Una postal para alzar el vuelo desde la escena

Por Rey Pascual García

Cuatro sobrevivientes juegan al póker mientras esperan morir o salvarse, para morir luego. Así se podría definir el hilo dramático que hilvana las vidas de Rodríguez, Eduardo, Jugador y Delia; un ejercicio de la decadencia y del letargo y su efecto en quienes se resignan. Los personajes de Postal de vuelo, pieza teatral del argentino Víctor Winer, ganadora del premio Casa de las Américas en la modalidad de teatro, en 2005; habitan el desolado aeropuerto que sirve de escenario a esta comedia negra sobre las carencias del ser humano. Hace más de diez años de mi primer encuentro con la dramaturgia de Winer, que ha crecido desde entonces y le ha merecido entre otros, los reconocimientos del Concurso Internacional de Dramaturgia Argentina con Freno de mano (2000); el Premio Florencio Sánchez, de la Casa del Teatro, y el Premio Trinidad Guevara al Mejor Autor. Entre sus textos sobresalen también: Buena presencia y El último tramo (1981), Luna de miel en Hiroshima (1994), Viaje de placer (1998), El coordinador tiene buena presencia (2002), Un toque de inspiración (2004), Loteo y Cloro (2007), Ampelmann (2012), 220 voltios (2016), Hong Kong (2018),

Postal de vuelo nace a partir de una frase recogida en una nota periodística por Rodolfo Walsh, que decía “en Europa está de moda reunirse a jugar el póker en el aeropuerto; el que pierde se toma el primer avión”. Utilizando ese resultado del azar, Winer expone en ella la crisis de una sociedad que se marcha, de un espacio que queda en ruinas, donde está todo lo necesario pero no se utiliza. Beneficiaria de la palabra y la comicidad inteligente y cruda, en las cuales la ficción queda opacada por los residuos de la realidad, es la obra dramática de Winer, quien compartió el recibir las enseñanzas del Maestro Ricardo Monti, junto a otros representantes de la dramaturgia argentina como Mauricio Kartun, Eduardo Rovner o Jorge Huertas.

A Rodríguez, el único habitante del aeropuerto, se le suman los otros tres, como cada viernes para jugar al póker, apostando porotos, recuerdos y memorias, mientras el primero muere desangrado. Ante la imposibilidad de seguir jugando, descubren que el muerto había ganado la partida sin poder jugarla y se determinan a despedirle en su viaje al más allá siguiéndolo en el interminable movimiento de una cinta transportadora. Así se suceden los acontecimientos de la pieza. Una estructuración concreta y lineal, definida en cada uno de sus momentos, da cuentas de un teatro de la palabra, a través de la cual las frases exploran un no tiempo y un no espacio, que puede ser, a la vez, todos los tiempos y todos los espacios. Para ellos el juego define su propia vida. Su ludopatía marca su supervivencia.

Habitantes de vidas plagadas de costumbres e inmovilidades, encuentran su liberación total entre las cartas y sus apuestas. Rodríguez a sus cincuenta años yace moribundo desde la primera escena. El Jugador, con un traje que media entre un smoking y uno de bailarín de tango, trae las cartas y lleva el ritmo del juego. Eduardo, ataviado con sobretodo y guantes, recuerda sus partidas de golf mientras imagina viajes por el mundo y amoríos. Delia, con vestido escotado y tacones, a sus cuarenta años busca en el juego los orgasmos y las aventuras que no encuentra con su marido. Cada uno de ellos mostrará su ritual de la suerte para ganar.

Winer desarrolla un extenso trabajo con los símbolos durante toda la obra. Un iconografía del desgaste y los antónimos, expresada desde los objetos que se utilizan y desde los atavíos escenográficos: las cartas “vírgenes” que se desbaratan en las manos, una caja de cartón como tablero de apuestas, incluso los propios porotos, en función de fichas de póker, que de conjunto con las cintas, los carritos oxidados, los cigarros, el baño inundado; describen de forma detallada el caos y la miseria del espacio y de los cuatro apostadores.

A la esencia del aeropuerto le acompaña en lo sonoro, como define el autor, un sonido interminable, repetido por una grabadora, del despegue de un avión, del que cada uno “seguirá el vuelo”. La cinta transportadora representa el punto de fuga de lo “real”, en ella parten y viajan en círculos, primero las ensoñaciones de Rodríguez, y luego su cadáver; y las ganas de sus amigos de seguir la partida. Sus acotaciones y didascalias proponen una lectura-montaje, que de forma transparente explora un hacer estático, sembrado en sí mismo, que evita o reduce los movimientos para dar mayor fuerza a lo dicho; donde no es difícil intuir las claves escénicas de la representación.

La acción en la obra, mantiene el círculo en que se trazan las vidas de los personajes. Evoluciona a medida que cada uno invoca un nuevo tema en la conversación. De la previa a la partida, a los viajes, los desastres del país, las insinuaciones y desnudos de Delia, los juegos de golf y la muerte; los temas se yuxtaponen a los otros, tomando las riendas de la palabra mientras cada uno expone, como un diálogo en el que cada uno monologa sus opiniones.

Esa suerte de “Blade Runner criollo”, como define el autor a Postal de vuelo, es a su decir cuando fue invitado en 2012 como jurado del premio Casa, compilado en “Pensar y practicar la dramaturgia”, en la revista Conjunto no. 165 (oct-dic. 2012); un resultado de la crisis: “la crisis de la Argentina, que se prolongaba, hizo que ese aeropuerto glamoroso se empezó a inundar, se oxidó. Primero clausuraron los aviones, después se clausuró el aeropuerto…”.

Un texto que promete en su lectura, repetirse por muchas veces en el imaginario del lector, que se asume obligatoriamente como director del camino de sus personajes.

¿Volarán al fin hacia su destino final?

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