Los artistas luchamos por encontrar una alternativa al capitalismo: Anish Kapoor

Por Sarah Crompton

El artista junto a una de sus instalaciones. Foto AP

Un indicio de la fama mundial del artista Anish Kapoor (Bombay, 1954) es que, cuando la adolescente británica Emma Raducanu participaba en un torneo en Chicago, en las semanas anteriores a ganar el Abierto de Tenis de Estados Unidos, se dio tiempo para visitar la escultura Cloud Gate, el enorme “frijol” reflejante que se ha convertido en una atracción turística además de ser una aclamada obra de arte.

“Me encanta eso”, comenta Kapporcon amplia sonrisa, echando la cabeza atrás para enfatizar sus pala-bras. “Fue maravilloso. Dice algo acerca de cómo una obra, o un conjunto de ellas, puede adquirir una voz propia. Ya no tiene nada que ver conmigo. Está allí en el mundo y hace lo suyo. Por supuesto que me encanta”.

Charlamos en un tranquilo salón blanco en la Galería Lisson de Londres, donde Kapoor –artista británico nacido en India– se dispone a develar una exhibición de pinturas. Creadas el año pasado o poco más, representan una nueva dirección en su trabajo, porque, si bien ha utilizado con frecuencia pintura y pigmento en sus obras –la ocasión más memorable fue en el enorme cañón que disparaba pintura a la pared en su asombrosa exhibición en la Royal Academy, en 2009–, siempre se le ha descrito como escultor. Otra re-trospectiva, más amplia, abrió en el Modern Art Oxford este 2 de octubre.

Desde que surgió como un artis-ta de primer nivel, a principios de la década de 1990 –al representar a Gran Bretaña en la Bienal de Venecia en 1990 y ganar el premio Turner en 1991–, Kapoor ha atraído tanto reconocimiento artístico como grandes multitudes. La popu-laridad es algo que llegó sin que la esperara del todo. “No hay explicación”, dice. “Puede ocurrir o no. Simplemente está allí”.

Le pregunto si ha cortejado el éxito, si le gusta ser agasajado. “He tenido lo contrario”, responde después de una larga pausa. “Es decir, ‘Dios mío, les gusta tanto que algo debe de estar mal’. Es demasiado popular. Demasiado lo que sea”.

Lo explica hablando de su reacción cuando Cloud Gate, hecha de acero inoxidable altamente reflejante, se exhibió por primera vez en el Millennium Park en 2006. “Ocurrió en la cúspide de la selfi, y tenía miles y miles de personas alrededor todo el tiempo. Pensé, ‘¿qué es esto? Disneylandia, aquí vamos…’ Me llenó de una especie de desilusión.

“Pero fui a Chicago y me senté con ella tres o cuatro días para tratar de entender lo que pasaba. Se me ocurrió algo que me sorprendió. Era algo muy simple: este objeto tenía una escala indeterminada. Cuando estás cerca es enorme, pero no te alejas más de 10 metros y de pronto ya no es tan grande. Tiene esta misteriosa escala saltarina. Escala saltarina es, me parece, profundamente poético.”

Kapoor cree que eso salvó a la obra, le dio una intención seria. “Habrá quienes lo capten y quienes no”, añade, “pero creo que aga-rrarse de esas cualidades a veces muy efímeras es la verdadera clave de una pieza artístca. Vivimos en un mundo de objetos que todos cono-cemos. Los nombramos. Sólo en el arte, y quizás en el cosmos, existen unos cuantos que siguen siendo misteriosos. Y me parece que esa es una cualidad que puede ser intrigante y popular”.

Este poder del arte de sugerir algo –una presencia o una ausencia– más allá de sí mismo corre en toda la obra de Kapoor desde el principio, y unifica sus creaciones tempranas, hechas de pigmento y yeso, con sus monumentales esculturas públicas, sus espejos del cielo que reflejan y distorsionan el mundo a su alrededor, y ahora con sus pinturas. Las completó durante el confinamiento, trabajando en el estudio de su casa de Oxfordshire y en las instalaciones de mayor tamaño que posee en una antigua fábrica en el sur de Londres.

Siempre ha pintado –en algún punto ha llegado a describirse como un “pintor que trabaja como escultor”– y ve los óleos que hoy cuelgan en los muros como parte y sección de su trabajo escultural. “Hace muchos años hice obras con pigmentos, que usan un color dotado a la vez de una presencia física material y un algo más etéreo. Eso es en lo que realmente estoy interesado, en esta relación entre lo que está presente y lo que no.

