Entornos de Palabras a los intelectuales

Por Jorge Fornet

1.

“Envidio al hombre que salió desnudo por la calle, envidio a ese otro que asombró a La Habana con sus bigotes de gato, envidio al que se hizo el muerto para burlar al sacerdote, y por supuesto, a Fidel Castro entrando en La Habana”. Todavía no había ocurrido esto último, es decir, eran los primerísimos días de enero de 1959 (concretamente el día 6), cuando el autor de esas líneas, Virgilio Piñera, le escribía a su amigo Humberto Rodríguez Tomeu contándole que una de esas noches se vio obligado a salir a la calle en busca de vituallas, y al llegar a San Rafael y Amistad un miliciano –a juzgar por la descripción, alguien recién llegado a la ciudad como parte de las tropas triunfantes– le puso un fusil en las manos y le pidió que lo sostuviera hasta que él regresara. “Estuve veinte minutos con ese rifle”, escribe Piñera; “imagina mis terrores y mi indecisión: no sé manejar ese artefacto”. No es difícil imaginar la escena, puesta ahí para ilustrar una afirmación precedente: “los cubanos del interior de la Isla son seres totalmente distintos a los de La Habana. Tipos fabulosos”. Es obvio que Piñera no se refiere a cualquier persona “del interior” puesto que, en rigor, él también lo sería, sino a ese nuevo sujeto que poblaría el imaginario de la Revolución: el guajiro (entendiéndolo ahora como el hombre de campo que se sumó de un modo u otro a la gesta revolucionaria). La presencia de tal sujeto inundaría en lo adelante relatos, fotografías y películas, donde lejos de ser visto como alguien pintoresco, se le percibe en buena medida como autor de la Revolución y su principal beneficiario. Con él en primer plano la definición misma de pueblo resulta más inclusiva.

No es difícil tampoco pensar aquella escena metonímicamente: el representante del pueblo, más aún, la Revolución misma, ponen en manos del escritor un artefacto –es ella misma un artefacto– capaz de provocar indecisión, y hasta terror, pero con el que deberá aprender a lidiar a partir de ahora.

2.

Alucinados por las transformaciones de todo tipo y por el trepidante ritmo de los acontecimientos, con frecuencia se pierde de vista lo evidente. En un ensayito de 1967, “El mundo sobre sus pies”, Edmundo Desnoes desmentía a quienes decían que esos primeros años del proceso revolucionario eran, ante todo, “una etapa práctica, material, de carne”, y lo hacía afirmando que en realidad nunca se había vivido en Cuba “con más espíritu, con una mayor dosis de valores éticos”. Y añadía algo que resulta esencial: “La primera etapa de una revolución auténtica es profundamente alma aunque hablemos hasta por los codos de la materia”. Cabría agregar que lo primero que trae consigo una Revolución es eso: un nuevo lenguaje, un modo inesperado de mirar las cosas. En 1961 la Casa de las Américas publicó un libro preparado por Calvert Casey, Cuba: transformación del hombre, que se anunciaba desde la nota de solapa y las palabras preliminares, extrañamente, como un “número especial” de la revista Casa de las Américas. El volumen recoge textos sobre Cuba de más de una veintena de autores, en su mayoría extranjeros. Varios de ellos insisten en esa renovación del lenguaje, o a veces, como en el caso de Ernesto Sábato, en cómo el lenguaje puede ser torcido por los adversarios del proceso cubano; recuerda que en el número de Sur dedicado al sesquicentenario de la Revolución de Mayo se refirió al “fariseísmo lingüístico que nos aqueja”, a la falsificación del sentido de las palabras y a la “delincuencia semántica” que permitió el apoyo o el silencio cómplice ante Trujillo, mientras con Cuba se descubre instantáneamente la vocación por los gobiernos democráticos, el odio a las tiranías, el desprecio por los hombres fuertes y la sagrada furia en defensa de las libertades. Para Carlos Fuentes, por su parte, “la Revolución Cubana ha devuelto su sentido recto a las palabras: la libertad es la de todos, no la de unos cuantos; el progreso es para la mayoría y no para una casta; la patria no es una palabra de aniversario, sino el esfuerzo diario de todo el pueblo; la soberanía no es una excusa oratoria, sino una lucha concreta por rescatar la riqueza y la dignidad nacionales”. Me interesa destacar, de ese volumen, una reflexión de Pablo González Casanova, para quien nada resulta más impresionante en la Revolución Cubana que ver cómo toda su transformación social, “se hace trasmitiendo al pueblo los procesos mismos del razonamiento político y no sólo sus resultados”. La gran novedad, para él, es que las frases hechas y las consignas ocupen un lugar muy secundario ante “la comunicación de la reflexión política, de la sabiduría política entre las grandes masas”. “Esto es lo más sorprendente, lo más novedoso, que a las masas no se les comuniquen sólo los resultados del pensamiento sino que se les comunique el pensamiento”, es decir, “que no se les entreguen sólo las conclusiones, sino los supuestos, las bases, los puntos de partida”. “Eso es lo más extraordinario de Cuba”, concluye González Casanova: “un pueblo entero que razona”.

