Diamela Eltit al centro de la letra (+ un texto de la autora chilena)

La concesión a la narradora y ensayista Diamela Eltit del premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2021 se suma a la cadena de reconocimientos otorgados a una de las escrituras más singulares y estimulantes de la lengua española. Entre estos se encuentran los auspiciados por la Casa de las Américas.

En 2002 la Casa –que ya había invitado a la autora chilena, siete años antes, a integrar el jurado de su Premio Literario– le dedicó una Semana de Autor(a). Tiempo después, coincidiendo con la Feria Internacional del Libro dedicada a Chile, Eltit regresó a La Habana, momento en el que nuestro Fondo Editorial publicó la novela Lumpérica en su colección de clásicos.

En diciembre de este 2021 Diamela Eltit regresará a la Casa para encontrarse una vez más con los lectores cubanos. En esta ocasión se presentará su novela Sumar –que obtuvo el pasado año el Premio de narrativa José María Arguedas que otorga la institución–, así como una Valoración Múltiple dedicada a su figura y su obra, preparada por la estudiosa chilena Mónica Barrientos.

Aprovechamos el galardón y la próxima presencia de Eltit entre nosotros para recuperar su intervención inaugural en aquella Semana de Autor(a), reproducida entonces en el número 230 de la revista Casa de las Américas.

Los bordes de la letra

Por Diamela Eltit

Mitad niño, mitad perro. Animal pensante. Acezante. La novela Patas de perro, del narrador chileno Carlos Droguett, diseñó una figura que me parece lúcida y provocativa. Escribió la diferencia escurriendo por un cuerpo obligado a debatirse entre los signos irreverentes de la jauría y una solícita domesticación. Pero, claro, finalmente insumiso, hubo de desaparecer tras la leva. Escogió diluirse entre los ladridos más profanos de la leva, perdiéndose en la noche.

Evoco al niño-perro, Bobby, pues me parece que se yergue como una metáfora que hasta hoy nos desafía. Quiero aludir a su distancia, su resistencia. Sí, la resistencia. Porque el niño-perro siempre percibió su alteración canina como un más, como un atributo y un don que estaban allí para acrecentar una potencia que se duplicaba extraordinariamente humana y perruna a la vez.

Y los obstáculos se precipitaron sobre Bobby con un fanatismo indisimulado. Los poderes más decisivos se inclinaron en su contra. Se dejó caer el prejuicio y una suma incalculable de juicios. Lo enjuiciaron. Entre la espuma de una boca demasiado proclive a la sed y sus dos patas poderosas, encaró el hambre y los golpes. Su cuerpo se transformó en sede para la ejecución de un castigo incesante. Pero él, protegiéndose a sí mismo, ya se había escudado en el interior de su propio reclamo.

Comprendió, con una lucidez determinante, que no existía la menor posibilidad de renuncia. Su cuerpo, que fuera tachado de monstruoso, constituía un escándalo. Y, sin embargo, él lo sabía, le pertenecía enteramente. Ahí estaba. Bobby, transcurría.

Se enfrentó, poseído por una forma de miedo no exento de serenidad, a la intransigencia dictaminada por los programas oficializados. Tempranamente supo que algo en él inspiraba sentimientos en los que se trenzaban la rabia y la culpa. Una rabia y una culpa insertas en el interior de las propias instituciones que lo expulsaban, porque, en verdad, él representaba un deseo agudo que la hegemonía no se atrevía a consignar de sí misma. Bobby encarnaba un consolidado sueño de insurrección que el sistema se había prohibido anhelar hasta en sueños.

De esa manera, Bobby semejaba una pesadilla que se cursaba a plena luz del día. Sólo los carniceros parecían destinados a reconocerlo y por eso le lanzaron, desde sus mesones húmedos y enrojecidos, el pedazo de carne para humillarlo y así poner de relieve la materia animal que tan bien conocían. Claro que sí: Ellos, los carniceros.

Pero Bobby quedó inscrito como emblema. Porque Carlos Droguett consiguió configurar su novela apelando a una escritura imperiosa, deseosa, sin pausas, febril. Una escritura que obliga a sus concentrados lectores a alterar su ritmo respiratorio para así fundirse y confundirse con la letra. Contaminarse en una lectura perrunamente acelerada.

La novela y su inquietante letra permanecen allí, arrinconadas, quizás rezagadas en un estante hipersólido, aunque seguramente menos ostentoso. El extraordinario aporte de Carlos Droguett con su novela Patas de perro continúa con su creativa, misteriosa y desafiante carrera para indicarnos –a algunos de nosotros y a los otros– que sí, que sí, que sí existe un cuerpo que, tal vez, no quiere ni debe filiarse porque sí.

Quiero agradecer al conjunto de los trabajadores de la Casa de las Américas y, muy particularmente, a su presidente, Roberto Fernández Retamar, el honor que han conferido a mis libros al dedicarles su Semanade Autor. Y, cómo no, a las amigas y los amigos críticos literarios su presencia en esta ocasión única e irrepetible. En este espacio único e irrepetible.

La Casa de las Américas –lo sabemos– está inscrita ya en la imaginación literaria del Continente como uno de los proyectos más consistentes e insistentes en la promoción y producción de diálogos entre diversas y plurales literaturas. Y, desde luego, no puedo dejar de expresar mi admiración por el cubanismo barroco. Señalar que su red lingüística más extremadamente cifrada es un hito irrenunciable. No sólo el reposicionamiento gongoriano con la nueva desafiante aguda gesta caribeña que le imprimió Lezama Lima –y que de manera sobresaliente hubo de leer el divino Sarduy–, sino, además, el humor barroco adherido y adherente que asalta resguardado tras una enmarañada inteligencia para permitir el estallido de la carcajada que viene a diluir el depósito de rencores.

