Desde una casa en el mundo (A Thiago, en sus 95)

Por Jorge Fornet

«Tengo una casa en el mundo, la Casa de las Américas», dejó grabado en el frontispicio de un libro suyo de 1967 el poeta y hermano Thiago de Mello. Más de una vez él mismo recordaría la experiencia de su primer viaje a Cuba aquel año. Había sido invitado a integrar el jurado del Premio Literario y a participar, inmediatamente antes, en el Encuentro con Rubén Darío que tuvo lugar en Varadero con motivo del centenario del nicaragüense.

De las mil y una anécdotas que quedaron de entonces, de las otras tantas que el brasileño ha contado de sus varios viajes a la Isla, continúa flotando entre la memoria y el olvido la de la fundación en alguna de las noches varaderenses –con la complicidad de (Madrug) Aida Santamaría y bajo el amparo de las licencias que recorren los encuentros de poetas–, del estrafalario grupo Los Babosos. Desde esa atalaya, César Calvo, Roque Dalton, Miguel Barnet, Enrique Lihn y el propio Thiago perpetraban parodias de poemas y canciones que desafiaban la severidad de otros participantes. Es difícil separar de sus recuerdos la verdad y la ficción, pues de él puede decirse lo mismo que le confesó su coterráneo Pedro Nava al publicar el quinto volumen de sus memorias: «No sé bien, Thiago, si cuento lo que viví o lo que me gustaría haber vivido».

El hecho es que desde entonces Thiago de Mello permanecería anclado al proyecto de Cuba y de la Casa, cuya editorial, por cierto, publicaría en 1980 una selección de su Poesía con traducciones de Neruda, Benedetti y David Chericián.

Hoy que Thiago cumple 95 años rescatamos –agradecidos– sus Palabras de apertura del Premio Casa en 1985, cuando fue jurado del concurso por tercera vez. (Todavía lo sería una cuarta, en 1999, coincidiendo con su presencia en el Taller Cultura y Revolución. A cuarenta años de 1959, en que compartió espacio con José Saramago, Jorge Enrique Adoum, Ernesto Cardenal y Oswaldo Guayasamín, entre otros.) Con esas palabras, generosas como suyas y pronunciadas en momentos esperanzadores para su país, recordamos a nuestro hermano Thiago, quien sigue teniendo, en el mundo, esta Casa.


Ella estaba aquí, la última vez que llegué, en el año 77, a esta patria de José Martí. Ahora no recorre más, con sus pasos de pájaro alegre, los caminos que ayudó a construir con la llama de sus ojos y el fuego de su sueño. Alma de esta Casa, bandera de su pueblo, su obra y su vida perduran y permanece intacta su luminosa esperanza. Quiero que mis primeras palabras sean para ella, para mi amiga Haydée Santamaría.

Compañeros:

Es esta la cuarta vez que tengo la alegría de llegar a Cuba y la tercera que integro el jurado del Premio Casa de las Américas, el más importante concurso literario de la América Latina. Esta vez, me cabe la responsabilidad de hablar en nombre de los compañeros llegados de tantos puntos de este lindo pedazo del mundo lleno de luz pero también de dolor, al cual nuestro hermano Julio, el Cortázar, tanto le gustaba llamar, con su voz grave, “mi patria grande, latinoamericana”.

No padezco de esa enfermedad burguesa llamada falsa modestia. Pero sucede que las aguas torrenciales de mis ríos terminaron por enseñarme las sílabas de la transparencia. Y de tanto viajar por el centro de la noche amazónica, aprendí a distinguir los distintos colores del verde. Por eso puedo ver con claridad –y quiero decir con claridad meridiana solo para recordar con ternura una expresión preferida de Salvador Allende– que mi presencia, aquí, no representa ningún homenaje al caboclo del Amazonas que reparte su vida y su esperanza con sus olvidados hermanos de la floresta; ni al escritor que trata de servir, de algún modo, con su arte, a la vida del hombre. No. Estoy seguro de que mi presencia y mi voz aquí, en este instante, tienen la significación, tan profunda para mí, y para mis compatriotas que integran el jurado, de un reconocimiento de la Casa de las Américas, quiero decir del corazón y de la inteligencia de Cuba al pueblo brasileño. A mi pueblo, en nombre del cual, sí, puedo hablar, fortalecido por el compromiso que, desde hace tiempo, mantengo con su lucha y su camino. A nuestro pueblo, a su frente sufrida pero levantada, al clamor de multitudes en las plazas de toda la patria; se debe la reconquista de las libertades democráticas en mi país. Después de veinte años de sombra, que abrieron surcos de dolor en la dignidad misma de la conciencia nacional –se yergue ahora la luz, tal vez tímida, pero es la luz de una aurora nueva. Aurora que no tardará en levantarse, cubriendo la cordillera y lavando de luz la tierra de mi querido Chile, mordido por la dictadura que humilla a la humanidad y desfigura la patria de Neruda.