3.

La presencia de autores latinoamericanos en catálogos cubanos se hizo inmediata tras el triunfo revolucionario. Basta ver las publicaciones de los años 1959 y 1960 para notar el giro que se produce dentro del movimiento editorial cubano, tanto por parte de las editoriales estatales o institucionales como de las privadas. La Casa de las Américas apenas comenzaba a publicar sus primeros títulos, cuando ya la Imprenta Nacional de Cuba y otras editoriales más modestas publicaban libros latinoamericanos. Mezclados con clásicos cubanos, títulos del marxismo, la recién descubierta literatura soviética y hasta algunos hitos del anticomunismo que aparecían entonces como parte de la confrontación ideológica, era posible encontrar obras de, por ejemplo, Juan José Arévalo, Miguel Ángel Asturias, Mariano Azuela, Carlos Luis Fallas, Rómulo Gallegos, José Carlos Mariátegui, Jorge Ricardo Massetti, Pablo Neruda, Horacio Quiroga, José Eustasio Rivera, Manuel Scorza y Gregorio Selser (con un volumen dedicado a Augusto César Sandino).

No es extraño que como parte de esa consciente reinserción en el ámbito latinoamericano, Alejo Carpentier dedicara su discurso en el Primer Congreso de Escritores y Artistas, celebrado entre el 18 y el 22 agosto de 1961 (y recogido con ligeras variantes en Tientos y diferencias bajo el título “Literatura y conciencia política en América Latina”), a establecer la tradición del intelectual “comprometido” en el Continente desde el siglo XIX hasta hoy. En un gesto raro para el momento, al hablar de los latinoamericanos, Carpentier extiende la noción a esos “latinos” de América que hablan portugués, inglés, francés, maya o creol. Por cierto, ese discurso concluye convocando para el 28 de enero del año siguiente, es decir, coincidiendo con el natalicio de Martí, a un amplio Congreso Latinoamericano de Escritores y Artistas que no llegó a producirse.

De igual modo, la fascinación que Cuba despertó en intelectuales de todas las latitudes, fue inmediata. Algunos se rindieron a ella muy pronto; otros –ajenos en principio a lo que estaba ocurriendo– fueron siendo conquistados poco a poco. En la carta que Julio Cortázar envió a Roberto Fernández Retamar el 10 de mayo de 1967 como colaboración para el número 45 de Casa de las Américas dedicado a la “Situación del intelectual latinoamericano”, recordaba que cuando fue invitado por primera vez a la Isla, en 1963, para integrar el jurado del Premio Literario de la Casa, acababa de leer Cuba, isla profética, de Waldo Frank, “que resonó extrañamente en mí, despertándome a una nostalgia, a un sentimiento de carencia, a un no estar verdaderamente en el mundo de mi tiempo, aunque en esos años mi mundo parisiense fuera tan pleno y exaltante como lo había deseado siempre y lo había conseguido después de más de una década de vida en Francia”. Ahora el mundo parecía girar al revés. El viejo drama del intelectual latinoamericano (que podría resumirse en el verso de Martínez Villena: “qué hago yo aquí, donde no hay nada grande que hacer”), coronado con el sueño parisino, cambia su sentido.

4.

