Final de Luces de la ciudad

Por Roberto Arlt

El primer texto que proponemos en la nueva sección Escritores latinoamericanos y el séptimo arte es “Final de Luces de la ciudad”, una crónica escrita por Roberto Arlt para El Mundo el 24 de julio de 1931, posteriormente recogida en el volumen Notas sobre el cinematógrafo, editado por Gastón Sebastián M. Gallo y publicado en 1997 por Ediciones Simurg, Buenos Aires.

Luces de la ciudad (1931), película escrita, actuada y dirigida por Charlie Chaplin

Cuando leí respecto de “Luces de la ciudad” esta frase de Néstor:

“Carlitos ya no hace reír a los chicos…Hace llorar a los grandes”, tuve la impresión de que la película era un acontecimiento y al asistir a su representación, lo único que he comprendido es que cuanto se diga de Carlitos Chaplin, es poco.

La patética delicia

Quiero ocuparme del final de la película porque no me alcanzarían muchos espacios como el que dispongo para escribir, para hacer el elogio de una obra genialmente grotesca, que al final se transforma en la más dolorosa de las bellezas poemáticas que puedan ofrecerse en el cine actualmente.

Sí, el final de “Luces de la ciudad” es el más extraordinario poema fotográfico que ha creado Chaplin.

He aquí una síntesis.

Carlitos ha salido de la cárcel a la cual había ingresado como autor de un presunto robo. El dinero de ese robo, lo había entregado a una ciega, a la cual Carlitos le hacía creer que era un gran señor.

La ciega se ha curado. De florista ambulante, ha pasado a ser dueña de una florería en el centro de la ciudad. Este prodigio se ha efectuado mediante el dinero que le entregó Carlitos. Han pasado algunos años. Pero ella siempre espera la aparición de su misterioso protector, del hombre que le regaló mil dólares y que según su propio decir “era millonario”.

Carlitos, desarrapado y miserable, avanza por las calles de la ciudad. Llega a la esquina donde acostumbraba a encontrar a la florista ciega, pero ella no está. Las hilachas de sus pantalones se sacuden en sus escuálidas piernas. Carlitos avanza triste. Es la estampa del perfecto ex hombre. De una florería sale un caballero perfectamente vestido. Carlitos mira hacia el suelo y ve una rosa y pensativamente se inclina y la recoge. La florista lo ve y siente lástima. Carlitos levanta la vista y la reconoce.

Drama de minutos

Desde este instante, en que el atorrante levanta los párpados y detiene las pupilas en el semblante de la florista, se desarrolla el más intenso drama que pueda vivir el espectador en unos minutos. La joven observa sonriendo burlonamente al vagabundo a través de la vidriera y comenta risueña con la madre:

-Mira la conquista que me he echado.

¿Hablará Carlitos?

El rostro de Carlitos se impregna de lenta dignidad. La contempla como a un sueño perdido. Las líneas de su semblante se descomponen lentamente. Mientras que sus ojos sonríen de arrobamiento, las franjas musculares de sus mejillas se contraen de pena. Parece que dijera:

-Y sin embargo, está allí… La muchacha por la que él se fue a la cárcel. Carlitos aprieta la rosa blanca contra su pecho como si fuera un crucifijo.

¿Hablará Carlitos? ¿No hablará?…

Mudo, en éxtasis, permanece tras el cristal y sus ojos intensifican de tal manera las luces interiores de su adoración, que la muchacha, emocionada por su insistencia, saca una moneda y se la ofrece.

Carlitos se aparta de la vidriera, tambaleando.

La que antes estuvo ciega, advertida vaya a saber por qué secreto instinto, al ver que el vagabundo huye de su limosna, sale a la calle, corre hacia él, lo toma de las manos para disuadirlo de la timidez…y queda inmovilizada de asombro.

Ha tocado las manos de Él, del misterioso millonario que le regaló mil dólares “para que se curara de la vista”.

Pasan minutos…segundos…No lo sé. Una ansiedad tremenda y fragante impregna de las delicias más contradictorias el alma del espectador.

Por el semblante de la jovencita corre un estremecimiento. En el de Carlitos se pinta la más absoluta de las renuncias. Ella dice lentamente:

-¡¿Usted?!…

Y Carlitos, ingenuamente:

-¿Ve bien ahora?

Las dos cabezas se entremezclan. Encontraron la dicha.

No es posible

No es posible con palabras describir el valor estético, altísimo, de este final, en el cual todos los gestos, miradas, expresiones, detalles, son de una delicadeza purísima. El espectador medianamente sensible se olvida que está frente a una pantalla. Los espectáculos que la película hace pasar ante sus ojos adquieren el carácter de una sinfonía espiritual. Es como si fuera posible componer música con juegos de luces y sombras.

Insisto; las palabras son insuficientes. El cronista sale a la calle y necesita encontrar a alguien para decirle:

-Vale la pena haber nacido. Estas obras bellas justifican la vida.

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