Teatro de títeres en Conjunto

Por Aimelys Díaz

“El títere es un personaje con rasgos expresivos, carácter y si no es así, no sirve para la escena”.

Roberto Espina[1]

Cuando pienso en los títeres, veo a un titiritero que, entre risas y juegos, trae consigo un arsenal de historias hermosas o tristes, con personajes pícaros, héroes y heroínas. Pienso en el gran maestro Javier Villafañe que montado en su carreta La Andariega recorrió la Argentina, desplegando la magia de sus figuras. Sin embargo, más allá de esa hermosa imagen, el títere habita diversos universos, en obras infantiles, en piezas para adultos, en métodos educativos o terapéuticos. Para salvaguardar sus tradiciones y también para impulsar nuevas manera de hacer, el pasado 21 de marzo se celebró el Día Mundial del Títere. Encargada del mensaje de este año, la directora general de la UNESCO Audrey Azoulay afirmó cómo la pandemia “ha recordado lo mucho que necesitamos el poder inspirador y evocador de las marionetas, pero al mismo tiempo ha puesto en peligro su supervivencia, al privar a muchos titiriteros de sus condiciones de trabajo e ingresos, a menudo muy precarios”.[2] Con la celebración previa del Día Mundial del Teatro Infantil y Juvenil, el 20 de marzo, desde el 2003 en coincidencia con el equinoccio de primavera o de otoño –según el hemisferio–, la Unión Internacional de la Marioneta (UNIMA) dedica el 21 a diseñar modos de fortalecer el arte de figuras, aún más en tiempos pandémicos.

Con un valioso acervo dramático y teórico en torno a la figura animada, la revista Conjunto siempre ha dedicado numerosas páginas a este arte y sus hacedores. Desde el número 2 aparecen varios escritos como “El teatro de títeres en Cuba”, excelente ensayo de la titiritera cubana Carucha Camejo, quien realiza un breve recorrido por la vida del títere en Cuba y cuenta de la unión de Pepe Carril con ella y su hermano Pepe Camejo para la fundación del Guiñol Nacional de Cuba con la pieza Las cebollas mágicas de la escritora brasileña María Clara Machado, lo cual marcó un hito en la escena cubana.

En Conjunto pueden encontrarse análisis de investigadores importantes de la región como Mireya Cueto, Freddy Artiles, Armando Morales, René Fernández Santana, Norge Espinosa, Rubén Darío Salazar, Esther Suárez Durán, Blanca Felipe Rivero, Yudd Favier y Canek Denis, entre otros, los cuales dibujan un panorama del títere latinoamericano y caribeño y sus problemáticas. A ello se entrelazan obras teatrales de autores como Velia Bosch, Rómulo Loredo, Bebo Ruiz, Francisco Garzón Céspedes, Manuel Galich, Roberto Espina y Javier Villafañe que, de modos diversos, centran su mirada en la figura animada. Así me encuentro con tres obras diferentes en su manera de crear y estructurar la fábula: Miel amarga o el oso colmenero, de Manuel Galich, La calle de los fantasmas, del maestro titiritero Javier Villafañe, y La edad dorada, del reconocido dramaturgo, maestro, titiritero y mimo Roberto Espina. Tres piezas que manifiestan un estrecho vínculo actor-títere con el público infantil como primer destinatario.

Autor de numerosos textos, Manuel Galich, creador guatemalteco-cubano, director fundador del Departamento de Teatro de la Casa de las Américas y de la revista Conjunto, concibe una historia sencilla dedicada a los niños. Desde la aparente ingenuidad, Miel amarga o el oso colmenero[3] aborda problemáticas actuales del contexto latinoamericano y caribeño. Aunque escrita hace más de treinta años, la fábula de personajes zoomorfos presenta una mirada crítica en torno a problemas aún vigentes como la lucha de clases y la explotación del obrero en manos de poderes colonizadores, de monopolios y transnacionales.

A partir de un diálogo entre la Luna y el Sol, en el que se afirma cómo muchas personas deben trabajar día y noche sin descanso, se expone el conflicto del texto, la holgazanería del Señor Pérez Oso vs el trabajo sacrificado de las abejas trabajadoras. Las figuritas –como les llama Galich– metaforizan personajes tipos de la sociedad, las abejas trabajadoras como símil del pueblo trabajador, el Oso dueño del jardín como el gobernante corrupto. También aparecen otros como Alegría, símbolo del ánimo y esfuerzo con el que debe trabajarse.

El autor presenta a las abejas amotinadas en tono de consigna para exigir sus derechos laborales, o la añoranza de estas por los tiempos pasados en que vivían libres en el jardín, “hasta que vinieron ustedes y se adueñaron de todo”. La recreación de estas situaciones reflejan de modo explícito la mirada crítica, mezclada a cantos, rimas y el humor de algunas escenas, sobre todo en las que interviene el personaje San Gano, caricatura del líder religioso que defiende las riquezas del gobernante para conseguir las suyas propias. “La miel para quien la trabaja”, afirman las abejas productoras y fiel a esa tradición del teatro infantil con una moraleja final, Galich expresa el triunfo del bien sobre el mal, del trabajo sobre la holgazanería. Desde la construcción educativa de la pieza, Galich asume el reto de mostrar estos conflictos a los niños desde la imaginación de los infantes.