Cuba, isla profética (1961) fue fruto de una estancia de su autor en Cuba, invitado por los ministros de Educación y de Relaciones Exteriores, Armando Hart y Raúl Roa, para escribir un “retrato” del país. De ellos –reconoce Frank– recibió las facilidades que le permitieron dedicar dos años a prepararlo. Una de sus preocupaciones, muy propias del momento, era el grado en que Cuba adoptaría los valores “democráticos”, asediada por las presiones estadounidenses y la seducción soviética. “Todavía antes de los embargos y los boicots” –y entonces Frank no imaginaba que un año después de la publicación de su libro el gobierno de los Estados Unidos implantaría contra la Isla un embargo mucho más despiadado–, “preparamos la escena para lo que ha ocurrido. Actuamos de modo que ofrecimos a Cuba esta alternativa: morirse de hambre o negociar con Rusia. Y alzamos las manos, piadosamente horrorizados, cuando los cubanos no eligieron el hambre antes que ofender a nuestra Doctrina Monroe. Obligamos a Cuba a ser libre… o dejar de existir”. Para Frank, obligar a Cuba a dedicar todos sus recursos y energías a la defensa, implicaba perder la oportunidad de que se implantara la democracia en el país: “Atenas podría encogerse y hacerse rígida y convertirse en Esparta”.

Poco después de leer esto, por puro azar, cayó en mis manos el hermoso libro de Ryszard Kapuściński Viajes con Heródoto, en el que su autor recuerda una anécdota contada por el historiador: Mardonio, comandante de los persas, lanza su ejército contra Atenas. Al llegar descubre que la ciudad ha sido abandonada y sus habitantes se han refugiado en Salamina. Resuelve entonces enviarles un emisario con la propuesta de que se rindan y reconozcan al rey Jerjes como su soberano. La autoridad suprema de Atenas, el Consejo de los Quinientos, escucha el mensaje que lleva el emisario, mientras una multitud de atenienses sigue atenta las deliberaciones. Todos escuchan también el discurso de uno de los miembros del Consejo, Lícides, partidario de pactar con los persas. Al oírlo, los atenienses montan en cólera, rodean al orador y, acto seguido, lo lapidan. Kapuściński comenta entonces la aparente ironía de que “en la democrática Grecia, orgullosa de la libertad de palabra y de pensamiento”, uno de sus ciudadanos haya sido lapidado por expresar públicamente su opinión. “Lícides, sencillamente, ha olvidado que hay una guerra en curso, y cuando hay guerra todas las libertades democráticas, la de expresión entre ellas, quedan suspendidas”.

5.

En 1960, recordando los primeros meses del año anterior, diría Fidel Castro: “en aquellos días, como ustedes recuerdan, todo el mundo estaba con la Revolución, y ¿cómo era posible?, ¿cómo era posible que todo el mundo estuviese con la Revolución?, ¿por qué? Unos, porque tenían esperanza de que fuera una Revolución de verdad, y otros porque tenían esperanza de que fuera una Revolución de mentira”. La Revolución de verdad, inevitablemente, iba a generar inclusiones y exclusiones. También límites y divisiones en torno a los cuales se producirían consensos. Jorge Mañach, por ejemplo, dejó claro desde fecha muy temprana, y un año antes de que él mismo abandonara el país, cuáles eran los límites legítimos de la libertad. En “Dos cartas del exilio” (artículo aparecido en Bohemia el 4 de octubre de 1959), respondía a dos “señores”, “que la única libertad que hoy falta en Cuba es la libertad para desvirtuar la Revolución. O la de aquellos que antes contribuyeron a quitarnos a todos los cubanos la libertad que teníamos”. Pocos meses después, desde las páginas de Lunes de Revolución (30 de abril de 1960), Virgilio Piñera afirmaba en “Espíritu de las milicias”: “La moral del miliciano puede resumirse en esos carteles que en estos días vemos colgados en todas las esquinas, en los edificios públicos, en las fachadas de los sindicatos. Sólo se componen de dos palabras: Patria o Muerte. Ellas bastan para denotar la disyuntiva que se vive: con la patria y por la patria, todo; sin la patria, nada”. Faltaba más de un año para que se desatara la polémica por la prohibición de exhibir PM en los cines, y ya reconocemos en esas palabras “ecos” de la frase más repetida del discurso de Fidel ante los intelectuales, en la Biblioteca Nacional, el 30 de junio de 1961.

6.