“Si uno fuera –discúlpeme, voy a dar un salto aquí–, si fuera a adoptar una postura filosófica al respecto, podría decir que en el momento de vivir hay una conciencia de alguna muerte, de algo efímero más allá. Tal vez porque soy indio, pero quizás porque estoy interesado en Heidegger o por muchas cosas, esto es un constante punto de refe-rencia, tal vez de manera más abier-ta en estas pinturas que antes”.

Así es como Kapoor habla, con su voz profunda y cultivada, dejando fluir las palabras como si fuera a dar una conferencia, revisándose continuamente y atreviéndose a dar un salto para decir algo. Ríe mucho y habla como si siempre sonriera, aun cuando no esté de acuerdo con lo que se le dice.

No ocurre así cuando sugiero que tal vez estos óleos ricos y remoli-neantes, en rojos y morados profundos, templados a veces con golpes de amarillo ligero y malva, son productos del tiempo del Covid, cuando todo el mundo se ha visto forzado a enfrentar la mortalidad día con día. Parecen paisajes, pero también como el interior de cuerpos, de algo traído desde el fondo.

“lustración pandémica”

“Me resisto un poco a la ilustración pandémica”, contesta, benigno pero firme. “Desconfío del comentario cotidiano. En general, siento que no conduce a hacer buen arte. Si bien siento una enorme y apasionada rabia política, no creo que sea función del arte servir de propaganda en cualquier sentido. Tal vez es tarea de los artistas, pero no del arte. Por otro lado, uno nunca es del todo independiente de lo que ocurre en el mundo. Está allí. De alguna manera va a entrar en escena.”

Lo que reconoce es que, a los 67 años, cree más en el paso del tiempo. La conciencia es más fuerte porque tiene una hija de tres años, Habiba, con su segunda esposa, Sophie Walker, así como otros dos hijos mayores, Ishan y Alba, de su primer matrimonio.“Siempre he estado involucrado con mis hijos”, manifiesta, afirmación respaldada por una cálida y amorosa llamada con Ishan que interrumpe brevemente nuestra charla. “Pero este involucramiento renovado (con Habiba) es lo más fabuloso y delicio-so que podría ser. También estoy consciente de que me estoy volviendo un viejo latoso. Y si soy sensible a mí mismo, tengo que estar abierto a la noción de que tengo una hija pequeña, y Dios sabe cuánto de ella voy a ver.

“Esto trae consigo una sensación de pathos. ¿He cambiado?” Ríe. “Sí, inevitablemente. Pero creo que, en otro nivel, podría decir que tengo mucho menos miedo. Creo que esa es una de las cosas hacia las que puede uno crecer como artista: decir, miren, ya no me importa lo que piense el mundo del arte o cualquier persona. Tengo que hacer lo que me corresponde. Y sacaré de ello lo que salga. No soy yo quien lo medirá”.

Parece extraño pensar que Kapoor tenga miedo de algo o alguien; exuda confianza, un aire de certeza. Pero insiste en que las dudas están allí. “Creo que son batallas que uno tiene que librar consigo mismo”, expresa. “La autocensura es algo muy real. Y uno tiene que abrirse el camino continuamente”.

En este sentido, las pinturas representan un salto de fe. “A los de mi generación en la escuela de arte nunca nos enseñaron a pintar o dibujar. Jamás fue parte de la esce-na. Pero he tenido un viaje hacia los cuatro o cinco años pasados. Siento que mi voz interna, sea eso lo que sea, me ha hecho aceptar la posibilidad de la imagen. Lo que he hecho en muchas formas es resistirlo. Se supone que los artistas somos espíritus libres, pero no es así. Nos educan como a todo el mundo en modos de práctica. Educarme es el trabajo más difícil de todos. Pero no sólo es posible, sino que tengo que atreverme a hacerlo”.

Pinta en soledad y silencio, sin música: “Es la única forma. Cuando completa una obra, la observa largo tiempo. Soy más que trabajólico, así que lo hago todos los días. Y me encanta hacer pinturas. Pero hacerlas es una parte; la segunda es observarlas, mirarlas: nunca mostrar una obra que tenga menos de seis meses de creada. No creo en ello. En el curso de los años he aprendido que tengo que observarla, ya sea pintura o escultura, para ver si puede retener autoridad”.

