo,

yo, no digo buenas noches, no beso, no

utilizo sombrero,

porque jamás. Y soy ninguna parte.

Se terminó, dijo la vida de un portazo. Y yo no

vuelvo y cuando vuelvo quedo a mitad de camino.

No puedo y si pudiera es casi o menos que eso,

apenas una fecha en el papel ajado de tus labios.

Allá van las barajas de mano en mano y estos

dados de sangre rodando a la deriva.

Yo sueño si me sueñan.

Pero a veces escucho, hay una voz,

me sabe de memoria,

hay un nombre tan cerca que dan ganas de usarlo.

                                             (de «Ojos astillados»)».

Concuerdo con Boccanera, uno de los más notables escritores hispanoamericanos de las últimas décadas, en que toda antología personal encierra un modo de componer, de orquestar franjas del lenguaje, imágenes, conceptos, fulguraciones y oquedades, así lo demuestran estos poemas que «aspiran a tocar el fondo de lo humano».

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