Tal vez el más conocido y leído de los libros que se escribieron sobre Cuba en los primeros años de Revolución fue Escucha, yanqui, de C. Wright Mills, que tuvo un éxito clamoroso cuando apareció en 1960 en los Estados Unidos, a la vez que suscitó la cólera de críticos y reseñistas, y el interés del FBI. Pronto el éxito se desplazaría a la América Latina, con la traducción publicada al año siguiente por el Fondo de Cultura Económica, de México. Narrado desde la perspectiva de un revolucionario cubano que se dirige a ese yanqui invocado en el título, aquel hace saber la enorme ventaja que los cubanos han tenido como revolucionarios: no haber atravesado el proceso terriblemente destructivo del estalinismo. “Somos revolucionarios de la época posestalinista”, afirma. Una vez sentada esa distinción, el narrador aborda un tema espinoso. Seguro de que la Revolución debe crear un orden social que no se vea amenazado por las viejas opiniones reaccionarias que han sido apoyadas, con frecuencia, por el arte y la cultura, asegura que “como revolucionarios, nos preocupa que el arte pueda llegar a perjudicar a la revolución”. En consecuencia, “quizá tengamos que limitar” la expresión artística. Los artistas deben escribir y pintar libremente, pero en un período revolucionario –se pregunta–, ¿existen o pueden existir las condiciones que permitan el florecimiento de una cultura plenamente libre? El personaje de Mills advierte dos escollos: la lucha interna de intereses, es decir, la revolución y la contrarrevolución, y la amenaza exterior, o sea la contrarrevolución con que nos amenaza tu gobierno. Es difícil en tales circunstancias, afirma, establecer las condiciones para una cultura absolutamente libre, y ese es “nuestro gran dilema”. “Quizá sólo haya una respuesta posible: en la medida en que la revolución se sienta menos amenazada, más pura será la libertad de expresión en Cuba. Cuando no sintamos ya que tenemos que luchar por la existencia, entonces –y en esa medida–, podremos pensar en la libertad de cultura y expresión.”

Ya se había desatado la tormenta en torno a PM; más aún, faltaban apenas cinco días para la primera de las reuniones de los intelectuales con las autoridades políticas y culturales del país en la Biblioteca Nacional, cuando Lunes de Revolución publicó el “Conversatorio con el poeta turco Nazim Hikmet” (11 de junio de 1961). Allí, ante un grupo conformado por algunos de quienes tendrían protagonismo en el conflicto y en las reuniones mismas, Hikmet volvió sobre algunos de los temas que preocupaban a los escritores cubanos, y no pudo ser más claro: si el escritor no tiene una posición contrarrevolucionaria, puede describir todos los conflictos, pero “yo estaría absolutamente de acuerdo con los dirigentes políticos de vuestro país si no dejan una manera contrarrevolucionaria de tratar los conflictos. En eso tienen absolutamente razón, porque eso que se hace, eso que se trata, es un poco más serio que una tragedia íntima de un intelectual con la Revolución. De eso depende la historia y el futuro de un pueblo”.

Frente a él, un sosegado Virgilio Piñera menciona que “el problema fundamental del miedo del escritor ante la Revolución, es que le es necesario domar la Revolución, como se doma un caballo. Cuando se doma la Revolución, el miedo se pierde, y entonces se pueden expresar todos los temas de la Revolución”. Hace ya mucho tiempo –basta leer lo escrito desde entonces– Piñera perdió aquel “terror” con que agarró un fusil en sus manos en los primeros días de enero de 1959. Ahora habla de otro modo, de manera casi juguetona, sobre los miedos del escritor, tópico sobre el que volverá cinco días después en la Biblioteca y que, distorsionado, se convertirá casi en una cause célèbre.

7.

El escritor mexicano José Revueltas vivió varios meses en La Habana a partir de mayo de 1961, invitado a trabajar en el ICAIC. En su “Diario de Cuba” anota el 29 de junio, es decir, el día antes de que Fidel pronunciara las Palabras a los intelectuales: “Se discute ahora en los medios intelectuales el problema de si el arte debe ser ‘dirigido’ o no dirigido. El debate tiene sus ribetes absurdos, pero será interesantísimo”. Para Revueltas –quien además de reconocido narrador y comunista de toda la vida, era un agudo teórico– el problema radica en el “increíblemente bajo nivel teórico de los intelectuales, que quieren plantearse ‘conflictos’ y ‘sufrimientos’ subjetivos, que carecen de cualquier base en la realidad”. Discutir si debe haber o no una dirección social del arte o si está amenazada la “sacrosanta” libertad del artista es una “tontería”. La cuestión, según él, está en centrar el asunto y “combatir por igual a la derecha partidaria de la soberanía excluyente del arte, y a la izquierda dogmática partidaria de un arte de octavillas y por decretos”.