Pero es necesario decirlo: en todo ese amargo proceso que va desde la arbitrariedad hasta la democracia, nada nos fue gratuitamente concedido. Todo ha sido conquistado. Nada concedieron los que se creyeron dueños del viento y del pensamiento en nuestra patria. Nada concedieron los que prometían hacer del país una democracia, mientras conspiraban en los sótanos de Brasilia para continuar en el poder. Todo ha sido una conquista de los que perseveraron, conciencia y paciencia, seguros de que jamás se apagaría la candela libertaria en el alma del pueblo. Tan poderosa fue la fuerza del respaldo popular, que dio legitimidad a la elección de Tancredo Neves por un Colegio Electoral impuesto al Congreso con el objetivo de reproducir dictadores.

Hermanos cubanos:

Hoy y aquí, sencillamente digo: es también con la fuerza de este pueblo que se reconstruirán los vínculos diplomáticos entre Brasil y Cuba. Creo oportuno recordar, a propósito, dos lindos momentos cubanos, que encendieron en Río de Janeiro faros hacia un porvenir que se aproxima.

El primero: al final de una espléndida temporada que sembró, con su canto y su poesía, la verdad de la vida en la juventud de mi patria, Pablo Milanés recibió el homenaje oficial de la Comuna de Río de Janeiro. Todavía conservo la emoción del momento en que me convocaron, a mí –que bajé desde el Amazonas especialmente para acompañar a mi hermano Paulinho– a fin de entregarle el diploma de ciudadano carioca. Bien: todos los oradores de aquella tarde memorable, representantes de todos los partidos políticos, unánimemente reconocieron que la presencia de un artista cubano, por primera vez en Brasil después de veinte años, representaba un paso feliz hacia la reanudación de las relaciones integrales entre Brasil y Cuba.

Segundo momento, hace unos pocos meses: final de la última presentación del Ballet Nacional de Cuba en la principal casa de arte del Brasil: el Teatro Municipal de Rio de Janeiro. El empresario Dante Viggiani, gran amigo de Cuba, me pidió que dijera de viva voz el poema que había escrito para Alicia Alonso, divulgado pocos días antes por la televisión. En asuntos de amor, no me hago de rogar. Subí al escenario, y antes del poema, me dirigí al público –no había ningún lugar vacío– para decir que la belleza de aquella noche reclamaba de nosotros un homenaje no solamente para Alicia Alonso y su cuerpo de baile, sino para todo el pueblo cubano, porque la realización artística que tanto nos emocionara era sencillamente flor y fruto de la Revolución Cubana. Flor y fruto. No bien pronuncié esas palabras, todo el teatro se puso de pie –y estoy seguro de que los cubanos que allí se encontraban guardan hasta hoy la vibración de aquellos aplausos. 

Compañeros del jurado: estamos aquí para trabajar. Seamos capaces del mejor empeño y también del mejor juicio para penetrar en la intimidad de la creación de tantos escritores de Nuestra América, los cuales, a través de sus obras, dan testimonio e interpretan, con el poder transfígurador del arte, la vida de nuestros pueblos.

Estoy convencido de que entre todos los poderes del hombre el de la palabra –escrita, hablada y cantada– es un ingrediente irremplazable, con sus dosis de cántico y de sangre, de arcilla y de estrella, para la edificación de una sociedad solidaria.

Compañeros: aquí estamos para premiar obras literarias. Pero corresponderá a cada uno de nosotros el premio más alto: el de compartir la vida, esa linda vida que el pueblo de Cuba construye en todos sus días y en todas sus noches.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.