Una óptica diferente del arte titiritero se aprecia en La calle de los fantasmas,[4] creación de Villafañe, considerada una de las obras de títeres más representadas. Magistralmente, el importante autor argentino presenta en un acto las peripecias de Juancito y María, dos títeres de guante o de cachiporra que deben enfrentar a los fantasmas y al diablo. Mediante un ritmo ágil transcurre la acción y se suceden situaciones hilarantes y llenas de picardía, como los equívocos entre los personajes, o los garrotazos de Juancito sobre los fantasmas y el diablo. Como una característica de las historias de títeres de cachiporra, el autor argentino presenta una trama simple solucionada con el garrote como arma. Se distingue en la estructura de la obra la presencia de El Anunciador un personaje, que cual juglar o titiritero, al inicio comenta a los espectadores, o al lector, la historia que sucederá. Una forma de comenzar un diálogo entre el público y los actores.

De manera similar, en La edad dorada[5]aparece un personaje para guiar la historia. El dramaturgo, actor titiritero y mimo también argentino Roberto Espina concibe El Actor como guía de este unipersonal inspirado en la novela cervantina Don Quijote de la Mancha. Desde el inicio, el autor muestra un dominio de la praxis escénica mezclada con el uso efectivo de la palabra, lo cual otorga un carácter literario a la pieza, rasgo que marca su dramaturgia. Al decir del titiritero cubano y director de Teatro de las Estaciones Rubén Darío Salazar, Espina “ha trascendido el oficio dándole una dimensión literaria que ningún crítico literario puede negar”.[6] Dueño de una creación con influencias de la obra villafañesca, en La edad dorada Espina desacelera el ritmo de la acción y se detiene en el deleite de la palabra hermosa, en las construcciones de frases bien dichas y, en un excelente ejercicio de intertextualidad, recrea el encuentro de Ginés de Pasamonte con el Quijote y Sancho Panza, mediante un lenguaje similar al usado en las novelas de caballería.

El personaje Ginés de Pasamonte, nexo entre las dos partes del Quijote, –en la primera es un galeote a quien Don Quijote libera, y en la segunda aparece como el falso titiritero Maese Pedro–, surge en la escena de La edad dorada. A través de citas de la novela se cuentan las peripecias de este personaje, de cómo le roba el rucio a Sancho, de cuando compra el mono adivino y luego lo embalsama para llevarlo siempre, de cuando finge ser Maese Pedro y viaja con el retablo de La libertad de Melisendra.

Espina concibe diversas atmósferas escénicas como el cambio entre la escena en que El Actor narra lo sucedido y la presentación del retablo y los muñecos. En fiel homenaje a la obra de Cervantes, surge el retablo de las maravillas y Maese Pedro. A través del recurso del teatro dentro del teatro se propicia un estrecho vínculo entre actor-títere, otra de las cualidades de varias obras de Espina. Distingue la indicación dada por el autor al comienzo de la obra de que “un solo intérprete en escena ha de tener a su cargo toda la tarea que el texto demanda”,[7] lo cual evoca la figura del titiritero que va de pueblo en pueblo con su retablo a cuestas y potencia la futura actuación en escena. La dimensión literaria de la obra también concibe la imagen del actor-narrador para el desarrollo de la acción, algo que le permite al autor exponer sentencias en torno al arte de figuras. “El contar cuentos y activar la fantasía está bien, es útil para un trujamán y titiritero” o coloca en boca de Ginés la misión del artista “Ahora debo seguir, andar los caminos para mostrar, seguir mostrando esta historia de la libertad de Melisendra, me esperan los caminos, sí, debo partir y dejarlos”. Así se despide el titiritero, pero con la certeza de regresar con nuevas historias para contar.

Pienso que realizar un homenaje a la figura animada y al teatro para niños es esencial para reflexionar sobre la escena latinoamericana y mundial. Más si es en marzo, que como un ciclo continuo cada 27 se festeja el Día Mundial del Teatro. Sin dudas, “este es un mes de teatro” –al decir de Vivian Martínez Tabares en la presentación de Conjunto 198, el pasado jueves 25. ¡Bienvenidos los títeres a la escena latinoamericana y caribeña!


[1] Armando Morales: “Un retablo catedrático llamado Roberto Espina”, Conjunto n. 117, abril-junio, 2000, p. 14.

[2] Ver: https://www.teatro.es/quiosco/mensaje-del-dia-mundial-de-la-marioneta

[3] Manuel Galich: Miel amarga o el oso colmenero, Conjunto n. 24, abril-junio, 1975, pp. 22-34.

[4] Javier Villafañe: La calle de los fantasmas, Conjunto n. 24, abril-junio, 1975, pp. 10-17. Esta pieza y otras del autor fueron publicadas por el Fondo Editorial Casa de las Américas en el volumen La calle de los fantasmas y otras obras de títeres, con motivo del centenario de Villafañe en 2009.

[5] Roberto Espina: La edad dorada, Conjunto n.117, abril-junio, 2000, pp. 19-31.

[6] Rubén Darío Salazar: “Roberto Espina, un teatro incompleto para completar”, https://www.google.com/url?sa=t&source=web&rct=j&url=http://www.lajiribilla.cu/articulo/roberto-espina-un-teatro-incompleto-para-completar&ved=2ahUKEjNrb6k39DvAhVJjlkKHQfaDd8QFjAAegQIBRAC&usg=AOvVaw1qu7nL-NKAUI8MP6Tc-hX1

[7] Roberto Espina: Ob. cit. p. 20.

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