La también mexicana Sol Arguedas dio fe de su experiencia de aquellos días en el capítulo “Los intelectuales”, de su libro Cuba no es una isla, publicado por Ediciones Era en el propio 1961. Coincide con Revueltas en que la discusión (“la película [PM] fue mal atacada y peor defendida”), puso “en evidencia enorme confusión, falta de definiciones y poca meditación sobre los problemas discutidos”. También como él, percibe dos extremos que la parecen infundados: “Hubo exceso de sectarismos doctrinarios en algunos casos, y objeciones y temores infundados, en otros. A ratos parecía que la discusión versaba más sobre lo que pasó en Rusia, que acerca de lo que está sucediendo en Cuba. El fantasma del Doctor Jivago se paseaba por los telones, mientras sus padres, Pasternak y Stalin, se escondían, alternativamente, como acusados vergonzantes”. Fueron tan obvias las diferencias entre los presentes en aquellos debates, que en sus palabras Fidel aseguró que “si un niño de seis años hubiese estado sentado aquí, se habría dado cuenta también de las distintas corrientes y de los distintos puntos de vista y de las distintas pasiones que se estaban confrontando”.

En la calle, mientas tanto, esa confrontación –ya en otro plano– no se detenía pese a que la contundente victoria de Girón dejó bastante claro el panorama de quién era quién, así como de quiénes habían sido los vencedores. Sabemos que Revueltas no estuvo presente en la reunión del 30 de junio en la Biblioteca Nacional, pues como consta en su Diario le correspondió entonces hacer su primera posta de milicias. Esa misma noche estalló una bomba en las inmediaciones de 21 y L, mientras el Primer Ministro les hablaba a los intelectuales, y mientras el escritor –a pocos kilómetros de ambos sitios– acariciaba la culata de su Springfield, que él miraba “con una ternura inmensa”, pues “alguien ha grabado ahí con una navaja estas palabras: ‘Viva Fidel’”.

Poco más de un semana después –escribe el 9 de julio– una amiga le cuenta que el día antes, en el cine Mella, el público “formado de la antigua gente bien del Vedado, aplaudió a rabiar cuando aparece en la pantalla la bandera norteamericana en La vuelta al mundo en 80 días”. Ella no pudo soportar aquel ambiente y tuvo que abandonar la sala. El proyeccionista le confesó que había suprimido quince minutos de la cinta, “aquellas partes que considera susceptibles de ser aprovechadas por los reaccionarios”. Mientras en los medios intelectuales se discute y (con razón) se desaprueba la censura de una película, este censor “por cuenta propia” tiene un lado comprensible: no está siguiendo ninguna orden sino que ha decidido dar su pequeña y solitaria batalla; como el pueblo ateniense, ese proyeccionista se pone a lanzar piedras contra Lícides, encarnado en este caso por los espectadores que parecen rendirse ante un soberano extranjero.

8.

“Algunos neófitos y sarampionados de ultraizquierdismo”, ha recordado Graziella Pogolotti en su libro de memorias Dinosauria soy, se iban aglutinando y entretejían los “hilos de un entramado dirigido a conquistar el poder desde las Organizaciones Revolucionarias Integradas”. Su experiencia, vivida en la Biblioteca Nacional, le permite recordar que el propósito de aquellos ultraizquierdistas era socavar la autoridad de María Teresa Freyre de Andrade, directora de la Biblioteca, así como enturbiar la ejecución de una política de animación en todo el país que se manifestaba en la creciente suspicacia respecto a los intelectuales y a los técnicos de origen pequeñoburgués. “En nombre de los principios revolucionarios”, remataba Pogolotti, “el cerco amenazaba con cerrarse”.