Me tomo aquí la libertad de anexar y evocar la creativa risa cubana de Roberto Fernández Retamar. Legendaria para mí. Inolvidable. Y en la orilla más severa, su poesía y su asentado aporte teórico. Entonces, ¿qué hacer, qué decir, qué escribir?, ¿con qué podría comparecer en estas circunstancias? Resulta pertinente –digo– titubear, permitirme el curso de algunas divagaciones, sin temor a revolver diversos y hasta divergentes sentidos, asumiendo el riesgo de arribar, incluso, al sinsentido.

Esta invitación que me parece demasiado generosa y la de mayor prestigio en los ya extensos años que conforman mi actividad literaria, resulta en extremo estimulante, pero también –tengo que decirlo– es difícil de asumir. Como muy bien lo entendió Jorge Fornet, toda declaración de autor bordea la absoluta irrelevancia. Entonces me resguardo tras lo provisional y lo tentativo para intentar exponer algunas de las problemáticas que, desde mi perspectiva, actúan como detonantes en el acto de escribir literatura.

En verdad, creo necesario precisar que cada libro que he conseguido concluir ha sido producto de su particular letra, pues aun cuando sé cuánto requirió de mi predisposición más intensa, siempre hubo de portar su propia autonomía. Hablo de la letra y de su considerable peso material. Entonces, yo misma me siento, en parte, extranjera a esos libros que dejan de pertenecerme de manera abrupta en ese minuto crucial e ineludible en que se despegan de mi mano para irse con sus patas de perro, salivosos, precipitándose hacia los pequeños lugares aledaños. Se van, buscando un hueco o una fisura en la zona erial de un ojo que los recoja.

Nunca me he sentido una escritora profesional. Más cerca de la artesanía de la letra imperfecta, me asombra su imposibilidad, su fuga irrebatible. Y eso cautiva. La trampa lúdica que tiende una letra que se presenta como aparentemente disponible. Y el desafío más alto radica en seguir el dictado más tenso de esa letra, perseguirla con la lengua afuera, empecinada en la búsqueda incierta de producir apenas un destello estético y político.

Alguna vez me he referido a la posibilidad de establecer una política de escritura, hacer de la letra un campo político, riesgoso quizás, siempre en curso, por senderos laterales. Eso es. Parapetarse, allí, en el recodo y no salir del recodo, quedarse, permanecer dando vueltas Y vueltas, prendida a la dudosa esperanza de habitarlo. Pero no. Se trata de contener la esperanza. Se trata de centrarse en el deseo de recodo.

Porque, en realidad, está el goce, ese goce intransferible y sobresaltado que provoca la extrema cercanía con la letra, un goce que reniega y rechaza la profesionalización de la escritura. Más bien el horizonte parece completarse cuando se presenta el asomo del temblor o el peligro latente de un naufragio que nunca va a terminar de cursarse.

Entiendo, siempre he considerado, con extrema claridad, que es la letra la que tiene que encontrar su lugar porque surge, de manera incontrarrestable, la exactitud de un lugar para el lugar exacto de la letra. Aunque comprendo la emergencia –y quizás necesidad– del autor que maneja en cuerpo y alma su propia producción, más bien –y sin caer en idealizaciones románticas– me interesa teórica y políticamente el despropósito que porta la literatura, su capacidad de dispersión más subversiva.

Pero, claro, hoy la letra está, quizás, así lo percibo, acorralada. De la misma manera que la ley no conduce necesariamente a la justicia, la literatura parece rehuir su trabajo oficioso con la escritura. Pero la rehúye por un férreo mandato que dicta el ultracapitalismo encarnado también en la industria editorial que productiviza el libro como una fuente inagotable de entretención masiva. Pero no pretendo cuestionar aquí la entretención o la legitimidad de una cierta frivolidad. Eso está bien. El punto crítico se enclava en cómo el mandato de la industria despolitiza la letra y la convierte en mera zona referencial, en simple ilustración de una determinada oportuna realidad que resulta conveniente y funcional al proyecto mercantil que hoy nos cerca y comprime.

Desde luego –lo. sabemos–, una extensa parte de la literatura ha habitado siempre un campo minoritario. Y eso es interesante. Sólo que hoy la irrupción triunfante del libro-mercado subsidiario del libre mercado construye sensibilidades que rasan y alteran las problemáticas más complejas, mediante la generación de estereotipos que, al consolidarse, consolidan el sistema. Pienso que la instalación general e indiscriminada del libro-mercado no es inocente ni menos aún casual. Actúa, más allá incluso del seudocompromiso de sus contenidos, como aliciente de un acrítico proyecto despolitizador de la letra.

Puede ser que invocar la particularidad de la escritura en tanto interrogación crítica al soporte del relato parezca extemporáneo. O, dicho de otra manera, las sensibilidades dominantes construyen actualmente su negación bajo el supuesto del anacronismo. No obstante, renegar de la espacialidad y del espesor de la letra con toda su dimensión material y la gama de relaciones intrincadas que convoca, implica complicitarse con lo que Pierre Bourdieu denomina un proyecto de «deshistoria», en este caso, literaria, para así posibilitar la desocialización de la escritura, desocialización que es uno de los instrumentos privilegiados en los que descansa el ultraneoliberalismo para validarse.

No es mi propósito emplazar las literaturas neoliberales, ni menos cuestionar a sus autores. Más bien la idea que me moviliza es la posibilidad, en los estrechos fronterizos espacios disponible…

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