Compleja relación con el mercado del arte

Más o menos al mismo tiempo de crear estas obras, enseñándose las técnicas de la pintura al óleo, ha estado explorando piezas que usan Vantablack, la más negra de las pinturas negras, que absorbe 99.9 por ciento de la luz y aplana objetos tridimensionales. “Si la técnica pictórica crea la imagen con el uso de pintura, entonces esta materia negra la quita”, expone. “Si la pones en un pliegue, no podrías ver el pliegue. Esto de ser y no ser es muy importante para mí”.

Sugiero que tal vez sus experimentos artísticos, como están en una escala menor que su obra más expuesta al público, lo hagan más coleccionable. Suelta un gruñido y se cubre el rostro. Su relación con el mercado del arte es compleja, des-precia la forma en que cada obra está actualmente “encadenada al mercado… Los artistas tenemos que librar esta batalla y no es ho-nesta”, comenta.

¿Alguna vez ha pensado en simplemente alejarse? “Con frecuencia”, responde, sonriendo con ironía. “Y tal vez un día tendré el valor de hacerlo. Me encanta hacer cosas y, después de años y años de sicoanálisis, sé que es una conversación que tengo conmigo mismo y es vital para mí. No estoy interesado en el objeto. Estoy más interesado enla conversación.

“Es por completo parte de este extraño lugar en el que se encuentra la cultura en este momento, yo incluido. No importa qué área de la cultura, aparte quizá de la poesía. El mundo comercial, capitalista, ha entrado, y luchamos por hallar una alternativa”.

Por esta razón, está lleno de admiración por los cinco colectivos que hoy son candidatos al premio Turnerpor su trabajo, que en términos generales tiene compromiso social. “Benditos sean”, exclama. “Esperoque encuentren un camino, o al menos que apunten a alguno. Hablan de una agenda diferente. Su trabajo no se refiere a objetos. Advierto contra la propaganda porque el arte es, al final –en sus formas mejores, más puras–, imposible de conocer. Y, sin embargo, vivimos en un tiempo en el que el arraigo social de la derecha es tan enorme, alentado por el gobierno, que simpatizo por completo con artistas que sienten que un cambio social es necesario”.

Su propia campaña encuentra expresiones fuera del arte. Habla abiertamente sobre asuntos cercanos a su corazón. Detesta la Brexit –“me entristece la xenofobia que ha despertado”– y no vacila en llamar al gobierno “una bola de cabrones mentirosos”.

Le digo que lo imagino gritando a la televisión durante el confina-miento. Vuelve a sonreír. “La triste verdad es que hay una elección mañana, Boris Johnson será elegido; él declaró desde muy pronto que sería duro con la cultura y suave con la economía, y eso es lo que van a hacer. Entonces, porrazo a la BBC, porrazo a las universidades, tomar el control de los museos poniendo a su gente en los consejos. ¿No es unaforma de neofascismo, de controlar la mente de la nación mientras se alientan soluciones económicas relativamente liberales para toda clase de cosas? Me parece muy astuto, pero peligroso”.

Ha vivido en Inglaterra desde la década de 1970, cuando llegó como estudiante. Pero lo que ocurre en su India natal lo aterra aún más: la cifra de muertos causada por la pobreza y el abandono; el ascenso de un violento sentimiento anti musulmán, alentado por el gobierno nacionalista hindú de Narendra Modi. “Se está volviendo una locura”, asegura. “He hablado mucho de mi oposición a la agenda hindú y al gobierno del Partido Popular Indio. Los describo como el Talibán hindú. Así se comportan. Es un retorno a una especie de medievalismo que apunta a la exclusión. Es horrible”.

Kapoor también siembra sus propias semillas de esperanza. El año próximo, en la Bienal de Venecia, montará una exposición en la Academia, donde sus experimentos esculturales con la negrura se mostrarán por primera vez.

De manera simultánea, ha acordado renovar el Palazzo Manfrin, que se está derrumbando, y utilizarlo como base para su fundación, como galería para algunas de sus obras, y abrirlo como un estudio para artistas jóvenes.

“¡Es una locura!”, afirma, con una enorme sonrisa.

“Es un proyecto de restauración muy complicado, pero espero que podamos darle una vida apropiada. Creo que es lo correcto. Dar el salto y ver lo que ocurre”.

Y ese parece ser el lema actual de su vida.

(Tomado de La Jornada)

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