Más dramáticos son los recuerdos de Alfredo Guevara, según se los contó al periodista Leandro Estupiñán. De acuerdo con ellos, un día en una reunión convocada por el PSP y presidida por Edith García Buchaca, se intentó poner un comisario en el ICAIC. “Yo no acepté”, recuerda, “y cuando salí de ahí, me fui directo a ver a Fidel”. Como Fidel no estaba, Alfredo se lo contó a Celia Sánchez, quien le respondió indignada que esa embestida estaba “pasando en todo el país. Nos tienen tomado el teléfono”. Y exclama, sorprendido e indignado, el presidente del ICAIC: “¡A Fidel! ¡Fidel vivía ahí!”. Eso pasaba –según nota Alfredo– en el mismo momento en que estaba teniendo lugar la polémica en torno a PM, lo que sin dudas contribuyó a acrecentar los temores entre quienes veían asomarse en el escenario nacional el fantasma del estalinismo.

Si bien los encuentros de los intelectuales con las autoridades del país y de la cultura, en la Biblioteca Nacional, fueron suscitados por la crisis producida por la prohibición de PM, lo cierto es que ese conflicto no se entiende del todo sin tener en cuenta ese otro fenómeno que he citado antes y que haría crisis en marzo del año siguiente: el provocado por el sectarismo. Si hubo un sitio en que este provocó daños irreversibles, dicho sea de paso, fue en Prensa Latina, donde llegó al punto de que su director, Jorge Ricardo Masetti, se viera empujado a renunciar en marzo de 1961. Tras él renunció también parte del equipo, entre cuyos miembros se hallaba Gabriel García Márquez, quien dio una versión tenebrosa de los sucesos, según la cual el grupo de usurpadores que sustituyó a la gente de Masetti se encargó de la desaparición de los archivos, “con el objeto de darle un acta de nacimiento distinta a Prensa Latina, porque esos artículos eran como debían ser, pero para un dogmático eran terriblemente heterodoxos y probablemente hasta contrarrevolucionarios”. “Y ahí se fue todo”, remacharía García Márquez: “Prensa Latina iba a ser una agencia ortodoxa, dogmática desde sus orígenes, y no iba a tener ese pasado dudoso”.

Otro testigo de aquellos días, y una de las firmas estrellas de la Agencia, fue Rodolfo Walsh, quien años después haría constar que “durante un breve período la burocracia y el sectarismo amenazaron la creación artística en Cuba”. Fue él, hasta donde sé, el primero en asociar el principio del fin de aquella tendencia con el momento que aquí nos ocupa: “El sectarismo no prevaleció. Como tantas veces, fue el propio Fidel Castro quien puso las cosas en su lugar, en un discurso memorable publicado luego con el título de Palabras a los intelectuales”. Como sabemos, la denuncia pública del sectarismo por parte del Primer Ministro tuvo lugar, en verdad, en sus intervenciones de los días 13 y 26 de marzo de 1962, casi nueve meses después del encuentro con los intelectuales. Que Walsh haya percibido que aquel diálogo fue el que “puso las cosas en su lugar”, revela el efecto que tuvo la voluntad inclusiva de las Palabras, dirigidas –como expresara el orador– a “esta generación sin edades en la que cabemos todos: tanto los barbudos como los lampiños, los que tienen abundante cabellera o no tienen ninguna o la tienen blanca”, puesto que “esta es la obra de todos nosotros”.

9.

