Elena y Frank Emilio

Por Layda Ferrando

Para recordar con gratitud a Elena Burke y a Frank Emilio Flynn no se necesitan pretextos. Fueron y serán por siempre dos grandes de la cultura cubana. Nos honra evocar que estos artistas forman parte de la historia de la Casa.

Frank Emilio Flynn, el genial pianista ciego, es toda una leyenda de la música cubana. Con amor y mucho esfuerzo ganó este sitio quien disfrutaba (y hacía disfrutar) creando/recreando danzones, sones, mambos y chachachás con la dosis exacta de sabrosura criolla. Referente insoslayable si de jazz cubano se trata, su creación en este ámbito traspasa nuestras fronteras para convertirse en paradigma del llamado latin jazz.

Y aunque sostengo que no se necesitan excusas, este mes de abril nos trae la maravilla de su centenario y la coincidencia de su primera presentación en la Casa de las Américas, acontecida el trascendente año de 1967. En esa oportunidad, el Quinteto Instrumental de Jazz de la Orquesta de Música Moderna (creación de Frank Emilio que reunió a intérpretes de la talla de Tata Güines, Guillermo Barreto, Papito Hernández y Cachaíto) ofreció un recital; puedo imaginar que —como era habitual en estos grandes— aconteció una descarga descomunal exorcizante (dicho con más galanura: una jam sesión de inconmensurable frenesí). Unos años después, en 1974, ya cuando esta formación llevaba por nombre Los Amigos realizan otro concierto … ¡esta vez de música brasileña!

En 1991 el maestro pone su pianismo al servicio de otro ícono, César Portillo de la Luz, en el homenaje que se realizara al compositor e intérprete del filin, un movimiento que tuvo entre sus artífices a Frank Emilio. Tres años más tarde, es encargado de clausurar el Coloquio Internacional sobre Poesía Hispanoamericana de los Sesenta; de esta presentación atesoramos un registro en casete, que si bien no reúne los requisitos óptimos de grabación y conservación es un testigo de alto valor patrimonial.

Ahora entra la Señora Sentimiento en escena.

A Elena Burke, el pasado febrero, se le celebró su cumpleaños noventa y tres. Una vez más (nunca será suficiente), se repasó la vida profesional de la excepcional cantante cubana: una mujer que tenía su corazón y su garganta, atados ambos por las horas comunes (ofrezco disculpas a Nancy Morejón por apropiarme de su poesía, pero la imagen es perfecta).

Pues bien, esta historia tiene un punto trascendental en junio de 1989 cuando, convocados por la gran Martha Valdés (no puedo evitar los epítetos), se realizó un Encuentro de boleristas en la sala Che Guevara. En esa oportunidad se reunieron José Antonio Méndez, Ñico Rojas, Vicente Garrido, Frank Emilio y Elena Burque.

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