Una mirada sobre el devenir de la danza en tiempos de pandemia

La coreógrafa Adriana Barenstein reflexiona sobre el mundo del arte y la performance en el contexto actual y la importancia de concebir el cuerpo como eje fundamental de un cambio cultural: “Tenemos que trabajar en el restablecimiento de la relación de la obra con los cuerpos y el público.”

 Foto: Daniel Bernasconi

Por Adriana Barenstein

No hay un día, desde el 19 de marzo del 2020, que no nos preguntemos cómo está afectando la pandemia y la situación de cuarentena nuestro trabajo.

La obra artística en general – y la danza y la performance en particular- se ven siempre atravesadas por las condiciones sociales: el entorno influye en la producción y recepción de obra.

En la danza, en todos sus formatos, el objeto está centrado en el cuerpo y por lo tanto no es autosuficiente de las circunstancias en las que acontece. Siempre se trata de una obra enclavada, situada y al mismo tiempo abierta al contexto, en un cruce muy ágil entre estos diferentes espacios. Son capas que se afectan y se alteran unas a otras, en un movimiento veloz, instantáneo, cambiante, difícil de atrapar y fijar en una sola mirada. Esas tensiones entre las distintas capas de la realidad construyen obra, y al decir obra decimos entorno, contexto y mundo. En manadas de fuerza o energía, la realidad es un rompecabezas. Retazos de microescenas, oscilación de enfrentamientos y piezas móviles que se intercambian. Aunque cada cosa pretenda un lugar, la delimitación es fluctuante, las fronteras porosas y así las constantes invasiones y expulsiones, los combates entre un lado y el otro producen oscilaciones del punto de vista y los puntos de producción de obra.

Hay un marco que condiciona, encuadra, delimita. Hay un aire de época. Hoy la situación de pandemia interviene los cuerpos, las obras, los lugares, el espacio. La obra se realiza inmersa en esta realidad.

El arte recibe el golpe de este cambio de mirada, de paradigma y, sobre todo, de vinculación entre los cuerpos. La falta de contacto afecta la construcción del cuerpo, tanto individual como social, transforma las miradas y cuestiona todo. Los nuevos gestos de distanciamiento alteran la forma de construir obra, de intervenir el espacio, de trabajar los materiales, de conectar.

En este contexto, el sector de la danza está activo, organizado, comunicado. Una de las cosas que pasa en esta situación de pandemia es el mayor acercamiento –virtual- entre la gente, la solidaridad y un crecimiento de los vínculos online. Al acotarse el territorio de acción se profundiza la investigación dentro de lo «posible».

Veo esta situación como un paréntesis, una suspensión de esa otra vida que vivíamos. Esto implica otra manera de estar, un gran esfuerzo de adaptación y seguramente en ese esfuerzo van a aparecer nuevas opciones de las que todavía no sabemos nada, ya que estamos viviendo en la incertidumbre y no tenemos distancia para sacar conclusiones. Todo va muy rápido y nosotros corremos detrás de acontecimientos inesperados para los cuales no tenemos respuestas, ya que esto nos pasa sin llegar a entender del todo de qué se trata.

En este sentido, vemos diferentes formas de agrupación de la gente de la danza, tanto en los reclamos como en la necesidad de organizar mesas de discusión, clases, entrevistas, encuentros online. Hay proyectos a pesar de las limitaciones; se ve un gran esfuerzo por seguir adelante y no paralizarse. No termino de imaginar el futuro en estos nuevos contactos de los cuerpos sin contacto.

Todos estos cambios van a afectar, por supuesto, la relación con el espectador: la realidad de años de  cercanía con el público, de proximidad, que hizo posible una continuidad en la programación de actividades en el sector tanto público como privado, ya sea local, nacional o internacional, hoy está en peligro. Tenemos que encontrar juntos estas otras formas posibles, construir ese pensamiento «común», hecho de incertidumbre, fuerza, coraje y, sobre todo, de fragilidad. Tal vez navegamos en un  universo más inseguro, más incierto, pero es una oportunidad para acuerdos y solidaridades. Acuerdos colectivos y horizontales que nos permitan abrirnos camino juntos. Recuperar esa confianza a pesar de las dudas y atreverse a este mundo, otro, diferente, desconocido, fragmentado, roto, inquietante. La opción es colectiva, es con todos y, además, juntos.

La relación con el espectador es dinámica. El arte en general, y la danza en particular, es presencia, energía, fuerza, contacto. Eso no se va a perder, pero sí creo que estamos atravesando una transición abrupta. La obra artística crea un mundo, abre la mirada, constituye un lugar, construye una red de vínculos. 

Tanto la producción como la recepción de obra se vieron castigadas desde el 2020, con esta  emergencia epidemiología mundial. Tenemos que trabajar en el restablecimiento de la relación de la obra con los cuerpos y el público. Suele haber un desplazamiento, un movimiento de estas relaciones, y no siempre este movimiento es controlable. Tenemos que estar atentos, activos y sobre todo, imaginar.

La potencia de esta «nueva anormalidad» -que todavía está en construcción- depende de nuestra capacidad de imaginar mundos. Hoy el mundo entero, no solo el arte, tiene que profundizar en un territorio castigado por la pandemia, por la desconfianza, por el miedo, para reconstruir a partir de esta situación de pérdida, una nueva sensorialidad, un nuevo modo de mirar y, si es posible, recuperar la confianza para habitar este planeta castigado. 

Tomado de APU

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