Las palabras de Fidel a los intelectuales el 30 de junio de 1961, después de dos intensas sesiones de diálogo los dos viernes precedentes, no fueron mencionadas en la prensa. Quedaron como el colofón de una crisis al interior del campo intelectual. Tampoco fueron publicadas sino hasta un mes después en la revista Bohemia. Ni el Presidente Osvaldo Dorticós, ni Alejo Carpentier ni el propio Fidel las mencionaron en sus respectivos discursos en el Congreso de Escritores y Artistas que se inició mes y medio más tarde. Solo Guillén hizo una rápida referencia a ellas en algún momento, y no para mencionar la que terminaría siendo la frase más célebre de aquella Palabras. Tampoco Dorticós ni el ministro de Educación Armando Hart las mencionaron en el Primer Congreso Nacional de Cultura que tuvo lugar en diciembre de 1962. Sí lo hizo Edith García Buchaca, secretaria del Consejo Nacional de Cultura para decir que la política cultural “fue formulada ampliamente durante 1961 y expuesta en las conversaciones del Primer Ministro, compañero Fidel Castro, con los intelectuales y, posteriormente, en el discurso del Presidente Dorticós al Primer Congreso de Escritores y Artistas”. Lo hizo una segunda vez para recordar, simplemente, que la Revolución “está creando las condiciones para que pueda producirse la verdadera selección natural de los talentos de que nos hablara el Primer Ministro en sus ‘Palabras a los intelectuales’”. Por su parte, Vicentina Antuña, Presidenta de dicho Consejo, recordo “aquellas históricas reuniones de la Biblioteca Nacional en que intelectuales y artistas intercambiaron impresiones con el compañero Presidente de la República y con el jefe de la Revolución, viabilizaron que la política del Gobierno Revolucionario hacia la cultura y hacia sus forjadores, fuera bien conocida y comprendida por todos”. Bastan esas omisiones o escasas referencias para notar que las mencionadas Palabras no nacieron con el protagonismo que adquirirían más tarde. No fueron “institucionalizadas” ni reiteradas “desde arriba” como un mantra. Más bien parecen haber ido creciendo “desde abajo”. El testimonio de un joven periodista peruano que visitó La Habana en octubre de 1962, es decir, antes incluso de aquel segundo Congreso muestran que ya entonces aquellas Palabras y la más célebre de sus frases circulaban como un talismán en el ambiente intelectual, aunque no alcanzaran la consagración de los discursos oficiales. Ese joven se sorprendía de lo que encontraba en las librerías cubanas, donde “no existe una censura destinada a preservar la pureza ideológica de las publicaciones”, por lo que no era raro encontrar “un ensayo pintoresco e inverosímil titulado: El espiritismo y la santería a la luz del marxismo”, que la vendedora le recomendó como “un ensayo muy interesante, compañero, de materialismo esotérico”. El hecho es que tanto esos detalles como su experiencia general en la Isla llevaron al joven periodista Mario Vargas Llosa a afirmar exultante (si bien confunde el escenario en que tal intervención tuvo lugar): “La afirmación de Castro ante el Congreso de Escritores Cubanos: ‘Dentro de la revolución todo; contra la revolución nada’, se cumple rigurosamente. En el arte y la literatura esto salta a la vista”.

10.

Una carta del poeta Agustín Acosta del 22 de enero de 1964 dirigida a José Antonio Portuondo agradece las “palabras afectuosas y enaltecedoras” que, sobre él, pronunció Portuondo en una conferencia publicada en el suplemento del periódico Hoy el día 5 de ese mes: “Trabajo hermoso, sereno y justo es el suyo”, escribe el poeta, quien añade: “Por encima de toda discrepancia ideológica coloca usted el respeto a la persona del escritor adversario, y aun reconoce los méritos del mismo, como ocurre con las citas que hace de Mañach y de Lamar Schweyer. Ojalá que fueran siempre así quienes en una lucha ideológica pretendan atraer a los neutrales o a los indiferentes”. Curiosamente, los términos en que habla Acosta recuerdan las palabras de Lenin citadas por Retamar en las reuniones de la Biblioteca Nacional: “no haremos de ningún amigo un neutral y de ningún neutral, un enemigo”. El hecho es que Portuondo cita aquella carta en su ensayo “Los intelectuales y la Revolución” (1965), donde advierte que la actitud que él ha seguido “no es otra que la del Gobierno Revolucionario expresada de modo tajante en las tantas veces citadas Palabras a los Intelectuales”, lo cual implica “la libre expresión de las ideas, del derecho, y aun del deber, de discutir las ideas, ya que no cabe coexistencia pacífica en el terreno ideológico, siempre que esa libre discusión no implique un ataque a la Revolución y, en todos los casos, respeto absoluto a la persona del adversario”. Pocas intervenciones han sido tan manipuladas a un lado y otro como las Palabras a los intelectuales. Aquella respuesta a una coyuntura particular se convertiría con el tiempo –en dependencia de la posición que ocupe el hablante– en detonante de la represión que se iniciaba en la cultura cubana o en símbolo irrefutable y garante de la amplitud de la política cultural del país. Ya sabemos que las cosas son mucho más complicadas, pero lo cierto es que ellas han generado una batalla por la interpretación que parece no cesar. Y lo más provechoso que pudiera ocurrirles a las Palabras de Fidel hace 60 años –para decirlo a la manera de González Casanova– es que no se congelen como consigna, como “resultado del pensamiento”, sino que se sostengan, se sigan sosteniendo, como pensamiento en sí mismas.

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